Libertad de expresión en línea: ¿identidad o anonimato?

Tras los ataques a la publicación francesa Charlie Hebdo, la agenda de la “ciberguerra” ha vuelto a estar en el centro de la discusión.

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MARÍA ELENA MENESES

En un mundo vigilado, ya sea por el poder político o empresarial, uno de los temas más inquietantes es el de la privacidad, y ello nos conduce a reflexionar sobre el anonimato, una condición nada nueva en la vida social y cultural. Basta recordar los pseudónimos de grandes escritores y activistas en la historia ante la intolerancia. Sin embargo, la identidad adquiere nuevos rostros en la virtualidad: el yo hiperconectado, la multiplicidad identitaria, la avatarización y las nuevas formas de representación de la política y el activismo con un hashtag o trending topic son parte de la realidad cultural de las primeras décadas de internet, en coincidencia con los valores libertarios de quienes la crearon y perfeccionaron.

En su Declaración de Independencia del Ciberespacio John Perry Barlow escribió en 1996: “Crearemos una civilización de la mente en el ciberespacio. Que sea más humana y hermosa que el mundo que nuestros gobiernos han creado antes.” Pese al manifiesto, hoy pensar en la dicotomía libertad versus anonimato es casi un falso dilema, porque cada vez es más difícil ser anónimo en la red. Las filtraciones de Edward Snowden develaron en 2013 una red de espionaje brutal, revelaciones de las que las empresas de la economía digital no salieron bien libradas y cuya consecuencia ha sido reconocer que el ideal libertario de internet, del cual el anonimato es parte fundamental como expresión de libertad, es solo eso.

Las filtraciones de Snowden repercutieron en dos dimensiones. La primera, en una probable nueva articulación de la WWW para evitar el dominio de Estados Unidos, pero que podría balcanizar la red, como la propuesta de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. También ha tenido implicaciones en la cultura digital: cada vez somos más conscientes de que casi nadie puede pasar inadvertido –una condición preocupante para los críticos y disidentes en todas las latitudes, no solo de gobiernos autocrático sino incluso de los democráticos.

Detrás de cada pseudónimo hay una dirección IP rastreable y un caudal de datos vertidos en el ecosistema digital en el que poco importa no decir nuestro nombre si dejamos la huella imborrable de nuestros trayectos. Redes sociales como Facebook y Google Plus han decidido cerrar la puerta al anonimato. Los argumentos son diversos, desde la ciberdelincuencia hasta la indefinible seguridad nacional o global, lo cual implica un debate inacabado e inacabable.

El informe Global Web Index 2014 realizado en 32 países revela que los internautas cada vez más queremos ser anónimos, que en el futuro cercano habrá una generación VPN o de navegación en línea anónima. Un 52% de los encuestados afirmó querer ser anónimos. Estamos presenciando un dura batalla por la conservación de ese ideal libertario que ha permitido a los disidentes e indignados armar sus propios sistemas de comunicación contra el poder, pero, por otro lado, esos poderes tradicionales no cejan en proponer iniciativas de todo tipo para controlar internet. Esa es la batalla cultural y política de nuestro tiempo. El anonimato es una aspiración legítima, pero cada vez más inalcanzable.


LUIS FERNANDO GARCÍA

La anonimidad está bajo ataque. Opinadores y hasta gobernantes de supuestas democracias le atribuyen los más grandes males de nuestra sociedad. Desde el terrorismo hasta la decadencia cultural. A diestra y siniestra se promueven actitudes hostiles hacia la anonimidad. En el mejor de los casos, a quién se expresa desde la anonimidad se le califica de cobarde; en otros no poco comunes, de criminal.

Hemos llegado al punto en que gobiernos le han dado un ultimátum a la anonimidad. El Estado implora nuestra comprensión. La anonimidad es un obstáculo para protegernos de esa violencia ante la que hemos sido diligentemente condicionados para que nos parezca conmocionante. Es la anonimidad, no el despojo, la desigualdad, la discriminación o la guerra perpetua sobre pueblos enteros la causante de nuestra tragedia. Incluso, la anonimidad pretende ser desterrada de nuestras conversaciones privadas, aspiración propia de los regímenes más autoritarios de la historia reciente.

Paradójicamente, algunas personas no parecen reconocerle ningún valor social y parecen ampliamente dispuestas a renunciar a la anonimidad sin advertir que la verdadera tragedia sería la sepultura de las expresiones anónimas en nuestra sociedad, pues con ellas quedaría sepultada también buena parte de nuestras aspiraciones democráticas.

En realidad, la protección de las expresiones anónimas ha sido y debe seguir siendo defendida en aras del interés público. No deberíamos olvidar que la historia de muchas sociedades celebra héroes y documentos fundacionales que no hubieran podido ver la luz sin el velo de la anonimidad.

La labor periodística en muchas ocasiones depende de la anonimidad de las fuentes. La sociedad, a su vez, depende de la anonimidad para conocer de información de alto interés público cuya divulgación solamente es posible a través de denunciantes internos que requieren de la anonimidad para protegerse de cualquier represalia. Hitos del periodismo como Watergate o la reciente revelación del espionaje masivo que el gobierno de los Estados Unidos impone en el mundo nunca podría haber sucedido sin la protección que la anonimidad otorga.

Resulta particularmente insensato desestimar la importancia de la anonimidad en un país como México. Ante la subyugación de los medios al poder económico y a la violencia, las expresiones anónimas se han convertido en las únicas vías para que muchas comunidades de nuestro país puedan saber lo que sucede en su entorno. Muchas personas han pagado con su vida semejante atrevimiento.

Cada día en internet miles de personas dependen de la anonimidad para ejercer su autonomía. La víctima o testigo de un crimen para denunciarlo sin temor a represalias. La mujer embarazada que indaga sobre las alternativas con que dispone para el ejercicio de sus derechos reproductivos. La persona que padece una dependencia al alcohol, a las drogas, o se enfrenta a la depresión y busca ayuda y consejo en línea. Existen infinidad de razones legítimas para navegar e interactuar de manera anónima. Resulta no solo un error sino una tremenda injusticia condenarlas de antemano.

Defender la anonimidad es defender el valor del periodista, el disidente o el whistleblower. Es defender la autonomía, la exploración intelectual y la compasión. Es defender una alternativa a la parálisis del miedo.

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