Las minorías: víctimas del extremismo islámico

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

La matanza de grupos minoritarios, especialmente cristianos, a manos de extremistas islámicos en países de Medio Oriente y África es alarmante. Aunque notas y muestras de repudio circulan en redes sociales, es cierto que pocas naciones se han pronunciado enérgicamente al respecto. El papa Francisco ha hecho un señalamiento ante la comunidad internacional sobre al exterminio de cristianos, y David Cameron expresó en su polémico mensaje de Pascua su solidaridad con los cristianos perseguidos. No obstante, por lo visto, el mundo está paralizado y aún no sabe cómo reaccionar. Las muestras de solidaridad por parte de la sociedad han sido notorias cuando se ha tratado de reprobar crímenes perpetrados en territorio europeo y en contra de europeos (piénsese en el atentado contra los caricaturistas de Charlie Hebdo), o en Estados Unidos (como fue el caso del asesinato de tres estudiantes musulmanes en Carolina del Norte). Sin embargo, tal parece que cuando las víctimas son comunidades marginadas en territorios lejanos y en contextos malamente habituados a la violencia y la inestabilidad, los acontecimientos son menos conmovedores.

En efecto, para una porción considerable de la población mundial la dinámica sociopolítica en Medio Oriente es intrincada, desafiante y enigmática. Muchos países en la zona son vistos como territorios imponentemente violentos e inseguros. Nos encontramos con una región, como se sabe, marcada por conflictos de distinta índole y, en la mayoría de los casos, la presencia de extremistas religiosos agrava la situación. Es similar lo que sucede en el continente africano. En este caso es preocupante el modo en que grupos violentos han aprovechado la difícil situación sociopolítica y económica que caracteriza a varios países de la región para fortalecerse y agravar los conflictos internos. Ante situaciones como las que se viven en estos momentos tanto en territorios significativos de Medio Oriente como en algunos países africanos, existen varias interrogantes: ¿Quiénes son las víctimas y quiénes son los victimarios? ¿Frente a qué tipo de violencia estamos? ¿Cómo debería de reaccionar la comunidad internacional?


Los victimarios

Son varios los grupos extremistas activos en Medio Oriente y en África. Los más sonados últimamente en los medios de comunicación son Dā‘ish (al-Dawla al-Islāmīya, Estado Islámico) sumamente activo en Iraq y Siria y con brotes significativos en zonas aledañas; en África se han incrementado las acciones violentas de Boko Haram en Nigeria,[1] al-Shabāb en Somalia,[2]además de algunos otros grupúsculos envalentonados con los excesos de aquellas agrupaciones mayores con quienes comparten ideales muy similares, y que no se reducen a la imposición de una versión rígida y debatible de la ley islámica sino a la toma de control político y social de distintas zonas.[3]Específicamente en la narrativa de estos grupos aparecen, entre muchas otras, dos ideas dominantes: (1) la instauración de una versión muy particular de la ley islámica, tanto en su propio territorio como en todos aquellos hacia los que sea posible expandirse; (2) la confrontación violenta con los que ellos mismos denominan “infieles” y que en realidad incluye tanto a cristianos como a cualquier persona que, independientemente de su credo y nacionalidad, no comparta su visión del islam ni sus ideales sociopolíticos.

La brutal exhibición del modo en que estos grupos asesinan a personas que forman parte de grupos minoritarios en las zonas en que operan, les sirve como una hipérbole para asentar sus pretensiones políticas y supuestamente religiosas. Se trata de una clara provocación hacia las naciones que les representan un obstáculo ideológico y político. Lo dramático es que las víctimas son reales. Son también verdaderos los objetivos de esos grupos activos. Es un hecho que sus incitaciones han funcionado para alarmar a quienes alcanzan a percatarse de la gravedad de la situación y no desean permanecer en silencio o en la indiferencia. Por desgracia, la brutalidad con la que esos grupos operan también ha contribuido —y ese es uno de sus objetivos— a robustecer la percepción generalizada del inminente choque entre el mundo islámico y el así llamado “mundo occidental”.

Muchas personas esperan pronunciamientos firmes y directos de parte de agentes políticos o de algunas potencias mundiales. Muchos desean que las acciones y medidas lleguen a trascender las meras palabras y resulten tal vez en una intervención armada. Otros, al fin y al cabo ciudadanos comunes de distintos países, se conforman con pronunciamientos y comentarios en redes sociales contribuyendo de esta manera a generar percepciones poco matizadas de una situación que requiere un tratamiento atento y cuidadoso: si condenamos la matanza de cristianos y de otros grupos minoritarios incitando al odio y apelando a sentencias propagandísticas de manera irresponsable, habremos caído en la trampa de los extremistas que buscan precisamente provocar un choque intercultural. Esto no quiere decir, sin embargo, que entonces la alternativa sea el silencio. Frente a la aniquilación programática de cualquier grupo de personas es imperativo alzar la voz apuntando con precisión al problema, con miras a proponer alternativas más funcionales que la mera denuncia de la presunta perversidad del islam o el reclamo hacia “la izquierda” supuestamente por no indignarse ante la matanza de cristianos. El problema en cuestión es muy concreto: el asesinato de grupos minoritarios de distintas comunidades étnicas y religiosas, sobre todo cristianas, a manos de extremistas desalmados que, no hay quien lo dude, urge debilitar ideológica, económica y políticamente.

Los victimarios son grupos extremistas perfectamente identificados. Sin embargo, sus incitaciones a la violencia trascienden sus círculos y motivan a muchas otras personas y sectores islámicos integristas ocasionando de este modo brotes aislados. Es por ello que podemos encontrar agresores por todas partes, dispuestos a perpetrar crímenes en nombre del islam. Ello, en efecto, ha generado una violencia anárquica y también ha contribuido a que nos demos cuenta de la cantidad de tensiones que existen al interior del mundo islámico: hay sectores importantes que de ningún modo apoyan el comportamiento violento y discriminatorio de los extremistas, sean o no terroristas; hay vertientes reformadoras y dispuestas a abonar a favor de la paz y el respeto. Desafortunadamente, la espectacularidad con la que operan los grupos violentos ha sido muy eficaz: todo mundo ha visto esas imágenes grotescas e indignantes en donde las víctimas, en su mayoría cristianos, son decapitados. El efecto es lógico y en parte es el esperado cuando uno mira ese tipo de ejecuciones: el repudio hacia el islam. De esta manera, el objetivo de los victimarios se ha cumplido: agravar las escisiones que existen al interior del mundo islámico, provocar ira en el mundo cristiano, aterrorizar al mundo judío, incrementar el odio de los nuevos ateos hacia las religiones, desafiar a las democracias liberales del “mundo occidental”, dar a entender que el choque de civilizaciones es inevitable. La estrategia es clara: derramar sangre, incrementar la violencia e instrumentalizar el odio que ellos mismos han generado en contra de lo islámico, con el afán de justificar sus ofensas hacia lo que ellos consideran no islámico o incompatible con su manera de entender el islam.


Las víctimas

Apenas en febrero de 2015 Naciones Unidas dio a conocer un informe sobre el incremento en Iraq de violaciones a derechos humanos perpetradas contra grupos minoritarios. Dicho informe reporta principalmente los abusos y crímenes cometidos por Dā‘ish y algunos grupos asociados a él. Se incluyen asesinatos, desapariciones forzadas, ataques y saqueos, destrucción de patrimonio cultural y también de sitios religiosos y civiles, crímenes y agresiones de género, ataques contra comunidades étnicas y religiosas (cristianos, yazidis, turcomanos, miembros de la comunidad de Shabak y kurdos).[4] Se suman, además, las personas que han muerto por causas secundarias a los efectos de la violencia, esto es, según el reporte, la falta de acceso a alimentos, agua y medicinas; también han de considerarse aquellos que tras haber sido desplazados de sus hogares quedaron atrapados en áreas ya controladas por Dā‘ish o áreas que se encuentran en medio del conflicto armado. Los más vulnerables, como es lógico, son los niños, las mujeres embarazadas, las personas con discapacidades y los ancianos. Se calcula que 1.8 millones de iraquíes han sido desplazados: alrededor de 1 millón se habría dispersado en zonas bajo el control de Dā‘ish o en otras todavía protegidas por el gobierno iraquí; unas 800 mil habrían encontrado ayuda humanitaria en territorio kurdo.

El reporte de las Naciones Unidas ofrece un diagnóstico y una descripción precisa de la situación precisamente con la finalidad de brindar ayuda humanitaria a las comunidades vulneradas. Se explica en él que, en efecto,Dā‘ish ha atacado sistemática y deliberadamente a los civiles y, en especial, a comunidades étnicas y religiosas, entre las que se incluyen los cristianos, pero también musulmanes chiitas e incluso sunitas que se han negado a establecer alianzas con los grupos armados. Las víctimas han sido muchas. Los cristianos tienen razón cuando denuncian el exterminio de los suyos y, en efecto, los hechos han de denunciarse con toda claridad. A la indignante matanza de cristianos se suma además la de algunos otros grupos minoritarios absolutamente olvidados: el 21 de agosto se registró una matanza de sunitas perpetrada por los extremistas de Dā‘ish; el 5 de septiembre cinco mujeres también sunitas fueron asesinadas; desde julio de 2014 Dā‘ish publicó una lista de sunitas y chiitas colaboradores del gobierno iraquí y de organismos de seguridad internacional, amenazados de muerte y llamándoles a arrepentirse por no apoyar al califato; el 28 de agosto fue asesinado un soldado kurdo; el 22 de julio fue asesinado un imam sunita en Baquba por pronunciarse en contra de Dā‘ish; los secuestros y asesinatos de soldados iraquíes que se enfrentan en tierra contra los extremistas también son algo cotidiano. La violencia está desmadrada: se registra incluso entre julio y agosto el hostigamiento y asesinato de doctoras que se negaron a ejercer sus labores médicas con el rostro cubierto.

En una situación de este tipo, los cristianos, efectivamente, han sido un blanco recurrente. Han sido tratados como apóstatas. Han sido juzgados bajo un criterio jurídico usual entre los grupos integristas islámicos denominadotakfīrī (“infidelidad”). Las agresiones contra cristianos comenzaron con algunas restricciones en sus propias comunidades, luego fueron expulsados, después se ha vuelto habitual asesinarlos. A mediados de julio Dā‘ish lanzó una misiva contra las comunidades cristianas: o se convertían o debían pagar un impuesto para ser toleradas y, de no pagarlo, serían asesinadas. Supuestamente se convocó a los líderes cristianos a una reunión que tendría lugar el 17 de julio y en donde miembros de Dā‘ish establecerían sus condiciones. Los cristianos se negaron a asistir. Entonces las tensiones aumentaron: secuestros, saqueos, hostigamientos, desplazamientos y asesinatos. Hoy por hoy, ser cristiano es convertirse automáticamente en un blanco.

Los yazidis, una comunidad kurda con creencias religiosas sincréticas de componentes zoroástricos, no han corrido con mejor suerte. Los yazidis son considerados no creyentes. También han sido amenazados, secuestrados, torturados, desplazados y asesinados. Para finales de agosto, 2,500 yazidis, principalmente niños y mujeres, fueron secuestrados, abusados sexualmente y vendidos como esclavos. Otro blanco han sido los turcomanos iraquíes, musulmanes chiitas en su mayoría y, junto con ellos, los miembros de la comunidad chiita de Shabak.

Los abusos descritos se concentran en Iraq. Sin embargo, no se limitan a esa región. Algunos países africanos, como ya se mencionó, son también inhóspitos para los cristianos: el 2 de enero extremistas islámicos atacaron una villa cristiana en Ambe-Madaki, en Nigeria, asesinando a 15 personas e hiriendo a otras 40. Boko Haram habría estado detrás del ataque. Naciones Unidas ha reportado que tan solo en Nigeria hay 650,000 desplazados, cristianos y de otros credos y grupos étnicos, hostigados por Boko Haram. El 3 de enero veinte casas en una villa cristiana en Kaduna, también en Nigeria, fueron incendiadas y murieron 15 cristianos. El 4 de enero hubo otro ataque, esta vez en Kantoma, con 2 muertos y 10 heridos. Y si pensamos en los crímenes cometidos en el continente africano tan solo en los últimos tres meses, nos encontramos, entre otros, con la decapitación de 21 cristianos en Sirte, Libia, el 14 de febrero, la matanza de 82 cristianos en Egba, Nigeria, los 148 muertos y 79 heridos, todos cristianos, en Garissa, Kenia, apenas el 2 de abril, un crimen perpetrado por al-Shabāb; hace pocos días, el 19 de abril, 30 cristianos etíopes fueron decapitados en Sirte, Libia. Ha habido ejecuciones también en Egipto y en Somalia.[5] Día con día podrían irse documentando uno o varios atentados en donde, en efecto, las víctimas son cristianos y civiles de otras etnias y religiones. Pero además son también altamente recurrentes las agresiones en contra de mujeres y homosexuales.

Boko Haram ha sido particularmente desalmado en contra de las mujeres. Las tradiciones nigerianas empeoran la situación: se practica de manera ancestral la mutilación genital femenina, una costumbre africana —no islámica— que los extremistas han sabido aprovechar para socavar cada vez más a las mujeres. Si en términos generales las mujeres son discriminadas social y legalmente, qué puede esperarse en manos de un grupo como Boko Haram. Se ha documentado cómo desde 2013 se incrementó la violencia en contra de las mujeres y cómo se volvió parte del modus operandi de ese grupo extremista.[6]Niñas, jóvenes y también mujeres adultas son secuestradas con distintos propósitos: abuso sexual, matrimonio forzado, conversión al “islam” bajo amenaza (alrededor del 45% de las mujeres secuestradas son cristianas), e incluso se les ha obligado a participar en operaciones terroristas. En octubre de 2014 Human Rights Watch publicó un documento en donde se entrevista a 30 mujeres que estuvieron secuestradas por Boko Haram. Los testimonios son muy crudos: niñas pequeñas y púberes forzadas a contraer matrimonio para ser inmediatamente violadas, sometidas a tortura psicológica, obligadas a convertirse al islam —en la versión de Boko Haram— bajo pretexto de que ahí estarán a salvo de las libertades que otorga el mundo occidental a la mujer. En la mentalidad de un extremista, la mujer no tiene más opción que la de someterse a la voluntad del varón.

Sobre el odio y desprecio hacia los homosexuales también se ha hablado poco. En diciembre de 2014 circularon por algunos medios una serie de imágenes en donde miembros de Dā‘ish dejaban caer a un grupo de homosexuales desde el techo de un edificio en el norte de Iraq. Algo similar sucedió en enero de 2015. La situación de los homosexuales es difícil en muchos países en donde los gobiernos son musulmanes, y por lo general las sociedades musulmanas no suelen ser benevolentes con la homosexualidad.[7] Con este antecedente no es raro encontrarse con que los extremistas endurecen todavía más su rechazo, sometiendo entonces a las personas homosexuales al castigo y la ejecución pública.


Por la no violencia

Naciones Unidas ha trabajado de la mano del gobierno iraquí y con la comunidad internacional para coordinar la ayuda humanitaria en el caso de los excesos cometidos por Dā‘ish en contra de grupos minoritarios. Human Rights Watch también ha emitido algunas recomendaciones a gobiernos y autoridades de países africanos como Nigeria. Los sectores agredidos no están completamente desamparados, pero es evidente que muchas zonas lo mismo en Medio Oriente que en África están fuera de control y que la situación es grave y el territorio impenetrable. En consecuencia no es sencillo que la ayuda llegue a cada rincón. La espiral de hostilidad y violencia aspira a ser cada vez peor y más indignante. En su reporte Naciones Unidas ha emitido una serie de recomendaciones entre las que se encuentran el llamado a que se cumplan las leyes internacionales y las leyes de derechos humanos que apuntan hacia la protección de población civil en medio de situaciones de violencia. El problema, sin embargo, es que los gobiernos involucrados en las zonas de conflicto difícilmente pueden tomar el control de la situación. Es importante, por ello, el apoyo de la comunidad internacional con la finalidad de identificar las fuentes de financiamiento y las redes políticas de esos grupos extremistas con la finalidad de debilitarlos.

Es importante también comprender sus motivaciones políticas e ideológicas, así como sus fundamentos religiosos, y criticarlos desde su lógica interna. Por ello, sería deseable que la mayor parte de las críticas y cuestionamientos siguiera brotando de los sectores islámicos en desacuerdo con las acciones violentas. Es indispensable aislar ideológica y políticamente a toda clase de grupos violentos. Pero lo más urgente es concentrarse en las formas de brindar apoyo humanitario evitando las confrontaciones propagandísticas (“islam contra cristianismo”; “islam contra mundo occidental”), que abren otros frentes de debate e incitan a posturas viscerales que en nada ayudan a las víctimas y, en cambio, fortalecen el integrismo, el odio y la violencia. Es perentorio, al mismo tiempo, promover la cooperación, el respeto, la compasión, la comprensión, la tolerancia y la no violencia en nuestras sociedades. De otro modo, aspiramos a convertirnos en lo que hoy estamos repudiando.

Una buena manera de acompañar a las víctimas es tratando el tema en la esfera pública y llamando la atención ante la comunidad y la prensa internacional sobre la necesidad de pronunciamientos condenatorios. Viene al caso la organización de foros en las que puedan discutirse alternativas para proteger a las víctimas y, sobre todo, apoyar a las asociaciones humanitarias que se han arriesgado ya a trabajar en los refugios a los que han arribado miles de desplazados y víctimas potenciales de la violencia. En algunos contextos quizá hay que comenzar por sensibilizar a la sociedad civil y a los gobernantes. Esta ya es una labor compleja. En un país como México, en donde llevamos más de 85 mil muertos y 22 mil desaparecidos, la sociedad tendría que ser mucho más sensible a situaciones de emergencia. Sabemos, sin embargo, que no es así. Y sabemos también, por experiencia, que construir caminos para la paz y restablecer vías adecuadas para el perdón, la reconciliación y la resolución de conflictos parece imposible cuando nos encontramos con grupos y movimientos altamente violentos. Las alternativas bélicas son tentadoras para algunos pero habría que considerarlas una opción muy lejana.


Notas

[1] Véase Benjamin Maiangwa, “‘Soldiers of God or Allah’: Religious Politicization and the Boko Haram Crisis in Nigeria”, Journal of Terrorism Research 5 (2014), 58-66.

[2] Véase Daniel E. Agbiboa, “Terrorism without Borders: Somalia’s Al-Shabaab and the Global Jihad Network”, Journal of Terrorism Research 5 (2014), 27-34.

[3] No deben confundirse los grupos a los que nos referimos aquí con otras agrupaciones islamistas con intereses distintos, como lo son por ejemplo Hamás o Hezbolá. Un equívoco recurrente incluso en líderes políticos importantes como el propio Netanyahu ha sido pensar que todos los grupos violentos que operan en Medio Oriente tienen un objetivo común, cuando en realidad cada uno es distinto. He aquí otra de las confusiones en las que se incurre cuando el islam y los grupos extremistas son tratados monolíticamente.

[4] El informe cubre las agresiones y crímenes que se llevaron a cabo desde el 6 de julio de 2014 (pocas semanas después de la aparición oficial de Dā‘ish) hasta el 10 de septiembre. En la introducción a este informe ya aparecen cifras alarmantes: al menos 24,015 civiles fueron agredidos tan solo en los primeros ocho meses de 2014; de estos, 8,493 fueron asesinados y 15,782 heridos. Evidentemente, estas cifras se han incrementado.

[5] Al mismo tiempo, de vuelta al Medio Oriente, el 17 de enero cinco cristianos fueron asesinado en Tamaude, en Indonesia; el 31 de enero, en Raqqa, Siria, un periodista japonés que se había convertido al cristianismo fue asesinado por Dā‘ish; el 26 de febrero, en Tel Goran, Siria, fueron secuestrados 90 cristianos (niños y mujeres) y 4 fueron asesinados; apenas el 17 de abril, en Lahore, Pakistán, 3 personas fueron atacadas por extremistas en una escuela católica.

[6] Véase Jacob Zenn & Elizabeth Pearson, “Women, Gender and the evolving tactics of Boko Haram”, en Journal of Terrorism Research 5 (2014), 46-57.

[7] Véase Samar Habib (ed.), Islam and Homosexuality (Santa Barbara, CA: ABC Clio, 2010), 2 vols.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

ARCHIVO

Shopping Basket