La noche de Iguala o la versión oficial en formato película

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Uno de los peores documentales de nuestra tradición cinematográfica es un producto cultural que no debe pasar desapercibido. Con el eslogan “Una verdad incómoda”, La noche de Iguala –docudrama dirigido por Raúl Quintanilla (director Académico del Centro de Formación Artística de TV Azteca) y documentado por Jorge Fernández Menéndez (conductor de “Todo Personal”, en Proyecto 40)– llegó a las salas comerciales el pasado fin de semana. Ha acumulado, desde la publicación de su tráiler, un rechazo importante. El domingo se estrenó en la Cineteca; después de la función, inconformes colgaron una manta en la sala con el mensaje #MentiraHistóricaLaPelícula.

Al ver los avances uno supondría que se trata de la versión de la PGR en formato película –y sí: es la versión de la PGR en formato película. Y es curioso: a pesar de que la película reconstruye los hechos de lo sucedido a partir de las declaraciones de los sicarios obtenidas por la PGR, no se menciona a la PGR. Ni a Murillo Karam. No aparece, en realidad, ninguna novedad documental. Más que verla (la cinematografía, por sí sola, es ya un agravio), hay que entender esta película en el contexto en que se produce. No se comercializó a principios de año ni se postergó para 2016; se comercializó hoy, cuando el debate sobre la historia presentada por la PGR está en su punto climático. Con la publicación del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Indepentientes (GIEI), la hipótesis de que los normalistas fueron incinerados en el basurero de Cocula se ha puesto en duda. En un bando están los que defienden la novedad propuesta por el perito José Luis Torero, del GIEI, y en el otro los que siguen defendiendo la versión del incendio en Cocula. Esto es importante: en esta polémica se define nuestra relación con un Estado que produjo o no una narrativa falsa.

La conclusión de la “investigación” de Fernández Menéndez es que los normalistas están muertos y fueron quemados, como planteó originalmente la PGR. La última escena no conmueve, pero es simbólica. Muestra a un sicario (tatuado) ratificando la versión oficial por teléfono:

–Los hicimos polvo, jefe –reporta a su superior.

En otro orden, la representación que hace La noche de Iguala de los estudiantes es condenable. Si nos atenemos a las escenas, hay en ellas un mensaje claro: los normalistas se lo buscaron. Un ejemplo de esto es la narración de la historia de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, que comienza con la construcción de la Normal y termina con la tragedia de los 43. Sin embargo, hay un salto agresivo, incluso visualmente: el capítulo que precede al 26 de septiembre es la muerte del guerrillero Lucio Cabañas, un hecho de 1974. La exhibición de violencia, por otro lado, es el tipo de escena más repetida: gente armada, escenarios de balaceras, militares recorriendo el campo de amapolas, cadáveres. En los videoclips, los normalistas ultrajan el palacio municipal; en la dramatización, se muestran siempre agresivos. Los normalistas que La noche de Iguala construye son, como en todo discurso conservador, el “otro” ominoso: un grupo de “vándalos” que, en lugar de dedicarse a estudiar, gastan las horas en delinquir, en poner en riesgo las instituciones políticas y la propiedad privada. Para que esta construcción sea posible, se recurre a dos omisiones alarmantes: el contexto económico y social de Guerrero. El sustantivo “rural”, por ejemplo, parece no importar a los realizadores.

Desde hace unos días circula una petición en Change.org firmada por Omar García y los familiares de las víctimas. El filme –argumentan, siguiendo la La Ley General de Víctimas– vincula reiteradamente a los estudiantes con actividades delictivas y con Los Rojos, el cartel rival de Guerreros Unidos, además de que apoya la versión original de la PGR. Exigen, por ello, que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas condene la película. Al momento 23 mil usuarios han firmado. A pesar de que en efecto la película especula públicamente sobre la asociación de los normalistas con el crimen organizado y actividades delictivas, algunas voces han rechazado la campaña, considerando que intenta censurar el documental. (Por más que intento detectar el motivo de la alarma no lo encuentro: una campaña en Change.org ni va a censurar la película ni pondrá en peligro, como parecen sugerir algunos, los “valores” de nuestra democracia liberal (¿?).) En defensa de la obra, Jorge Fernández Menéndez ha llamado a los promotores de la campaña –¿se refiere a los padres?– “fascistoides” e “inquisitoriales”, y a las críticas contra su película, “una expresión del autoritarismo más cerril”. No hay mucho que agregar.

Lo más inverosímil (y perturbador) de La noche de Iguala es la ausencia de preguntas. En teoría Raúl Quintanilla y Jorge Fernández Menéndez documentaron, por fin, minuto por minuto, implicado por implicado, la narración completa. No formulan pregunta alguna, sin embargo, sobre la sucesión de los hechos, la responsabilidad de las autoridades, el motivo de los criminales o las investigaciones del Estado. Este no es un detalle menor. Incluso para los defensores de la tesis de la quema en Cocula, muchos capítulos de la tragedia del 26 de septiembre todavía son inciertos.

En su columna de Máspormás, Antonio Ortuño planteó una pregunta importante: ¿quién financió la obra? Digamos, por lo pronto, esto: hay gente dispuesta a costear esta película. Y a dar carpetazo al tema. A falta de un Estado capaz de convencer, emerge un proyecto privado para fijar el relato definitivo. Basta, pueblo, de preguntas: esto paso. Que algo de tan baja calidad como La noche de Iguala haya sido producido por empresarios, y se muestre en salas comerciales y (ay) en la Cineteca, dice mucho de las élites políticas y económicas del país.


La noche de Iguala

Director: Raúl Quintanilla
País: México
Año: 2015
Idioma: Español
Duración: 78’


La noche de Iguala se exhibe, actualmente, en la Cineteca NacionalCinemex y Cinépolis.

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