Liberación animal: cuarenta años después

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Publicado por primera vez en 1975, Liberación animal, el libro de Peter Singer ampliamente alabado como la Biblia del movimiento en defensa de los derechos animales, no trata en realidad ni sobre los derechos animales ni, en rigor, sobre la liberación animal. Es importante tener presentes estos dos datos al reflexionar sobre este paradigmático libro que, a pesar de su reputación de texto radical, descansa, epistemológicamente hablando, sobre fundamentos filosóficos poco controversiales. Con todo el debate académico que ha generado en los cuarenta años desde su publicación –que le ganó a su autor la fama de intelectual público y a la vez de gigante de la torre de marfil–, el libro no es un complejo tomo de argumentación oscura. Escrito para el gran público con una prosa muy accesible, más que un tratado ético, es un exposé sobre el trato a los animales. Lo que fue y sigue siendo radical del libro son sus demandas fundamentales: que los animales merecen la misma consideración de intereses que los humanos, que la mayoría de nosotros no reconoce esto porque la discriminatoria ideología del “especismo” permea en nuestra sociedad, y que lo menos que podemos hacer para ser moralmente coherentes es volvernos vegetarianos.

Cuando fue publicado por primera vez, Liberación animal irrumpió en un mundo en que la preocupación por los animales era considerada como un pasatiempo esotérico para los más sentimentales. Es, así, uno de esos libros raros que introducen una idea cuyo momento de ser atendida llega tiempo después. Cuarenta años más tarde, vivimos en un mundo dramáticamente diferente: un grado de preocupación por el bienestar de los animales ha invadido tanto nuestra conciencia como leyes y prácticas empresariales, y el activismo a favor de los derechos de los animales ha crecido exponencialmente en tamaño y visibilidad. Documentales como Blackfish y Cowspiracy, por ejemplo, han atraído la atención del público hacia los vicios de los parques marinos y la producción de lácteos. La organización anti-caza de ballenas Sea Shepherd tiene su propio reality show. Incluso Beyonce se despidió, por un momento, de los productos animales. El de hoy es un mundo repleto de puestos de tacos veganos y opciones para vegetarianos en restaurantes, y sin embargo el drama global de los derechos animales ha empeorado, especialmente en las granjas industriales, que son el objetivo principal de la crítica de Peter Singer. La gran mayoría de las personas continúa indiferente frente al tema –muchas de ellas, quizá, nunca han pensado siquiera en los animales como seres vivos dignos de consideración. Por esta simple razón, en su cuarenta aniversario Liberación animal sigue siendo un libro tan pertinente como siempre.

Los argumentos esenciales del libro, y su mismo título, fueron acuñados por Singer en una reseña que publicó en 1973, en The New York Review of Books, sobre una colección de ensayos titulada Los animales, los hombres y la moral. Allí Singer escribió que ese libro era un “manifiesto para el movimiento de liberación animal”, incluso si “los colaboradores de la obra no compartían ese punto de vista”. Comparando el maltrato animal con el de los grupos históricamente marginados, como las mujeres y la población no blanca, señaló que esa obra, al exigir un escándalo moral ante el maltrato a los animales, podía ser la chispa para un “movimiento de liberación” ya que invitaba a “una expansión de nuestros horizontes morales, para que las prácticas que antes eran vistas como naturales e inevitables fueran vistas ahora como intolerables”.

Es de este punto del que parte el manifiesto de Singer. Los animales –dice– son ciertamente diferentes a los humanos en muchos aspectos: difieren nuestras capacidades mentales y físicas, nuestras necesidades, nuestros deseos. Sin embargo, como seres sensibles, compartimos la capacidad de sentir dolor y placer y, consecuentemente, un interés por eludir el sufrimiento. Así, en vez de referirse a la difícil dimensión ontológica de los “derechos”, Singer opta por un argumento más sencillo, postulando que la capacidad de sentir dolor constituye la referencia principal para la evaluación moral y que, si aceptamos que causar sufrimiento innecesario es moralmente indefendible, la conclusión es que no causar daño es una obligación moral, independientemente de la especie de que se trate.[1]

Hasta cierto punto la mayoría de la gente aceptaría esto como indiscutible. Después de todo, así como nos aterraría observar a alguien pateando a un bebé, también nos horrorizaría que se degollara a un perro y se le colgara para desangrarse. Que no apliquemos este principio al trato que tenemos con todos los animales, argumenta Singer, no se debe a que exista una diferencia inherente en las capacidades de sufrimiento de los animales, sino a que nosotros, los seres humanos, somos “especistas”. Si uno de los rasgos de un buen libro de ideas es introducir alguna palabra en el lenguaje popular, Singer logró un gran golpe con el término “especismo”, el cual, a pesar de su rareza, se ha colado en el diccionario Oxford y en la prensa. De igual manera que el sexismo denota un sesgo en favor de alguien del mismo sexo contra otros de diferente sexo, el especismo es una ideología que sesga nuestra preferencia por algunas especies sobre otras. El especismo, dice Singer, es la razón por la cual encontramos detestable la idea de explotar y sacrificar a gran escala a humanos (o a perros) en una granja, mientras que no nos provoca ningún remordimiento la suerte de los millones de vacas, cerdos y gallinas que reciben ese mismo trato todos los días.

Es con este argumento con el que Singer desafía moralmente a sus lectores. Habiendo trabajado hasta entonces con proposiciones generalmente aceptadas (pocas personas defenderían el racismo o que los animales no sientan dolor), Singer enfrenta de pronto a sus lectores en un plano personal, acusándolos de tener un sesgo ideológico y de ser cómplices en el sufrimiento animal, principalmente por medio del consumo común de carne. Para demostrar su punto, dedica un largo capítulo a describir las claustrofóbicas condiciones bajo las cuales son criados los animales en las entonces nuevas fábricas industriales –que hoy representan, de hecho, el paradigma de la mayoría de la producción de carne en los países desarrollados. Esta descripción, escrita en un lenguaje relativamente relajado y con precisión científica, estaba destinada a exponer la operación interna de una industria fuera de la vista de la mayoría de los consumidores de carne. Se leyó entonces, y se sigue leyendo ahora, como una historia de terror.

Como buen profesor de ética práctica, Singer ofrece algunas soluciones para combatir la injusticia contra los animales, empezando por renunciar a comérnoslos. Esta no es una sugerencia hecha a la ligera: se trata, dice, de un medida necesaria por coherencia moral y añade que, si seguimos comiendo carne, es sobre todo por hábito y adoctrinamiento. Además, apunta que el vegetarianismo (y en teoría también el veganismo, aunque Singer no tiene una posición clara ante el consumo de huevo y lácteos) no es solo un gesto simbólico sino una forma de boicot, justificable en tanto que es políticamente efectivo y personalmente satisfactorio. (Bueno, eso, y también asegura a los lectores escépticos que una dieta vegetariana puede ser saludable, variada y deliciosa –un anexo a la primera edición de Liberación animal es, de hecho, una colección de recetas vegetarianas.)

Desde su publicación, el libro ha generado intensos y ácidos debates, sobre todo en el campo de la filosofía. Como el respetado eticista David DeGrazia ha escrito, Singer “hizo de la discusión sobre la ética animal una responsabilidad intelectual”, a la vez que se expuso al ataque de muchos sectores. El llamado que hace el libro a una cierta igualdad entre las especies ha sido ridiculizado tanto por los más férreos humanistas, por ir demasiado lejos, como por quienes lo acusan, al revés, de no haber ido lo suficientemente lejos y de mantener un cierto antropocentrismo al colocar los intereses humanos sobre los de los animales. Destacados intelectuales de los derechos humanos y animales (y de ambos) han calificado su enfoque como endeble, mientras que otros se preguntan cómo sería un mundo en que los animales fueran “liberados”. Singer también ha sido criticado, justificadamente, por la falta de atribuciones en su obra (por ejemplo, el término especismo en realidad fue acuñado por el psicólogo Richard Ryder, y la “exposición” de cómo operan las granjas industriales tiene un estilo muy similar al utilizado por Ruth Harrison en su libro Máquinas animales, publicado una década antes que Liberación animal) y por su tono híper racional (académicas y académicos feministas han argumentado que su tesis supedita la voz femenina y el rol moral y político de las emociones en la liberación animal). Además, no existe consenso entre los filósofos sobre si este libro se vincula con los principios utilitarios que sostienen otras de las obras mayores de Singer (incluyendo sus polémicas posiciones a favor de la eutanasia y de la asistencia moralmente obligatoria a la pobreza) o, simplemente, con el rudimentario principio de “no hacer daño” –asunto que Singer nunca ha esclarecido y que lo ha llevado a ser objeto de otra serie de críticas dirigidas contra la lógica interna (o falta de lógica interna) de sus argumentos.

Del lado del activismo político, a Singer le ha ido mejor, siendo reconocido con frecuencia como una voz fundacional del movimiento de los “derechos animales”. Después de todo, ese llamado a la liberación animal motiva hoy muchas de las protestas pro-animales, y el especismo es visto como uno de los principales enemigos del movimiento. Esto no quiere decir que exista un consenso sobre qué tan lejos se deben llevar estas ideas. Algunas personas parecen felices con las protestas dirigidas a resolver un solo problema (como el de los animales en los zoológicos), otras resuelven su dilema moral sencillamente comiendo una dieta de happy meat, y otras más quisieran prenderle fuego a las granjas de visones. Aparte, aunque es usualmente visto como “progresista”, el trabajo de Singer sobre los animales ha recogido apoyo en la derecha religiosa y mordaces críticas en la nueva izquierda. El hecho, por otra parte, de que muchos ambientalistas y conservacionistas declarados no sean vegetarianos habla de la tenacidad del especismo o, tal vez, de la existencia de un cálculo moral que Singer no tomó en cuenta.

No sorprende que un libro que reclama a la sociedad entera sus prejuicios y su complicidad en la violencia cotidiana y regularizada contra los animales haya provocado respuestas tan diversas. Liberación animal es un libro raro que se las ha arreglado para convencer (y enfurecer) a miles con argumentos racionales, aplastando así la afirmación de esos charlatanes híper pragmáticos que, como Richard Posner, declaran que “la filosofía no precede al cambio moral; no lo causa, ni lo dirige.” En este caso, un libro de filosofía dio a una idea moral muy poderosa un marco de referencias, un vocabulario y un sonoro llamado a la acción. En el fondo, sin embargo, Singer pretendía que su libro tratara sobre todo de decisiones individuales y provocara un importante ejercicio de introspección en cada lector. Cuarenta años después, ese desafío continúa vigente, tanto que el libro debería ser lectura obligatoria, sobre todo para aquellos que alguna vez han tenido la ligera impresión de que sus paseos por los pasillos de carne en los supermercados podrían no ser crímenes-sin-víctimas pero prefieren no pensar más en ello. Este libro demanda una decisión honesta, informada, y responsable, en un sentido u otro.


Nota

[1] Este argumento deriva de una aseveración similar propuesta por Jeremy Bentham, el famoso filósofo utilitario inglés que escribió en su Introducción a los principios de moral y legislación (1789) que, cuando reflexionamos sobre nuestros deberes morales hacia los animales, “las preguntas no deben ser ni ‘¿pueden razonar?’ ni ‘¿pueden hablar?’ sino: ‘¿pueden sufrir?’” (Bentham, padre directo del trabajo intelectual de Singer, también se mofó de la idea de derechos naturales: los llamó “sinsentidos sobre zancos”.)


Traducción del inglés: Jorge Cano.

Imagen cortesía de Peter O’Connor.

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