La toma de protesta de AMLO y la toma de Los Pinos por la ciudadanía

López Obrador promete durante su investidura el fin del neoliberalismo y limpiar la corrupción

| Nacional

Previo a salir Andrés Manuel López Obrador desayunó huevos estrellados y papaya, en su casa de Tlalpan, al sur de la Ciudad de México. Afuera lo esperaba un automóvil Jetta, de color blanco, y una soleada mañana de sábado. Lo esperaban, también, miles de personas en las calles, a lo largo de su recorrido hasta el Palacio Legislativo de San Lázaro. Eran las diez y media de la mañana.

Media hora antes, en la calle Parque Lira, una fila terminaba su espera, para algunos de horas, para cruzar por primera vez la vasta reja verde que abría al público el que fuera el hogar de catorce presidentes. El que prometió no ser el quinceavo en habitar ahí, mientras tanto, ya convertidos Los Pinos en museo, avanzaba por Calzada de Tlalpan acompañado de una seguridad limitada, avanzando apenas en algunos puntos para que su mano extendida fuera del coche se cerrara sobre la mano de una señora con delantal, saludara a unos niños, a una familia con flores.

Su llegada Avenida Congreso de la Unión número 66 se retransmitió en Los Pinos, en una pantalla gigante junto al monumento a Francisco I. Madero. Desde el pasto y al amparo de la estatua del ex presidente asesinado, se le pudo ver subiendo los escalones al San Lázaro, ya dentro los saludos a la bandera, luego la lenta bajada dentro del pleno entre buena parte del poder legislativo con el celular alzado, una marea de fotos, legisladores transmitiendo en vivo y tomándose selfies al paso de AMLO en su lento camino a la tribuna.

Se multiplicaban las fotos también en la antigua residencia presidencial, frente al asta bandera bajo la cual una pancarta con letras de flores rezaba “Bienvenido pueblo de México a Los Pinos”. Una señora se toma un video para sus parientes: “¡Saludos desde mi nueva casa!”

Un poco más allá, unos niños se subían a los cañones del siglo diecinueve desplegados junto al monumento a la batalla de Molino del Rey. Se rompió una lámpara que estaba junto y a partir de ahí la artillería quedó al resguardo de una encargada, luego relevada por la SEDENA.

“Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos”, proclamaba AMLO, ya en la tribuna, repitiendo la letra de la ley, profesando el desempeño leal y patriótico del cargo Presidente de la República. “Y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”. La banda presidencial pasó de Enrique Peña Nieto a Andrés Manuel López Obrador y retumbaron los coros conocidos, el “es un honor estar con Obrador” y el “sí se pudo”.

“La motivación de venir aquí fue para ver a nuestro ‘viejón’”, dice Primitivo Arellano, explicando que así le dicen al nuevo presidente en Zacoalpan, estado de Nayarit, desde donde el ingeniero agrónomo ha viajado por doce horas con varios compañeros. “Nos dijeron ‘a qué van, véanlo en la tele’, pero no es lo mismo sentir su calor”. Antes de dirigirse al encuentro de AMLO en Palacio Nacional han venido a conocer a Los Pinos que, dicen, jamás hubieran podido entrever con cualquiera de los presidentes anteriores.

El grupo se pierde en la multitud dando vítores de “se acabó la dictadura”.

Para AMLO, en su discurso, lo que está tocando a su fin es el modelo neoliberal. “Lo digo con realismo y sin prejuicios ideológicos, la política neoliberal ha sido un desastre”, y una calamidad. Su otro blanco es la corrupción que ese sistema, según él, ha solapado. “Nada ha dañado más a México que la deshonestidad de lo gobernantes y la pequeña minoría que ha lucrado”. Considera “inhumano” darle ese uso al gobierno. La imagen elegida para el método de corregirlo: “Limpiar del gobierno de corrupción de arriba para abajo, como se limpian las escaleras”.

A la señora Tere cada escalón le cuesta, lleva a su lado una botella de oxígeno, cuyo cable translucido sube hasta su nariz. Por fortuna en su recorrido por Los Pinos casi no hay obstáculos, acaso para entrar al Museo del Estado Mayor Presidencial, de donde sale impresionada por la vestimenta de gala que ahí se resguarda. Mientras descansa de su visita, junto al pasto, reflexiona que son “cosas que nunca habíamos visto”. A su ritmo, está decidida a visitar a fondo todo este nuevo espacio público.

Desde la tribuna AMLO afirma que no irá contra ex funcionarios de gobierno. “No nos vamos a dedicar a perseguir a nadie, porque no queremos circo”. Advierte que “si abriéramos expedientes” no se confinarían a chivos expiatorios sino que empezarían desde arriba, pero entonces “no habría juzgados suficientes”. Considera más importante “abolir el régimen neoliberal” que perseguir individuos. Su meta está en evitar los delitos “del provenir”. Al tiempo que afirma que su gobierno “nunca dará la orden de reprimir al pueblo” ni será “encubridor” de violaciones a derechos humanos, retumba un lema conocido: el conteo uno por uno de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, hasta terminar en el grito de ¡Justicia!

Enriqueta Pérez no olvida. Ha venido a la capital desde Matamoros, estado de Coahuila, para disfrutar de la victoria después de “todos los robos”, de tantos años. Dice que ha apoyado a AMLO “de toda la vida”, y especifica que empezó a seguirlo desde su candidatura para jefe de gobierno de la capital. Mira a su alrededor y aprueba en voz alta “ya que AMLO no quiere trabajar aquí pues está muy bonito para que venga a visitar gente de todo el país”.

Junto al monumento a Madero ha terminado el discurso presidencial, AMLO se está trasladando al Zócalo. En Los Pinos muchos se dirigen a conocer las antiguas residencias presidenciales: las casas de Miguel Alemán, Miguel de la Madrid y Lázaro Cárdenas, además del Salón Venustiano Carranza. Una larga fila espera acceder, estirándose a lo largo de la “Calzada de los presidentes” donde se alinean sus efigies. La gente que espera va dando su opinión bajo las estatua de sus antiguos mandatarios.

“¡Payaso!”, le espeta un hombre con lentes a la efigie de Felipe Calderón. Del otro lado de la acera, un hombre explica a sus hijos que la figura que tienen ante sí es Díaz Ordaz, “el matón del 68”. Ya está ahí también la estatua de Enrique Peña Nieto.

Junto a la fila Ana Díaz Cortés vino desde Hidalgo con una pancarta que reza “Al fin se fue el PRI”, con el logotipo del partido cubierto por el vuelo de aves de mal agüero. Dice que todos le aplauden su mensaje, y “apelan a todos los santos, a la virgen de Guadalupe para agradecerlo, la gente siente que se desplomó una dictadura”.

En el salón Venustiano Carranza hay música veracruzana, mientras en cada casa largas filas de personas van avanzando cuarto por cuarto a través del pasado político del país. Se escucha algún silbido admirativo, y los custodios reprimen las caricias furtivas a los cómodos asientos de una sala de juntas. De todo eso sale conmovida Dalia Alonso, pelo blanco y vestido bordado, que ha venido desde Oaxaca para no perderse de este día. “Es una oportunidad que se nos brindó en la vida”, dice. Está segura que al fin habrá un cambio, y a continuación se dirigirá al Zócalo a ver al hombre que para ella lo encarna.

Cerca de ella, un joven exclama: “¡Hace poquito la Gaviota estaba aquí!”, en referencia a la primera dama saliente. Son treinta mil los visitantes a Los Pinos el día de su apertura al público, y en este nuevo espacio público caben todo tipo de asombros.

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