Los derechos humanos en tiempos de terror y contraterror

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El pasado 28 de noviembre fui al concierto de Pearl Jam con mi hermana. Cantamos, brincamos y tomamos selfies como amerita un gran acontecimiento. Cuando sonó “Better Man” no pude evitar recordar a una querida amiga de la secundaria a quien el cáncer se llevó demasiado pronto y que en tercero de secundaria me sorprendió con un casete personalizado con algunas canciones de la banda. “Even Flow”, “Sirens”, todas fueron sonando hasta llegar a “Black”, que me sirvió de catarsis y de exorcismo de desamores pasados. En el último tercio del concierto, Eddie Vedder anunció que cantaría una canción de los Eagles of Death Metal en homenaje a las víctimas de los atentados de París el 13 de noviembre. El homenaje siguió con una versión de “Imagine” de John Lennon que iluminó el Foro Sol con las luces de los celulares. No obstante, me sorprendió que Vedder no mencionara otras víctimas, ya no digamos de México, sino las del contra-terror que se desató a partir los atentados del 11-S y que parece que tendrá una espantosa continuación después los atentados en París.

Las primeras víctimas a las que podría haber hecho alusión Vedder son a las de los bombardeos de Francia, Rusia y, a partir de inicios de diciembre, el Reino Unido. Un reporte de la Red Siria por los Derechos Humanos afirma que durante noviembre fueron asesinados 1,481 civiles, de los cuales 266 fueron ultimados por los bombardeos rusos. Pero el horror de la guerra civil en Siria —o en Yemen, Afganistán, Irak— no tiene la misma noticiabilidad que un ataque con arma larga a los comensales de un restaurante de la Place de la Republique. Pareciera como si la geografía determinara cuánto debe doler una muerte, aunque los que trabajamos acompañando a víctimas sabemos que el proceso de duelo y afrontamiento es el mismo en Raqqa, Siria o en San Bernardino, California. La principal diferencia es que la incidencia de crímenes y violaciones a derechos humanos siempre será mucho mayor en las zonas donde están ocurriendo pugnas geopolíticas como Siria. Por esta razón, miles de refugiados están cruzando Europa para intentar recalar en un país seguro. Por desgracia, en vez de escuchar y aprender de sus historias de vida, en varios países de Occidente se les ha estigmatizado y se les ha dado la categoría de “posibles terroristas”.

El terrorismo ha vuelto a las primeras planas de los diarios y, sobre todo, a la psique de las sociedades occidentales. En 2002 Zizek denominó esta tendencia como la universalización metafórica del significante “terror”; es decir, la infiltración del terrorismo no solo en los medios de comunicación, sino en las políticas de seguridad y la redacción de leyes. Me parece claro que, después de los atentados de París, estamos entrando en una segunda etapa, quizás un poco menos intensa pero más duradera, de esta universalización metafórica. El primer síntoma de lo anterior es el intento de François Holland por reformar los artículos 16 y 37 de la Constitución para obtener plenos poderes en caso de emergencia y prolongar hasta por tres meses el estado de sitio. Parece que Holland y los parlamentarios franceses no recuerdan que la excepción permanente es característica de los gobiernos autoritarios.

Medidas similares existen en Estados Unidos, Reino Unido, Australia y otros países de la Unión Europea que, después del 11-S, modernizaron –o podríamos decir terrorizaron– su legislación para hacer frente a la amenaza terrorista global.[1] A pesar de que muchos de estos cambios consistieron en agregar el delito de terrorismo y sus variantes a los ordenamientos jurídicos, el grueso de la respuesta legislativa antiterrorista no tiene nada que ver con el terrorismo. De hecho, algunos Estados aprobaron la abolición del habeas corpus, los juicios privados, la incomunicación de los prisioneros, la intercepción de comunicaciones sin orden judicial, entre otras medidas polémicas. Además de lo anterior, es importante destacar el cambio que han sufrido las políticas de migración y de asilo inspiradas en lo que Günther Jakobs denomina el derecho penal del enemigo:[2] un tipo de derecho que pretende inocuizar a los miembros potencialmente más “peligrosos” de una sociedad refundiéndolos en cárceles, campos de concentración, deportándolos o negándoles la entrada al país.

Para que las “guerras contra el terror” sean efectivas requieren de un trade off entre libertad y políticas de seguridad. En este cambalache también van incluidos los derechos humanos, que en la mayoría de las circunstancias son considerados un impedimento para la seguridad. Basta recordar los torture memos de la administración Bush y la defensa de la tortura en ocasiones apremiantes, como las que salían en la popular serie 24, donde Jack Bauer torturó hasta a su pareja para salvar Los Ángeles. Se suele decir que el terrorismo es la negación total de los derechos humanos, pero el contraterrorismo también lo es. Y lo peor de todo es que puede ser un detonante de más terror, como ha sucedido en Siria, donde hasta Tony Blair acepta que el fiasco de la Guerra de Irak ocasionó el surgimiento de ISIS.

Pero, lejos de Oriente Medio, ciudadanos de otros países experimentan otro subproducto de la universalización metafórica del terror: la militarización de la seguridad pública. Para Radley Balko[3] hay dos formas de militarización: el uso de elementos militares en tareas de seguridad pública y el uso de técnicas y armamento militar por parte de cuerpos de policía. Estados Unidos ha experimentado ambas formas, siendo la última quizás la más preocupante a raíz de los disturbios por la violencia contra afroamericanos en ciudades como Ferguson. Por otro lado, en París la primera forma ha ido a la alza. Estuve en la ciudad en febrero de este año y me sorprendió que no se pudiera tomar una foto de la Tour Eiffel o del Museo del Louvre sin que de fondo salieran soldados fuertemente armados. Esto es resultado del Plan Vigipirate, que en su nivel “alerte attentat” dispone de más de trescientas medidas (cien de ellas secretas) para identificar, buscar y capturar posibles terroristas. Por desgracia, igual que en Estados Unidos después del 11-S o en el Reino Unido después del 7-J, este tipo de operativos pueden ocasionar un alto número de falsos positivos; es decir, ciudadanos que son perseguidos, reprimidos, encarcelados e incluso asesinados por ser considerados peligrosos con base en categorías como la religión, la nacionalidad o el color de piel.

Se trata de identificar a la población potencialmente peligrosa, y para eso no hay nada mejor que las tecnologías de la vigilancia que han sido favorecidas por diferentes Estados como medida de prevención. Para Armand Mattelart se trata de establecer:

Conceptos y doctrinas cuya función es la de prescribir el perfil de un enemigo, supuesto o real, interior o exterior, total o global: el criminal nato o salvaje moderno, la multitud, el insurrecto, el subversivo, el contestatario, el extranjero, el terrorista. Categorías, todas ellas, muy extendibles, que extraen su incontenible fuerza del borroso nimbo de su definición.[4]

El terrorista puede ser cualquiera; por eso la vigilancia se refuerza con la sospecha. Además del panoptismo nos enfrentamos a un sinoptismo en el que los muchos vigilan a los pocos, a los diferentes. Por eso cuando entro en el metro de Nueva York y leo el “If you see something say something” no me siento seguro. Tampoco me siento seguro cruzando detectores de metales o body scanners en los aeropuertos. Creo que la verdadera lucha contra el terror tiene que librarse en otras arenas que no son las militares y tampoco las de las políticas públicas de seguridad. Pienso en la necesidad de reinterpretar el modelo económico, de repensar las políticas de refugio y de migración-integración, de atender las carencias relacionadas con el cambio climático y de atacar el comercio legal e ilegal de armas, entre muchas otras. Pienso en un llamado urgente a “ser radicalmente anti-guerra”, en el sentido en el que Eddie Vedder lo describió en un concierto en Portugal, antes de tocar “Imagine” por primera vez:

Ser anti-guerra no quiere decir que apoyes a uno de los bandos. Te convierte en pro de muchas cosas: pro-paz, pro-humanidad, pro-evolución; te convierte en pro-comunicación, pro-diplomacia, pro-entendimiento, pro-amor y pro-perdón.


Referencias

[1] Alejandro Vélez, “Efectos y consecuencias del 11-S. Una perspectiva ético-política” Univeritat Pompeu Fabra, 2011.

[2] Citado en: Manuel Cancio Meliá, «Derecho penal del enemigo y delitos de terrorismo. Algunas consideraciones sobre la regulación de las infracciones en materia de terrorismo en el Código Penal Español después de la LO 7/2000», Jueces para la Democracia, julio de 2002.

[3] Radley Balko, Rise of the Warrior Cop, Nueva York: Public Affairs, 2013.

[4] Armand Mattelart, Un mundo vigilado, Barcelona: Paidós, 2009, pág. 12.


(Foto: cortesía de ·júbilo·haku·.)

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