La invisibilidad de las Tris: discriminación y futbol en México

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Las Tris son invisibles. En México, cuando se habla de futbol, se habla de futbol masculino. Hoy, por ejemplo, se juega la final de la Copa Mundial Femenina y el silencio en torno a esta competencia es elocuente: una prueba más de la sistemática exclusión que enfrentan en el país las mujeres que practican o pretenden practicar este y otros deportes.

En México la discriminación de género suele denunciarse y combatirse en términos políticos y jurídicos, mientras que en ciertas prácticas culturales el trato hacia la mujer no cambia. Sobre todo en la capital, se fijan cuotas para atenuar el desequilibrio entre mujeres y hombres en el gobierno, se les reconoce a las mujeres ciertos derechos relacionados con la reproducción –como el libre acceso al aborto– y se penaliza la discriminación en las cortes. Sin embargo, ¿qué tanto influyen estas y otras leyes en la manera en que se valora a la mujer en ámbitos como el deportivo? Está claro que la invisibilidad de la selección nacional de “futbol femenil” se debe a una carencia de apoyo económico y cultural, síntoma de un penetrante machismo. La mera necesidad de emplear el término “futbol femenil” sugiere ya que, para muchos, este no es sino una subcategoría de un deporte apropiado por los hombres.

Las circunstancias de la actual Copa Mundial han escondido aún más a las futbolistas. Las mexicanas, colombianas, brasileñas y costarricenses (las únicas representantes latinoamericanas entre 32 equipos de todo el mundo) tuvieron que jugar a la sombra de la Copa América –varonil, claro– que ocurría simultáneamente. Los medios de comunicación en México, reflejando su preferencia por el deporte masculino, permanecerion casi silenciosos con respecto a las mujeres. Un par de inmediatas comparaciones demuestra la indiferencia hacia ellas: por ninguna parte se escuchó la campaña “Cielito Lindo” de Coca-Cola que dominó la televisión el verano pasado, y Enrique Peña Nieto no se puso nunca su dichosa corbata tricolor. Puedo confirmar, además, que encontrar la transmisión de los partidos en algún bar o cantina fue tan difícil como debería ser ver Miss Universo tras los comentarios racistas de Donald Trump.


Las tris nacieron en 1976, año en que México fue sede de la Primera Conferencia Internacional sobre la Mujer, patrocinada por la Organización de Naciones Unidas. El equipo mexicano jugó en distintos torneos informales hasta que en 1991 se llevó a cabo la primera Copa Mundial Femenil. Desde entonces las mexicanas han experimentado una trayectoria bastante distinta a la de la selección masculina.

Para empezar, el equipo cuenta con el mismo entrenador, Leonardo Cuéllar, desde 1998, a pesar de que en el futbol los equipos suelen cambiar de directores técnicos “con la misma frecuencia con que cambian de ropa interior”. No obstante los éxitos que acompañan la dirección de Cuéllar, las Adelitas –como también se les conoce a las jugadoras mexicanas– no han llegado a la segunda ronda de la Copa Mundial en ninguna de sus tres apariciones. En esta Copa, por ejemplo, terminaron con un solo punto y fueron el único equipo de su grupo que no avanzó: empataron con Colombia y perdieron dos partidos (uno de ellos aniquiladas 5-0 por las francesas). Sin una autoridad que se preocupe por los triunfos y derrotas de las Tris, las mexicanas seguirán con la misma dirección técnica y tendrán resultados parecidos en las Copas futuras. Esto, desde luego, no tiene que ver con el talento del equipo sino con el poco valor que se le concede a la selección nacional y con la poca exigencia que enfrenta su entrenador, del que, parece, no se espera lo mismo que de, por ejemplo, Miguel Herrera.

Hay, sin embargo, un creciente interés por el futbol femenil en México. Desde 2007 existe una liga, aunque con un perfil poco profesional (al momento de escribir este artículo, el sitio web carecía de imágenes y texto completo). A diferencia de la liga masculina, la Liga Mexicana de Futbol Femenina no funciona como un filtro para la selección nacional. En 2009, por ejemplo, se reportó que varios de los dueños de los equipos se rehusaron a permitir que sus jugadoras participaran en la selección, ya que una lesión comprometería el éxito (léase: el ingreso) del club. Comentó entonces Cuéllar: “Hay muchas ligas armadas que tienen temor de que les vayamos a quitar a sus niñas con el famoso pirateo, pero no estamos con la idea de despojarle el negocio a nadie, de robarles las jugadoras; la selección es de todas ellas.”

De este modo, la selección nacional no se compone de las mejores jugadoras mexicanas (de las mejores “niñas”), y lo que manda el país a las exhibiciones internacionales no es la mejor representación del talento nacional. Mientras los hombres deben hacer lucir a sus países, las mexicanas son meros activos de clubes particulares. Resulta imposible imaginar que el FC Barcelona no permitiera a Messi, a Suárez o al Chicharito jugar en la Copa Mundial con sus perspectivos países.


Muchas de las mexicanas que eligen jugar para la selección nacional nacieron en Estados Unidos, país en que el futbol femenil genera mucho interés y ha tenido gran éxito. Una de las claves de ese éxito es la ley Título IX (Title IX), aprobada en 1972, que estipula que todo programa educativo financiado por el Estado –incluidos los deportes– debe dividirse equitativamente entre hombres y mujeres. A partir de ese momento los deportes femeninos empezaron a crecer en los colegios y universidades, que tuvieron que racionar el dinero destinado a los deportes masculinos. Es por eso que hoy muchas instituciones educativas estadounidenses cuentan con un equipo de futbol femenino y no con uno masculino. En la Ohio State University y en la University of Oregon, por ejemplo –cuyos equipos compitieron por el campeonato de futbol universitario el año pasado–, el deporte no se llama “women’s soccer” sino, simplemente, “soccer”, porque con el dinero que reciben los programas de “futbol americano” no hay fondos suficientes para apoyar el soccer para hombres.

A causa de las becas otorgadas precisamente por el Título IX, las universidades estadounidenses hospedan a muchas jugadoras que participan en las Copas Mundiales año tras año. De la selección nacional mexicana basta señalar a las dos más celebradas: la delantera Renae Cuéllar, quien jugó para las Universidades de Arizona y Oklahoma, y a Mónica Alvarado, en Texas Christian University y Mississippi State. De las 23 jugadoras mexicanas, trece jugaron o juegan actualmente para un equipo universitario, y una, Emily Alvarado, aún cursa la preparatoria en El Paso, Texas.

Además de la experiencia que las jugadoras ganan gracias a los frutos del Título IX, la liga nacional de futbol femenil (NWSL) en Estados Unidos les ofrece una carrera –es decir, la oportunidad de ganarse la vida. Así, Mónica Ocampo juega actualmente para el Sky Blue FC en Nueva Jersey; la delantera Veronica Pérez y la zaguera Bianca Sierra, para el Washington Spirit, y Arianna Romero, para el Houston Dash.

Resumiendo: algunas de las jugadoras de la selección mexicana nacieron en Estados Unidos, la mayoría cursa (o cursó) la universidad en ese país y varias juegan a nivel profesional allí mismo –no están en la selección mexicana, pues, gracias al apoyo económico ni moral de México. Uno se queda con la pregunta de cómo jugarían esas futbolistas si también el país que han decidido representar las abrazara.

Sin menospreciar los avances que se han visto en Estados Unidos, queda aún mucho por hacer a nivel mundial. El año pasado el expresidente de FIFA Joseph Blatter sugirió que las mujeres deberían llevar shorts más cortos y apretados –à la voleibol– para generar más interés, comentario que reduce a la futbolista a un objeto sexuado. La delantera estadounidense Alex Morganconfesó que Blatter no logró identificarla en un evento de la FIFA en 2012, no obstante que el evento era justo para reconocerla como una de las tres mejores jugadoras en el mundo.

Acaso la noticia más señalada este año, en el ámbito del futbol femenil, fue la demanda que la selección norteamericana levantó contra la FIFA luego de que esta decretara que todas las canchas canadienses en las que se celebraría la Copa tuvieran pasto artificial. Las futbolistas arguyeron, con mucha razón, que la Copa Mundial masculina jamás se jugaría en tales condiciones. El pasto artificial, además de causar heridas y lesiones graves, provoca que el balón sea menos predecible, por lo que varios jugadores –como Thierry Henry, el condecorado delantero francés– se niegan a jugar sobre él. La demanda de las mujeres, sin embargo, fue en vano: el caso se tuvo que retirar después de una seria de tácticas jurídicas de la todopoderosa FIFA.


Es posible que algunas mexicanas no vean la necesidad de realizar una crítica feminista del futbol en México, ya que, para ellas, abrir este deporte a las mujeres significaría intentar liberar a la mujer dentro de los patrones masculinos. Esta perspectiva, sin embargo, desatiende que el proceso de emancipación es un proceso de empoderamiento y que el deporte puede ser un vehículo hacia esto último. Es necesario transformar la imagen del cuerpo femenino –del mero objeto que es para Joseph Blatter a una máquina de velocidad, fuerza y autonomía– y ofrecerles a las mujeres una manera de cuidarse, de entretenerse y –además y como muy pocas veces sucede– de representar a su país.


 

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