La Vía Verde: los síntomas y la enfermedad de una administración

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En la administración de Miguel Ángel Mancera incluso colocar enredaderas despierta sospechas. Presentado el pasado 12 de julio, el proyecto Vía Verde, que otorgará espacios publicitarios a privados a cambio de que financien la implementación y mantenimiento de jardineras en las columnas que elevan la autopista urbana de la Ciudad de México, no tendría por qué ser polémico. Es más, no tendríamos siquiera por qué haber reparado en ello quienes no transitamos por ese bosque de concreto que OHL y las administraciones nos dejaron en buena parte del Periférico de la Ciudad de México. Como bien lo ha mostrado el arquitecto Axel Arañó en su cuenta de Twitter, revestir las colosales y severas columnas de los segundos pisos del Periférico con hiedras no requiere mayor gasto y hasta podría ocurrir de manera natural. Una jardinería vigilante a esas enredaderas no tendría por qué significar un alto cargo al erario. Un discreto proyecto de embellecimiento urbano con discretos servicios ambientales. Casi intrascendente, pero no sobrado.

El asunto naturalmente se enreda. No: no serán hiedras lo que reverdecerán la inhóspita autopista urbana –que muchos sugeriríamos más bien desmontar– sino “jardines verticales”. La técnica, sin embargo, es costosísima, tanto en su implementación como, sobre todo, en su mantenimiento. Y, dada la densidad vegetal de un jardín vertical frente a la de una buena hiedra, los servicios ambientales que brinda podrían ser incluso más irrelevantes en el contexto de la ciudad. Como proyecto público que ni siquiera viene acompañado por otros elementos como una reorganización del transporte público en el Periférico, por los altos costos y los nulos beneficios, tendría que desecharse sin mayor discusión. Sin embargo, y aquí viene el sello característico del gobierno de Mancera que presenta el horror como virtud: ¡el proyecto no es público! “No con nuestros impuestos”, dicen entusiastas Fernando Ortiz Monasterio, propietario de la beneficiada empresa que desarrollará los jardines verticales, y el actor Luis Gerardo Méndez, socio y promotor del proyecto. Se trata de una concesión del inmobiliario urbano a privados para que consigan lo que hace ya tiempo habían perdido: espacios publicitarios en el Periférico.

De las poco más de mil columnas de la autopista urbana, se plantea que una de cada diez se destine a anunciantes. A cambio de esta transacción, el gobierno no recibe nada más que un limitado greenwashing, pues toda la renta se destina a pagar el mantenimiento por 10 años de una jardinería que, de ser pública, se procuraría menos onerosa. Es decir, mientras los privados explotan para su beneficio los bienes públicos, un gobierno –y de izquierda– renuncia a percibir rentas que bien podrían ser destinadas a proyectos de mayor trascendencia para la ciudad. ¿Acaso esto no suena familiar en el contexto de esta administración de la ciudad?

Mancera y sus socios aprendieron la lección del siempre irrisorio Corredor Cultural Chapultepec: antes de presentar a la ciudadanía sus negocios, hay que revestirlos de ella misma. Era el ingrediente que faltaba para el éxito de los proyectos. En esta ocasión, antes que cualquier cosa, los empresarios lanzaron una petición en change.org que, gracias al respaldo carismático de Luis Gerardo Méndez juntaron más de ochenta mil firmas; en el proceso se les invitaba también a participar en un sondeo en línea que disfrazaba de estudio de opinión su afirmativa por el proyecto. Así, con la llamada “Vía Verde” ya no hablamos de un oscuro programa empresarial –como con el Corredor Cultural Chapultepec– sino de una luminosa iniciativa ciudadana.

La ciudadanía hace suyo el Periférico; Ciudadanos reverdecen el concreto; Gobierno, IP y ciudadanos juntos por el medio ambiente. La Vía Verde de pronto es presentada como la cura a unos meses difíciles de ozono, como la reconciliación de Mancera con los automovilistas por el Hoy No Circula, como la enmienda a los casi mil árboles talados en Mixcoac para construir otra vía de concreto para automovilistas. Una columna con plantitas por cada árbol caído es, hasta ahora, la única respuesta a una crisis ambiental.

Los promotores de la Vía Verde señalan que su propuesta nunca ha buscado ser la salvación de la contaminación ambiental, que no sustituye la urgencia y necesidad de proyectos más relevantes y que no busca lavar la indolencia de la terrible administración de Mancera –y sus predecesores– en materia ambiental. En el lugar común de su narrativa épica, ellos simplemente fueron “solo dos ciudadanos que presentaron una maqueta” buscando mejorar en algo su entorno. Buena voluntad, una idea bonita. No puede reprochárseles el intento de enriquecer el negocio de los jardines verticales.

La pregunta y el reclamo, en todo caso, no van dirigidos hacia ellos, ni mucho menos a los ochenta mil firmantes, sino a Mancera y sus nociones sobre la administración pública, sobre su proyecto o agenda de gobierno y de ciudad; específicamente, sobre su concepción de la gestión de problemas urbanos como un asunto de imagen. Mientras que en la administración de López Obrador pudimos distinguir, no sin inconsistencias, una agenda de política social y en la de Ebrard, no sin contradicciones, una de inclusión y derechos civiles, en la de Mancera vemos que lo único constante es un branding que, por sí solo y luchando por retomar los triunfos de sus predecesores, resulta en lo más hueco que hemos visto en cualquier administración de la Ciudad de México, incluyendo las antiguas regencias.

La Vía Verde es la repetición del Corredor Chapultepec como farsa. Y si es farsa, lo es por irrelevante, pues el de Chapultepec era un proyecto a todas luces nocivo para la ciudad. Lo que preocupa es la facilidad, poca reflexión y ausencia de un sentido tanto de lo urbano como de la administración pública con la que Mancera está dispuesto a concesionar a privados bienes de la ciudad, sin percibir rentas importantes por ello y encima presentar esto como virtud. Como con el Corredor, en la Vía Verde los conceptos y directrices “amigables” o de moda en la gestión del espacio urbano se emplean con toda la superficialidad y el objetivo de disfrazar la frivolidad, intrascendencia e intereses privados detrás de los proyectos. “Iniciativa ciudadana”, “verde”, “cultural”, “movilidad”, “peatonal”, “participación”, “sin nuestros impuestos”. Como si aludirlos los implicara o irrebatiblemente volvieran deseable el proyecto. El Corredor Chapultepec proponía un centro comercial sobre la calle; la Vía Verde un corredor publicitario bonito y eso es todo. No se reconoce un sentido –ni siquiera estratégico– de lo público en ninguno de los dos.

Ambos casos podemos sumarlos a una larga lista de otros elementos y aspectos de la administración de Mancera donde lo que ha privado es la improvisación, la frivolidad, la inexistencia de un proyecto de ciudad. Desde pintar de rosa el transporte público hasta la incapacidad de definir una agenda de seguridad pública incluso ante casos sensibles como el de la Narvarte o el del Bar Heaven; desde intervenir el Centro Histórico sin darnos razón del ambicioso plan de manejo que le heredó la administración anterior hasta la incapacidad de definir una relación con las protestas y movilizaciones que no esté mediada por la represión violenta o la discriminación selectiva de demandas. La reforma política del Distrito Federal parece haberse reducido a un cambio de nombre de la demarcación y el aplauso emitido por la propuesta de incrementar el salario mínimo se fue extinguiendo así como el entusiasmo de su administración por realmente encabezar ese debate. Con todo, la agenda de gobierno parece consistir en ser un llamativo pero simple ajonjolí rosa en todos los moles.

Son esta constante improvisación, la ausencia de sentido de lo público, de la ciudad y de posiciones ideológicas claras, así como la obsesión con el branding, el telón de fondo en el que es evaluada la Vía Verde. Es el recuerdo del Corredor Cultural Chapultepec en el que el gobierno de la Ciudad de México estuvo a dispuesto a colocar un aparatoso centro comercial sobre la vía pública, renunciando incluso a cobrar una renta significativa por ello. De la experiencia del Corredor Cultural Chapultepec –y del fracaso de su ejecución– aprendimos que esta administración, en su superficialidad, prefiere el riesgo de poner en juego lo público, de comprometer a la ciudad misma a cambio de vistosos bandazos que se limitan a dar la sensación de que algo se hizo.

(Foto: Vía Verde.)

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