La marcha del 20 de noviembre: una evocación sonora

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

El 20 de noviembre de 2014, a quienes asistimos a la marcha para manifestarnos por la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa, de una forma inesperada, se nos destaparon los oídos. ¿Qué significa, a esta alturas, prestar atención a estas voces? ¿Qué se escuchó en los ruidos de ese 20 de noviembre, cuando una sorprendente multitud se manifestó? Lo que sucedió entonces fue una politización de la incredulidad, la indignación, la empatía —algo así como la resurrección de un sujeto político que se había acomodado por demasiado tiempo en la indiferencia y la resignación. Era como si la gente se estuviera de algún modo rebelando en contra de sí misma: en contra de su propio lenguaje, que ya no podía continuar siendo el mismo, que ya no podía responder con la levedad de siempre a la gravedad insoportable de la realidad en México.

“¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”; el grito de “¡Justicia!”; el contar del 1 al 43, fueron expresiones y consignas que escuchamos ese día, una y otra vez, en un incansable sinnúmero de repeticiones. A medida que avanzaba la marcha, la voz de la multitud se apoderaba de la singularidad del individuo: imposible escucharse a uno mismo en medio de las vibraciones de esos sonidos, esos cuerpos, esas denuncias. Sinestésicamente, se dejaba de ser uno mismo para sumarse a la latencia del cuerpo social. El estrépito de la muchedumbre producía el acontecimiento. Emitía resonancias por las que las voces y los oídos individuales se convertían en la voz y el oído de un cuerpo único que fluía por las calles de la ciudad.

Entre la multitud de expresiones, resaltaba una: “desaparecido”, esa palabra del castellano cuya semántica, después de las experiencias históricas de América Latina en la segunda mitad del siglo XX, cambió para siempre. Así, “¡Vivos se lo llevaron, vivos los queremos!”, lo sabemos, no es una expresión que se mueva en la dimensión del sentido común. Es un oxímoron, y en eso reside su fuerza: lo que se escucha en esa frase imposible es una esperanza utópica que moviliza. La voz, como nos recuerda Adriana Cavarero, más que palabra, es sonido. Quererlos vivos es querer escuchar las voces de los desaparecidos. Quererlos vivos es querer que la unidad del timbre, el “grano de la voz” del que hablaba Roland Barthes, vuelva a materializarse. Era claro que los miles de cuerpos y timbres congregados ese día no iban a poder sustituir esa ausencia, que solo podrían tratar de amplificar, hacer reaparecer, esas voces silenciadas, esos “granos de la voz” — “Nos enterraron sin saber que éramos semillas”, no por nada reza ese proverbio moderno de sabiduría instantánea acuñado a la sombra de Ayotzinapa.

Ese día, cuando llegamos al Zócalo, entendimos entonces que los muertos, de alguna manera, podían hablar. Pero también aprendimos que el ruido —el ruido de los gritos y las manifestaciones— era algo relativo; que el estrépito, por más estridente que fuera, podía dejar inmóvil a ciertas personas, a ciertos espacios —como esa fachada del Palacio Nacional que se limitaba a rebotar nuestras voces, y representaba la incapacidad del gobierno para responder prontamente a las demandas populares—. Esa era una afasia más en el proyecto silenciador de la realidad que había volcado a medio país a las calles. (Y dentro de esta gran caja de resonancia que era la plaza, sin embargo, el alboroto más sonoro lo engendraba una presencia espectral: era la memoria del 68 que se propagaba e instalaba como un ruido ensordecedor.)

¿Cómo es posible, cuestionó recientemente Fernando del Paso, que aprendamos los nombres de pueblos y lugares solo “cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia”? Los nombres se aprenden y se recuerdan solo cuando se repiten. Callarlos es la manera más eficaz para que no existan. A casi seis meses de los infames acontecimientos de Iguala, es imprescindible repetir, una y otra vez: Ayotzinapa. Y es que, si hay movimiento, hay ruido. Puede ser una metáfora ambigua, pero “hacer ruido” posibilita la esperanza de mover lo inamovible. Dejar de hacer ruido significa dejar que esa esperanza se caiga en el silencio que niega la vida.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

ARCHIVO

Shopping Basket