Los derechos humanos y la historia: entrevista con Samuel Moyn

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Con esta entrevista arrancamos una serie que se propone repensar los límites políticos de la noción contemporánea de derechos humanos.

La idea de los derechos humanos –junto con los documentos legales que la respaldan, así como las organizaciones nacionales, internacionales o trasnacionales que se ocupan de velar por su respeto y cumplimiento– tiene un lugar central en la vida política y las referencias culturales del mundo contemporáneo. Sin embargo, aunque se le puede interpretar como la base de consensos internacionales o como una de las pocas certezas del presente, si miramos con cuidado el relato de sus orígenes, la noción de los derechos humanos se revela menos como una realidad escrita desde siempre en la naturaleza humana y más como un proyecto histórico y contingente, resultado de procesos y decisiones políticas concretos.

El historiador norteamericano Samuel Moyn, profesor de derecho e historia en la Universidad de Harvard, se ha propuesto escribir la historia de estos orígenes en su obra The Last Utopia: Human Rights in History (Harvard University Press, 2012; traducida al español como La última utopía: los derechos humanos en la historia, Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2015). En esta obra, así como en otras de sus publicaciones académicas e intervenciones periodísticas, Moyn ha argumentado que los derechos humanos, tal como los entendemos en el presente –es decir, en su papel de entidad supra-política que, en el nombre de una moralidad internacional, supervisa, limita y cuestiona las acciones de los Estados nacionales–, son una novedad histórica, cuya génesis se remonta no más allá de los años setenta del siglo XX. Moyn sostiene así la existencia de un desacuerdo fundamental entre los “derechos humanos” contemporáneos y los llamados “derechos del hombre” –la concepción de los derechos propia de las revoluciones norteamericana y francesa, que es indisociable, precisamente, de una afirmación de la soberanía nacional.

La historia de esta idea es una historia global, no solo por las pretensiones de su alcance, sino porque abarca a desarrollos históricos sucedidos en distintas latitudes del mapa –desde los disidentes del comunismo en los países de Europa del Este hasta los opositores a los regímenes autoritarios en América Latina.

La historia de los derechos humanos es también, decisivamente, la historia de sus limitaciones teóricas y prácticas y de las consecuencias de estas limitaciones en el presente. ¿Cuál ha sido el papel del activismo de los derechos humanos y su postura moral y “apolítica” en el reciente desprestigio de los procesos e instituciones políticas alrededor del mundo? ¿Qué ha sucedido con los derechos humanos tras su movilización a favor de intereses específicos, como las agendas neoconservadoras de “promoción de la democracia”? ¿Cómo conceptualizar las relaciones entre los derechos humanos y el neoliberalismo?

En tanto forma de imaginar el mundo político y jurídico más allá del poder de los Estados nacionales, la política de los derechos humanos encarna, en la visión de Moyn, la “última utopía”. Revelar la contingencia de esta política, lejos de ser una invitación a su descarte, puede ser una invitación a imaginar otras posibilidades, nuevos proyectos que ofrezcan una respuesta ahí donde los derechos humanos han expuesto sus límites.


HB: Michael Ignatieff ha llamado a los derechos humanos la “lingua franca del pensamiento moral global”. Pero el ascenso de los derechos humanos no fue algo inevitable: en esa historia hubo accidentes y elecciones entre opciones distintas. ¿Cómo alcanzaron entonces los derechos humanos su status contemporáneo, el de ser un concepto aparentemente axiomático? ¿Cómo se convirtieron en esta suerte de doxa moral del presente?

SM: Existe una gran disputa alrededor de este punto. Puedo compartir mi perspectiva, que no es la sostenida universalmente. Cuando comencé a estudiar este tema descubrí por supuesto que los derechos humanos se encuentran mencionados desde la filosofía medieval o por lo menos desde la filosofía de la modernidad temprana, después aparecen de nuevo en las revoluciones políticas en Estados Unidos y Francia a finales del siglo XVIII y luego en el siglo XIX en gran parte del mundo. Pero esa noción de los derechos parecería ser políticamente diferente, porque estaba vinculada con las revoluciones liberales y –a veces– violentas. Investigué cómo este concepto se pudo convertir en algo tan diferente en la actualidad: vinculado a los modos no-violentos de movilización y conectado en primer lugar, ya no con el establecimiento de un Estado soberano para un pueblo, sino con la contención del Estado, especialmente desde el exterior a través del derecho internacional y en nombre precisamente de extranjeros. Este es uno de los significados centrales que los derechos humanos han adquirido en la movilización contemporánea. Concluí que esta noción de los derechos se hizo popular solo hasta la década de los años setenta del siglo XX.

Es cierto que los derechos humanos están mencionados en la Carta de las Naciones Unidas de 1945, y que se proclamó una Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) en 1948, pero los principales movimientos de los años cuarenta relacionados con este concepto tuvieron lugar en el norte global y se trataron del establecimiento de un Estado de bienestar (y a veces también de proyectos socialistas de redistribución) para los ciudadanos de los países del norte. Posteriormente, los derechos humanos fueron acogidos por los movimientos más emancipatorios en toda la historia de la humanidad: los movimientos anti-coloniales. Pero esto sucedió más en el espíritu de las revoluciones norteamericana y francesa, es decir, el de establecer un Estado para un pueblo que había estado sufriendo bajo un imperio. Concluí –y me parece que la evidencia, ya sea lingüística o de la historia de las organizaciones no gubernamentales, es adecuada– que en medio de la Guerra Fría ocurrió algo que transformó en una causa primera la idea de proteger a los individuos y a sus derechos sacrosantos más allá de las fronteras, y que esta transformación tuvo que ver con la crisis del nacionalismo –especialmente del nacionalismo anti-colonial– y la crisis de la política redistributiva. Si mi relato es correcto, los “derechos humanos” en su sentido contemporáneo son algo bastante reciente y bastante contingente.

En particular, usted ha insistido en que los derechos humanos tal como los entendemos ahora no deben verse como una reacción al Holocausto y a otras atrocidades del nacionalsocialismo.

Bueno, ciertamente no al Holocausto, aunque cuando Michael Ignatieff y otros –en realidad solo hasta los años noventa– fundaron el relato estándar sobre el origen de los derechos humanos, siempre insistieron en que los derechos humanos habían sido una respuesta directa al genocidio del pueblo judío. Pero cuando se mira hacia atrás no parece haber mucha evidencia en favor de esta idea. Es verdad que uno de los redactores de la Declaración Universal era judío y que incluso había perdido a miembros de su familia en el Holocausto –René Cassin, quien ganó el Premio Nobel de la Paz en 1968 por escribir la DUDH. Pero si bien es cierto que la DUDH fue una respuesta al pasado, no fue en específico una reacción al Holocausto. Fue una respuesta a la guerra en general o a las atrocidades nazis más ampliamente, porque, por supuesto, los nazis no solo mataron a los judíos, sino que hicieron daño a muchas otras personas, quienes estaban más preocupadas por sus propias pérdidas que por la masacre de los judíos. La DUDH, sin embargo, con sus disposiciones de derechos económicos y sociales, es ante todo una respuesta a la Gran Depresión y al ascenso de las dictaduras a finales de los años veinte y principios de los treinta. Los actos de memoria realizados en los años cuarenta preocupados por la guerra y sus atrocidades, como los Juicios de Núremberg o las Convenciones de Ginebra o la Convención sobre el Genocidio, no mencionan a los derechos humanos, y de hecho muchas de las personas involucradas en esas iniciativas eran hostiles al proyecto de la Declaración Universal. Si se está en busca de una respuesta al Holocausto, esta se debe buscar en otra parte; se debe también pensar sobre la DUDH –y sobre por qué le tomó tanto tiempo “despegar”– bajo una luz distinta.

Usted ha hablado de los derechos humanos como un “programa utópico” y, siguiendo su propia fórmula, como la “última utopía”. ¿Qué es lo específicamente utópico acerca de los derechos humanos?

Es más fácil defender la última frase, la parte acerca de “última”, que la parte acerca de “utopía”, así que voy a comenzar por ahí. Esa frase se refiere simplemente a la idea de que los derechos humanos –en este nuevo sentido internacional particularmente conectado a nuevas formas no-violentas de movilización en nombre de extranjeros que sufren– no tuvieron mucho atractivo en la era posterior a la segunda guerra mundial, aun una vez que había una Declaración Universal al respecto. Parece que eso fue así porque la gente creía con más fuerza o sentía más entusiasmo por sus propios proyectos de nacionalismo, ya se tratara de renovar sus propias formas de ciudadanía en la dirección del Estado de bienestar, como en los países del norte, o de involucrarse en las luchas anti-coloniales, en los países del sur.

También estaba el socialismo, que fue inmensamente prestigioso en los tiempos modernos en general y especialmente en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, hasta que sufrió un naufragio. De hecho tenemos datos nuevos muy interesantes que muestran precisamente qué tan prominente fue el concepto de socialismo con respecto al concepto de derechos humanos durante todo el periodo de la posguerra. Esto fue así hasta los años setenta, cuando el socialismo comenzó un declive drástico y los derechos humanos iniciaron un rápido ascenso hasta que las dos tendencias se cruzaron en 1989. Es así como la idea de los derechos humanos se volvió predominante en la post-Guerra Fría, aunque históricamente el socialismo siempre lo había sido más.

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Ahora bien, “última” no tiene necesariamente que significar “final”: también puede significar “más reciente”. Si me refiero a mi “último matrimonio”, puedo estar hablando del “último matrimonio que voy a tener” o de “mi matrimonio más reciente”, implicando que podría tener todavía otro más. Quiero dejar abierta esa ambigüedad, la idea de que siempre podemos buscar algo diferente, algo más, si no estuviéramos satisfechos con los derechos humanos.

La afirmación de que los derechos humanos son una “utopía” es más controversial, porque, en su nuevo aspecto, frecuentemente se les presentó como anti-utópicos. Los derechos humanos eran lo que necesitábamos –se decía entonces– para salvarnos de la experimentación política y, especialmente, del horror político, aun cuando –o especialmente cuando– estuvieran justificados en nombre de grandiosas utopías como el comunismo. Creo que esto es muy importante. Pero me llama la atención que los derechos humanos hoy en día se tratan todavía de reformar el mundo y que en la actualidad la gente –en especial la gente joven– que quiere hacer del mundo un lugar mejor generalmente se decide por los derechos humanos como la gran idea que llevará al mundo a, por lo menos, una mejor posición, si no, a una perfecta. En este sentido, la aseveración de que los derechos humanos son una especie de utopismo –minimalista, no maximalista– se puede defender.

Llamar a los derechos humanos la “última utopía” supone que representan más una continuidad que una ruptura con la historia previa de las aspiraciones utópicas en los siglos XIX y XX. ¿Cuáles diría usted que son entonces las diferencias?

Cuando Carlos Marx y especialmente Federico Engels denunciaban los primeros planes socialistas del siglo XIX como “utopías” afirmaban, al mismo tiempo, que sus propios planes eran “científicos”. Hoy en día muchos diríamos que, en realidad, todas estas formas de socialismo eran utópicas. Pero Marx y Engels también tenían en mente la idea de que la utopía implica el proyecto de una sociedad perfecta, que se puede imponer como una suerte de solución completa. Más allá de lo que Marx haya dicho, lo cierto es que los comunistas del siglo XX tenían efectivamente varios planes y esquemas que se suponía eran transportables a lugares diferentes.

Ciertamente la noción de derechos humanos le dio la espalda a la idea de que un programa de políticas específico y un esquema institucional particular traerían la utopía a la realidad. En lugar de esto, los derechos humanos supusieron que, más allá de las otras cosas que estén sucediendo en la política, existen unas normas supra-políticas que siempre tienen que ser respetadas. Se trata, simplemente, de una lista, que no es constitucional –no dice cómo organizar y hacer uso del poder–, sino que solo dice lo que no se puede hacer. Aun los derechos económicos y sociales –que se pensaría dependen de alguna teoría sobre un marco institucional que los garantice– están estipulados solamente como normas abiertas, que carecen de un anclaje específico. Si los derechos humanos son utópicos, lo son en este sentido no-institucional, que es muy distinto del utopismo previo de los siglos XIX y XX. Sin embargo, los dos utopismos son similares en un punto: ambos encierran la idea de que otro mundo es posible, la cual ha sido siempre el núcleo del concepto de utopía; en este sentido, despiertan el entusiasmo y avivan el idealismo de sus adherentes, que es otra manera de pensar acerca de la utopía.

Quizás se podría argumentar que el mero reformismo no es utopismo. Muchos de los pensadores y activistas de los derechos humanos más juiciosos dicen que simplemente quieren hacer una “pequeña diferencia”. Pero esto no captura el grado en que el concepto de derechos humanos ha sido romantizado desde la década de los noventa y más allá por gente como Ignatieff y muchos más, ni la manera en que de hecho atrae la misma forma de creencia ingenua que las utopías del pasado alguna vez atrajeron.

En las condiciones del orden internacional de la posguerra se da una compleja interacción entre los derechos humanos y el principio de soberanía estatal. ¿Cómo describiría esta interacción?

Como dije anteriormente, los derechos humanos fueron, en primer lugar, una de las principales justificaciones para la construcción de la soberanía. No debería sorprender que la idea de convertir a los derechos humanos en principios para limitar a los soberanos desde el exterior se haya vuelto controversial: la mayor parte de la influencia de los derechos humanos tuvo lugar (y sigue teniéndolo ahora) en el ámbito de la justificación de la soberanía. Esto es importante porque no podemos hacer parecer como si los derechos humanos hubieran de hecho tenido siempre una relevancia fundamental para la soberanía. Si estamos preocupamos por la soberanía, tendríamos que estar preocupados sobre la manera tan plena en que los propios derechos humanos justificaron campañas a favor de la soberanía desde 1776 hasta los movimientos de descolonización en el siglo XX.

Es cierto que después de la descolonización algunas personas, sobre todo en los países del norte, tuvieron la idea de que era importante proteger a los derechos humanos frente a los Estados soberanos. Hasta donde sé, muy poca gente había llegado a esa conclusión antes de la descolonización. Y es cierto que en los años cuarenta hubo algunas personas que concluyeron que Hitler había mostrado los límites de la soberanía. Pero, en realidad, en los años cuarenta la mayor parte de la gente determinó que Hitler había mostrado los límites de, solamente, ciertas clases de Estados soberanos. Por supuesto, la más grande era de la globalización de la soberanía ocurrió después de que Hitler hubiera muerto, no antes que él. La descolonización es en realidad el momento cuando comienza este debate interminable sobre qué implicaciones tienen los derechos humanos internacionales para la soberanía, sobre todo cuando se les invoca para justificar intervenciones, y en particular intervenciones militares. Pero este debate es uno relativamente reciente y contingente.

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Después de la descolonización, otro de los momentos históricos que usted señala como centrales para la expansión internacional de los derechos humanos es el protagonizado por quienes en Occidente se les conoce colectivamente como “los disidentes”, esa serie de figuras y movimientos políticos en Europa del Este y la Unión Soviética que en los años setenta cuestionaron la legitimidad del dominio comunista. ¿Por qué fueron los derechos humanos tan importantes para ellos?

Los disidentes pudieron haber organizado un movimiento de derechos civiles, tal como había sucedido en la década anterior en Estados Unidos, pero es un hecho que sus propios periódicos les informaban (primero en la Unión Soviética y después en otras partes) que sus países habían ratificado tratados de derechos humanos. Los comunistas jugaron un papel importante en la posibilidad de un verdadero derecho internacional de los derechos humanos. Estados Unidos rara vez, si es que alguna, ratifica los tratados de derechos humanos, pero en esos años la Unión Soviética se apresuró a ratificar el Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos, y publicó el texto del mismo en el periódico Pravda. Checoslovaquia facilitó la ratificación que hizo entrar en vigor a ese tratado en 1976. Con estos recursos a la mano, los disidentes pudieron hacer algo nuevo. Previamente, los ciudadanos de esos Estados podían apelar a la moralidad abstracta o a sus propias constituciones, pero en los años setenta los disidentes podían apelar a los derechos tal como estaban consagrados en el derecho internacional, y lo hicieron en un espíritu que es crítico para entender nuestra era.

Muchos de los disidentes habían sido anteriormente marxistas revisionistas. La principal forma de disidencia había sido, entonces, salvar al marxismo del comunismo o del estalinismo en particular. Pero tras el aplastamiento de la Primavera de Praga –en la que un revisionista había tomado el poder en Checoslovaquia– los disidentes entendieron que no podían en realidad presentar un proyecto político alternativo, porque serían destruidos.

Lo mismo sucedió en América Latina después del asesinato de Salvador Allende en 1973. Algunos latinoamericanos llegaron a una inferencia análoga a la de los disidentes del comunismo: si uno trata de construir una utopía socialista, tampoco Estados Unidos lo va permitir. Se tiene, entonces, a estas dos potencias hegemónicas rivales que de alguna manera están actuando en paralelo y haciendo claro que no tolerarían ciertas formas de alternativas políticas.

Los disidentes respondieron a esta situación diciendo: “En tanto actores débiles, no nos reuniremos en torno al apoyo de una forma alternativa de política. Apelaremos, más bien, a una moralidad incuestionable.” Esto terminó definiendo a los derechos humanos como una forma de movimiento moralizador que afirmaba no ser político sino defender normas supra-políticas. Naturalmente, el otro gran tema es que estos movimientos se conectaron más allá de las fronteras y crearon redes de apoyo transnacional, algo que no había estado ausente en la historia, pero que se volvió muy prominente bajo el activismo de los derechos humanos.

Una de las principales consecuencias de la expansión de los derechos humanos a finales del siglo XX ha sido lo que usted llama el “desplazamiento de la política” a favor de una moralidad global. ¿Cuál diría que fue el papel de este desplazamiento en la pérdida de prestigio de la política que hemos atestiguado en las décadas recientes?

Quiero aclarar un punto: pienso que todo es político. Hasta la declaración de no ser político es un acto político. En el caso de los disidentes fue un acto muy estratégico el haber etiquetado su forma de hacer política como “apolítica”. Así convencieron a mucha gente y transformaron la forma más prestigiosa de hacer política. Esto se puede expresar de una manera simple diciendo que los derechos humanos destruyeron el ideal revolucionario, el cual había sido el modelo central para la participación en el activismo político, a favor de algo más: la crítica moral del poder, que es muy productiva, especialmente cuando no se tienen otras opciones, como era su caso. Pero la pregunta es: ¿es su modelo generalizable? Creo que la respuesta es no. Entonces llegamos a ciertas preocupaciones acerca del legado de esa era para nuestro propio tiempo, cuando parece que carecemos de cualquier medio de resistencia política viable ya que, muy comprensiblemente, nos hemos enfocado tanto en la crítica moral.

Usted ha mencionado a las víctimas latinoamericanas del autoritarismo de la década de los setenta. ¿Puede decirnos algo más sobre el uso que estas víctimas hicieron de los derechos humanos como marco para la formulación de demandas políticas y cómo este uso forma parte de una historia más grande?

Creo que América Latina entra en esta historia en muchos puntos. En el siglo XIX, hubo un proyecto de revolución liberal que en ese entonces incendió a toda América Latina. También diría que la Constitución Mexicana de 1917 es realmente la pionera para el ideal –típico de los años cuarenta– de una política nacional de Estado benefactor, que se alejaba de un modelo decimonónico en el que el liberalismo político y económico iban de la mano a favor de un ideal vigesémico de ciudadanía en el que el liberalismo político acepta la igualdad económica y social o por lo menos los derechos sociales y económicos. Esto iba a tener una influencia tremenda en el mundo.

En el periodo que nos concierne, el caso de América Latina es interesante por dos razones. Una que no hemos mencionado es el papel de la religión, y del catolicismo en particular, en toda esta historia. Tenemos que reconocer que ciertos desarrollos en la Iglesia católica condujeron en ciertos países a una muy importante participación de los católicos en la misma estrategia de derechos humanos que la izquierda también estaba adoptando durante este periodo crucial. A finales de los años sesenta y en los años setenta, en Brasil y en otros lugares se forman coaliciones interesantes entre la izquierda y algunas clases de católicos alrededor de una crítica de los regímenes autoritarios basada en los derechos humanos.

Pero aquí el tema central sería de nuevo el de ciertas clases de socialistas o marxistas que concluyeron que su forma de hacer política no iba a ser viable, o que podían llevarla a cabo bajo la bandera del activismo de los derechos humanos. Entonces entramos en debates muy complicados sobre lo que hicieron domésticamente, no solo cuando estaban denunciando el autoritarismo –típicamente como exiliados en el extranjero–, sino una vez que comenzaron las transiciones a la democracia.

Este es un debate general porque no es solo en América Latina que la era de los derechos humanos ha sido también la era neoliberal. América Latina provee un muy buen ejemplo de esa conjunción, pero estamos apenas empezando a entender cuáles son exactamente las relaciones entre estos dos fenómenos. Es cierto que algunos izquierdistas reformistas que viraron hacia los derechos humanos para oponerse al autoritarismo estaban tratando de continuar visiones redistributivas en un nuevo marco, pero generalmente fracasaron. Mientras tanto la idea misma de derechos ha gravitado hacia una dirección libertaria. Quizás necesitamos pensar acerca de si algunos resultados políticos recientes, como el éxito de los ricos en nuestro tiempo, están conectados con los cambios en las ideas y los modos de activismo de los que hemos estado hablando.

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En su libro también menciona que la decisión por parte de las víctimas latinoamericanas de resistir la represión en términos de derechos humanos fue importante para dar relevancia al Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Al leer sobre este tema me fue difícil no pensar acerca del reciente conflicto entre el gobierno federal mexicano y el grupo de expertos que la Comisión Interamericana de Derecho Humanos organizó para llevar a cabo una investigación independiente sobre la desaparición y probable masacre de 43 estudiantes en la ciudad de Iguala, Guerrero, en septiembre de 2014. Los resultados de las investigaciones de este grupo de expertos independientes provocaron un enorme debate, porque sistemáticamente refutaron algunos de los aspectos clave de la versión gubernamental oficial de lo que había pasado con los estudiantes. ¿Cuál es su evaluación del papel actual de las instituciones de derechos humanos como un foro para la supervisión de las actividades de los Estados?

Soy un gran entusiasta de los derechos humanos y del activismo internacional que se ha establecido alrededor de ellos. Es cierto que el Sistema Interamericano de Derechos Humanos fue inicialmente una especie de herramienta de la Guerra Fría y que en los últimos 50 años ha jugado un papel interesante, después de la Revolución cubana y, más recientemente, con respecto a lugares como Venezuela y Bolivia, en relación con gobiernos que se han vuelto experimentales o populistas.

Pero en términos generales en regímenes liberales democráticos las instituciones de derechos humanos ofrecen una herramienta a los activistas locales, una herramienta con la que de otro modo no contarían. Esto es crucial. Los activistas podrían perder sus luchas por sí mismos, pero esta herramienta adicional podría ayudarlos a ganar, porque los outsiders juegan un papel en el control de los gobiernos. Ese es todo el propósito de los derechos humanos: el establecimiento de controles sobre el gobierno, no solo desde el interior del Estado soberano sino desde el exterior. Sería falso decir que esos tipos de límites no son nunca necesarios o que nunca juegan un papel valioso. Pero la pregunta es: ¿cuál es el contexto de todo esto?, y esto es de lo que mi trabajo se ha ocupado.

Ya ha mencionado la conexión entre los derechos humanos y las agendas políticas conservadoras, por ejemplo a través del enlazamiento del conservadurismo de libre mercado y la protección de la propiedad como una demanda de derechos. Mientras leía su libro pensaba acerca de cómo el neoliberalismo podría ser presentado como otra “última utopía”, como otro programa utópico que comparte con los derechos humanos la idea de ser una “utopía después del fin de la utopía”, una utopía después del “fin de la historia”. ¿Cuáles serían en su opinión las principales conexiones entre los derechos humanos y el neoliberalismo?

Esto trabajando en esto actualmente, así que solo puedo decir ideas preliminares, pero creo que lo que sugiere es muy revelador. Si miramos atrás, hacia el siglo XIX, vemos que entonces había una correlación muy estrecha entre el discurso sobre los derechos y la defensa de la propiedad privada y de la libertad de contrato. Pero esa correlación no se ha restaurado realmente. Hay por supuesto muchas personas que han enfocado su activismo en esos dos valores, pero no han tenido éxito en cambiar la idea, compartida por la mayoría de la gente, de que los derechos humanos se tratan de reformas sociales, de la prohibición de la tortura, la protección de la libertad de expresión, etc., o incluso que se tratan de la creación de derechos económicos contra las fuerzas del capital. Creo entonces que estamos hablando acerca de una afinidad electiva en el mejor de los casos. Quizás la mejor manera de expresarlo sería decir que los derechos humanos y el fundamentalismo de mercado han prosperado en la misma ecología.

Hay un gran debate sobre cómo conceptualizar esta relación. Algunos marxistas piensan que los derechos humanos son solo la mistificación ideológica del neoliberalismo, que es la verdadera última utopía. No creo que esto sea cierto. Si miramos con cuidado, vemos que los derechos humanos han sido un proyecto minimalista que no ha resultado muy amenazador para el núcleo de la agenda de la política neoliberal. Claramente, el neoliberalismo ha sido vinculado tanto a formas de gobierno autoritarias como a formas democráticas; los derechos humanos sencillamente lo empujaron en dirección de las últimas más que de las primeras.

Con respecto a los derechos económicos y sociales, lo que los activistas de los derechos humanos quieren hacer es proveer un piso de protección, esencialmente de protecciones anti-pobreza. A los neoliberales parece no importarles ni descartar el autoritarismo como su modo preferido de gobierno ni tampoco (en la era del así llamado post-Consenso de Washington) hacer posible un cierto mínimo de protecciones.

Lo que el fundamentalismo de mercado ha logrado más exitosamente es, más bien, la destrucción de cualquier techo para la desigualdad distributiva. Pero los movimientos de derechos humanos no tienen nada que decir sobre la desigualdad. Mi hipótesis, o mi sospecha, es que estos dos movimientos se llevan bien entre sí porque mientras que los derechos humanos se enfocan en este mínimo de lo que los Estados deberían hacer para todos sus ciudadanos, los neoliberales se enfocan esencialmente en dar poder a los ricos y en enriquecer a los millonarios. Los activistas de derechos humanos no tienen las herramientas normativas para participar en esta agenda y no son tampoco el tipo de movimiento que haya estado históricamente asociado con políticas redistributivas. Quizás derechos humanos y neoliberalismo coexisten porque ninguno amenaza la agenda del otro.

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En cierta medida, el ascenso de los derechos humanos es también un fenómeno paralelo al advenimiento de lo que en los años ochenta y noventa solía llamarse “posmodernidad”, esa noción filosófica y clima cultural que, según la conocida definición de Jean-François Lyotard, se caracterizaba por el colapso de las “meta-narrativas” de significado histórico, como el marxismo, la Ilustración, el Progreso, etc. ¿Se podría decir que la exitosa expansión del programa utópico de los derechos humanos como una aspiración internacional representa una refutación de la tesis de Lyotard?

Lyotard decía que la posmodernidad implicaba la derrota de las así llamadas “grands récits” o narrativas maestras. En la medida en que estas narrativas maestras eran el nacionalismo y el socialismo, parece tener razón. Pero, al mismo tiempo, sí parece que la idea y el movimiento de los derechos humanos es todavía en parte fiel al proyecto de la Ilustración y que quiere rescatar algo del naufragio de las grandes narrativas. Entonces tendremos que decidir: ¿este minimalismo que los derechos humanos rescatan del naufragio cuenta como una especie de gran narrativa, o es una especie de narrativa menor que es compatible con la tesis sobre los orígenes de la posmodernidad?

Usted también ha analizado cómo los derechos humanos han sido movilizados a favor de intereses políticos muy específicos, como sucedió con la manera en que las administraciones de Reagan y Bush asimilaron los derechos humanos a su agenda neoconservadora de “promoción de la democracia”. ¿Están los derechos humanos de alguna manera deslegitimizados o desactivados moralmente por esos usos políticos?

Es un riesgo que esto suceda, pero esas conexiones son contingentes, no son inevitables. Lo mismo aplica a las fuertes asociaciones, especialmente en Estados Unidos, entre los derechos humanos y la intervención militar. En la actualidad mucha gente se ha espabilado y piensa que esas políticas fueron equivocadas, pero no parecen reconocer el grave daño que infligieron a la idea del activismo de los derechos humanos, el cual efectivamente fue atropellado por estos proyectos. Estamos en una fase histórica en la que tiene que ser revertido ese daño a la creencia en la viabilidad del activismo de los derechos humanos. Pero no creo que el escepticismo acerca de la “promoción de la democracia” o de la intervención humanitaria haga posible el deshacerse de los derechos humanos en general. El concepto ha tomado y puede tomar muchas otras formas.

En las páginas finales de su libro usted pregunta: “¿Qué hacer con la energía moral progresista a la que los derechos humanos han sido atados?” ¿Cuál sería su respuesta a esta pregunta hoy?

Mi respuesta general es que los derechos humanos funcionan bien para problemas muy pequeños, del modo en que los curitas funcionan bien para problemas médicos muy pequeños, no para lesiones severas. Pero eso no justifica deshacerse de ellos. Justifica ponerlos en su lugar y responder a la necesidad que permanece: la creación de alguna otra ideología y movimiento que suplementaría lo que hemos logrado a través de las revoluciones de los derechos humanos. Del mismo modo que vale la pena mantener los curitas a la mano aun si exploramos la construcción de hospitales, vale la pena conservar los derechos humanos debido a su valor menor confirmado mientras buscamos otras ideologías y movimientos en el futuro.

(Fotos: cortesía de Freddy MonteiroPablo Suárez y Stéfano Obregón Ruiz.)

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