La verdad no tiene precio

Ayotzinapa no conmocionó a todos los mexicanos por igual

| Nacional

En este lugar las cosas parecen inmovilizadas por la temperatura: la luz del día es una ilusión que te ciega. No sé si es un paisaje o una respiración. Llego a la avenida central. Alguien se asoma por una ventana y entrecierra los ojos; el sol le pega de frente. Una mujer con sombrilla se pasa un pañuelo por el cuello. Un autobús bordea la calle sin cuidado. Me sorprende. Hay algo raro en él, no puedo explicar mi molestia. El camión se aleja y la mujer cruza la calle. En la ventana ya no hay nadie. Los árboles de la avenida se ven decaídos. La vida en el puerto es dura, como en todos lados. Las cosas tienden a desaparecer; lo único que no se esfuma es la asfixiante inmovilidad del mar. Subo al coche y la publicidad en otro autobús llama de nuevo mi atención. ¿Es el mismo que vi antes? Los ojos me arden. El anuncio muestra a dos personajes. Uno es el conocido boxeador campechano “Baby Cob”, ex campeón mundial de los mini mosca; no sé quién es el otro. Ambos se carcajean mientras sostienen ejemplares del periódico gratuito La Opinión, un suplemento informativo local.

La imagen me deja perplejo. Los titulares dicen: “Confirman la ejecución de normalistas”. ¿De qué se ríen estos señores? ¿Se burlan o son indiferentes? ¿El contexto nacional, imposible de ignorar, no aplica para Campeche? ¿Qué tan cercanos estamos a la realidad del país? Mis preguntas me desesperan. Es una mezcla de ignorancia y distracción. “La verdad no tiene precio” alcanzo a leer en el mensaje mientras el camión se aleja por las calles.

Al llegar a casa, Fou me está esperando. Encendemos los ventiladores de la cocina y platicamos durante la comida; sale al tema la imagen del autobús. Fou ha estado trabajando en sus clases.

—Quiero tomar fotos del camión —digo. Y seguimos comiendo mientras la tarde se oscurece sobre la barda del patio.

Al día siguiente Fou sale temprano, pasa por mí al café y comenzamos a perseguir autobuses. Descubrimos otros con la misma publicidad a cuestas. Distintos personajes en la misma situación: la noticia de los normalistas, las risas irónicas, la verdad sin precio. Cuando la perversidad se hace cotidiana, las cosas comienzan a convertirse en chiste. En un mal chiste. Al parecer, una comedia invisible.


Cerca del malecón me topo con otra parada de camiones. Esta vez me acompaña un amigo. Mi repentino entusiasmo al ver de nuevo la publicidad me lleva a seguir al camión en el tráfico para mostrarle a mi amigo el absurdo cartel. No parece sorprenderse. No alcanza a leer o no entiendo lo que pasa. Me mira como si yo fuera un extraño. Tal vez piensa que me estoy burlando o que quiero jugarle una broma. Señalo a los personajes, le explico lo que veo. Su silencio me hace pensar en mi estupidez. Nada va a cambiar.

2

Las cosas se estiran aún más. Paso los días siguiendo camiones. Me convierto en un cazador del transporte público bajo el lento sol del mutismo campechano. Los camiones se aporrean en los baches, se dirigen hacia todas direcciones. La ciudad es un archipiélago en el que no es posible desembarcar. Finalmente no llego a nada. Vuelvo una y otra vez a la impresión que tuve cuando vi el primer autobús y su publicidad. No puedo explicar lo que sucede.


Llego al café agotado por una prisa anacrónica. Un cielo sofocante cae encima de todo este teatro. Al entrar, un amigo periodista me saluda desde las mesas del fondo. Me acerco a la barra y pido un expreso. Ocupo una mesa cerca de un grupo de viejos que discuten de política y beisbol. Uno de ellos lee La Opinión. Me doy cuenta que ríe mientras pasa las páginas. Intento pensar en otra cosa.

La sala del café permanece casi vacía bajo el rumor de las charlas. En eso dos italianos llegan y piden expresos en un español bastante bueno. Permanecen en la barra sin tomar asiento. Un minuto después reciben sus 7 gramos de café con 35 ml de agua, en un ciclo de erogación de 30 segundos. La dosis correcta para sus pequeñas tazas. Beben los expresos de un solo trago y salen de nuevo a la calle. Alguien pronuncia mi nombre y me sobresalto. Una chica me mira desde la barra: mi café está listo. El periodista, Canul, se acerca a mi mesa. Decido apurar mi expreso al puro estilo italiano, de un solo trago. Comento algo sobre los días que he pasado persiguiendo camiones por la ciudad. El viejo que lee La Opinión voltea a verme desde su mesa, saluda al periodista arqueando las cejas y regresa a su lectura.

3

—Sé quién planeó esa campaña —me dice Canul.

Uno de los viejos estalla en carcajadas. Su mesa se sacude, tazas y platos chocan entre sí.

No doy crédito a lo que Canul acaba de decir. Le pido que se siente, por favor, que no se quede ahí parado.

¡Señor Zapata!, se escucha la voz de la chica desde la barra. Un individuo se pone de pie rápidamente. Pasa tropezando con la orilla de la mesa. Canul lo saluda y se hace a un lado. La cara del señor Zapata me parece familiar.

Canul permanece de pie, una cámara cuelga de su hombro. Se despide repentinamente, debe regresar al trabajo. Antes de dejarlo ir, acuerdo una cita para vernos por la noche.

—Sí —me responde distraído—, nos hablamos.

Canul se apresura a salir del local justo cuando el señor Zapata regresa de la barra. Los viejos vuelven a estallar de risa. De pronto, al fondo de la barra veo a los dos italianos llevándose a la boca, al unísono, sus pequeñas tazas blancas. Juraría que acababan de irse apenas unos minutos antes. Beben sin prisa, luego se dirigen a la entrada. Tomo mi taza de la mesa y la descubro vacía. Canul se cruza con ellos en la puerta, revisa su celular y da unos pasos hacia la esquina. Los italianos cruzan la calle velozmente. Todo parece regresar en este déjà vu peninsular. La velocidad está sobrevalorada. Comienzan a sonar las campanadas frente al parque: es la hora campechana.


Llego a la calle 59; es medianoche. Le marco a Canul pero no contesta. Después de andar por las calles cercanas, le pregunto a un mesero por otro lugar. Quiero sentarme tranquilo a beber una cerveza.

—Aquiles —me responde.

—¿Cómo?

—Sí —dice el mesero mientras pasa un paño sobre una mesa—. La cervecería Aquiles, todo derecho, como a tres cuadras.

—Gracias.

Mientras camino recibo un mensaje de Canul:

¿Sigues ahí? Me cambiaron la jugada, pero te alcanzo apenas me desocupe.

Está bien, lo entiendo, la hora campechana me alcanzó, contesto desde mi teléfono mental.

Me acerco a la cervecería Aquiles con paso de tortuga. Hay mesas afuera. Un mesero se acerca y me avasalla explicándome las opciones de cerveza internacional que tienen en la carta. Elijo una Spaten. Comienza a lloviznar y las personas entran al bar. Me quedo solo en mitad de la calle peatonal, con mi cerveza alemana sobre la mesa, bajo la llovizna inmóvil. Es la una de la mañana y hace fresco.

Más tarde aparece Canul. Llega húmedo y sediento. Me saluda y toma asiento. Lo veo agitado. Se disculpa por la demora.

—¿Sigues reporteando en el periódico? —le pregunto.

—Renuncié. Cuestiones políticas, no pude seguir ahí.

—¿Por?

—Me enviaron a cubrir las campañas, luego me hicieron a un lado. Mi jefe quiso mandarme a sociales. Me negué. No creyeron que renunciaría. Fue una decisión difícil pero desde que salí de ahí he triplicado mis ingresos. Que se vayan a la chingada.

Canul llama a un mesero y pide una XX Lager. Apura su cerveza como si fuera un italiano con un expreso. Termina de beber e inmediatamente pide otra.

—Pero dime: ¿de qué se trata? —me pregunta.

Le muestro las fotografías de los camiones.

—Ah, sí —responde mientras pica una aceituna.

Canul observa la imagen y sonríe. Guarda silencio por unos momentos y luego me explica que la publicidad en esos camiones fue un error. Nadie atendió la noticia de los normalistas, les valió madre y no pasó nada.

Estoy seguro de que nadie tomó en cuenta ese detalle. El encargado de la campaña publicitaria es un pendejo. Es el diseñador y jefe del área. Los dueños ni siquiera se enteraron.

—¿Quiénes son los que aparecen? —pregunto—. He encontrado tres anuncios distintos. No sé si hay más.

—No hay más: solo son tres. Estos tipos son músicos, uno de ellos es Manny Balmes. Los otros personajes, no sé… Este es un periodista, Zapata. ¿Lo recuerdas? Estaba hoy en el café, tropezando entre las mesas.

—Sí, lo recuerdo.

—También está Baby Cob —dice Canul, señalándolo.

—¿Cómo entender todo esto? —pienso en voz alta.

—No hay nada qué entender —responde Canul. Yo ni siquiera me fijé, hasta que alguien me lo hizo ver hace poco.

—Nadie se ha dado cuenta.

—Mira, pensamos que nadie se da cuenta de nada. Así son las cosas aquí.

—El sureste tiene otra velocidad —contesto.

—Hay tiempos distintos en Campeche —responde Canul—. En el sur, por ejemplo, hay muchos migrantes del norte, pueblos con nombres como Nuevo Coahuila, Monclova, Delicias, etc. Una vez llegamos a un ejido muy pequeño, y me llamó la atención que los jóvenes vestían tenis Nike relucientes y playeras gringas. Encontramos una avenida de terracería con postes clavados en la tierra, uno detrás del otro. Dos jóvenes estaban sentados bajo el sol sobre unos tambos. El chofer nos dijo que el ejército había hecho la empalizada. Era una pista de aterrizaje clandestina.

Escucho a Canul durante un rato. Se ha bebido tres cervezas y pide la cuarta. Su celular no deja de emitir sonidos sobre la mesa. El mesero parece morir de sueño. La llovizna se detiene. Entonces Canul me muestra fotos en la pantalla de su celular. Retratos en blanco y negro. Habla de “retratos ficticios”, mezclas de diferentes rostros sobrepuestos con la intención de fabricar uno nuevo.

—¿Has oído hablar de DeepFace?

—No.

—Es un sistema de reconocimiento facial de Facebook para etiquetar y clasificar rostros de personas, muy cabrón y preciso: identifica detalles como la distancia entre los ojos o entre la nariz y los ojos.

—El horror.

—El control —añade Canul con cara de aburrimiento. Hace poco Zuckerberg visitó México, se reunió exclusivamente con el presidente en Los Pinos.

—¿Para qué?

—Facebook colabora con gobiernos y empresas multinacionales para identificar “nichos de mercado”.

—¿Qué es eso?

—Por ejemplo, si a los facebookeros campechanos les gustan las hamburguesas, pues esa será una necesidad de mercado que pronto se cubrirá con un McDonald’s.

Canul da un trago final a su botella.

—Esta velocidad de la información está acelerando los procesos del capitalismo desaforado —dice como si hubiera descubierto el hilo negro.

Canul se despide. Quedamos en llamarnos pronto. En la calle no queda nadie casi nadie. Dos meseros fuman en la esquina. Son las cuatro de la mañana y la brisa refresca la noche. No he logrado explicarme nada. Estoy en el mismo lugar que al principio.


Miguel se sienta en la mesa de la cocina, con el cabello largo y en chanclas. Hemos pasado un mes sin saber de él. Fou no le quita los ojos de encima.

—Yo tomé esas fotos —dice cuando le muestro las imágenes de los camiones.

Enciende un cigarrillo y cruza las piernas. El humo del tabaco se esparce por la cocina.

—Va a llover chito —añade.

—¿Quieres tomar algo? —le pregunto.

Una línea invisible comienza a cerrar un ciclo. ¿Por dónde empezar?

—¿Por qué tomaste estas fotos? —le pregunto de la manera más débil que puedo, intentando ocultar mi asombro.

—Fue un trabajo, chito. Tú sabes, nunca lo hago, soy fotógrafo de modas. Pero, ¿y qué tiene? La verdad, no me cayó mal el dinero.

—¿Te pagaron bien?

—El dueño y sus ideas, ya sabes. El asunto es que hicimos las imágenes en una mañana. Rápido rápido. Fue algo muy veloz y me pagaron lo justo. Aunque en eso se tardaron más, los hijos de la chingada.

Fou, que ha permanecido callada, suelta una risa que rebota en los muros de la casa. Me mira incrédula.

—¿Tú escogiste esa nota que aparece en los periódicos de los personajes?

—¡Ah! Miguel se retuerce en su silla. Pero… ¿por qué tanta pregunta, chito? ¡Era la nota del día! Me gané unos pesos y me fui de viaje. Fue una chamba, no hay más.

—¿Así? ¿No hay más?

—Eso fue todo. ¿Por qué? ¿Te gustaron mis fotos, chito? Ay, dímelo.

Miguel ríe sin dejar de fumar. Sospecha algo, le hace guiños a Fou constantemente.

—El mundo es muy pequeño —dice Fou después de un largo silencio.

—¿Cómo? —pregunta Miguel.

—Dile —me revira Fou.

No me queda de otra y le cuento a Miguel del tiempo que he pasado persiguiendo autobuses, de los titulares con la noticia sobre Ayotzinapa, de la actitud de los personajes fotografiados, todo.

—¡Ay, chito! —me dice—, pero si este es un trabajo como cualquier otro, ¡coño! Además nadie se fijó en los balazos del periódico. Lo único que buscábamos era que esos tipos salieran muy sonrientes, como bebés, ¿ya sabes? Sonriendo felices, leyendo las noticias. Esa era la idea del dueño del diario. Estuve pendiente de la iluminación y los encuadres. Les busqué el ángulo a los personajes. La sonrisita, la buena onda… Uff, ¡qué hueva! Pero eso fue, no hay más, chito.

Silencio.

Al escuchar a Miguel pienso que la campaña publicitaria ha pasado, al menos, por tres niveles: primero por Miguel, autor de las fotos; luego por el editor del diario, y finalmente por el dueño y su consejo editorial. Nadie tomó en cuenta las implicaciones de esas imágenes. Era como si no existieran.

De pronto entiendo que no habrá consecuencias de ningún tipo. Si no hubo causas, tampoco habrá efectos. Ninguna reacción. Es más, en este lugar pronto se desvanecerá todo: la publicidad y los camiones, el diario La Opinión, los hechos de Ayotzinapa y, tal vez, el mundo entero, como sucedió millones de años atrás cuando el meteorito cayó en las costas de Yucatán. El fin de una era planetaria. La antivelocidad o la indiferencia campechana rayando en lo cósmico.

—Mira, chito, mejor ni te molestes en preguntarme tanta barbaridad —dice Miguel mientras apaga el cigarro en el cenicero—. Aquí lo único que importa es hacer el trabajo y a lo que sigue, ¿me entiendes? En esos días lo de Ayotzinapa estaba en las primeras planas. No fue más que una coincidencia. Nadie estaba pensando en otra cosa. Total que Ayotzinapa ya pasó…

—¡No, Miguel!

—Sí, ya sé lo que vas a decir, chito, que es algo insensible y todo lo que quieras. Fue un bomberazo que les ayudé a sacar para tener su campaña lista, el tiempo se les venía encima. Y todavía falta algo más.

—¿Qué falta? —pregunté.

Fou vacía su taza de café y aprieta los dientes.

—Hay otra fotografía —dice mientras enrolla otro cigarro—. Sí, chito, de estas imágenes que has estado cazando como depredador loco por las calles de este pueblo sin pies ni cabeza, lleno de camiones y baches y topes. Sí. Hay otra imagen. ¿Para qué tanta obsesión, chito? Te vas a enfermar, cabrón. Campeche es como es y listo. ¡Aquí nadie se da cuenta de nada, coño! No te compliques con lo que ves en la calle. Hay de todo por aquí, ¡de todo! Lo mismo podría haber aparecido el “Chicharito” metiendo gol si hubiéramos tomado las fotos otro día.

A La Opinión se le olvidó Ayotzinapa. Esa era la irritante realidad.


Días después Miguel me envía la imagen que faltaba.

Los personajes que aparecen en los distintos anuncios del transporte público ahora se reúnen en una mañana soleada, a la sombra de los árboles del parque. Al fondo se ve la catedral. Las figuras sonríen dejando ver, invariablemente, la noticia de los normalistas en las primeras planas de sus diarios. Un joven limpia los zapatos de Manny Balmes, que, ahora sé, es cantante y conductor de un programa en la televisión local. Otro joven sostiene una bandera en un carrito de La Opinión, donde puede leerse “El periódico más leído en Campeche”. El señor Zapata conversa animadamente y Baby Cob finge leer en una banca.

La imagen es idílica.

En ella el tiempo vacila entre recuerdos, sin llegar a recordar nada realmente. Alcanza a describir ese ambiente de domingo placentero, de paraíso limpio y vacío, parroquiano, ciego, insensible, campechano, que se vive en esta región del sureste. Es el retrato de una vida imposible mezclada con lejanía. Un limbo de irrealidad o, mejor, un espacio de localidad ultra-real. Sin proximidad. En este lugar se vive al ritmo de una velocidad sin desplazamiento. Los días se transitan con una alegría de vivir a costa de ignorar.

Entre Campeche y la ciudad de México, septiembre de 2015

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