Los libros del 2015: las vicisitudes de lo público en México

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Con este texto, dedicado a los libros de temas políticos y sociales, comenzamos una serie que repasa las obras más relevantes publicadas en México durante el 2015.

La discusión pública de este año estuvo concentrada en cuatro temas. El conflicto de interés, con el emblemático caso de la Casa Blanca. La violencia y el narcotráfico, con Ayotzinapa al centro. La desigualdad económica y los muy muy ricos mexicanos. Y, finalmente, el descrédito de los partidos políticos y algo que nos dio por llamar el desencanto con la democracia.

Para el primer tema, importa leer La Casa Blanca de Peña Nieto (Grijalbo, 2015), de Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Irving Huerta y Sebastián Barragán. Todos nos sabemos la trama, pero vale la pena la reconstrucción de la investigación periodística del ahora extinto programa radiofónico de Carmen Aristegui por varias razones. La primera es, sin duda, la documentación de un caso de conflicto de interés en las más altas oficinas del gobierno y los esfuerzos que hacen esas oficinas para tratar el caso como si la transición nunca hubiera llegado.

Pero la segunda razón es la discusión judicial que se detonó a partir del despido del equipo de periodistas. El Poder Judicial, con todos los reflectores encima, se enfrentó a una pregunta muy concreta: ¿qué debía privilegiar, el ejercicio del derecho a la libertad de expresión o la autonomía de un actor privado en la administración de una concesión pública? A pesar del fallo en contra del argumento de Carmen Aristegui, el caso sienta un referente muy importante para la participación del Poder Judicial en la disputa entre el interés público y el privado, a la que regresaré más adelante.

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Sobre la violencia, empiezo con Ayotzinapa. Desde la perspectiva del análisis institucional y de procuración de justicia, hay que revisar casi a fuerzas el informe del Grupo de Expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (suena pesado, pero no lo es). Es el único documento que describe con claridad la operación errática y tendenciosa de la PGR, además de que invita a una reflexión mayor. Uno puede volver a pensar en la frase “Fue el Estado”, pero no porque sea el símbolo de la perversión organizada, sino por su debilidad, por su abierta incapacidad hasta para manipular. Son tantos los desatinos de la PGR y sus contradicciones que sobre todo queda la sensación de que el procurador (quien quiera que sea) es estructuralmente incapaz de dirigir la institución. En el horizonte de la transformación de la PGR en una fiscalía transexenal, esto debe ponernos a todos a temblar.

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Por otro lado, desde el ángulo del narcotráfico el libro de Froylán Enciso, Nuestra historia narcótica (Debate, 2015), plantea una ruta poco habitual para aproximarse no solo a la violencia, sino también al ahora muy platicado tema de la legalización de las drogas. La propuesta del autor es poner atención en la relación histórica de México con el placer, con lo sagrado y con lo fantástico. Pero lo más valioso del libro es que esas historias no están desligadas del análisis político e institucional de los regímenes de prohibición, sus consecuencias (en parte reflejadas en Ayotzinapa) y las alternativas hacia el futuro. Además, las fotos que acompañan el texto no habían sido publicadas antes –y son hermosas.

Sobre el tercer tema, la desigualdad, a la mitad del año Gerardo Esquivel publicó el documento “Desigualdad extrema en México” en el que se concluyen tres cosas lapidarias: México es particularmente desigual en comparación con otros países; sus millonarios no han crecido mucho en número, pero sí en poder económico –pasaron de tener 2% del PIB a 9% en 12 años–, y esa ruta de enriquecimiento tiene al mismo tiempo explicaciones y consecuencias políticas que ponen en riesgo el acuerdo social. Si bien las cifras presentadas producen escalofríos, Esquivel ofrece también una ruta bien definida para las decisiones de política pública en el futuro: recuperar el Estado social y financiarlo.

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Todos sabemos quién es el más rico de esos millonarios de los que habla Esquivel, pero la biografía de Diego E. Osorno sobre Carlos Slim, Slim (Debate, 2015), cuenta un poco más sobre cómo es este personaje. El libro vale la pena por razones periodísticas pero, desde mi perspectiva, también por razones sociológicas. Mientras Slim trata de esquivar las preguntas difíciles, hace todo tipo de confesiones sobre su desconfianza en la política y su confianza en el mercado; sobre lo que el país necesita y sobre su relación con otros miembros de la élite nacional (el enfrentamiento entre Televisa y Carso, narrado en voz de Slim y de Bernardo Gómez, tiene un tono de conflicto privado como si nunca se hubieran enterado de que la arena de ese pleito se llamaba México). Vale mucho la pena leer a Slim hablar de sí mismo, en su tono, con sus tiempos. Es un buen recurso para acercarse un poco a la moral con la que los multimillonarios se explican a sí mismos y a los demás: porque esta sí existe y ayuda a entender mucho del país que los hizo enriquecer.

Ahora, en relación con la desconfianza en la política, Slim no es el único que la tiene. La primera mitad del año, hasta antes de las elecciones intermedias de junio, vio un resurgimiento importante de los análisis sobre el desencanto democrático, la crisis de los partidos políticos y la emergencia de los candidatos ciudadanos. El ensayo de José Woldenberg La democracia como problema (Colegio de México, 2015) realiza una muy buena compilación de las rutas analíticas para diagnosticar tanto la crisis como la agenda pendiente de la democracia.

Ya se sabe que el autor es un persistente defensor de la transición y sus méritos, pero ahora se plantea el análisis al revés: si la democracia no fue una solución para todo lo que creíamos, abordémosla ahora como problema. Sin embargo, los temas que Woldenberg cree que la democracia debería resolver para recuperar su vigencia son, a la vez, el motivo de su descrédito: la desigualdad, la violencia, el discurso antipolítico, la impunidad.

Ese dilema sobre cuál es la causa y cuál la consecuencia de los límites democráticos no es solo mexicano, según Fernando Escalante, en su Historia mínima del neoliberalismo (Colegio de México, 2015): la razón forma parte del espíritu del tiempo.

Este libro podrá ser, sí, una historia mínima, pero también es un estudio exhaustivo. Es un análisis sistémico que rastrea las consecuencias de la victoria cultural del neoliberalismo desde 1930. En el fondo, el argumento es que la era neoliberal ha traído un debilitamiento sostenido de lo público (la garantía de derechos) frente a lo privado (la maximización de la utilidad), y eso no solo se refleja en la estructura del mercado sino transversalmente en la organización de lo social.

El momento más emocionante de la lectura es cuando uno cree que ¡por fin lo entiende todo!, pero pasa pronto. Y lo que queda es eso que deja siempre la historia: no todo fue siempre igual, ni tiene por qué serlo mañana.

Si el interés público se ha ido desvaneciendo de la vida institucional, hay que pensarlo de otra manera y hacerlo regresar.

(Foto principal cortesía de iivangm.)

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