«Las calles serán siempre nuestras». Crónica de la primera batalla por un país

El 1 de octubre de 2017 será recordado como el día que el Estado español perdió la oportunidad de resolver de manera negociada un asunto crucial para las catalanas y los catalanes, y también como el dí­a que Catalunya cerró filas contra la violencia y a favor de su derecho a decidir.

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Vila de Gràcia, Barcelona. Son las cinco de la mañana del 1 de octubre y la calle de Badia, aún bajo oscuridad cerrada, se encuentra a reventar. Desde la tarde previa padres de familia, maestros y grupos de jóvenes se dieron cita para hacer guardia frente a la escuela primaria Reina Violant, uno de los centros de votación del Referéndum de Independencia de Catalunya. El plan, repetido en cientos de colegios, se fraguó ante la amenaza del gobierno español: si el referéndum se llevaba a cabo sería ilegal por ser un mecanismo que no está contemplado en la Constitución española. Y como acto ilegal sería impedido, de ser preciso por la fuerza.

Unos días antes de que llegara el 1-O, como se conoció a la fecha del referéndum, elementos de la Guardia Civil – la policía militar española– fueron instalados en un buque anclado en el puerto de Barcelona en preparación para desembarcar en el momento preciso. Fue así que ante la aparente inevitabilidad de un ataque durante el 1-O, los catalanes se prepararon para un episodio amargo de un conflicto que perdió muchas oportunidades de resolverse de manera negociada, y que en unas horas cruzaría el punto de no retorno.

La historia es tan sabida en Catalunya que algunos ya están hartos de escucharla. Esta región que forma parte del Estado español y que cuenta con un cierto grado de autonomía, en los últimos años ha buscado negociar reglas diferentes para obtener mayor soberanía; adicionalmente, un sector con representación política siempre ha buscado la independencia total. En 2010, tras la renegociación del estatuto que establece los términos de la autonomía, una buena parte de la población quedó insatisfecha y el movimiento independentista, capitalizado y alimentado de manera certera por grupos políticos, empezó a crecer.

Los posteriores intentos de negociación entre el gobierno catalán y el Estado español fallaron hasta llegar al punto de ignición de este año: por un lado, la creciente expectativa por la realización del referéndum, impulsado sin reservas por el presidente de la Generalitat Catalana, Carles Puigdemont, y por otro, la amenaza de obstaculización, primero, y de represión después por parte del presidente español Mariano Rajoy. Esta amenaza empezó a tomar forma tras una orden del Tribunal español para impedir el referéndum, lo que dio pie a que se arrestara a funcionarios catalanes y a que agentes de la Policía Nacional allanaran edificios particulares en busca de materiales electorales.

Este no es un escenario habitual en Catalunya. Desde luego, como en todos lados, la región ha tenido sus momentos. Aún está fresca en la memoria, por ejemplo, la violencia por parte de la policía catalana, los llamados Mossos d’Esquadra, en momentos álgidos como el 15-M, el movimiento de los indignados por la crisis económica en 2011. Pero lo que ocurre en esta ocasión es diferente. Esto es un grupo de gente organizándose para depositar un voto en una urna, el acto democrático por excelencia. Son familias completas, abuelos que todavía recuerdan episodios dolorosos de la Guerra Civil, padres que vivieron la transición del franquismo a la democracia, y niños y jóvenes que pensaban que todo esto eran historias del pasado. La mayoría de los procesos de independencia tienen su punto de partida en actos de rebelión armados. Las armas de esta rebelión eran papeletas y cajas de plástico compradas por Amazon.

Esgrimiendo su intención de voto, personas en cada pueblo, comarca y ciudad de Catalunya prepararon la estrategia para resistir. Familias completas llegaron a las escuelas el 30 de septiembre, en algunas incluso un día antes. Niños en pijama durmieron en las instalaciones del «cole» con la gente de su barrio para enfrentar a quienes llegaran a sacarlos del lugar. En la primaria de la calle Badia los chicos se acomodaron adentro, los viejos se sentaron a charlar en la entrada y un montón de jóvenes durmieron sobre trozos de cartón y cobijas –y algunos más sofisticados sobre tapetes de yoga– sintiendo que cumplían con su pedacito de deber para hacer historia juntos.

Cinco y media de la mañana y la gente empezó a hacer una línea. El rumor era que a las seis llegarían las urnas, y también llegarían los policías españoles. Cantando para exorcizar el miedo, adentro distribuían café, fruta, galletas, y la gente charlaba como si estuviera en un parque. Como si no estuviera a punto de llover a cántaros, obligando a todos a sacar sus paraguas o a apretujarse en un toldo improvisado. Como si en ese momento no estuvieran desplegándose la Policía Nacional y la Guardia Civil para intervenir las casillas. Como si al final de la jornada no fueran a resultar heridas más de ochocientas personas.

«¡Els carrers seran sempre nostres!», ‘las calles serán siempre nuestras’, es el canto entonado por los jóvenes durante días pasados, y el que los acompañó esta vez mientras pasaban la mitad del día en la fila. Quienes llegaron a las seis de la mañana votaron a la una de la tarde. Para entonces, en Girona, en Sabadell, en otros puntos de Catalunya, ya habría decenas de heridos.

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El Raval, Barcelona, dos de la tarde. La fila de la secundaria Miquel Tarradell da la vuelta a la manzana. Una chica come pizza directo de la caja, de pie. Resulta impresionante por la cantidad de gente, pero más por el ánimo de esa gente que, como en otros puntos, lleva horas formada. Primero, porque las urnas no llegaban. Después, porque la red de internet no funcionaba; en muchas casillas de Barcelona se pidió poner los teléfonos en modo «avión» para reducir interferencias.

Después, el retraso se debió a la cantidad de gente desbordada para votar «sí» o «no» a la pregunta sobre el deseo de una Catalunya independiente. Votaron los que siempre habían opinado que «sí», y votaron también los que pensaban que no votarían porque no creen en el referéndum, o porque denuncian corrupción de un gobierno y del otro, pero que decidieron sí hacerlo porque tampoco creen en la represión. Votaron como una declaración de soberanía forzada por el intento de negarles el derecho a una soberanía elegida. Las redes sociales se llenaron de selfies de personas depositando su voto en la urna.

Acá la consigna es votar, y la segunda consigna es no irse a casa después de votar; quedarse ahí para ser un escudo humano que permita que otros voten y para enfrentar a la policía –y «la policía» siempre es la otra policía, nunca los Mossos d’Esquadra de casa, a quienes les han sido temporalmente perdonadas las ofensas del pasado tras su certera actuación en los atentados del 17 de agosto pasado; hoy de dos en dos montan guardia afuera de cada casilla–. Acá, con el cuerpo y con el canto se defiende el derecho a la autodeterminación.

Los que están formados se van enterando de lo que pasa en otros colegios; de los cristales rotos y la gente golpeada, y de que muchos no pudieron votar –después el Govern catalán dirá que fueron casi ochocientas mil las personas privadas del voto–. Así, de mensaje en mensaje y de tuit en tuit, el pueblo catalán pierde la inocencia que aún le quedaba.

La gente aplaude a quienes van saliendo de votar, les dan las gracias. Los votantes se emocionan, especialmente las personas más viejas. «He votat» es la frase que se lanza con los brazos en alto y la sonrisa amplia; los demás lo celebran. Muchos lo dicen sin ocultar las lágrimas.

Plaça de Catalunya, ocho de la noche. En una pantalla gigante instalada a unos metros de donde hace un mes y medio se vivió un atentado terrorista, las imágenes muestran lo que se veía venir, pero que nadie termina de creer. Jóvenes sentados, chicos con las manos en alto, golpeados por policías con traje de Robocop; mujeres de cabeza blanca que no oponen resistencia mientras son arrastradas. Todos sabían que podía pasar; nadie lo creía.

Al parecer tampoco lo creía la comunidad internacional, que expresa la indignación que no expresó cuando la amenaza de represión se hizo pública casi un mes antes –también un mes antes los grandes diarios españoles empezaron la cargada para descalificar el procés, agregando la palabra ilegal a cada mención del referéndum. En un caso se llegó al extremo de comparar al Govern con un flautista y a los catalanes como ratas sin voluntad encaminadas al abismo–.

Puigdemont anuncia que noventa por ciento de los más de dos millones de votantes del referéndum están a favor de la independencia. Rajoy recuerda que el referéndum es ilegal; su discurso, que ignora a los heridos, parece escrito hace dos semanas. El resto, desde los políticos locales hasta las de organizaciones internacionales, condenan la represión, pero son ambiguos sobre la validez del referéndum. Los diarios que se imprimen en Madrid continúan alineados con su gobierno. Los medios internacionales condenan la actuación de la policía de Rajoy. CNN es contundente: «The shame of Europe», afirma un titular acompañado de una foto de la represión. La primera batalla mediática está ganada, pero la guerra se adivina larga.

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Martes 3 de octubre. Catalunya hace una huelga general de un día para dejar sentir el peso de la casi cuarta parte del PIB español que sale de su territorio. Un negocio pega un letrero sobre su puerta cerrada: «Trancat per dignitat», ‘Cerrado por dignidad’. Una tarde antes, trabajadores, jubilados, empleados, servidores públicos han salido a la calle para defender su derecho a decidir. Lejos de la política partidista y los egos de los gobiernos, el pueblo catalán vuelve a tomar sus calles. Una moto pequeña pasa pitando: «Pipipí-pipí-pipi-pipi». La gente reconoce la melodía, responde con aplausos, levanta los brazos, y canta en el territorio del cual es soberana: «Els carrers seran sempre nostres».

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