Los 15 consejos del Dr. Atkinson para resolver la desigualdad (el 6 y el 12 te sorprenderán)

¿Cómo combatir la desigualdad? El reciente libro de uno de los estudiosos más experimentados y celebrados de la pobreza y la desigualdad trata de responder esta pregunta.

| Desigualdad

Los retratos de nuestra desigualdad son muy punzantes. Muestran el flagelo cruel de las sociedades que incrementan su riqueza pero no la saben usar para aliviar el dolor de los individuos que la trabajan. ¿Se puede hacer algo contra el necio retrovirus de la concentración de la riqueza? Esta pregunta es la que sirve de ruta crítica al libro Inequality: What Can Be Done?(Harvard University Press, 2015)de Anthony B. Atkinson.

El recetario del Dr. Atkinson consta de quince pasos innovadores, duros, pero atrevidos y bien pensados, diseñados para un contexto en el que una parte de la academia y de los hacedores de política pública parece encontrar pretextos para no actuar. Hélos aquí:

  1. Dirigir el cambio tecnológico

El Estado debe pensarse como inversionista en el progreso tecnológico. El Estado debe preocuparse particularmente por la dirección de ese cambio. Debe fomentar innovaciones que favorezcan la empleabilidad de los trabajadores. El cambio tecnológico tiene un paradigma redistributivo, ya que este resulta en fuentes de ingresos de capital. Como Atkinson mismo lo menciona, aludiendo a James Meade, esto es crucial porque “sí importa de quién son los robots”.

  1. Fortalecer el sindicalismo no cooptado

Se necesita un marco legal que permita a los sindicatos representar mejor a los trabajadores. Atkinson cita al abogado Shi-Ling Itsu: “El rol de la ley en distribuir la riqueza sigue siendo una caja negra”. El marco legal en la gran mayoría de nuestras sociedades tiene sesgos y es amistoso con la acumulación de capital y la concentración de poder. La organización de los trabajadores es un contrapeso que debemos fortalecer legalmente.

  1. Buscar esquemas para asegurar el empleo universal

El gobierno debe adoptar un objetivo explícito para prevenir y reducir el desempleo. Esta es una de sus propuestas más radicales: que el Estado se vuelva un empleador de última instancia, ofreciendo un empleo pagado al salario mínimo a todo aquel que lo solicite.

  1. Asegurar buenos salarios mínimos y limitar los salarios máximos

Establecer una política nacional de pagos, que consista en dos elementos clave: un salario mínimo estatutario valorado al estándar de vida y un código de prácticas sobre pagos por arriba del salario mínimo; estos dos elementos como parte de una conversación nacional y de la formación de un consejo económico y social.

  1. Incentivos subsidiados al ahorro

El gobierno deberá ofrecer una cuenta de ahorros, garantizando una tasa positiva de retorno. Esta es otra de las medidas innovadoras de Atkinson. Si las personas han de acumular capital, es necesario incentivar el ahorro, para que los usuarios incrementen su patrimonio.

  1. Herencia mínima universal

Debe existir una dotación de capital para todos. Atkinson propone que el Estado otorgue una “herencia mínima” a cada individuo cuando cumpla la mayoría de edad, con el fin de que inicie su vida adulta poseyendo algo de riqueza, siendo financiada por impuestos progresivos sobre la tenencia de la tierra. Un ejemplo de estos impuestos progresivos sobre la tenencia de la tierra es el impuesto predial.

  1. Inversión de capital público a largo plazo

La creación de una autoridad pública de inversiones. Una especie de fondo soberano que se dedique a buscar inversiones para acrecentar el acervo de riqueza del Estado con la finalidad de conseguir una mayor igualdad intergeneracional.

  1. ISR hasta del 65% en los percéntiles más altos

El retorno de la estructura progresiva de los impuestos: elevar la tasa marginal del impuesto al ingreso (ISR) hasta en un 65%, y favorecer los impuestos directos sobre los impuestos al consumo.

  1. Descuentos en impuestos si eres de bajos ingresos

La introducción de un descuento sobre el impuesto al ingreso para los ingresos más bajos. Esta idea es semejante a la propuesta de los economistas Milton Friedman y James Tobin, que consiste básicamente en otorgarle una transferencia neta a la primera franja de ingresos.

  1. Impuestos diferenciados a la herencia

Las herencias en vida deben ser sujetas a un gravamen de manera progresiva.

  1. Recalcular y reforzar el impuesto predial

Crear un nuevo sistema de impuestos sobre la propiedad, un impuesto que grave el valor real y esté bien diferenciado.

  1. Darle un salario a los niños

Subsidios que deben ser pagados a todos los niños al valor mínimo de subsistencia, pues son el futuro y esos años son cruciales.

  1. Creación de un ingreso básico o universal

Una transferencia a nivel nacional a todos los ciudadanos, aunque no trabajen.

  1. Pensionar a todo el mundo

Una cobertura universal de seguridad social para los adultos mayores.

  1. Cobrarle impuesto redistributivo a los países ricos

Que los países con mayores ingresos aporten el 1% de su PIB para el combate a la pobreza y la desigualdad en los países más pobres, creando un compromiso de cooperación internacional en la materia.


Colofón: reflexiones sobre la importancia y la viabilidad del recetario Atkinson

En este libro, Atkinson responde a sus críticos, a aquellos que ven sus propuestas políticamente impracticables y su diagnóstico muy enfocado a los casos de Estados Unidos y el Reino Unido, con una meditación sobre la factibilidad de su plan. Sin embargo, aunque es cierto que el libro está más orientado hacia los casos de países con ingresos medios o superiores, la sola presentación de las propuestas en bloque es un gran primer paso para analizar su relevancia y potencial en países de ingresos medios.

Es importante recordar que Atkinson, junto con Kuznets, es uno de los padres fundadores de los estudios sobre distribución del ingreso. La mayoría de los métodos que existen para medir la desigualdad fueron creados por él o recibieron contribuciones de su parte. En cierta medida, todos los trabajos en el tema, como los de Piketty o Bourguignon, tienen una deuda intelectual con el trabajo pionero de Atkinson durante los últimos cincuenta años.

Por esa razón el que sea él quien proponga una agenda tan radical y alejada de las ideas más tradicionales dentro de la conversación económica ha llamado mucho la atención. A diferencia de Piketty, el trabajo reciente de Atkinson busca ser una guía para el combate contra la desigualdad, no solo un análisis. Atkinson busca ser práctico; pretende poner las bases para intervenciones públicas y no solo explicar desde su investigación cómo llegamos a la terrible situación que vivimos hoy en día.

Para construir el caso de por qué es factible implementar estas propuestas y arrojar resultados positivos que no produzcan únicamente una disminución en la desigualdad, sino incluso beneficios en términos de crecimiento y eficiencia, Atkinson elabora un poderoso y sencillo argumento.

Los principales críticos de sus propuestas y de su impacto podrían argumentar en su contra empleando los resultados del primer teorema del bienestar, una construcción teórica que concluye que los mercados, si se les deja actuar solos, llegarán a un óptimo social.

Para desmontar este argumento, el autor nos recuerda de manera muy simple cuáles son los supuestos en los que se sostiene el primer teorema del bienestar: competencia perfecta en la economía, que existan todos los mercados y ninguno sea incompleto, y que la información sea perfecta tanto para consumidores como para productores. Si bien el primer teorema del bienestar es una construcción teórica de enorme sofisticación y de una belleza matemática única dentro de la economía, es fácil ver que descansa en supuestos ajenos a la realidad.

En el mundo real vivimos en entornos diferentes al de la competencia perfecta; más bien vivimos en entornos donde la constante es la concentración de poder de mercado en distintos niveles de comportamiento monopólico. Nuestro mundo está repleto de mercados incompletos y en muchos casos de mercados que ni siquiera existen y, quizá, lo que debería ser más evidente, es que todos los seres humanos estamos lejos de ser los perfectos agentes optimizadores que poseen información perfecta. Vivimos en un mundo de información asimétrica: el primer teorema del bienestar no es un buen retrato del mundo real.

Atkinson entonces lleva el argumento a su conclusión obvia. Si vivimos en un mundo imperfecto donde dichas imperfecciones ya obligan a toda clase de intervenciones por parte del Estado, donde existen toda clase de fallas, entonces no debemos temer el realizar intervenciones que de hecho ayuden a que muchos de esos mercados, y las interacciones entre agentes, funcionen mejor. En ese escenario, lejos de perder eficiencia, incluso podríamos ganarla.

Tras desmontar críticas como esta, se nos recuerda que aun así debemos ser cautelosos, que debemos evaluar cada propuesta por sus méritos, sus costos y beneficios, pero también se nos recuerda que “ninguna economía avanzada ha conseguido un nivel bajo de desigualdad y de pobreza de ingreso, con un bajo nivel de gasto social, sin importar qué tan bien estos países se desempeñaran en otras dimensiones”.[1]

Una de las razones por las que la desigualdad casi ha vuelto a lo que Atkinson llama la “era del jazz” (el pico de desigualdad en las primeras dos décadas del siglo XX) es el desmantelamiento del Estado de bienestar, de la seguridad social en un tiempo en que las necesidades de la población crecen.

Por esta razón es que todo el análisis de Atkinson en sus quince propuestas es un llamado a reconstruir el Estado de bienestar como primer paso o, mejor aún, a crear un Estado social y luego complementarlo con una serie de reformas en las otras áreas para disminuir la desigualdad y evitar así que siga una trayectoria de crecimiento acelerado.

Atkinson estructura sus propuestas pensando en un doble objetivo: la igualdad de oportunidades y la igualdad de resultados. La primera como una premisa básica de la teoría de la justicia; la segunda como la única forma de asegurarse de que la primera exista en el futuro; después de todo, las oportunidades de hoy determinan en buena medida los resultados de mañana, y los resultados de mañana determinan las oportunidades futuras.

Por estas razones es que resulta imperativo el llamado al combate contra la desigualdad desde todos los frentes, la contribución más importante proviniendo del Estado, pero también con tareas para toda la sociedad. Este combate requiere del esfuerzo de todas las instituciones, de las empresas, de los individuos, de todos los actores de la vida económica y política.

Quizá justo aquí es donde valga la pena mencionar un claro ejemplo de cómo el Estado juega un rol decisivo en áreas no tan obvias. Atkinson cita un ejemplo del tratado de asociación trasatlántico, un acuerdo comercial, y señala cómo este está diseñado para las empresas, y no para los consumidores. Dice Atkinson: “un tratado comercial del siglo XXI debería incluir protecciones para los consumidores, la política pública no debería hacerse para que crezca el PIB, debe hacerse para mejorar el bienestar de los ciudadanos”.

Este ejemplo resulta ad hoc para el Estado mexicano. ¿No es este el caso mexicano con el tratado de asociación transpacífico (TTP)? México parece felizmente firmar mecanismos de resolución de conflicto que permitirán que empresas demanden al Estado, pero no se preocupa en lo mínimo en que esos mecanismos permitan al consumidor defenderse de los abusos de esas mismas empresas. Este es un claro ejemplo de cómo es la ley la que es amistosa con la concentración de riqueza, pero no con la universalización del bienestar.

El libro de Atkinson trata de recordarnos que existen otras formas de hacer economía, que las preguntas relevantes son quién gana y quién pierde al hacer cambios en la política pública. La dificultad radica en cambiar la mente de las personas, tarea difícil cuando muchas de estas (particularmente aquellos en posiciones de toma de decisiones) poseen sesgos cognitivos o están llenos de construcciones teóricas que no siempre concuerdan con los datos, con la realidad.

Atkinson nos deja una idea muy clara: aunque los mercados operen dentro de un contexto social que configura la distribución del ingreso y de la riqueza, las convenciones económicas, políticas y sociales que mantienen esta distribución se pueden modificar. Anthony B. Atkinson se niega a aceptar que la desigualdad es inevitable, que es producto de fuerzas fuera de nuestro control.

La igualdad, la eficiencia, el crecimiento y otras tantas cuestiones positivas pueden ir de la mano. Atkinson no busca plantear para nosotros una utopía; más bien pretende ser un faro, un guía que pone las cuestiones de la distribución en el centro del análisis económico. Él mismo nos dice: “no es algo que esté de moda pero creo que es algo esencial”.

Inequality: What can be done? es un libro esencial para entender el debate moderno sobre la desigualdad.


Nota

[1] Max, Ive, Brian Nolan y Javier Olivera, The Welfare State and Anti-Poverty Policy in  Rich Countries, IZA Discussion Paper No. 8154

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