Lo personal es político: Lorena Wolffer en el MAM

Tanto la exposición de Lorena Wolffer en el Museo de Arte Moderno como el caso de acoso sexual que sufrió una extrabajadora del mismo museo invitan a reflexionar sobre los arreglos inequitativos del poder de género.

| Arte

 

Art means nothing if it simply decorates

the dinner table of power which holds it hostage.

Adrienne Rich

Hace algunos meses conocí a Gladys, una mujer colombiana cuya historia es una de las tantas de desplazamiento forzado que ha padecido aquel país desde hace más de setenta años. Aquella tarde de mayo leímos juntas el artículo que un periodista español publicó sobre su vida, sobre los tantos episodios de terror y las múltiples formas de violencia que Gladys ha enfrentado desde los cuatro años por ser pobre, por nacer en el campo, por ser colombiana, por ser mujer. “No es fácil perdonar, pero contar mi historia y escuchar otras me ha dado fuerza”, me dijo.

Recordé las palabras de Gladys cuando visité Expuestas: registros públicos, la muestra del trabajo de Lorena Wolffer (México, 1971) que se exhibe hasta el 18 de octubre en el Museo de Arte Moderno (MAM). La exposición reúne trece proyectos realizados entre 2007 y 2013 en los que Wolffer recupera historias y testimonios de decenas de mujeres que han padecido violencia de género para utilizarlos como material para performances, instalaciones, videos y ejercicios participativos con transeúntes en espacios públicos.

La narrativa autobiográfica es un recurso que se ha utilizado en diferentes prácticas artísticas relacionadas con el género, la raza o la dominación de clase con el propósito de construir discursos basados en la empatía o la política de la identidad. La autobiografía es un medio que politiza lo privado y representa sentimientos sociales como la indignación y la frustración. “Representar no es únicamente delegar sino transmitir realidades, dar a conocer existencias”, ha dicho Pierre Rosanvallon. “Las vidas que no son narradas carecen de dignidad.”

La narración de la historia personal como acto de representación, de reconocimiento, de resistencia y de emancipación es un elemento evidente en buena parte de las piezas de Expuestas: registros públicos. Ejemplo de ello es Antimemorias: enmiendas públicas, una acción realizada en diciembre de 2011 en una carpa instalada en el Zócalo del Distrito Federal. Ahí las mujeres formaban parte de una especie de consulta espiritual; compartían sus experiencias de violencias y realizaban sobre el cuerpo de Wolffer un acto de sanación simbólica. Las mujeres extrapolaban sus propios miedos y heridas emocionales y recurrían al afecto, a la simpatía y a la caricia para aliviar algún episodio traumático particular, al tiempo que compartían una “receta” contra la violencia con otras mujeres.

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Para la pieza 14 de febrero (2008) Wolffer salió a las calles el “Día del Amor” y regaló a automovilistas chocolates en forma de corazón con una envoltura que decía: “Hasta hace poco, Fabiana vendía dulces como estos en la calle. Su esposo la obligaba a hacerlo con sus cuatro hijos.” Fabiana es una mujer que Wolffer conoció en el refugio de la fundación Diarq IAP, donde se atiende a mujeres y a sus hijas e hijos sobrevivientes de violencia familiar. Cuando Fabiana y sus hijos regresaban a casa sin haber vendido todos los dulces, los cinco eran recibidos con golpes. En una sala del museo se presenta un contenedor con docenas de esos chocolates y una fotografía de Wolffer en primer plano como registro de la acción.

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Una de las instalaciones más conocidas de Wolffer, y quizá una de las más confrontantes y estremecedoras, es Evidencias, una “pieza de piezas”. Evidencias es un acervo de objetos –acompañados con sus testimonios particulares– que han sido empleados para ejercer distintos tipos de violencias sobre mujeres y que Wolffer ha ido reuniendo por medio de donaciones anónimas. El resultado es un verdadero mausoleo del dolor en el que encontramos desde objetos usualmente asociados a la violencia hasta objetos “inocentes”, como monedas o un frasco con saliva (años de ser insultada y escupida en la cara):

No. 5: Cadena de perro.

“Una Navidad me amarró del cuello con una cadena de perro de cuero y le puso un candado hacia una pesa. Y me dijo: ‘Si te jalas, te ahorcas. O puedes salir a la calle para que todos te vean’. Se fue tres o cuatro horas. Mi hija estaba en su cuna, al lado de mí.”

No. 16: Película pornográfica.

“Yo tenía 6 y él más de 25 años. Él siempre las miraba antes de tocarme. Me decía que las observara, quería ‘enseñarme’. O pasmarme. O asustarme… No aprendí nada. Y me pasmaba. Me asustaba. Me callaba”.

No. 22: Orina.

“Por fin había terminado las pinturas de la exposición (…) ya no podía esperar el momento de mostrárselas a mi novio (….) tenía ganas de que se sintiera orgulloso de mí, por primera vez. Él solo me dijo que yo no era una artista, que no me atreviera nunca a compararme con él, que eran una porquería (…) extendió todos mis trabajos y se orinó en ellos, en todos. Nada quedó.”

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En Conversando la violencia, proyecto realizado en 2011, mujeres sobrevivientes de violencia, que también estuvieron refugiadas con apoyo de la fundación Diarq IAP, compartieron e intercambiaron experiencias con otros transeúntes en el Parque España de la colonia Condesa. “Esta acción reconoce la fuerza y el empoderamiento que se derivan del diálogo: las conversaciones entre mujeres receptoras de violencia y el resultante reconocimiento de que se trata de un problema social, político y cultural que afecta a muchas otras mujeres —y que no representa un asunto personal ni individual— son positivamente catárticas”, apunta Wolffer sobre esta acción.

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Así, ante estas piezas el espectador se enfrenta a distintos relatos que evidencian y señalan la situación estructural de las violencias contra las mujeres como un fenómeno normalizado. Lo mismo sucede ante otras obras, como Fe de hechos, Mapa de recuperación y Muros de réplica, que, además de cumplir una función de denuncia, ofrecen una forma de entender una de las ideas de la académica feminista Carolyn Heilbrun: “es por medio de la narrativa que se puede constituir la supervivencia de la mujer”.

Frente al contexto de violencia de género que existe en el país, el espacio que abre Expuestas: registros públicos es, además de bienvenido, necesario.


Sabemos –gracias a la última encuesta realizada por la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres– que el sesenta por ciento de las mujeres sufren algún tipo de violencia en su relación de pareja. Frente a este panorama, la cultura del silencio, la culpa, la vergüenza y del miedo a represalias, que la sociedad ha impuesto a las mujeres ante agresiones psicológicas, verbales o físicas, es otra forma de violencia. ¿Para qué hablar si nadie te va a creer?

Las diferentes luchas de emancipación de los feminismos han contribuido a cambiar esta percepción. Cuando el acceso a la justicia es limitado o negado, la denuncia pública –emitir y compartir testimonios– es, en muchos casos, el principio de una acción transformadora. Cuando una mujer toma conciencia de su derecho a contar su propia historia, deja de ser víctima y se vuelve sobreviviente. (Un ejemplo reciente de esto es el testimonio de las mujeres que decidieron hacer público que fueron violadas por el actor Bill Cosby.)

Cuando una persona asume su vulnerabilidad, el acto de narrar puede ser una poderosa acción política. En la conferencia magistral “Vulnerabilidad y resistencia”, dictada en marzo de este año en la ciudad de México, Judith Butler enfatizó que es justo desde la vulnerabilidad reconocida donde es posible resistir, como se manifiesta en los movimientos sociales contra las desigualdades en la actualidad. Para Butler la vulnerabilidad no es ontológica sino social. ¿Por qué existen los feminicidios en México? Entre otras cosas, porque existe una narrativa en la que hay un cierto perfil de cuerpos asesinables: cuerpos jóvenes, femeninos, de piel morena y de origen pobre. Son las estructuras y dinámicas culturales de esta sociedad las que perpetúan ese discurso, pero pueden revertirse en la medida en que los cuerpos precarios construyan redes de apoyo y solidaridad.

Es ahí donde encuentro la mayor relevancia de Expuestas: registros públicos: cuando Wolffer convoca a las sobrevivientes de la violencia a narrar su historia, establece redes de sororidad, solidaridad y resistencia. En ese sentido, la obra de Wolffer se contextualiza en la historia del arte feminista que busca desestabilizar la reproducción de la desigualdad e injusticia.


El MAM y Wolffer han definido Expuestas: registros públicos como un esfuerzo por “hacer visible una realidad dolorosa como es la violencia, que muchas veces se encuentra escondida por las convenciones sociales y estructuras de poder”. El titular del comunicado de prensa reza: “El Museo de Arte Moderno se suma a la lucha contra la violencia hacia las mujeres con obras de Lorena Wolffer.”

Es por ello que incomoda saber sobre el caso de acoso sexual que sufrió Tania Puente cuando trabajaba en el MAM. En una carta dirigida a Wolffer, Puente relata que las autoridades del museo no solo ignoraron su denuncia de acoso por parte un trabajador del museo sino que, a partir de esa denuncia, se desencadenó una serie de situaciones que la “revictimizaron” (exhibición pública, un sospechoso despido, irregularidades en el proceso de investigación).

En su respuesta a la carta de Puente, Wolffer adopta una postura empática pero neutral. Le explica la metodología y los límites de su trabajo y acota que ella no puede hacer nada más que invitarla a participar con su testimonio, como las demás mujeres. Si la expectativa de Puente era que Wolffer funcionara como una voz crítica y mediadora, esto sencillamente no fue así. (Aquí puede consultarse todo el intercambio epistolar entre Puente y Wolffer.)

El arte activista condena la neutralidad y demanda un compromiso del artista que trascienda el territorio artístico. La propia Wolffer siempre ha reconocido su trabajo como una confrontación política que transita entre los territorios del arte y el activismo. De hecho, el año pasado recibió el premio Artraker 2014, que reconoce las prácticas artísticas con impacto social. Entonces, ¿cómo entender la neutralidad de Wolffer ante la denuncia de Tania Puente? Como bien plantean los textos de Alejandra Franco y Alejandro Gómez Escorcia y de Aline Hernández, este caso plantea importantes preguntas sobre la autenticidad del discurso de Wolffer y de la institución.

Hace algunos meses surgió en las redes sociales la iniciativa #RopaSucia con el fin de evidenciar situaciones y dinámicas misóginas que se viven en el ámbito literario, artístico y académico del país, espacios en teoría poco relacionados con dichas prácticas. (Coincidentemente, La ropa sucia se lava en casa es un proyecto que también forma parte de la muestra de Wolffer en el MAM.) Las instituciones culturales mexicanas habían permanecido hasta ahora lejos del foco crítico de las luchas sociales por la igualdad de género. Ya no más.

La pretensión de Wolffer y del MAM de promover un debate público sobre la injusticia y la desigualdad no los exime de ser ellos mismos sujetos de rendición de cuentas. De lo contrario, terminarán reproduciendo las violencias estructurales que tan enérgicamente condenan con un texto impreso en una pared blanca de una sala del museo.

La indignación es un sentimiento que puede dar pie a la transformación social. Pero ocurre que con la indignación convive la impotencia, un sentimiento que cumple una función domesticadora. Si el caso de Tania Puente pasa desapercibido, la impotencia predominará sobre la indignación y se promoverá la idea –contraria a la obra de Wolffer– de que frente a la violencia contra las mujeres no hay nada que hacer. Al invisibilizar su caso, se reduce al plano individual y privado un asunto que corresponde a los arreglos inequitativos del poder de género.

No hay que olvidar la máxima feminista: lo personal es político.


Expuestas: registros públicos

Lorena Wolffer

Museo de Arte Moderno

Av. Paseo de la Reforma S/N, Miguel Hidalgo, Bosque de Chapultepec sección I.

Hasta el 18 de octubre de 2015


(Fotos: Museo de Arte Moderno.)

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