¿La violencia en declive? Sobre Steven Pinker

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Los ángeles de Steven Pinker

La tesis central de Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones (Paidós, 2012), libro del psicólogo experimental Steven Pinker, es que, a lo largo de miles de años, la violencia ha disminuido y que, por tanto, la época actual podría ser la más pacífica en la historia de la humanidad. Aunque admite que la brutalidad no ha sido abatida del todo y que probablemente no sea posible garantizar la permanencia de los “bajos niveles” de violencia de estos tiempos, Pinker compara las cifras estadísticas de épocas anteriores con las de la nuestra para defender la idea de que estamos en un momento histórico privilegiado.

Adherirse o no a esta tesis quizás depende (como diría el propio Pinker, conocido por sus investigaciones acerca de las relaciones entre el lenguaje y los procesos cognitivos) del modo en que percibimos la realidad: habrá quienes concuerden en que, a pesar de algunos hechos aislados o uno que otro brote de violencia en alguna región del mundo, en realidad hemos sido “bendecidos por niveles inéditos de convivencia pacífica”. También habrá quienes piensen que la criminalidad, el terrorismo, los asesinatos, el infanticidio o los crímenes motivados por homofobia o misoginia no solo son recurrentes sino que han ido en aumento.

Quienes comparten el primer punto de vista son sobre todo aquellos que abrazan un ideal utópico de racionalidad y mantienen una fe incondicional en los poderes del Estado y el mercado como proveedores de leyes y reguladores de la sociedad. Sin embargo, la apuesta por un mundo más racional y civilizado no impide señalar que en la propuesta de Pinker hay varios aspectos discutibles. Diferentes críticos han detectado inconsistencias y debilidades de distinta índole en su tesis.[1] En efecto, ésta tiene algunos flancos vulnerables. Las estadísticas a las que recurre, por ejemplo, no pueden ser un indicador absoluto para obtener conclusiones tan contundentes,[2]puesto que operan sobre cifras registradas oficialmente y éstas, como se sabe, nunca retratan la totalidad de los delitos cometidos. Por otro lado, su visión presta poca atención a zonas como el propio México o ciertos países africanos o del Medio Oriente en donde la violencia se incrementa y se ejerce de manera salvaje.[3] Bastan como ejemplos los métodos de tortura y aniquilación de los cárteles mexicanos o de grupos como Boko Haram y el Estado Islámico, por mencionar tres casos que han acaparado recientemente la atención de los medios a nivel internacional.


La violencia multiforme

El principal problema con la tesis de Pinker es, sin embargo, su definición misma del concepto de “violencia”. Pinker admite que ha delimitado a qué se refiere cuando habla de violencia, ciñéndose a la definición de The American Heritage Dictionary: “el comportamiento o trato en donde se ejerce fuerza física con el propósito de ocasionar daño o injuria”. Pinker aclara también que se enfoca en la violencia en contra de seres sintientes: homicidio, ultraje, violación, robo y secuestro, que hayan sido cometidos por individuos, grupos o instituciones (en este último caso, guerras, genocidio, castigo corporal y capital, hambrunas deliberadas). Sin esta delimitación, en efecto, su estudio parecería inabarcable.

Es posible que, en efecto, el tipo de violencia a la que alude Pinker sea menos frecuente ahora que en sociedades antiguas. Sin embargo, habría que preguntarse si una de las razones del supuesto declive de esas formas de violencia no sería más bien que hemos transitado hacia otras más sutiles y discretas. Se entiende que por motivos académicos deba acotarse el fenómeno que se pretende estudiar. Sin embargo, la omisión de otros tipos de violencia en este caso podría ser grave, ya que apunta hacia un defecto en el modo en que Pinker plantea su tesis: no es que la violencia haya disminuido sino que hoy se ejerce de manera más sofisticada y silenciosa, pero con el mismo grado, o incluso mayor, de crueldad.

Pinker parece entonces no tener en cuenta que la violencia es multiforme y que muchas de sus manifestaciones tienen una naturaleza que las puede hacer pasar desapercibidas. Piénsese por ejemplo en la violencia psicológica, el acoso sexual o espiritual, las amenazas e intimidaciones, o ciertos tipos de maltrato en el entorno social, familiar o escolar cuyos rastros son discretos y a veces invisibles. El clasismo, el racismo, la discriminación, el sexismo y la indiferencia ante el sufrimiento de otros también son violencia. La ignorancia, al igual que la falta de conciencia histórica y social, contribuye a que los entornos sean violentos. La intolerancia es sin duda alguna un tipo de violencia: la indisposición para escuchar a quienes piensan distinto ya es una actitud violenta. Lo es también, y sobre todo, la necedad de imponerse ante los otros creyendo que una raza, una nación, una religión, una forma de gobierno o determinada ideología puede ser superior a las demás. El dogmatismo deriva tarde o temprano en violencia.

De su definición Pinker excluye también las prácticas y actitudes que sistemática y silenciosamente lastiman, relegan e incluso llegan a aniquilar a sectores enteros de la población mundial. Dichas formas de agresión son producto de la violencia estructural sobre la que se construye nuestro sistema político y económico, una violencia que de inmediato sale a relucir en cualquier diagnóstico de la crisis global por la que atravesamos. Pinker descarta que la marginación y la explotación deban incluirse en la definición de violencia. El problema con esta exclusión es que, en la actualidad, un gran número de los acontecimientos violentos no representa hechos aislados, sino que es la consecuencia de las disparidades económicas y la reacción de ciertos miembros de los sectores marginados, quienes a veces encuentran en las acciones violentas o en la afiliación a grupos criminales, terroristas o de choque una oportunidad para subsistir en un sistema en el que no hay lugar para ellos.


La violencia de la economía

Hay muchas formas, como he sostenido, de ejercer violencia. Una de estas formas sutiles e indirectas de generar violencia se ha infiltrado desde hace mucho tiempo en nuestra vida ordinaria. No me refiero al crimen o al asesinato. Me refiero a un factor que con frecuencia deriva en otras formas directas o explícitas de violencia. Se trata de un cáncer silencioso y camaleónico que se ha esparcido por todo el tejido social, carcomiéndolo e infectándolo gravemente. Es la violencia de la estructura económica misma, la violencia de un sistema que, para poder subsistir, nos obliga irremediablemente a una rivalidad generalizada, tal como ha advertido el filósofo de la economía Jean-Pierre Dupuy.[4] Somos, en efecto, parte de un entramado social en el cual fungimos como engranajes de una gran maquinaria productiva regida por intereses económicos, mercantiles y políticos que se alimenta de la rivalidad y la desigualdad.

Dicho sistema es generador de dinámicas eminentemente violentas, ejercidas desde la esfera económica. Solapar las faltas de las instituciones bancarias a pesar de sus abusos y corruptelas es violencia. El intervencionismo del Estado en la economía y el fenómeno de la inflación también son violentos. El fortalecimiento del Estado y la macroeconomía a expensas de ciudadanos comunes y corrientes es una estrategia violenta. No hallar un remedio eficaz para disminuir la pobreza y el hambre es una forma de generar violencia. La falta de cultura ecológica y la consecuente explotación del planeta es otra forma de agresión.

En la sección de preguntas de su sitio personal, Steven Pinker responde de un modo superficial a la pregunta de si la desigualdad económica es una forma de violencia. Su respuesta es negativa. Y agrega: “el hecho de que Bill Gates tenga una casa más grande que la mía puede ser deplorable; pero agrupar ese hecho junto a la violación y el genocidio es confundir la moralización con el entendimiento. Lo mismo ocurre con los trabajadores mal pagados, el socavamiento de tradiciones culturales, la contaminación del ecosistema, y otras prácticas que los moralistas quieren estigmatizar al extender metafóricamente el término ‘violencia’ y utilizarlo en esos casos. No quiere decir que aquellas cosas no sean malas, pero no se puede escribir un libro coherente sobre todas las cosas malas”. Lo que al parecer Pinker no alcanza a vislumbrar es que el problema no es la casa de Gates sino la desigualdad social en un sistema en el que coexisten la fortuna de Gates y millones de personas en pobreza extrema. Cuando existen estructuras económicas y políticas que permiten tal disparidad; cuando la economía se centraliza en instituciones financieras corruptas; cuando desde ellas se apoya la industria de las armas, el narcotráfico, el lavado de dinero, la trata de personas y un largo etcétera, estamos realmente hablando de violencia o, al menos, de un contexto propenso a la violencia. Y esta, por desgracia, quiérase o no, no es mera estadística sino un modus operandi que tiene inevitables consecuencias morales.

El libro de Steven Pinker seguirá siendo un referente obligado en un momento en el que estamos siendo testigos de una escalada generalizada de la violencia. Pero puede cuestionarse qué tan coherente es un planteamiento que considera la violencia sin tener en cuenta el origen y las causas de los actos violentos, y que parece olvidar que estos ocurren dentro de un marco estructural. Estamos ante un fenómeno global que no brotó de modo súbito e inexplicable. Las causas son identificables y es absolutamente viable elaborar un análisis razonable de los factores que han contribuido de manera paulatina al incremento o transformación de las manifestaciones de violencia. Basta con admitir que la historia del mundo contemporáneo está plagada de políticas económicas fallidas, decisiones gubernamentales precipitadas, juegos de poder, confrontaciones ideológicas y la tendencia constante a imponer un modelo de la sociedad y la economía.


Notas

[1] Es conocida, por ejemplo, la postura del filósofo británico John Gray, quien ha sostenido que, a pesar de su uso de gráficas y estadísticas, los argumentos de Pinker carecen de un buen sustento científico y se reducen a la defensa de una visión muy particular del mundo: la riqueza va en aumento, la democracia se expande cada vez más, y ello se debe a que somos herederos del humanismo ilustrado y su ideal de progreso. Gray es conocido por su férreo rechazo a la noción de “progreso”, cuando este se entiende, tal como lo hace el propio Pinker, como la creencia en que el crecimiento económico y tecnológico favorece el desarrollo social y democrático. El error esencial en ese planteamiento, según Gray, es que sus partidarios olvidan que entre las consecuencias del progreso ilustrado también se cuentan usos abominables de violencia política —por ejemplo en el leninismo—, que han justificado aniquilaciones masivas. Para Pinker, los comentarios de Gray son meramente “anecdóticos”.

[2] En su blog personal, Nassim Nicholas Taleb utilizó los términos “ilusión estadística” para referirse a la tesis del declive de la violencia. Con bastante minucia, critica arduamente las “estadísticas amateurs” de Pinker.

[3] Elizabeth Kolbert hizo notar que en su libro Pinker alude escasamente a la violencia en Asia, África y Sudamérica; que el tratamiento de los homicidios en Estados Unidos es impreciso, y que, además, se omite la violencia de los colonialismos. Hay que mencionar, sin embargo, que más tarde, en un artículo de 2014, Pinker se refiere a la violencia en México y Medio Oriente.

[4] Jean-Pierre Dupuy, “Le Signe et l’envie”, en L’enfer des choses: René Girard et la logique de l’économie (París: Seuil, 1979).

 

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