Los falsos profetas de la transformación social

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

El colapso de Lehman Brothers en 2008 conmocionó a muchas personas. Por un momento pareció que el capitalismo –o al menos el capitalismo “neoliberal”– no tenía futuro. Pero el momento pasó y el capitalismo sobrevivió. Si bien la combinación de subsidio público a Wall Street y los ajustes de austeridad impuestos a los trabajadores revivieron la rentabilidad corporativa, el comercio y el crecimiento económico, aún permanece en distintos países alrededor del mundo cierta atmósfera de crisis e incertidumbre.

En Estados Unidos la economía es hoy la preocupación principal. Mientras los buenos trabajos perdidos en la recesión han sido reemplazados con trabajos mal pagados y de medio tiempo, los agentes de bolsa se preguntan si el plan de la presidenta ejecutiva de la Reserva Federal, Janet Yellen, de subir la tasa de interés de los fondos federales mermará la recuperación. El espectacular éxito del tratado de Thomas Piketty sobre la desigualdad global (El capital en el siglo XXI), el sorpresivo apoyo de multitudes a un candidato presidencial abiertamente socialista como Bernie Sanders y las recientes movilizaciones contra la arbitrariedad policial a lo largo de Estados Unidos, dan cuenta de un creciente descontento con el statu quo.

Fuera de las esferas políticas y económicas, una crisis distinta (pero relacionada) es evidente: existe la sensación de que nuestro estilo de vida está destruyendo el planeta –sensación reflejada en libros como The Windup Girl de Paolo Bacigalupi y The Bone Clocks de David Mitchell, y en películas como Elysium y Snowpiercer. La profunda crítica al capitalismo y el calentamiento global de Naomi Klein ha recibido gran atención, pero ella no está sola: voces de todo el espectro político han declarado que el capitalismo está en crisis.

Estas críticas no sugieren necesariamente que el capitalismo marche hacia su colapso bajo el peso de sus propias contradicciones; indican que el sistema está enfrentando una crisis de legitimidad. Un creciente número de personas siente que el sistema ya no puede satisfacer sus necesidades de justicia y seguridad y que, mientras genera con mucha facilidad riqueza, sus efectos secundarios están haciendo rápidamente insostenible la vida en la tierra para buena parte de la población global. La lista de los “nuevos” capitalismos que están siendo promovidos en respuesta –capitalismo “consciente”, “creativo”, sustentable”, “equitativo”, “inclusivo” o el “filantro-capitalismo” y el “ecocapitalismo”– ilustran el sentimiento generalizado de que algo fundamental debe cambiar.

A pesar de que la gran mayoría de las personas no son independientes económicamente y necesitan trabajar para cubrir sus necesidades básicas, la coerción es insuficiente para mantener su apoyo al capitalismo. El capitalismo depende de la legitimidad: necesita personas que crean en el sistema y que se dediquen con energía, creatividad y pasión a que las empresas crezcan y sean rentables. Con todo, tal como académicos como Jennifer Silva han mostrado, la creencia en que la sociedad brindará a los jóvenes una vida tan buena como la de la generación de sus padres se está desvaneciendo en Estados Unidos, particularmente entre las clases obreras –actualmente existen en ese país 5.5 millones de jóvenes de entre 16 y 24 años que ni estudian ni trabajan, muchos de los cuales sienten que la sociedad no tiene un espacio para ellos.

Este problema, particularmente en un contexto en que la tecnología está reemplazando las plazas laborales, genera preocupación. Así, Starbucks, junto con otras once empresas estadounidenses, entre las que se encuentran Wallmart, CVS, Target, Microsoft, Taco Bell y Macy’s, anunciaron recientemente la iniciativa 100,000 oportunidades que tiene como meta proveer capacitación laboral, pasantías y trabajos, precisamente, a 100 mil jóvenes. En un comunicado de prensa Howard Schultz, director general de Starbucks, declaró: “Como líderes empresariales, yo creo que necesitamos ejercer un rol protagónico ante el problema y contratar a jóvenes, darles una capacitación excelente y la oportunidad de soñar en grande para que cumplan con sus aspiraciones.”

Difícilmente esto solucionará el problema de desempleo entre la población joven. Como reportaron recientemente Catherine Ruetschlin y Tamara Draut, del think thank Demos, Estados Unidos necesitaría crear 4.4 millones de empleos, al menos, para regresar a las tasas de desempleo juvenil que existían antes de la crisis.

Más allá de esta iniciativa de Starbucks, Schultz es interesante por otra razón: forma parte de una creciente élite de cuentacuentos que están alzando sus voces para criticar y presentar soluciones a algunos de los problemas más espinosos de la sociedad contemporánea, tales como la pobreza, la degradación ambiental, la desigualdad de género, la ansiedad y la alienación.

En estos días los críticos más sonoros del statu quo no son los movimientos sociales, tampoco los sindicatos: son personas como Bill y Melinda Gates, Sheryl Sandberg, Oprah Winfrey y John Mackey. Cada uno de ellos tiene un plan para resolver los problemas de la sociedad, y utilizan su poder para compartir sus historias e implementar sus ideas.

Bill y Melinda Gates, por ejemplo, creen en el poder de los mercados y en lo benéfico que sería resolver problemas como las enfermedades infantiles y las inequidades educativas. Según su planteamiento, estos problemas existen porque los mercados no atienden a los pobres por igual, y por ello instituciones como la Fundación Gates necesitan fomentar un “capitalismo creativo” en que se mercantilice la atención médica y se emplee la lógica de mercado para volver a las escuelas públicas, y a sus maestros, más “competitivos”.

Del mismo modo, John Mackey, director general de Whole Foods Market, piensa que tenemos que fomentar un capitalismo “verdadero” y de “libre empresa” para salvar al planeta del colapso ecológico. Para ello Mackey presenta su propio modelo, un “capitalismo consciente” que enfatiza la lógica del libre mercado y el emprendedurismo para optimizar el valor de todos los agentes económicos y así crear un “sistema operativo” que esté “en armonía con los fundamentos de la naturaleza humana” y del planeta.

Mientras Sheryl Sandberg, directora operativa de Facebook, lucha con pasión contra la desigualdad de género, Oprah Winfrey se preocupa por la ansiedad, la depresión y la alienación. Para ambas mujeres la raíz de estos problemas son las barreras internas que nos imponemos, como el miedo y los pensamientos negativos. Invitan a todos, particularmente a las mujeres, a hacerse cargo de sus vidas, a mantenerse optimistas y voluntariosas, e insisten en que si todos nosotros, como individuos, actuáramos y pensáramos de maneras más productivas y optimistas alcanzaríamos nuestras metas –sin importar si esas metas son la equidad de género, en el caso de Sandberg, o la prosperidad y la felicidad, en el caso de Winfrey.

Estos cuentacuentos y otros como ellos tienen, sobre todo, mucho poder. Sus voces se escuchan y sus mensajes son internalizados por millones de estadounidenses y millones más alrededor del mundo. La popularidad de Bill y Melinda Gates, por ejemplo, radica, en buena parte, en su riqueza y en su poder, pero sus mensajes también resuenan en personas porque sus soluciones orientadas al libre mercado parecen sencillas, seguras y posibles. Apelan al deseo colectivo de resolver problemas como la pobreza, la opresión y la destrucción ambiental, al tiempo que refuerzan la idea de que lo podemos lograr con pequeños cambios, comprando mejores cosas, “pensando diferente” o apoyando alguna caridad.

El gran problema es que estas soluciones no funcionan: mejoran la vida de un pequeño grupo en el corto plazo, pero no alteran en nada los grandes problemas sistémicos que es necesario corregir. En el largo plazo estas soluciones pueden, en realidad, empeorar las cosas al favorecer el funcionamiento de las fuerzas del mercado, y las desigualdades inherentes que estas producen. Esta es una narrativa que tan solo pule la fachada meritocrática de Estados Unidos: invita a las personas a culparse a sí mismas por su fracaso para conseguir una vida confortable, en lugar de invitarlas a examinar y enfrentarse a las estructuras políticas y económicas que ordenan sus vidas.

Cuando los cuentacuentos de esta élite presentan ideas como el capitalismo “creativo” y el capitalismo “inclusivo” como soluciones radicales a los problemas generales, en realidad presentan una colección de soluciones que inhiben el cambio real y fortalecen el statu quo.

Esto puede parecer demasiado cínico, pero tomemos un ejemplo: el modelo de “capitalismo consciente” de John Mackey. Todo mundo quiere vivir en un planeta limpio y dinámico y al mismo tiempo preservar las bellezas naturales para sus hijos y sus nietos. Mackey argumenta que esto se puede lograr creando y apoyando compañías como Whole Foods, que paga sueldos marginalmente mayores, adapta prácticas eco-empresariales y vende productos sustentables. Si todas las empresas se volvieran empresas “conscientes”, estas podrían rescatar al mundo del desastre medioambiental –sigue el argumento– que el capitalismo tradicional ha creado.

Este mensaje, aunque atractivo, no es una solución. Ignora, por ejemplo, los imperativos fundamentales del capitalismo global que exigen a cada compañía, consciente o no, expandirse constantemente, superar a sus competidores y, más importante, ganar más utilidades. Académicos como Peter Dauvergne y Jane Listerargue lo han documentado: las prácticas eco-empresariales ayudan muy poco a cambiar el cómo producimos, consumimos y eliminamos los bienes materiales. Cuando canalizamos en soluciones empresariales nuestro deseo de acabar con el calentamiento global o la destrucción de los bosques o la extinción de los animales, nuestros deseos terminan siendo absorbidos por estrategias de negocios vinculadas al crecimiento y la expansión empresarial, que a su vez refuerzan la arquitectura de la producción-por-lucro que, justamente, está consumiendo y destruyendo los recursos naturales.

Al ocultar la estructura real de los problemas y cubrir con una pátina de radicalismo ideas que más bien refuerzan las jerarquías de poder existentes, estas soluciones postergan las soluciones reales, desplazan las críticas verdaderas y permiten que el capitalismo siga sobreviviendo como tal. Pero nosotros no tenemos tiempo para falsos comienzos y trivialidades; es imperativo que mantengamos un ojo crítico frente a las soluciones “sencillas” y empecemos a construir, colectivamente, proyectos democráticos que desarrollen alternativas reales de cambio.


Este artículo fue publicado originalmente en openDemocracy.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: cortesía de Steven Rosenbaum.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Shopping Basket