Ligerezas para cubrir violencia

La única forma para hacer periodismo sin riesgo en entornos violentos es no haciéndolo, reflexiona el periodista salvadoreño Óscar Martínez. A partir de esa lección, reinvindica la honestidad, la credibilidad y conocer a qué nos enfrentamos para no cruzar la delgada línea entre la temeridad y la estupidez

| Mecanismos de protección

Cubrir violencia · Ilustración @donmarcial

Hay que decirlo. Una es la lección infalible en términos de seguridad que hemos aprendido en Sala Negra de El Faro en estos ocho años de cubrir violencia: la única forma de evitar cualquier riesgo haciendo periodismo en entornos como el norte de Centroamérica es no haciéndolo. A partir de ahí, podemos proponer.

El primer aspecto con el que propongo que nos quebremos la cabeza antes de exponerse a cualquier investigación es íntimo. Suena a pregunta melodramática, pero no lo es. Es quizá el más práctico de todos los consejos: ¿Quién soy? ¿Qué puedo hacer? Los talleres de periodismo en Latinoamérica se llenan de jóvenes colegas que quieren cubrir violencia. Inundados por un genuino entusiasmo —y quizá por varias pizcas de ignorancia sobre lo que eso implica, como es natural— están ávidos de toparse con el sicario, la masacre, el desplazamiento que puedan contar. La pregunta que muchos se hacen: ¿Qué quiero cubrir? La que pocos se hacen: ¿Qué puedo cubrir?

Si bien un periodista se fragua en el terreno, hay rasgos de personalidad que nos permiten entender si exponernos a ciertas situaciones no es un despropósito. Recuerdo, por ejemplo, un taller en México que impartí a jóvenes colegas. Una era la más brillante en el salón. Había leído, conocía autores, títulos, teorías sobre cómo encarar la violencia. Cuando fuimos a un albergue para migrantes en el sur —no a una balacera ni a un pueblo sin ley—, no logró empatizar con nadie porque, como reconocería más tarde, la situación la devoró.

Unos migrantes, despojados del miedo tras días en el albergue, contaban anécdotas vulgares de sus lugares de origen, repasaban hechos violentos que habían visto, hablaban del camino. La joven colega, entusiasta, teóricamente armada hasta los dientes, no supo cómo penetrar aquello. No supo cómo sentirse tranquila, normal, atenta. Las fuentes del bajomundo, como gusta llamarles mi colega Roberto Valencia, huelen rápidamente a un periodista en constante pose. Y no solo eso: gustan de divertirse con la presa. En fin, que a veces uno puede querer con todas las ganas entrar en esas coberturas y en esos temas, pero es responsable preguntarse si uno puede. Uno puede haber leído todo sobre explotación minera, sobre excavación y visto 20 películas sobre ello, pero si tiene claustrofobia quizá sea mejor reportear a campo abierto. He visto a muchos colegas responsables retirarse de las coberturas de violencia, por hastío, por afectación, por hartazgo, y he reconocido su valentía de hacerlo. Toda esta parrafada para decir, contra todo manual de superación, que no, querer no es poder, al menos no siempre. Y hacer sin poder, si uno cubre estos temas, pone en riesgo a personas.

Asumido que uno no es claustrofóbico y puede internarse en estos temas, hay unos pocos consejos que me doy a mí mismo antes de cada investigación.

En estas coberturas hay siempre fuentes muy desafiantes: el corrupto, el violento, el delincuente, el encubridor. Acercárseles no implica solo tener algo que preguntar. No basta con tener una lista de preguntas inteligentes. En muchos casos, si uno no conoce el entorno, la jerga, saldrá de ahí muy burlado. Durante seis años, seguí la vida de un sicario de la Mara Salvatrucha-13, Miguel Ángel Tobar, El Niño de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Sobre él escribí junto a mi hermano mi más reciente libro. El Niño, pandillero rural, hablaba en jerga pandillera cerrada. A veces, incluso, volteaba las sílabas, un viejo truco de los pandilleros bajados de California hace décadas. Si no hubiéramos tenido mucha experiencia previa con pandilleros, la conversación con El Niño hubiera sido inútil, un despropósito de interrupciones de nuestra parte para preguntar: ¿qué significa esa palabra que dijiste? O peor aún, podríamos haber cometido el error de decir algo que no se debe decir. Entre los pandilleros centroamericanos, por ejemplo, marero es el miembro de la MS-13. Un miembro del Barrio 18 nunca se diría a sí mismo marero de la 18. Se diría pandillero. No saber eso podría costar a un periodista incauto, en el mejor de los casos, una retahíla de insultos y el fin de una entrevista. En el peor…

En la cobertura de violencia hay fuentes a las que no vale la pena acercarse si uno no ha entendido los códigos básicos de su mundo. Uno se acerca a esas fuentes para ahondar, no para aprender el ABC.

Aparte de mentiras, nadie cuenta nada a un ingenuo.

Hay un valor habitualmente vapuleado en el ejercicio del periodismo en temas de violencia: la honestidad. Nos llenamos la boca con esa palabra, porque suena a enser del botiquín básico. Porque, ¿quién nos dirá que no, que está mal ser honesto? Sin embargo, la cobertura de violencia, la entrevista con “el malo”, suele estar llena de deshonestidades en muchas coberturas que consumimos. La honestidad en estos páramos duele o, como mínimo, incomoda. Decir a una fuente en riesgo que uno no la puede salvar, sino solo contar, perturba; increpar a un pandillero, sicario, corrupto, narco, jode; cuestionar la verdad de una víctima porque los datos no cuadran, devasta; recordar al “malo” que no es tu amigo, corta la voz. Y todo eso hay que hacerlo. A veces, más de una vez. Y no solo para no ser unos charlatanes, sino porque eso, protege. La credibilidad —no es tópico gastado— protege. Un “malo” que se siente timado es más peligroso que uno que solo se siente expuesto. Los dos lo son, pero uno aún más.

Reivindico una regla más en temas de seguridad, la regla de oro: la posibilidad de decir no. No voy. No publico. Debe ser una opción extrema, consultada con colegas de confianza, porque atañe al valor esencial de este oficio: revelar. Ese círculo de confianza es fundamental, la pared de rebote necesaria. Pero hay situaciones en las que el mejor testimonio es obvio que trae muerte para esa fuente. Hay ocasiones donde entrar al lugar clave de la historia implica no salir. Un periodista que llegue a estos temas requiere un poco de locura. Reivindico la locura, la temeridad, no solo como un empuje a ir, sino como la posibilidad de hacerlo sin temblar, con estrategia. Ahora, ser temerario es ligeramente distinto a ser estúpido. Y en esa ligereza nos va la vida.

Ilustración: @donmarcial

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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