Las calles de Baltimore

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Asiste a unas pocas protestas en Estados Unidos y escucharás una y otra vez las mismas viejas consignas, muchas de ellas patéticamente hiperbólicas, dado el tamaño de las marchas y el fervor de los manifestantes. “If we don’t get it, shut it down”, gritas mientras marchas por un estrecho camino delimitado por la policía y cercado por barricadas de metal, debatiendo contigo mismo si es ya hora de partir e ir a almorzar. Pero de vez en cuando la gente de veras toma o “apaga” algo, y el estado de emergencia que siempre está latente es formalmente declarado. Dependiendo de nuestro temperamento y nuestras lealtades, nos emocionará o aterrará la revelación de lo frágil que es, en última instancia, el orden civil.

Una serie de “disturbios” estalló esta semana en el oeste de Baltimore, Maryland, después del funeral de Freddie Gray, un hombre negro de veinticinco años de edad que murió a causa de lesiones sufridas mientras estaba bajo custodia policial. El asesinato de Gray es el último de una serie de asesinatos cometidos por la policía que parece extenderse, sin pausa, desde la muerte de Michael Brown en Ferguson y de Eric Garner en Nueva York el verano pasado. Brown fue ejecutado a balazos, Garner fue sofocado, y la columna vertebral de Gray se desprendió de su cuello durante un “brusco paseo” (“a rough ride”), una habitual práctica policiaca que consiste en “lanzar a los detenidos a la parte posterior de la camioneta de la policía, sin cinturón de seguridad, y someterlos después a súbitos arrancones y enfrenones”.

Pero, como muchos de los jóvenes en las calles dijeron a los periodistas, el levantamiento no se trataba solo de Freddie Gray. ¿De qué más se trataba? De defenderse: los “disturbios” empezaron cuando la policía antidisturbios avanzó, armada, contra una multitud de estudiantes fuera de un centro comercial. De una generalizada cultura de abusos policiales: entre 2011 y 2014 la ciudad de Baltimore tuvo que pagar 5,700,000 dólares a cien víctimas de violaciones a sus derechos humanos, sin duda una pequeña parte del número de personas maltratadas por la policía. De “economía moral”, en el sentido que E.P. Thompson dio al término en su estudio sobre las revueltas del pan en la Inglaterra de la temprana edad moderna: uno de los primeros locales que la multitud atacó era una agencia de cambio de cheques que cobra tarifas leoninas a los pobres que no tienen acceso a cuentas bancarias. De recuperar el espacio público: el área alrededor de un almacén quemado es ahora, según un periodista, “una plaza pública. La gente habla entre sí. Una banda toca.”

Nadie debe trivializar los potenciales peligros de las quemas y los saqueos, que pueden provocar que las personas se sientan inseguras en sus barrios y contribuir a una marginación económica aún más brutal. Incluso si uno piensa que no hay nada de malo en destruir propiedad, es difícil demostrar de antemano cómo el romper ventanas puede llevar a cambios estructurales (aunque, desde luego, los críticos de los disturbios tampoco tienen ningún plan que lleve a ello). Pero dos hechos relacionados entre sí vuelven imposible no simpatizar con la gente en las calles de Baltimore.

El primero es que en Estados Unidos los actos de insubordinación civil –por lo general referidos como riots– han sido un elemento tan regular en el repertorio político de los oprimidos que sencillamente no pueden ser desestimados con términos moralistas o interpretados como una aberración. Entre 1964 y 1971 –el periodo durante el cual se aprobaron las leyes más importantes sobre derechos civiles en el país– un investigador identificó más de 752 disturbios, con una duración total combinada de 1,802 días y un saldo de cerca de trece mil heridos y setenta mil detenciones. La sola magnitud de estos eventos sugiere que su sentido político iba muchos más allá de la mera desobediencia o el caos. Para muchos de los participantes y testigos el significado de esos acontecimientos estaba claro: en una encuesta de 1967 solo el 19 por ciento de los residentes negros de Detroit caracterizó los eventos como “disturbios” mientras que el 56 por ciento prefirió pensar en ellos como “una rebelión o una revolución”.

Muchos estadounidenses blancos no podían creer entonces que los amotinados eran seres humanos racionales con las mismas necesidades y aspiraciones que los demás. Pero lo son, y cualquier examen honesto de las condiciones imperantes en los lugares donde estallaron y estallan los disturbios revela un nivel de privación y opresión que empujaría a cualquier persona a la rebelión. Muchos de los disturbios de los años sesenta –tal vez la mayoría– fueron provocados por casos específicos de brutalidad policiaca. Sin embargo, la comisión Kerner, armada por el gobierno para investigar por qué Detroit, Michigan, y Newark, Nueva Jersey, se habían incendiado en el verano de 1967, encontró que las causas principales de los disturbios, además de las “prácticas policiacas”, eran “el desempleo y el subempleo” y “la vivienda inadecuada”.

Esto conduce al segundo hecho fundamental, que es lo poco que las cosas han cambiado para la gente en lugares como West Baltimore desde aquella comisión Kerner. En algunos aspectos las condiciones son ahora peores, a pesar de que Baltimore tiene hoy una alcaldesa negra y de que un presidente negro gobierna a cuarenta millas de distancia. En el barrio de Sandtown-Winchester, donde Freddie Gray vivía y donde se produjo buen número de los disturbios, una cuarta parte de los jóvenes y adolescentes fueron detenidos en un lapso de apenas cuatro años. Asimismo, una cuarta parte de los edificios están vacíos y una cuarta parte de la población activa está desempleada. Gray y sus hermanas sufrieron, de niños, envenenamiento por plomo, debido a que la pintura de su casa tenía niveles de plomo tres veces por encima del promedio de la ciudad.

Pero si los disturbios estallaran solo debido a la privación material, la historia sería un constante disturbio. Las razones por las cuales personas habituadas a la violencia policial deciden de pronto tomar las calles y arriesgar su vida, o al menos correr el riesgo de ser arrestadas, son siempre complejas. Los disturbios de los años sesenta surgieron de una complicada dialéctica de persistente opresión y crecientes expectativas fomentadas por una economía en auge e históricas leyes en torno a los derechos civiles. Los contornos de esta nueva ola de levantamientos –de Ferguson a Berkeley a Baltimore– siguen siendo, en buena medida, poco claros. Pero ya se ha convertido en sentido común establecer conexiones entre acontecimientos que ocurren a miles de kilómetros de distancia, e incluso encontrar nexos entre las protestas del momento y la larga historia de lucha de la comunidad negra. Ahora que esta conciencia política radical entra en contacto con las miserables condiciones objetivas, cualquier ciudad de Estados Unidos puede convertirse en el próximo Baltimore.


(Este es un texto original para Horizontal. Traducción del inglés: Rafael Lemus)

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