La pasión de PPK, el vía crucis de Perú. ¿Resucitará Perú?

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Cómo no recordar la frase que Winston Churchill dijo en Munich antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial: «El gobierno tuvo que elegir entre la vergüenza y la guerra. Eligió la vergüenza. Tendrá guerra también». Pedro Pablo Kuczynski (PPK) estuvo desde el día uno humillándose ante la bancada fujimorista que, si bien tenía mayoría en el Congreso, nunca debió darle la cabeza de sus ministros, entregarles sano, salvo y milagrosamente curado a Alberto Fujimori. Aun así, la guerra llegó con su renuncia y dieciocho meses sin poder dejar el país por las averiguaciones en el Caso Odebrecht.

Perú se ha convertido, para muchos, en un caso de estudio por cómo la corrupción ha sido capaz de terminar con todo un país. La gran pregunta es: ¿alguien sabía lo que venía?, ¿tomó por sorpresa a los peruanos? El gobierno tecnócrata de lujo terminó siendo más de lo mismo. Estaba en el historial PPK, la historia lo decía. Elegir el menor de los males en las elecciones de julio del 2016 terminaría explotando en la plaza San Martín cuando las garras filudas de Keiko Fujimori decidieran atacar.

Oportunidades tuvo muchas. A Kuczynski le otorgó su voto la izquierda con el afán de que no regresara el fujimorismo, y antes de que se desatara el caos político de diciembre del 2017, se hablaba de él como un tecnócrata que, rodeado del gabinete más profesional, lograría reactivar la economía. Perú, la quinta mayor economía de América Latina, logró recuperarse de la crisis política y económica que trajeron los noventa e inicios del 2000 y había logrado tener la menor inflación de la región (1.36% en el 2017) y un crecimiento estable del PIB de casi 6% (en 2017 cerró en 4.3%). Hoy miles de millones de dólares están en el limbo con construcciones paralizadas y la entrada de un nuevo gobierno.

El expresidente lo tenía todo, en papel era grandioso; estudió en el exclusivo Markham College de Lima, terminó la secundaria en Reino Unido. También posee una melomanía que lo llevó a hacer estudios de Composición musical en Suiza, flauta y piano en la Royal Academy of Music en Londres para seguir su paso por Oxford donde fue alumno de Filosofía, Economía y Política. Además de ir a la Universidad de Princeton donde cursó sus estudios de posgrado en Economía. Su padre, un médico militar polaco-alemán, encontró un lugar en la Amazonía peruana en los años treinta y se convirtió en pionero en el tratamiento de enfermedades tropicales.

Como profesionista, pasó por el Banco Mundial en múltiples ocasiones, trabajó en banca de inversión en los setenta en Kuhn, Loeb & Co., fue presidente de un consorcio minero —Halco Mining—, además de miembro del directorio de diversas empresas como Compañía de Acero del Pacífico, Magma Copper, Tenaris, Southern Peru Copper Corporation y Ternium Inc., entre otras.

Era el currículum perfecto. Aunque con lupa, su carrera política siempre tuvo claroscuros que hoy levantan suspicacia. En 1966 regresó a Perú como gerente del Banco Central de Reserva del Perú durante el gobierno de Fernando Belaúnde Terry. Tras el golpe de Estado el 3 de octubre de 1968, un golpe militar orquestado por el general Juan Velasco Alvarado, él y dos gerentes más fueron acusados por tráfico de influencias. Después de un proceso judicial de ocho años, la Corte Suprema de Justicia lo absolvió y se refugió en Estados Unidos. En 1980 regresó otra vez al segundo gobierno de Belaúnde Terry como Ministro de Energía y Minas e intentó promulgar una ley de explotación energética y petrolera con el pequeño detalle de que exoneraba de impuestos a las empresas petroleras extranjeras.

Y aquí viene lo bueno, durante el gobierno de Alejandro Toledo fungió como Jefe de Plan de Gobierno y Ministro de Economía y Finanzas. Es en este periodo en el que el gran nombre «Odebrecht» empieza a ensuciar definitivamente a Kuczynski. El exdirector ejecutivo de la constructora brasileña en Perú, Jorge Barata, dijo a las autoridades que sobornó a Toledo con veinte millones de dólares para asegurar la construcción del tramo 2 y 3 de la Carretera Interoceánica. Toledo hoy se refugia en Estados Unidos, prófugo de la justicia peruana, y tiene dos pedidos de prisión preventiva.

El caso Lava Jato ha implicado a todos los presidentes (y presidenciables) de prácticamente las últimas dos décadas: Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Alan García y PPK, pasando también por Keiko Fujimori. El rubio formado en Oxford terminó siendo lo mismo que el indígena salvador, que el exmilitar o la cabeza de la institucionalidad Aprista (el partido más antiguo de Perú).

Tras veinte años tratando de reconstruir su democracia, Perú parece que solo termina de evidenciar qué tan enraizada está la cultura de la corrupción, del pago de favores en las altas esferas del poder político y económico. Después de Brasil, es el país más afectado por el organizado sistema de sobornos. Según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, de veintinueve millones en sobornos invertidos en Perú, la ganancia fue de ciento cuarenta y tres millones. La corrupción, un mal de toda América Latina, pero que hoy golpea al país sudamericano con más fuerza porque, como expresa Sonia Goldenberg en su última columna en The New York Times, «ha sido más fácil expulsar o encarcelar a los presidentes que limpiar la política en el país».

El ejemplo más claro de esto es que el nuevo presidente tiene como primer ministro a César Villanueva, quien también estuvo al costado del expresidente Ollanta Humala, quien desde hace ocho meses se encuentra en prisión preventiva, tanto por el caso Odebrecht como por haber recibido, por parte de Hugo Chávez, dinero extraído ilegalmente de la República Bolivariana para financiar su campaña.

Muy parecido a lo que ocurre en México, nos gusta reciclar políticos corruptos, con la diferencia de que en Perú existe la reelección y las instituciones son tan débiles que un presidente como Humala tuvo siete primeros ministros durante su gobierno.

Los casi veinte años de terrorismo forzaron a gran parte de la población a migrar a la capital, y lograron que el peruano se convirtiera en alguien tan desconfiado que la política en Perú es algo así como «estás conmigo o contra mí», lo que cierra las puertas a toda posibilidad de debate.

Para muchos especialistas, a Perú le faltó la Revolución que México tuvo para romper desde la raíz con el criollismo que subsistía en el siglo XX; para hacer las reformas sociales, agrarias y constitucionales necesarias para lograr tener más institucionalidad. Mientras en México buscamos candidatos que salgan del partidismo, en Perú se requieren bases de partidos sólidas con algún tipo de ideología definida.

En Perú hay más de veinte partidos políticos, pero las fuerzas que tradicionalmente se reconocen son fujimoristas o apristas. Tanto Humala como Toledo o PPK han sido fundadores de los partidos que los han llevado a la silla del Ejecutivo. El mismo Fujimori creó Cambió 90. No existe un Estado fuerte que llegue a las provincias, no hay partidos políticos sólidos con trayectoria. La gente se decepciona muy rápido con unos y otros.

Se necesita legitimidad y eso no se construye de la noche a la mañana. Por eso, para Odebrecht lo más fácil era llegar con la cabeza: el presidente en turno. Y, por si acaso, dejar las cosas claras con alguno que pudiera llegar al Palacio Nacional.


La oportunidad de oro

Martín Vizcarra, el nuevo e irreconocible presidente de Perú, tiene en sus manos la gran oportunidad de resucitar al «Puma del Pacífico». Primero, porque según una encuesta de El Comercio, ochenta por ciento de la población no lo conoce, lo cual en la política peruana parece ser ventaja. Segundo, porque parece que la enemistad en la casa de los Fujimori podría jugar a favor del ingeniero de cincuenta y cinco años.

La familia Fujimori es como un gran árbol que solo da manzanas podridas. En resumidas cuentas, Kenji y Keiko vienen de un hogar donde el papá electrocutó a la mamá; Susana Higuchi dijo haber sido torturada por su exmarido para mantenerla en silencio. Ellos se quedaron con su padre torturador y fueron criados rodeados de gente del Sistema de Inteligencia Nacional de Perú y Vladimiro Montesinos.

Keiko llegó a ser primera dama, pero ahora parecía que prefería dejar preso a su padre porque había dejado de ser la favorita después de perder dos elecciones presidenciales. Kenji terminó dejando el partido de su hermana, y la apuñaló por la espalda al negociar la vacancia de PPK por el indulto de su padre, y Keiko, desesperada, le da esta puñalada de las grabaciones negociando a su vez la vacancia el mismo día que su hermanito sacaba su kit electoral. Creaba Cambio 21, en honor al difunto Cambio 90 de su padre, con sus dibujitos de Avengers que cada vez tiene más muchachitos en su arca.

Podría ser solo un show, pero de no serlo, Vizcarra tendrá en sus manos un «divide y vencerás» que le sirvieron en bandeja. Tendrá que aceptar que el indulto de Alberto Fujimori fue un error, que fue PPK quien trajo de regreso la incertidumbre política que vivió el país en los noventa, y que, caiga quien caiga, se hará justicia en Perú.

El primer paso era rodearse de gente ajena a sus antecesores, y por el gabinete que presentó el 2 de abril, parece que está haciendo oídos sordos a todo lo que le advirtieron a su antecesor. Es un gabinete meramente de continuidad, de hecho, muchos tenían cargos de viceministros o las direcciones. También continúa incluyendo a algunos de los Fujimoristas de la bancada «oficialista».

Además, tomar como bandera la lucha contra la corrupción, podría resultarle como a Felipe Calderón cuando en busca de legitimidad emprendió una lucha contra el narcotráfico y le explotó en las manos. O sin ir más lejos, como PPK, quien también alzó la misma bandera, y hoy no puede salir de Perú. Sobre todo, cuando miembros de su nuevo y diferente gabinete ya tienen cola que les pisen.

Su primer reto se aproxima con la controvertida Cumbre de las Américas, a la que ya invitaron y desinvitaron a Nicolás Maduro, y contará también con la presencia de Donald Trump; para esto Nestor Popolizio, el nuevo encargado de Relaciones Exteriores, tendrá toda la presión.

De no tomar las riendas y hacer que el país logre seriedad, se cumplirá la frase que rondó por las redes: «curioso ver a Perú irse al mundial y a la mierda al mismo tiempo», y seguirá los pasos de su predecesor.

 

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