La semana que empezó la guerra me despedí de Memo

La mañana del 7 de febrero de 2010 sentí un poco tenso a mi jefe, Guillermo “Memo” Martínez Alvarado. Acordamos por teléfono mi viaje a Reynosa, Tamaulipas, y lo más extraño fue que me pidió que viajara en autobús porque la cosa “estaba muy enrarecida”.

Hacía un año que trabajaba de corresponsal en Ciudad Victoria para su periódico, metronoticias.com.mx, y los dos veníamos observando las fricciones entre los grupos del crimen organizado en Tamaulipas: el Cartel del Golfo y su brazo armado, Los Zetas. Memo me había informado que los “unos” habían secuestrado a un cabecilla y amigo de los líderes de los “otros” y esto había generado un ultimátum. También habíamos sido testigos de los esfuerzos del gobierno del estado para evitar que se confrontaran ambas organizaciones, incluso había rumores de que se había ofrecido mucho dinero a los cárteles para que se tranquilizaran. Pero en Ciudad Victoria todavía se respiraba paz y tranquilidad. Es cierto que había violencia, pero aún existía la vida nocturna y conservaba su estatus de “ciudad de descanso”.

Cuando esa noche del 7 de febrero tomé el autobús a Reynosa despúes de acabar mi trabajo como editor de nota roja, pensaba en todas estas cosas y, sobre todo, en el nerviosismo que le detecté a Memo en la llamada. En medio del camino vibró mi Nextel.

—Güey—

Era Memo.

—Te quedas en la central, ahí te veo, pero no te vayas a mover—, me dijo exaltado.

Su tono de voz me alteró. Sentí un cosquilleo recorriendo mi espina dorsal y un vacío en el estómago.

Cuando llegué a Reynosa, Memo me esperaba en los andenes.

—Ten, regrésate a Victoria, pero ya—, me dijo mientras me entregaba dinero.

—¿Qué pedo, pasa algo?— le pregunté.

—Se “cagó el palo”; van a darle “piso” a todo lo que huela a “zapato”—, me dijo.

Se alejó a toda prisa haciéndome señas para que me trepara al autobús. Había entendido perfectamente lo que me quiso decir. Yo era de Victoria, y desde que Tamaulipas se dividió criminalmente, mi ciudad había quedado bajo la “administración” de Los Zetas.

Eran las diez y media de la noche cuando tomé el autobús de regreso. Tenía miedo, sabía que estábamos a las puertas de lo peor. Media hora después mi Nextel vibró de nuevo. Era Memo otra vez.

—Ya carnal; ya valió verga—, me dijo con voz temblorosa.

Creo que estaba llorando.

— Escucha, se están matando por toda la ciudad—

El sonido de la llamada se saturó. Luego distinguí que eran disparos, ráfagas y ráfagas. Al fondo, sirenas. Y sí, la guerra había comenzado. Memo me había comprado un boleto para alejarme de ella. Yo también lloré.

—Te hablo al rato—, me dijo.

Al día siguiente Memo me contó que habian asesinado a decenas de personas y quemado bares y casas.

México se concentró en Reynosa. Los medios nacionales buscaban alguien que “soltara” un poco de información, pero imperó la autocensura. La amenaza de la “maña” no era que quien filtrara información moriría, sino que si se filtraba información alguien iba a pagar.

El 9 de Febrero, Memo no se reportó hasta la noche. Me platicó vía MSNMensenger que esa tarde el Cartel del Golfo lo había levantado junto con otros 15 reporteros de nota roja, los llevaron a un paredón, los encañonaron y les advirtieron que no se metieran a la bronca. De regreso, me dijo, la caravana que los llevaban se “dio un topón” contra los otros y había empezado una balacero. Memo y sus compañeros presenciaron los asesinatos y después regresaron a cada uno a su redacción.

“Tengo miedo, carnal. Esto se salió de control”, me escribió.

“Tranquilo, al rato pasará el trago amargo”, le contesté.

“Nos vemos, estoy muy cansado, luego hablamos”.

Guillermo Martínez Alvarado ya no regresó a su casa. Desapareció después de salir de su oficina.

Un contacto que tenía —lo asesinaron en 2013— en la Policía Ministerial en Reynosa, me confesó meses después que a Memo lo mataron a golpes y lo tiraron en una brecha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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