Los libros del 2015: la ciudad íntima, la ciudad compartida

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Con este texto, dedicado a la experiencia de la ciudad, continuamos una serie que repasa las obras más relevantes publicadas en México durante el 2015.

 A nuestra Señora del Metro, con devoción.
  Efraín Huerta, “Circuito interior”

 

Francisco Goldman, periodista de origen estadounidense y guatemalteco, empezó a escribir El circuito interior. Una crónica de la Ciudad de México (Turner, 2015, trad. Juan Antonio Montiel) a finales del verano de 2012, cuando coincidieron las cierres de dos ciclos: por un lado, la agonía del gobierno de Marcelo Ebrard en la Ciudad de México y, por otro, el fin de la etapa más sobresaltada del duelo del propio Goldman por la muerte de Aura Estrada, su esposa, que había acaecido cinco años antes.

El libro de Goldman se asemeja a una compilación de crónicas, breves reportajes y textos autobiográficos, fragmentos que funcionan como los bloques para construir una narración decisiva sobre la pérdida. En ese relato, la cosa pública y la vida íntima se confunden, se nutren una de la otra, y en esa síntesis ilustran el modo en que alguien puede apropiarse —verdaderamente—  de una ciudad. Así, el de Goldman es un duelo público por dos razones: porque el autor lo ejerce desde la calle (y las cantinas), y porque se trata de un dolor que proviene de un ámbito compartido —la experiencia de la propia ciudad.

Goldman hizo más de un intento por vivir en la Ciudad de México antes de su matrimonio con Aura Estrada, chilanga con quien compartió durante cuatro años una vida dividida entre Brooklyn y la Escandón. Después de su pérdida, el periodista se instaló sucesivamente en una serie de departamentos ubicados todos dentro de un perímetro limitado de la Ciudad de México: el de los barrios de la Roma y la Condesa.

El circuito interior se divide en dos partes. La primera ocurre durante el último año del gobierno de Marcelo Ebrard y la segunda durante el primero de Miguel Ángel Mancera. El autor llama “el proyecto de manejo” al hilo que conduce a la primera narración. Conmovido por haber visto a un anciano aprendiendo a manejar, Goldman decide hacer lo mismo con el fin de un día poder tomar la Guía Roji, escoger un punto al azar (como en el I Ching), y llegar a él en coche. El ejercicio tendría un doble propósito: primero, el de acceder a un nuevo tipo de relación con la ciudad que fue y sería para siempre la ciudad de Aura y, segundo, el de ejercer una nueva forma de libertad, una libertad que evade a los dolidos: la de exorcizar el duelo.

En esta múltiple travesía —que va del duelo al consuelo, del peatón al conductor, de la Roma a Tlalnepantla—, el autor va recorriendo episodios de la vida pública de la ciudad, mientras que un listado de figuras —sus amigos periodistas—sirven como cuadrantes de un mapa inmaterial. Este mapa es el de una ciudad que le pertenece solo a Goldman, pero que funciona como una página de esa Guía Roji imaginada que nos inventamos entre todos.

Regresé al D.F. en el otoño de 2014, después de haber pasado un par de años viviendo en el extranjero. Es decir, que yo me fui de la ciudad justo cuando Goldman estaba aprendiendo a manejar. No dejé realmente La Ciudad, porque al igual de lo que sucede con Goldman (y con Aura), mi experiencia urbana cotidiana se limitaba a un fragmento de ella. En cualquier caso, cuando me fui no sospechaba que ya nunca regresaría a la versión de la ciudad que había construido con mi experiencia. Durante mi temporada fuera de México, mantuve ese discurso que muchos chilangos (¿quizás el del 67% de los electores que votamos por Mancera en el 2012?) nos construimos durante el sexenio de Ebrard: que, como Cándido, habíamos vivido en el mejor de los mundos posibles. Lo creía, primero, porque me jactaba, casi como si se tratara de un logro personal, de que la ciudad contara con uno de los marcos legales más progresistas del mundo y, segundo, porque me parecía entender qué tipo de ciudad estábamos construyendo, es decir, no solo me enorgullecía el D.F., sino su promesa.

Ese discurso omitía que unas semanas antes de salir del país me habían secuestrado a un par de cuadras de mi casa —a un par de cuadras también de las casas de Goldman y de Ebrard.

9788416354504

Hasta el día de hoy me pregunto cómo se sentirían en la ciudad de Ebrard quienes viven fuera del perímetro ecobici. En sus entrevistas con Goldman, el ya entonces ex alcalde caracterizaba la decisión de instalar un sistema de bicicletas públicas como una decisión ideológica. Y es cierto, fomentar su uso corresponde a un sistema de valores particular, que jerarquiza los elementos que informan las decisiones públicas de una manera particular.

Ahora bien, la de la ecobici es acaso una ideología fundamentada históricamente en otro tipo de progreso, diferente del progresismo de Ebrard: la noción decimonónica del progreso. Esa noción fue la que en el siglo antepasado delimitó los contornos de la ciudad ideal —esa que se desborda por los costados de Reforma— del resto. Me pregunto si en 2012 en la delegación Gustavo A. Madero se jactaban de los avances en la agenda de derechos, si en Tláhuac percibían una recuperación sistemática de los espacios públicos, si en Tlalpan se sentían dentro de la burbuja de seguridad que en teoría separaba a la capital del resto del país.

El día del performance de Goldman (la categorización es mía), el de su proyecto de manejo, su ejercicio de azar lo dirigió a la calle Tonacatecutl[1] —nombre de gran sonoridad, pero que, como el autor pronto comprobó, se trata de “una palabra inexistente desde el punto de vista histórico”. Su travesía en coche, dictó la suerte, tendría que terminar en un lugar inventado.

Si Goldman buscara hoy la ruta correspondiente en Google Maps, y no en la Guía Roji, se daría cuenta de que el camino es relativamente sencillo y de que Tonacatecutl no está demasiado lejos de marcadores conocidos de la ciudad (como la UNAM y el Estadio Azteca). Es cierto que tampoco parece lejos de sitios que resultan mucho más intimidantes, como Culhuacán.

Normalmente, los chilangos asumimos la ciudad como infinita. Pero, en realidad, esto se supone solo con relación al pequeñísimo trozo en el que —los más privilegiados— hacemos nuestra vida. Pero Tonacatecutl, por ejemplo, está a menos de 40 minutos (con tráfico) de la Plaza Río de Janeiro de la colonia Roma. Asumir a las partes de la ciudad que no conocemos como lejanas e inaccesibles solo mantiene esa mirada exotista que el autor denuncia respecto a quienes se acercan al D. F. como “turistas pretenciosos”.

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Google Maps. El mapa muestra el tiempo estimado de viaje según el tráfico del viernes 3 de diciembre a las 7:38 de la mañana.

Regresé definitivamente a la Ciudad de México en septiembre de 2014. Mientras estuve fuera no contaba con los ingresos suficientes para mantener una casa en Brooklyn y otra en la Roma (algo que sí ha podido hacer Goldman). Para entonces los precios de los bienes raíces en el D. F. habían súbito tanto y tan aceleradamente que los primeros meses no me quedó más que habitar el cuarto de visitas de casa de mis papás. Los precios de los tragos y de los restaurantes que solo dos años antes visitaba de manera asidua se habían vuelto de repente comparables con los de Manhattan. Pero en Manhattan no mueren niños que pasan su vida en la vía pública porque tienen que vender dulces en la calle para sobrevivir, y que caen por las coladeras a las que alguien les robó la tapa para venderla.

Mi regreso a la ciudad sucedió unos días antes de que desaparecieran los 43, y en las primeras semanas y meses una de mis principales ocupaciones era asistir a las marchas de protesta. Y dolerme.

En la segunda parte del libro, Goldman relata la desaparición de 13 jóvenes (siempre son jóvenes) en el Bar Heaven de la Zona Rosa. Este secuestro masivo sucedió a la luz del día, en pleno centro del perímetro ecobici (aunque alicaída, la Zona Rosa sigue plenamente inscrita dentro de la ciudad ideal), en el momento en que Miguel Ángel Mancera llevaba cinco meses en el poder.

De este modo, si Goldman construyó la primera parte de su libro a partir de un duelo íntimo, la segunda parte de la obra se lee como un duelo compartido por esa ciudad que no alcanzamos a ser. A la crueldad del crimen se sumaron la incompetencia y la apatía de las autoridades locales y, en consecuencia, la retahíla de explicaciones desquiciadas que enuncia el autor sobre lo que pudo haber pasado en realidad. Crueldad, incompetencia, apatía, desquiciamiento: podemos repetir una y otra vez el mantra para describir cómo se vive esta ciudad un año después de que la burbuja que creíamos habitar estalló.

En 2015, como Goldman hace tres años, aprendí a manejar.


Nota

[1] En el texto, el nombre de la calle aparece como Tonacatecuatl. Tal vez este error del autor en la transcripción resultó en la imposibilidad de verificar su exactitud histórica. Acaso esa “desviación” informa, de otra manera, el performance.


(Foto: cortesía de David Cabrera.)

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