La rabia y el orgullo

Nicaragua · Ilustración @donmarcial
Nicaragua · Ilustración @donmarcial

 

A Lucía y Miguel.

A Ángel Gahona.

Para Alvarito Conrado, porque a todos los que queremos libertad en Nicaragua nos duele respirar.

Y con toda mi admiración y cariño para Sofía. El faro que alumbra un jardín lleno de sueños.

Me permito tomar para este artículo el título que la periodista y escritora italiana Oriana Fallaci usó para encabezar su ya célebre ensayo panfletario publicado tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Lo hago porque guardo una rabia acumulada que —aunque la rabia nunca es buena consejera— es un fuerte impulso para expresar en palabras lo sufrido por los periodistas en Nicaragua desde abril, cuando el dictador Daniel Ortega desató la peor matanza que ha vivido ese pequeño y volcánico país en tiempos de paz, es decir, en su vida democrática corta y caótica. Y, segundo, porque orgullo es lo que siento por unos profesionales de la información que desde la hora cero, desde que el primer asesinado por las balas de la dictadura tiñó de sangre la tierra de una nación fundada en la rebeldía, se lanzaron a una cobertura que ha sido premiada por la Sociedad Interamericana de Prensa, que catalogó al periodismo de Nicaragua, a mis colegas, como valientes por haber enfrentado con firmeza “las presiones, la intimidación y el acoso, sin desmayar en su denuncia rigurosa de la violación de los derechos humanos y la violencia indiscriminada del régimen de Daniel Ortega”.

Nicaragua. Esa palabra evoca tanto para tanta gente. Intelectuales latinoamericanos y europeos han admirado y cantado para Nicaragua. La fuerza de un país cimentada en el calor de sus volcanes le han valido un lugar en la historia. No solo por la desgracia de estar en el corazón de América y las ambiciones obscenas de las potencias por poseerla, sino por su lucha libertaria, por su finísima literatura, por una belleza que toca hondo y por una población tan cálida y risueña que es capaz de soportar la brutalidad más perversa y seguir viviendo, bailando y hasta admirando como nuevo el alboroto musical de las bandadas de chocoyos al perderse entre las colinas de Managua al caer la tarde. Y, por supuesto, por un periodismo con garra. Desde Rubén Darío, fundador de nuestra crónica periodística, hasta Pedro Joaquín Chamorro, mártir de la libertad de prensa asesinado por la dictadura somocista en 1978.

Ese asesinato marcó el principio del fin de la dictadura. Desde las páginas de La Prensa, el diario que era la verdadera oposición contra la tiranía que ya machacaba durante 47 años al país, Chamorro lanzaba feroces y documentados ataques contra la estirpe sangrienta. Y su voz era escuchada en todo el país, por la fuerza moral que representaba desenmascarar al tirano. Y por eso lo asesinaron. Y su asesinato indignó tanto que aquel entierro de Chamorro fue apoteósico y despertó en la gente dos certezas: el periodismo es tan necesario como respirar y matar a un periodista es asesinar también la libertad.

 

Pedro Joaquín Chamorro y Ángel Gaona

Pedro Joaquín Chamorro y Ángel Gaona

 

Cuarenta años después la historia se repitió. El 20 de abril de 2018 caía muerto, después de recibir un disparo certero en la cabeza, Ángel Gahona, un reportero que cubría en el Caribe de Nicaragua las protestas que comenzaban a expandirse por todo el país contra Ortega. Protestas que iniciaron como rechazo a una reforma a la Seguridad Social que el tirano quería imponer sin consenso, pero que pronto se tradujeron en una verdadera rebelión, la revolución popular sin armas, pacífica, el hartazgo de la gente que reunida en las ciudades del país gritaba «¡basta!» tras los cánticos de Ay, Nicaragua, Nicaragüita, el himno de los Mejía Godoy, los cantadores de la historia nicaragüense.

Los periodistas salimos a documentarlo todo. Registramos cómo el Gobierno usó francotiradores para asesinar a los estudiantes que se habían tomado las universidades. Con la garganta desgarrada caía Álvaro Conrado, de 15 años, entre sus lamentos de “me duele respirar”. O de un balazo en la cabeza Franco Valvidivia, de 24. O Jonathan Morazán, estudiante de diseño gráfico. 325 muertos. Dos mil heridos. Más de 50 mil exiliados. 600 presos políticos. 400 mil desempleados. Las cifras de la infamia del asesino Ortega y su mujer, la todopoderosa e inescrupulosa y perversa Rosario Murillo. Infamemente famosa en el mundo por haber permitido la violación de su hija por parte del hombre con el que ahora destroza Nicaragua. Todos los días reportábamos desde las protestas, con las balas zumbando en nuestras cabezas, sufriendo el dolor de las madres al reconocer los cadáveres de sus hijos, aguantando el llanto que quería salir huracanado en la cobertura de cada entierro, denunciando el terror con la certeza de que estábamos no solo documentando la historia, sino desenmascarando frente al mundo a un hombre que una izquierda rosada, decolorada y desvía, veía como un Mesías libertador. Y fue por esa documentación minuciosa, por ese esfuerzo extenuante y por un trabajo incansable, que el dictador nos persiguió, asedió, encarceló y expulsó.

Una noche, mientras tomaba en el jardín de mi casa una copa con una colega periodista, recibí la llamada de Carlos Fernando Chamorro, director de Confidencial, la revista para la que trabajo, que me recomendaba dejar esa misma noche mi casa. Tuve que salir a escondidas. Había un serio riesgo de ser apresado por ser periodista. Ahora estoy en México, país de larga historia de acogida, escribiendo estas palabras. En julio una turba me había atacado y golpeado mientras cubría las celebraciones del 39 aniversario de la Revolución Popular Sandinista. Mi casa era constantemente vigilada por paramilitares al servicio del régimen y ya no podía salir ni hacer la compra, porque era seguido allá donde me moviera.

En diciembre Ortega ordenó el asalto de la redacción de Confidencial. La Policía de la dictadura secuestró el edificio y se robó todo el equipo periodístico, desarmando un proyecto que había costado más de 24 años crear. Luego vino el turno de 100% Noticias, el medio que transmitía 24 horas el terrorismo de Estado. La Policía asaltó su redacción y secuestró a su director, Miguel Mora, y a su jefa de información, Lucía Pineda. Los acusa de terroristas y de incitar al odio. Siguen encarcelados, aislados, humillados. Dos redacciones desmanteladas. Carlos Fernando Chamorro, el gran periodista crítico de la dictadura, tuvo que huir a Costa Rica y la redacción de Confidencial ahora se divide entre San José, Ciudad de México y Miami. La Dirección de Aduanas mantiene secuestrado el papel de La Prensa, el veterano diario de Nicaragua, lo que amenaza de muerte su edición impresa.

Pero, a pesar del horror de la dictadura, seguimos haciendo periodismo. Y como nosotros decenas de colegas que por la persecución, asedio y amenazas del disparatado dictadorzuelo que desgobierna Nicaragua se han tenido que exiliar. El loco de El Carmen —el búnker donde da las infames órdenes en Managua— pensó que sin periodistas documentando sus desmanes el mundo no los conocería. Pero los periodistas seguimos denunciando, porque en Nicaragua el periodismo es tan necesario como respirar. Cuando la rabia pasa queda el orgullo. El orgullo de ser periodista nicaragüense, de haber documentado el horror para que el mundo lo conociera y de pertenecer a una estirpe valiente, que lleva en la sangre el legado literario de Darío y el valor y la fuerza de Pedro Joaquín Chamorro.

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

Shopping Basket