La República y el islam: seis meses después, ¿quién es Charlie?

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El pasado 11 de julio se cumplieron seis meses de la masiva manifestación, posterior a los ataques al semanario Charlie Hebdo, que reunió a un millón y medio de personas en París y dos millones más en toda Francia. El Je suis Charlie inundaba entonces las portadas de periódicos y revistas y las discusiones por internet. Pero ¿por qué tanto estupor si, desgraciadamente, no era el primer suceso de esta índole en Francia o en Europa? Porque las 17 personas asesinadas no eran la única fuente de indignación: a ellas se sumaba la libertad de expresión misma. En Francia, Liberté, égalité, fraternité es el lema que la Revolución le habría de heredar a la República. Así, los sucesos de Charlie parecieron representar una expresión metonímica de lo mejor de este país: la libertad revolucionaria y la laicidad republicana contra la amenaza de sus enemigos, en este caso, los terroristas islámicos.

Pero esta expresión también tuvo su reverso. En Francia se generó un consenso pocas veces visto en los medios masivos de comunicación, que reivindicaron a Charlie como causa nacional y voltearon —casi todos— para señalar con dedo flamígero a los terroristas y a la religión asociada con ellos. Los días siguientes generaron así un ambiente de hostilidad contra el islam y los musulmanes. La libertad de expresión quedó confinada a la libertad de “ser Charlie” y cualquier disidencia se consideró como una amenaza a la seguridad nacional y una traición a la patria. Charlie se convirtió en algo sagrado, protegido por un laicismo convertido en religión de Estado y por un ateísmo de militancia obligada; el triunfo de la “religión civil”, diría Raymond Aron. La escritora Caroline Fourest criticó a Obama porque en lugar de asistir a la marcha republicana comentó los problemas de integración social de las poblaciones de migrantes en Francia. Los musulmanes, que representan el 8% de la población total (aunque en encuestas de percepción la cifra es de 31%, lo que refleja una cierta histeria colectiva; el resto de Europa muestra una tendencia similar en estos porcentajes, ver Fig.1) fueron puestos bajo la lupa y examinados en cada uno de sus actos. La tensión llenó los lugares de trabajo, de estudio, de convivencia. La fidelidad a la patria de todo individuo musulmán o árabe (y todo aquel que lo pareciera) fue puesta bajo el manto de la sospecha; se cuestionó si los valores de los musulmanes, los valores de su religión (o la religión de sus padres) eran compatibles con los de la República. Cuando el debate de la libertad de expresión mutó en un debate sobre la ciudadanía y la integración en Francia, la islamofobia pronto llenó el espacio público. Después de los sucesos de Charlie, las encuestas arrojaron que entre 52 y 56% de los franceses consideraban al islam como una amenaza para la República.[1]
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Fig. 1. Fuente: The Economist.

Pero afortunadamente Francia no es un Estado totalitario. Si en los primeros días no hubo espacio para el disenso y toda crítica o señalamiento sobre la histeria colectiva posterior a los ataques era vista con malos ojos, poco a poco fue surgiendo un espíritu crítico sobre la pretendida unidad nacional y sus valores. El debate no ha sido poca cosa: se ha centrado alrededor de los mismos puntos que discutieron en el siglo XVIII y XIX autores como Rousseau, Voltaire, Michelet o Renan. Francia se vuelve a preguntar sobre las condiciones de ciudadanía y sobre qué la constituye como nación. Para Manuel Valls, Primer Ministro, Francia sufre de una crisis de identidad. Sobre este tema han versado distintos ensayos, entre los que se destacan el de Edgar Morin y Patrick Singaïny (Avant, pendant, après le 11 janvier), el de Gérard Noiriel (Qu’est-ce qu’une nation?), los recogidos en el último número de la revista académica Le Débat y –tal vez el trabajo más polémico– el de Emmanuel Todd (Qui est Charlie?), que han lanzado luces y advertencias sobre la Francia post-Charlie.


¿Qué es una nación?

En esta discusión, habría que empezar por recordar que el concepto de nación en Francia difiere, por ejemplo, del de Alemania. En Francia, se encuentra ligado profundamente al concepto de ciudadanía, ya esbozado en el Contrato social de Rousseau, mientras que en Alemania se ponderó fuertemente desde sus inicios la idea de una comunidad unida por elementos comunes como las costumbres o el idioma. La nación francesa emana de la ciudadanía y la igualdad jurídica de todos los ciudadanos ante la ley, y no al revés. Esta noción de igualdad jurídica es la que da origen a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, la Ley de Emancipación de los judíos (1791) y la abolición de la esclavitud (1794). El Estado francés promulga la libertad de los individuos, pero (y este es un gran “pero”) solo en virtud de la existencia de su igualdad jurídica. La libertad caminó siempre de la mano de la igualdad. En la concepción francesa, no puede haber una sin la otra, algo que comúnmente es olvidado hoy en día.

A mediados del siglo XIX surgieron nuevas vetas del nacionalismo francés. El historiador Jules Michelet concibió a la nación francesa en oposición a otros pueblos, usando un criterio de exclusión. En 1882, Renan pronunció su famoso discurso Qu’est-ce qu’une nation?, en el que manifiesta una idea conservadora de lo que debería ser una nación: una conciencia moral de los individuos basada en un pasado compartido. Solo los que ya comparten un pasado pueden desear compartir un futuro. Aquí se vuelve a gestar un criterio de exclusión, pero mucho más definido: los extranjeros eran quienes, al no compartir ancestros comunes, no podían compartir ni la necesidad ni el deseo de formar una nación.[2] Francia pretendió reconciliar la consolidación de un nacionalismo ya no revolucionario sino de carácter más conservador (republicano) con su proyecto colonialista. La República francesa no concilia intereses particulares como lo hace Estados Unidos con el discurso sobre la federación y los inmigrantes, sino, como dice Pierre Nora, produce un discurso y una memoria que exige generar excluidos para poder funcionar.[3]


El “enemigo interior”

Si en las teorías del nacionalismo francés el extranjero no quiere ni puede constituir la “unidad nacional”, en la práctica la percepción es que además intenta sabotear estos proyectos. Cuando Francia estableció su protectorado en Túnez en 1881 en detrimento de Italia, los obreros italianos de Marsella comenzaron a silbar el himno nacional italiano como forma de expresar su sentimiento al respecto. Más adelante, revueltas e incendios se propagaron en todo el puerto, en el que los obreros italianos no eran un solo puñado sino un número importante de los habitantes. Francia se dio cuenta, por primera vez, que era una tierra de inmigración y que no solo eran los italianos sino también los portugueses, españoles y polacos quienes habitaban en gran número su territorio, siendo la nación con más inmigrantes en Europa. En los periódicos se habló del “enemigo interior” encarnado por esos obreros italianos, muchos de ellos de segunda y tercera generación. Pocos años después, el antisemitismo del affaire Dreyfus (doblemente “culpable” al ser judío y alsaciano) demostró lo paranoica y excluyente que era la Tercera República con quienes consideraba como posibles traidores a las causas nacionales.

La imagen del “enemigo interior” siguió jugando un papel importante en la política doméstica. Después de la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo francés se escondió debajo de la alfombra, pero la imagen del “enemigo” no tardó en encontrarle sustituto: la desconfianza hacia el árabe. Envuelta en una lucha interna, una verdadera guerra civil entre los defensores del colonialismo y los que apoyaban las luchas de liberación nacional, Francia vivió entonces momentos de gran tensión debido a la sangrienta lucha que sostuvo contra el Frente de Liberación Nacional de Argelia hasta la independencia de este país en 1962. Así, comunidad magrebí en Francia vino a ocupar en el imaginario de la segunda mitad del siglo XX el lugar de los enemigos de la “nación” y la “unidad nacional”. Antes habían sido los protestantes en la noche de San Bartolomeo, los católicos de la Vendée, los obreros italianos y portugueses de la segunda mitad del siglo XIX y los judíos de la primera mitad del siglo XX.


El islam como “enemigo”

La crisis económica de 2008-2009, la pauperización de la vida y los atentados contra Charlie Hebdo dieron paso a otro giro de tuerca: el “árabe” pasó a ser “musulmán”. Se comenzó entonces a pasear por todo lo alto la islamofobia francesa, tanto de derecha como de izquierda.[4] Una derecha que se había domesticado gracias al gaullismo y una izquierda que se alejó de las tesis revolucionarias ante el fracaso del comunismo, convergieron en la República como fuente de la identidad nacional francesa. [5]

Naturalmente, la islamofobia en Francia no nació con Charlie, pero los ataques al semanario y las posteriores expresiones de apoyo han provocado en Francia un profundo malestar colectivo análogo a los ocurridos a raíz de los sucesos de Marsella en 1881-1882 o del affaire Dreyfus. Esa histeria no ha dudado en señalar como el nuevo “enemigo interior”,  de la República y la libertad de expresión, a los musulmanes.[6] No hay racismo involucrado, dicen, pero en los medios de comunicación el musulmán y el islam son descalificados como incompatibles con la democracia, la libertad de expresión, el feminismo, la laicidad, el vivre ensemble, en una palabra con la República, o con lo que Emmanuel Todd define como “neo-republicanismo”. Parafraseando a Frantz Fanon, el musulmán se ha convertido en un objeto fobógeno para la sociedad francesa.

Charlie ha sido la puerta de salida para un sentimiento que estaba en el aire entre amplios sectores sociales franceses; dio la oportunidad de llevarlo del espacio privado a la esfera pública.[7] El ateísmo militante y el laicismo radical condenan por igual a toda una religión, aunque una parte del gobierno francés defienda abiertamente al catolicismo como la religión nacional. Mientras que el secularismo de 1905[8] consideraba la libertad e igualdad jurídica tanto para el creyente como para el no creyente, el laicismo de la actualidad tiene sus raíces en el cambio de paradigma moral que vivió gran parte del mundo occidental a partir de los años sesenta y que ha generado que en Francia haya una confusión entre la separación Iglesia-Estado en la esfera pública y la imposición de conductas laicas o pro-católicas en decisiones privadas. Como anécdota queda que Charles de Gaulle, tres años antes de la independencia de Argelia, ya consideraba esta confusión como una circunstancia favorable para no darle una ciudadanía completa a los argelinos y así evitar que tuvieran movilidad total en Francia y el riesgo de que la convirtieran, según su temor, en un Estado musulmán: “Mi pueblo no sería llamado más Colombey-las-dos-Iglesias, sino Colombey-las-dos-Mezquitas!”, decía el primer presidente de la Quinta República.[9]


El laicismo francés y el islam

El laicismo francés de hoy exige una homogeneización cultural: que el creyente, si quiere ser ciudadano, esconda sus creencias. Esto afecta a todas las religiones, pero particularmente al islam, por ser considerada una religión extranjera al pasado francés. La prohibición del velo que empezó en Creil en 1989 y se legalizó a nivel nacional en 2004 (Ley 2004-228), alcanzó nuevos niveles esta primavera cuando en algunos establecimientos escolares se les prohibió a niñas musulmanas asistir con faldas largas de color negro por considerarlas símbolos ostentatorios de su fe.[10] En Francia hay libertad de expresión, pero no libertad para vestirse como uno quiera. Una variación de este tema ha sido el de la efímera prohibición en Alemania de la circuncisión por motivos religiosos, algo que afectó a la comunidad judía y musulmana por igual.

Se acusa a los musulmanes de comunalistas y se señalan los riesgos que esto significa para el universalismo republicano pero, en una completa contradicción, ante los ataques de Charlie se les demandó que se deslindaran como comunidad. Dieudonné, un comediante francés de padre camerunés, ligado al Frente Nacional, ha sido condenado varias veces por sus bromas antisemitas, según estatutos legales que prohíben la incitación a la violencia y al odio racial. La libertad de expresión tiene el límite que marca la ley y en consecuencia se condenan judicialmente las bufonadas de un comediante antisemita. ¿Se puede aplicar la misma vara en el caso de bromas que puedan considerase promotoras de la violencia o el odio contra el islam? ¿Se puede proteger a una minoría y no a otra? Ya en noviembre de 2011, Deltombe, junto a un grupo importante de sociólogos, periodistas y colectivos, había firmado un desplegado titulado Pour la défense de la liberté d’expression, contre le soutien à Charlie Hebdo! que defendía la libertad de expresión pero condenaba los dibujos anti-musulmanes del semanario ya que promovían “la islamofobia, la sarkozisación y la lepenización de los espíritus”.


El futuro del republicanismo

Francia enfrenta el desafío de decidir la forma de su republicanismo. Si insiste en un ateísmo radical y fundamentalista sin atender las cuestiones socioeconómicas de discriminación, chocará inevitablemente con la comunidad musulmana. Si la comunidad musulmana se siente acorralada o discriminada, habrá una reacción en cadena: problemas en los banlieues, revueltas y el aumento de un antisemitismo que ya se observa preocupante. Los sectores radicalizados que toman el camino de la violencia representan el fracaso de la República para integrarlos a la sociedad francesa, no del islam (como lo señala el que el 20% de los yihadistas franceses sean cristianos convertidos). Los hermanos Kouachi y Amedy Coulibaly podrían haber sido musulmanes pero también eran franceses.[11] El tema del islam en Francia no es un asunto de inmigración ni de religión, sino de una integración justa. Según el Observatorio Nacional de Zonas Urbanas de 2013, en los banlieues más desfavorecidos la pobreza es del 36.5%, aunque llega a al 50% entre los menores de 20 años (y la tercera parte de ese universo de aproximadamente siete millones de personas es menor a los 20 años); la tasa de desempleo es más del doble de la media nacional; la de analfabetismo alcanza el 12% entre los jóvenes (18-29 años). Como lo ha señalado el historiador franco-mexicano Jean Meyer, se trata de un problema económico y social, después educativo y hasta el final religioso.

Anteriormente, una Francia laica ya pudo convivir con una Francia profundamente católica; las minorías (judíos, protestantes, italianos, portugueses, españoles)  han conocido momentos álgidos en su convivencia con el Estado francés pero también grandes periodos de estabilidad. Esto puede volver a suceder con el más reciente habitante en la casa. El islam es ya la segunda religión en Francia y eso no cambiará en un futuro cercano. ¿Si en un Estado laico la mitad de los días de descanso oficial son festividades religiosas, católicas por supuesto, no podrían los musulmanes tener un solo día, por ejemplo? Alemania, con una comunidad musulmana menor, ya reconoce este derecho. Muchos musulmanes son gente educada y de clase media, que se ha identificado con los valores de la revolución, como lo demuestra que la mayoría de los votos musulmanes (80%) se concentran de manera estable en los partidos de izquierda, siendo el mejor ejemplo el “cinturón rojo” de Seine-Saint-Denis y Val-de-Marne en los suburbios parisinos o en la zona industrial de Lyon (Vénissieux, Villeurbane, etc.), lugares donde se votó regularmente por el Partido Comunista desde 1968 hasta el 2008.

Francia debe adoptar un discurso que enaltezca a sus minorías como elementos enriquecedores de la nación y admitir que tiene una “provincia” musulmana como tiene a Bretaña, Alsacia o la región Vasca. Esa minoría ha sabido y sabrá convivir y respetar los valores laicos del Estado y conservar su fe en el espacio privado. Musulmanes franceses eran también Imad Ibn Ziaten y Mohammed Legouad, los militares asesinados en los atentados de Montauban y Toulouse (2012) y también Ahmed Merabet, el policía que intentó detener a los yihadistas que atentaron contra la redacción de Charlie Hebdo; Lassana Bathiely, el inmigrante maliense que salvó a 15 personas en el supermercado judío, también era musulmán. Hay una pequeña burguesía musulmana que trabaja y convive a diario en las instituciones públicas y privadas en perfecta armonía. Marroquíes y tunecinos tienen tasas de estudios universitarios del 19% y 15%, mayor a la de los descendientes de portugueses y casi igual a la de personas nacidas en el interior del país. 22% de los árabes no da ninguna importancia a la religión, cifra similar a la de los judíos (24%). Los matrimonios exogámicos tienen una alta tasa entre los inmigrantes magrebíes o descendientes de la primera generación: 39% para los marroquíes, 42% para los argelinos, 49% para los tunecinos.

Lo anterior demuestra que musulmanes y árabes no son grupos endógenos o comunalistas y que tampoco están confinados solamente a los banlieues o al desempleo. Son grupos muy dinámicos, tal vez más dinámicos que muchos grupos europeos o del propio interior del país. Es cierto, el islam tiene deudas pendientes al interior de su comunidad (la falta de equidad de género, el antisemitismo de algunos sectores, la necesidad de un mejor trato a las minorías ahí donde el islam es la religión mayoritaria, etc.), pero esas deudas no son del todo ajenas a las de sectores ortodoxos de otras religiones. Las creencias personales o las religiones no se oponen a una sociedad secular, como lo ejemplifica el caso de Estados Unidos, y la problemática de la unidad nacional no son tampoco un asunto exclusivo de la religión, como lo muestran las tensiones que se han vivido al interior del Reino Unido con Escocia e Irlanda, de España con Catalunya y el País Vasco (donde se silba el himno nacional como gesto nacionalista, de la misma manera que los obreros italianos de la Marsella del siglo XIX) o de Quebec en Canadá. No se puede volver al año de 1898, cuando el antisemita Édouard Drummont, editor de la Libre Parole y diputado por Argel, consideraba que si los árabes aspiraban a llegar al Parlamento, (propuesta de Jean Jaurès) debían primero “abandonar el Corán”.

Probablemente no habrá un presidente musulmán en Francia en 2022 como lo sugiere la novela Sumisión de Michel Houellebecq (su libro más débil pero, a mi parecer, sin tintes islamófobicos; representa, como casi toda su obra, una crítica al fracaso del individuo de clase media en la modernidad y el capitalismo). Pero lo que si habrá en 2017 —año de la siguiente elección presidencial—, como lo ha sugerido el propio Manuel Valls, es un tema central, un crisol por el que pasarán la economía, la educación, la libertad, la seguridad, la República misma: el lugar que ocupa el islam en la sociedad francesa. Estamos presenciando la fundación de un nuevo pacto republicano, aunque todavía no sabemos si será incluyente o excluyente de sus minorías. Para usar la metáfora de Todd, el fenómeno Charlie es apenas un niño: hay que ver en que se convierte en su vida adulta. En la actualidad son Marine Le Pen y el Frente Nacional quienes encabezan las preferencias electorales con un sólido 25% (43% de los obreros y 30% del electorado menor a 30 años, es decir los grupos más económicamente vulnerables). Por otro lado, la separación Iglesia-Estado y la convivencia de los distintos grupos en un ambiente secular no están de ninguna manera a discusión y son logros de la sociedad francesa que han costado sangre y siglos. Por el bien de Francia y por el bien de sus valores fundamentales, esperemos que el futuro sea incluyente y que la libertad vaya de la mano de la igualdad para poder llegar a lo que cualquier sociedad desea: la convivencia fraterna de sus individuos.


Notas

[1] Por su parte el Colectivo contra la islamofobia en Francia (CCIF) señala que en términos generales los ataques islamofóbicos aumentaron en su forma verbal en un 500%, físicamente en un 100% y en términos generales un 23.5%. A pesar del notorio aumento, el Ministro del Interior Bernard Cazeneuve considera que las cifras están por debajo de la realidad ya que muchas agresiones no son denunciadas.

[2] De este criterio parece derivarse la frase más reconocida de los manuales escolares franceses: “Nos ancêtres les Gaulois” (“Nuestros antepasados los galos”), que habría de enseñarse en la instrucción pública de finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, y que carecía completamente de sentido en la mitad del territorio francés en tiempos coloniales. En Vietnam, Indochina o África, los infantes que podían acceder a la educación lo hacían con el sinsentido de abrir un libro y comenzar con la frase “nuestros antepasados los galos”. Estos manuales convergieron con las leyes de la laicidad (1882) que creó Jules Ferry como una obligación de la instrucción pública. Así, el laicismo es un proyecto republicano diferente en varios aspectos al jacobinismo revolucionario y que establece un parentesco con el pasado monárquico de la nación y el presente colonialista.

[3] El propio Nora en su obra cumbre Les lieux de la mémoire, hace lo propio al solo dedicar un texto, entre más de cien, a la memoria de la Francia colonial y ninguno a las luchas de independencia.

[4] Todavía en el 2005, durante las revueltas en los banlieues parisinos, la explicación vino en términos socioeconómicos.

[5] La derecha francesa practica una islamofobia basada en políticas identitarias, como lo ejemplifican perfectamente Sarkozy o el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen. Por su parte, una parte de la izquierda tiene una fuerte tradición anticlerical, primero contra el catolicismo y ahora contra el islam. No parece ser casualidad que los mayores triunfos del FN ocurran donde antes salían victoriosos los comunistas. Por su parte, 77% de los musulmanes percibe al Partido Socialista como racista e islamófobo.

[6] Esta percepción no es nueva. Como lo señala Thomas Deltombe, desde al menos hace treinta años se viene gestando esta visión en el lenguaje de la televisión, los periódicos, las revistas, y los políticos. Thomas Deltombe, L’islam imaginaire: la construction médiatique de l’islamophobie en France (1975-2005) (París: La Découverte, 2005).

[7] Además del libro de Deltombe, hay otros ejemplos notables de denuncia a la construcción de la islamofobia francesa. Ver Marwan Mohammed y Abdellali Hajjat,  Islamophobie : comment les élites françaises fabriquent le problème musulman (París, La Découverte, 2013); Edwy Plenel, Pour les musulmans (París, La Découverte, 2014).

[8] De la Ley de 1905 se desprende la famosa frase “la República no reconoce, no paga, ni subsidia religión alguna”, con lo que se establece la neutralidad del Estado ante las distintas religiones y los límites de la Iglesia en la esfera pública. La Ley de 1905 supone el fin del catolicismo como religión de Estado, pero garantiza derechos y libertades para la libertad de las prácticas religiosas.

[9] Sarkozy ha sabido identificar la ambigüedad de este punto y lo redituable que puede ser en términos electorales. Ha ido construyendo su candidatura para el 2017 en torno a los valores de la “república” sin especificar qué quiere decir con eso y mucho menos un programa de gobierno, pero con el catolicismo como centro de sus discursos y de la “identidad francesa”. Hay una Francia profundamente católica y conservadora como lo demuestran las manifestaciones contra el matrimonio homosexual y la homoparentalidad en 2013, cuando desfilaron alrededor de un millón de personas a nivel nacional. Esta la religiosidad sí se puede expresar dentro del espacio público francés.

[10] Se dice que la prohibición del velo es una manera de ayudar a “liberar” a la mujer musulmana, pero de los ataques islamofóbicos, el 80% son contra mujeres a plena luz del día. Muchas no quieren salir por temor a las multas, quedando prisioneras en sus casas por esta ley. Sin embargo, las mujeres ricas de Medio Oriente que usan niqab pero que gastan miles de euros en las tiendas de diseñador de Champs Élysées no son multadas, evidenciando el doble rasero del Estado francés.

[11] 42% de la gente piensa que los hijos de inmigrantes no son verdaderos franceses; es decir, el tema del islam se percibe esencialmente como un problema de inmigración, aunque esto no sea cierto.


(Foto cortesía de ID Number THX 1139.)

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