La nacionalización de la banca: un acto de pictosimbofilosofía

A 32 años de la nacionalización de la banca es necesario buscar nuevas claves para entender el momento. Daniel Aguilar teje en las ideas de José López Portillo la razón narcisista de la economía nacional.

| Ensayo

Según la tradición del horóscopo chino, las personas nacidas bajo el signo del perro son leales, honestas, valientes y se preocupan por el cuidado de los demás.

Años del perro durante el siglo veinte fueron: 1910, 1922, 1934, 1946, 1958, 1970, 1982 y 1994. Este texto analiza una decisión tomada hoy hace 32 años, el primero de septiembre de 1982.

Algunos economistas dicen que la decisión de nacionalizar la banca se tomó después de consultarla con el mar de Ixtapa, otros dicen que después de ver una película de Indiana Jones.

Sin embargo lo que la mayoría de los economistas ignora es que la torcida racionalidad económica del ex-presidente José López Portillo y Pacheco (1976-82)
estuvo aderezada por una repugnante sustancia estética, la pictosimbofilosofía.

A continuación se ponen en paralelo a dos altos ex-funcionarios de Hacienda y Banco de México, Silva Herzog y Tello Macías, que nos refieren a dos narrativas fantasmáticas contrapuestas para relatar el mismo evento. El momento en que el fuera último mandatario del nacionalismo económico, se decidió a nacionalizar la banca: López Portillo frente al mar o López Portillo frente a la televisión.


ANGUSTIA HISTÓRICA EN IXTAPA

Las aguas heladas del océano Pacífico fueron determinantes para el cálculo egoísta de la expropiación bancaria de 1982. Jesús Silva-Herzog Flores, secretario de Hacienda (1982-1986), relata que en una visita que hizo al entonces presidente José López Portillo (1976-1982) cuando éste daba los últimos toques al Sexto Informe de Gobierno, el mandatario le comunicó que viajaría el fin de semana a Ixtapa, Zihuatanejo “para consultar con ‘el viento, el sol y el mar’ la posible nacionalización de la banca mexicana y la imposición de un control de cambios”[1].

La economía mexicana según Silva-Herzog atravesaba un delicado problema de liquidez. Ante ese problema de liquidez, el presidente viaja a la playa para consultar con el mar —un inesperado y excéntrico asesor financiero— cuál de tres opciones posibles pondría fin a la fuga de capitales y a la estanflación: a) la expropiación de la banca privada, b) la imposición de un riguroso control de cambios o, c) las dos anteriores.

La anécdota del secretario de Hacienda cobra sentido y deja de ser un mero apunte tragicómico si tomamos en cuenta que López Portillo se distinguió de los mandatarios que le precedieron por detentar cierta sensibilidad artística, escasa entre la clase política mexicana, que le llevó a escribir inclasificables obras literarias como Quetzalcóatl, Don Q o Umbrales y a pintar delirantes cuadros figurativos como los que aparecen en la contraportada de sus copiosas memorias Mis Tiempos.

Umbral de recuerdos no. 2 (1988) José López Portillo

Umbral de recuerdos no. 2 (1988) José López Portillo

Tiempos (1984) José López Portillo

Sobre el proceso de escritura de Quetzalcóatl repara en su autobiografía:

Revisé notas y releí y empecé a escribir aquella fantasía literaria de un solo golpe; sin duda porque en el subconsciente y, desde hacía muchos años, lo tenía ya resuelto. Desde entonces se me fijó el misterio de la Creación. A veces sentía que recordaba; otras, que tomaba dictado y, más frecuentemente, que estaba sacando cosas de la nada[2].

Por otro lado también articuló elucubraciones casi duchampianas al respecto de su obra plástica:

Mi destino como pintor no es claro y mis cuadros no son celebrados, ¡oh, dolor! Sin embargo, me empecino en expresarme también con la forma y el color, embadurnando espacios para coagular tiempos interiores o sintetizar los que transcurren, que ambas cosas han de expresar los pinceles. Y hasta elaboradas tengo algunas tesis pictóricas. Ya, hace tiempo, expresé la de los colores, cuyo sentido canté en una oda que tuve el poderoso escrúpulo de no transcribir; sino, simplemente, referir de modo torpe y sin gracia. Pensaba, pues, en la capacidad del pincel para expresar también ideas y conceptos con la forma y los colores[3].

Por lo tanto no es del todo descabellado que un presidente con debilidad hacia la creación artística acuda al mar, en medio de la mayor crisis de legitimidad de su gobierno, para vivir una experiencia sublime y tomar una decisión que marcará para siempre la historia económica del país.

Lo sublime es una mezcla de placer y pena provocada por el intento de presentar lo impresentable. Aparece como límite a la razón del sujeto moderno, Kant redactó varias observaciones sobre lo bello y lo sublime, al respecto de lo último declaró que: “Un largo espacio de tiempo, es sublime. Si corresponde al pasado, resulta noble; si se le considera en un porvenir incalculable, contiene algo de terrorífico.”[4]

Creo que en el caso de López Portillo la inmensidad del mar es la condición de posibilidad que le permite experimentar como sublime el tiempo. Claro, un tipo de tiempo específico que bajo el capitalismo es sinónimo de dinero —time is money— y del cual, evidentemente, las clases dominantes se apropian. Si el presidente fue a la orilla del mar, fue a mirar dinero, a contemplar lo sublime e irracional de los mercados financieros, lo inabarcable, el espacio de tiempo que brota del oleaje de los flujos de capital, porvenir incalculable y por lo tanto escalofriante.

Estar frente al mar es estar frente algo que puedes percibir pero no concebir. Confrontar lo impresentable, lo sublime financiero, es una experiencia común en los economistas. Su régimen escópico, la forma de mirar la realidad, es a través del realismo capitalista; el dinero produce realidad, fiel a la supuesta razón económica y a las fantasmagorías de la espectrología del capital (la mano invisible y los espíritus animales).

La hipocondríaca y patética personalidad de López Portillo, un mes antes de la expropiación de la banca privada, le lleva a autodiagnosticarse un malestar que según él solamente los presidentes de México experimentan, angustia histórica. “Tengo la sensación de angustia en la boca del estómago. Angustia histórica, de esa angustia que sólo un hombre cada seis años, en México, puede sentir”[5].

De acuerdo con los archivos públicos de la Dirección Federal de Seguridad del mes de agosto de 1982 que se pueden consultar en el Archivo General de la Nación: el día 2 el presidente visitó Cd. Juárez; el 3 asistió en D.F. a la Asociación de corresponsales extranjeros en México; el 4 visitó otra vez Cd. Juárez; el 6 recibió a los asistentes a la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales de la UNESCO en la Residencia Oficial de los Pinos; el 8 fue entrevistado por el líder de los chicanos Armando Gutiérrez; el 9 visitó Tixtla, Gro.; el 13 hubo fuertes rumores de que sufrió un atentado en Mexicali, B.C.; el 21 en Acapulco, Gro. presidió la inauguración de la Reunión Mundial de Turismo; el 25 otro rumor de atentado; el 27 fue entrevistado por el Sr. Pieter Dankert presidente del Parlamento Europeo, tuvo una reunión de solidaridad agraria, fue testigo de honor en la firma de convenios entre la Secretaría de Programación y Presupuesto y el IPN, asistió a la inauguración del Archivo Nacional; el 28 tuvo una reunión de trabajo “exportación de café” y la clausura del congreso de la C.N.C; el 30 gira de trabajo en Veracruz, Ver.

El inexistente domingo 29 de agosto de 1982 en la versión pública del AGN, abre la posibilidad de imaginar una decadente epifanía desarrollista: el presidente tlatoani navega montado en las ligeras espaldas de su velero Ehécatl (así lo llamaba[6]) el mar de Ixtapa, hasta topar con una manada de olas negras que en su conjunto forman un inmenso espejo humeante, un derrame petrolero provocado por Tezcatlipoca (como alguna vez mencionó en un informe de gobierno[7]). Ahí es donde aflora el fatal reflejo de su cansada efigie y al igual que su admirado Quetzalcóatl, López Portillo —ebrio de poder y narcisismo criollo— decide evitar su inminente naufragio con una última patada de ahogado, un último giro de timón que intentará redimir y salvaguardar para la eternidad una heroica imagen de sí mismo: el fiel de la balanza, el administrador de la abundancia, el Cárdenas de fin de siglo; y así como Quetzalcóatl, el hombre y Dios en turno del régimen priista, antes siquiera de llegar a la costa de la redención histórica muere ahogado por su propia imagen, el mar lo escupe y yace semidesnudo en la playa de su sexenio, enseñando a su pueblo la verdadera decrepitud de su cuerpo político. El espejo negro y humeante de Tezcatlipoca reveló el irremediable destino del México postrevolucionario: la Revolución hecha desde las instituciones nace con una expropiación y muere con una expropiación.

Ixtapa fue un experimento in vitro del desarrollismo mexicano, formó parte de una maniobra del Gobierno para fomentar la inversión privada nacional o extranjera mediante la promoción de destinos turísticos diseñados y planificados por el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur). Es sabido que en localidades como Ixtapa los presidentes y sus protegidos actuaban como supremos emperadores, all-inclusive resorts para la obscenidad absoluta. Recordemos a Arturo “El Negro” Durazo quien construyó una mansión inspirada en la cultura helénica conocida como el Partenón en Zihuatanejo y en donde se dice sucedían bacanales de sexo, drogas y violencia. Las costas de Guerrero fueron (y siguen siendo) paraíso y escenario de las más obscenas metástasis del cáncer de México (la corrupción); desde los sexenios de Luis Echeverría y López Portillo hasta nuestros días.

Es necesario viajar a Ixtapa a finales de agosto para entender la angustia histórica bajo el paisaje, la naturaleza y las condiciones climáticas semejantes a las que, posiblemente, López Portillo experimentó aquel 29 de agosto. Ixtapa es una entelequia del México postCEPALino, producto distópico del estalinismo de mercado más exquisito, en la cual el órgano central no es un partido sino Fonatur, una institución federal que hace de moderador entre el sector público y el sector privado.

En las oficinas de Fonatur, Ixtapa, el arquitecto Jorge Islas indica la ubicación de la casa de visitas donde descansaba López Portillo: a un costado del Hotel Barceló, al sur de la Playa El Palmar. Jorge dice que ese lugar ahora es un manglar donde desemboca un río y está habitado por aves y cocodrilos; la naturaleza construyó un escenario preciso para describir las torceduras del proyecto del nacionalismo económico y su devenir como hábitat para los cocodrilos del priismo más rancio. Cuenta el guía de turistas que resguarda el manglar, que el Estado Mayor Presidencial sitiaba el terreno cada vez que el presidente y su familia estaban en la casa de visitas. Durante el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988) ese lugar dejó de ser la mítica casa de visitas y pasó a ser un restaurante bar llamado La Cucaracha, que más tarde se abandonó y demolió. En ese lugar, ahora, sólo quedan vestigios de la angustia histórica que provocaría las lágrimas de cocodrilo de López Portillo, luego de pedir perdón por hipotecar al país, durante aquel memorable y televisado performance del primero de septiembre de 1982.


Angustia histórica en Indiana Jones

El economista Carlos Tello Macías fue uno de los autores intelectuales de la nacionalización de la banca. A principios de marzo de 1982, después de la devaluación del peso y la retirada del Banco de México del mercado de cambios a mediados de febrero, el presidente López Portillo le pidió que elaborara —en forma discreta— un estudio donde se analizaran todas las opciones de política económica para hacerle frente a la aguda y en cierto sentido atávica problemática del peso y su valor respecto al dólar, tan agravada por la salvaje especulación y fuga de capitales que desde 1981 se habían observado en México, y que en los últimos meses de ese año y las primeras semanas de 1982 alcanzaban niveles inusitados. Tello Macías se encargaría de preparar los documentos, que serían analizados y discutidos entre el presidente, José Andrés de Oteyza secretario de Patrimonio y Fomento Industrial (1976-1982), José Ramón López Portillo subsecretario de Evaluación de la Secretaría de Programación y Presupuesto (1980-1982), José María Sbert director general de Cinematografía, personas en las que el presidente tenía plena confianza y en las que descansaba para la preparación del sexto y último informe de gobierno.

La última semana de agosto el economista Carlos Tello Macías recibió la instrucción por parte del presidente de revisar el proyecto de texto del Sexto Informe de Gobierno y de redactar tres versiones alternativas mientras éste tomaba una decisión. La primera opción era la expropiación de la banca privada, la segunda solamente aplicaba el control de cambios y la tercera un paquete completo con las dos anteriores.

Carlos Tello Macías, que durante los últimos tres meses del sexenio de López Portillo sería director general del Banco de México (1982), relata en su libro Ahora recuerdo:

La noche del viernes 27 de agosto entró (López Portillo) en la biblioteca donde estábamos trabajando y nos invitó a ver con él una película: Los Cazadores del Arca Perdida. En realidad sólo la vimos José Andrés (de Oteyza), José María (Sbert), José Ramón (López Portillo) y yo. El presidente no la veía. Estaba sumido en sus pensamientos. Al terminar la película dijo en voz alta: “Pues parece que está decidido; eliminen las dos primeras versiones”[8].

Indiana Jones en Los Cazadores del Arca Perdida (Spielberg, 1981) un verdadero macho personificado por Harrison Ford, quizá haya iluminado a López Portillo. Acaso se identificó con la personalidad dialéctica del protagonista, que pasa de la teoría a la práctica; un hombre ilustrado pero también un aventurero que no se raja, lo mismo da balazos y latigazos que conferencias de arqueología. Rescata del mercado bienes en peligro y los pone bajo el resguardo del Estado (un museo, una universidad).

Como cualquier superhéroe Indiana Jones tiene dos personalidades. Es un tímido arqueólogo y profesor de universidad con una clase donde los estudiantes aprovechan para tomar la siesta; y por las tardes es un cazador de reliquias y piezas de civilizaciones milenarias que sabe usar el látigo y el revolver como si se tratara de John Wayne y tiene vínculos con la inteligencia norteamericana.

Jones puede llegar a un país para robar y despojar de sus objetos rituales a una cultura originaria porque lo está haciendo con fines científicos. Es decir, sus robos no son robos son contribuciones a la historia universal. Su fin no es lucrar con estos objetos, al contrario los rescata del lucro o de ser usados como los objetos mágicos que son y los entrega al museo para que administre su historia. Con la justificación de que son para el uso del público pero bajo el control y supervisión del Estado. Indiana Jones es en pocas palabras un keynesiano de la cultura. La mano invisible del mercado es reemplazada por una visible que usa látigo y revólver para defenderse de los agentes económicos irracionales (en las películas de Jones el comunismo o el fascismo) que ponen en peligro la integridad del sistema capitalista. El objetivo de Indiana Jones es keynesiano dar muerte al rentero y conseguir el equilibrio bajo el Estado benefactor.

Interpretando a Tello Macías se podría suponer que López Portillo necesitaba de una experiencia estética concreta (y no abstracta como lo sublime del mar de Ixtapa) para tomar la decisión. Bastó una película de acción de 1 hora y 55 minutos para convencerse de decretar la medida que pondría fin a la inflación y a la fuga de capitales. El Estado neutralizaría el Arca de la Alianza del capitalismo financiero que dio superpoderes al Fondo Monetario Internacional y daría de latigazos a los banqueros vendepatrias, establecería un estricto control de cambios y el destino económico de la nación estaría en las manos visibles del gobierno.

Para Kant lo bello y lo sublime satisfacen sin interés. Pero a diferencia de lo inabarcable y angustiante de lo sublime, en lo bello podemos contener y enunciar, percibimos inicio y final. Una flor, una piedra, una banca, un caballo, una sonrisa, una película de Indiana Jones, es decir cualquier experiencia concreta que produzca placer o dolor, siempre y cuando, la contemplemos desinteresadamente.


Qué soy yo para los otros

Pepé vs Pepé, 1974

Silva Herzog y Tello Macías (Hacienda y Banco de México) declaran en sus memorias el momento originario de la nacionalización de la banca. Ambos relatos intentan construir una mitología y, en el fondo, son dos maneras de autorrepresentación, que dicen más de los sujetos que los cuentan que del objeto que describen. Carlos Tello y Jesús Silva-Herzog, o si lo vemos en escuelas económicas keynesianismo y monetarismo, son los protagonistas de estas anécdotas, lo bello keynesiano y lo sublime monetarista. Como apunta Zizek “uno debe tener en cuenta que el deseo realizado (escenificado) en la fantasía no es del sujeto, sino del deseo del otro”[9]. El otro es la ideología económica, el que fantasea Tello Macías o Silva-Herzog lo hace para el otro, que es su respectiva escuela de pensamiento económico. La decisión de nacionalizar es resultado de un conflicto ideológico entre dos formas de hacer economía burguesa.

En la literatura económica ortodoxa podemos distinguir dos corrientes fundamentales: la de los partidarios del “capitalismo regulado” (keynesianismo) y la de los defensores de la denominada “libre iniciativa” (monetarismo). John M. Keynes es el ideólogo más notable de la primera. La segunda tiene sus ideólogos en los Estados Unidos (Mises, Hayek, Friedman), la cual predomina en la actualidad. El gabinete de López Portillo estaba divido entre monetaristas (Jesús Silva-Herzog Flores, Miguel Mancera Aguayo y Miguel de la Madrid) y keynesianos (Carlos Tello Macías, José Ramón López Portillo y José Andrés de Oteyza). En breve, los keynesianos buscaban que el gobierno interviniera en la economía mediante la regulación del libre comercio y el desarrollo de las fuerzas productivas al interior del sistema (Estado de bienestar), y los monetaristas (que años más tarde se conocerían como neoliberales) defendían el libre comercio sin la intervención del Estado ya que éste causaba distorsiones que alteraban a largo plazo la economía, creando inflación y estancamiento.

Como ya vimos los monetaristas dicen que la decisión se tomó después de visitar Ixtapa, y los keynesianos dicen que después de ver Los Cazadores del Arca Perdida. La versión sublime-monetarista de Jesús Silva-Herzog Flores sugiere que López Portillo es conmovido por el horror causado por la inconmensurabilidad del mar de los flujos infinitos del libre mercado, la inagotable deuda externa y la imparable fuga de capitales. La versión bella-keynesiana de Carlos Tello Macías sugiere que López Portillo es encantado por la aventura estatal de rescatar fetiches del capitalismo tardío de los bárbaros homo œconomicus, de contener y administrar desinteresadamente la riqueza de la nación.

Es probable que al tratarse de un hombre, presuntamente, sensible López Portillo necesitara de este tipo de rituales para tomar decisiones. También es posible que ninguna de las dos versiones sea acertada, aunque los dos personajes afirmen que así fue y que únicamente sean distorsiones de conciencias en quiebra, inestables por la creciente espiral inflacionaria.


El espíritu animal de la pictosimbofilosofía

 De acuerdo con Héctor Guillén Romo, la nacionalización del sistema bancario y el control de cambios constituyó una victoria de la facción keynesiana del aparato estatal en contra de las fuerzas monetaristas:

En efecto, no hay medida más típicamente keynesiana que la lucha contra la especulación y el poder del dinero. Recordemos el dilema espíritu de especulación-espíritu de empresa planteado por Keynes en La teoría general y todo su desprecio e incluso odio contra el poder del dinero, entendido por Aglietta y Orlean como “la manera en que las operaciones puramente financieras afectan las condiciones de la producción material y permiten a los acreedores apropiarse una parte del excedente”. Keynes deseaba profundamente la abolición del poder absoluto del dinero y para ello predicaba a favor de la realización de reformas monetarias atrevidas, que permitieran la muerte de los rentistas, con el fin de suprimir las trabas que encadenan los “espíritus animales” de la iniciativa capitalista[10].

La economía política burguesa siempre ha tenido una tendencia a la espectrología, es decir, a explicar el acontecer económico mediante manos invisibles y otros entes fantasiosos. En la decisión de 1982 el gobierno apostó para que un ente ganara la batalla fantasmática e ideológica, se esperaba que al liberar los espíritus animales estos arrancarían a mordidas las manos invisibles de la banca privada, hecho que recobraría la confianza y la estabilidad en la economía nacional.

Sin embargo la medida no funcionó, la inflación siguió en aumento y el peso se devaluó aún más. Hasta que en 1991 ya era urgente “modernizar” el sistema bancario porque la firma del TLCAN estaba en puerta y Carlos Salinas de Gortari reprivatizó la banca. A esta etapa se le conoce como “extranjerización de la banca” ya que entidades financieras trasnacionales se hicieron con el 90% de la banca mexicana.

Adrián Lajous Martínez entonces director del Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext), que renunció al cargo en protesta de la expropiación bancaria, articula una de las  interpretaciones más sensatas al respecto:

Pensé y sigo pensando que, consciente o inconscientemente, el verdadero móvil de José López Portillo era calmar sus angustias existenciales. Todos tenemos una imagen de nosotros mismos y tratamos, con mayor o menor éxito, de hacer vivir esa imagen (…) Cualquiera que fuera su estado de ánimo en los altibajos de febrero a septiembre, su extraordinario plan vital lo impulsó a emprender una acción importante y dramática. Muy explicable esta acción como catarsis psíquica, pero inaceptable que un jefe de gobierno maneje al país como forma de resolver sus propios problemas[11].

Lo anterior nos recuerda algo que los economistas ortodoxos se niegan a aceptar y es que la economía no es una ciencia dura. A pesar de que los economistas neoclásicos del XIX quisieron superar las críticas de Marx, mediante la importación y aplicación de modelos de las matemáticas y la física modernas para explicar “científicamente” la racionalidad del sistema, las constantes crisis y contradicciones del capitalismo demuestran que en la economía la irracionalidad es la norma y no la excepción. Los sujetos que la manejan y poseen, no responden tanto a sus necesidades básicas como al llamado de sus deseos, sus traumas, sus malestares.

López Portillo tuvo la osadía de nombrar como pictosimbofilosofía a su corriente artística que así describe:

Hasta los dieciocho años pinté lo que llamé mi pictosimbofilosofía, expresada en más de veinte cuadros: el de las Ideas madres que pegué en el techo de mi cuarto; Cogito ergo sum, El árbol seco de desesperado fruto, Del desesperado fruto y cuando el romanticismo cruza, Yo, Egoísmo, De la humanidad, Del sentimiento artístico y del religioso, Del sentimiento fáustico, De la música, son algunos de los títulos de mi temprana obra, que en una época tuve colgados en las paredes de mi recámara en Los Pinos y ahora están en mi estudio. Pero a la sazón, prendidos con tachuelas de colores estaban en las paredes de mi cuarto, como -me imaginaba- si estuvieran en la interioridad de mi cerebro.

Lo malo es que se convirtieron en una de las curiosidades de la casa, expresión de las excentricidades de “Pepito”, y su rareza. A todos les enseñaban los cuadros y, como eran incomprensibles sin mi explicación, tenía que explicar a parientes, amigos y extraños lo que quería decir. Comprendí, ya lo dije, que si tenía que dar tantas explicaciones personales, no era yo pintor de cuadros, sino de conceptos[12].

 

Si como el ex director de Bancomext afirma, López Portillo decretó en su último informe de gobierno la expropiación únicamente para calmar sus ansias existenciales y esculpir para la posteridad una inmaculada imagen de sí. Se puede argumentar que como productor de imágenes y único practicante de la pictosimbofilosofía, López Portillo produjo una imagen de sí que es pictosimbofilosofica. Si finalmente lo que buscaba no era ni regular el mercado, ni liberalizarlo sino algo extraeconómico e irracional para satisfacer un impulso vulgarmente narcisista: crear una imagen de sí mismo que estuviera a la altura de su propia megalomanía. La nacionalización de la banca es —además de todo lo que los analistas han concluido— un acto de pictosimbofilosofía.

La nacionalización de la banca provocó una reorganización de las élites y los poderes económicos políticos en el país. Puso fin a un modelo de acumulación keynesiano nacionalista revolucionario y dio inicio al modelo monetarista de libre mercado basado en privatizaciones y desregulaciones que sigue vigente bajo el nombre de neoliberalismo.

¿Son acaso las nuevas élites del México contemporáneo consecuencia de un acto de pictosimbofilosofía?


Referencias

[1] Jesùs Silva Herzog Flores, “Recuerdos de la nacionalización de la banca”, en Del Àngel-Moborak, Bazdresch Parada y Suárez Dávila (comps.), op. cit., p. 99.

[2] López Portillo y Pacheco, José (1988): Mis Tiempos (Primera y segunda parte). Ciudad de México: FERNÁNDEZ editores. p. 307

[3] López Portillo y Pacheco, José (1988): Mis Tiempos (Primera y segunda parte). Ciudad de México: FERNÁNDEZ editores. p. 295

[4] Kant, Immanuel Lo bello y lo sublime : ensayo de estética y moral. Edición digital.

[5]  López Portillo y Pacheco, José (1988): Mis Tiempos (Primera y segunda parte). Ciudad de México: FERNÁNDEZ editores. p. 1224

[6] López Portillo y Pacheco, José (1988): Mis Tiempos (Primera y segunda parte). Ciudad de México: FERNÁNDEZ editores. p. 824

[7] López Portillo y Pacheco, José (1988): Mis Tiempos (Primera y segunda parte). Ciudad de México: FERNÁNDEZ editores. p. 868

[8] Tello Macías, Carlos (2013): Ahora recuerdo. Ciudad de México: Debate. p. 289

[9] Zizek, Slavoj (2010): El acoso de las fantasías. Madrid: Siglo XXI. p. 18

[10] Guillén Romo, Héctor (1984): Orígenes de la crisis en México. Ciudad de México: Ediciones Era. p. 115

[11] Espinosa Rugarcía, Amparo; Cárdenas Sánchez, Enrique (comp): (2010) La nacionalización bancaria, 25 años después. La historia contada por sus protagonistas. Tomo III: Funcionarios, asesores y analistas. Centro de Estudios Espinosa Yglesias: Ciudad de México. p. 10

[12] López Portillo y Pacheco, José (1988): Mis Tiempos (Primera y segunda parte). Ciudad de México: FERNÁNDEZ editores. p. 154.


El autor da gracias infinitas (como las olas) por su generosa hospitalidad y apoyo a Paloma Contreras Lomas, Pablo Contreras Lomas, Amelia Guerrero y Antonio Pablo Contreras Berumen.

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