Los libros del 2015: narrativas que corren riesgos

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Con este texto, dedicado a la narrativa, continuamos una serie que repasa las obras más relevantes publicadas en México durante el 2015.

“No tengo una opinión elevada de los autores que no corren riesgos”, escribe Renata Adler en Lancha rápida. Son precisamente los riesgos narrativos, las yuxtaposiciones inesperadas, radicales y a veces dolorosas, lo que hace de Lancha rápida (que apareció en español en Sexto Piso, en una traducción de Javier Guerrero que hace honor al flujo del texto original, un arte en sí) una de las novelas más importantes del año. La otra novela que me incumbe aquí es Conjunto vacío, de la escritora, artista y editora Verónica Gerber, publicada por Almadía en México también este año.

Me importa enfocarme en las novelas de estas dos autoras –aunque también hubo este año grandes novelas escritas por autores mexicanos (Emiliano Monge y Julián Herbert son dos que admiro)– porque creo que desde la constante marginación mediática de las voces narrativas femeninas surge una visión del mundo quizás no forzosamente periférica, pero sí oblicua, y esto también informa otro hecho relevante: que ambas autoras escribieron sus novelas en momentos históricos aciagos. Lancha rápida se publicó originalmente en Estados Unidos en medio de la Guerra Fría, en 1976, el año en que Jimmy Carter subió al poder y se dictó auto de formal prisión contra Patty Hearst. Conjunto vacío aparece después de un año de las desapariciones forzadas de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Una de las cosas que ponen en riesgo estas dos autoras es el formato convencional de la novela. Aunque la obra de Gerber empieza y termina y tiene en ese sentido una estructura más tradicional, lo poco convencional es la manera en que los diagramas, dibujos, elipsis y vacíos que acompañan a su escritura son una forma de narrar en sí. Adler, por su parte, nos mantiene en perpetua medias res, en un entramado deshilvanado elegantemente. Ambas autoras nos ofrecen así novelas que son todo menos tradicionales.

Comprimida y distendida, aparentemente aleatoria pero llena de motivos recurrentes, rítmica en su musicalidad y atenta al diálogo mundano, Adler refleja en su inestable prosa la naturaleza a veces terriblemente violenta del mundo que la rodea. A través de su humor negro y de observaciones filosas, sin necesidad de comentario moral alguno, expone temas de género, clase y raza, con una protagonista que busca “decencia” en medio de una sociedad hipócrita, que explora cómo vivir en medio del estruendo cotidiano que la rodea: “Cuando me pregunto qué es lo que estamos haciendo –en esta casa de piedra rojiza, en esta manzana, con este periódico– la verdad es que probablemente la respuesta sea que estamos luchando por sobrevivir.”

Renata

La protagonista de la novela, Jen Hain, es una joven periodista y profesora universitaria que tiene un par de compañeros que vuelven de vez en cuando, y a pesar de estar constantemente rodeada de personas, está fundamental, existencialmente sola y se mueve por el mundo como una antropóloga cuidadosa, precisa y solitaria. Quizás no es casualidad que cuando Adler estudió filosofía en la Sorbona Hannah Arendt haya sido su mentora, ni tampoco que esta novela esté más cerca del Nouveau Roman francés de la época que de las novelas de sus contemporáneos estadounidenses, acaso con la excepción de Joan Didion, otra gran maestra de las protagonistas solitarias e inteligentes. Como las obras de Didion, esta novela se enfoca en analizar un sujeto particular de la sociedad, culto y de clase media-alta pero, en vez de mitologizarlo, lo problematiza, lo ironiza, lo picotea, lo escucha y transcribe, lo fragmenta y deconstruye, todo con el control y la disciplina de una narradora que tenía que ser mujer para narrar desde esta perspectiva oblicua (sin olvidar que era una mujer periodista y escritora en una época, la del feminismo temprano en Nueva York, en que había pocas de ellas, asunto que desgraciadamente está todavía vigente en México).

A finales de los años setenta, cuando Adler publicó Lancha rápida, el sueño de esa época se desintegraba en una realidad violenta, llena de invasiones, de guerras y de muy poco progreso en términos raciales y de género, en medio de una sociedad oprimida bajo el peso de las secuelas psicológicas de la guerra en Vietnam. La respuesta, también de época, de un importante crítico (hombre, claro) a la novela fue que esta no era más que una serie de “curiosidades contemporáneas (…) sin coherencia”. Por supuesto que para él, y para todo lo que él representaba, esta obra solo podía leerse como el simpático balbuceo de una mujer. Sin embargo, Adler –que pertenece a lo que se conoce como la “generación callada”– es estruendosa, y toda una generación de lectoras y lectores se identificó con su obra. A pesar de que Adler fue relegada por mucho tiempo al anaquel de los “escritores para escritores”, no hay que olvidar, como explica una reseña en The New Republic, que, antes de ser conocida como escritora, “fue una reportera sin piedad, con buen oído para el diálogo y buen ojo para la contradicción humana. Su escritura tenía preocupaciones morales y era lírica, cortante y sin miedo. […] Su política y su periodismo tenían principios rectores: la dignidad humana, la igualdad social, la verdad narrativa, pero no eran restrictivos. ‘Cuando las palabras se usan de manera barata’, escribe Adler, ‘la experiencia se torna surreal; las acciones se desvinculan de sus consecuencias y se pierde todo sentido de responsabilidad social’. La distorsión del lenguaje es la distorsión de una realidad compartida, y para Adler, esto es inaceptable.”


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En mi opinión, esta gran novela recién traducida al español encuentra paralelos con la de Verónica Gerber. En ambas hay una “protagonista inteligente a la deriva en el mundo”, y si la novela de Adler es un documento que se fragmenta como resultado de una interioridad dolida ante el mundo que la rodea, la de Gerber es un documento que se desdibuja debido a dos desapariciones –palabra que en boca de una hija de exiliados argentinos, como lo es Gerber, tiene un significado particular y que en el México de hoy, con casi noventa mil desaparecidos (mexicanos y migrantes), cobra un sentido de gravedad y urgencia.

Verónica, la protagonista homónima de Gerber, es más discreta, pero no menos aguda que la protagonista de Adler, y también está a la deriva, aunque acaso con menos velocidad que Jen Hain, quizá porque no es periodista sino artista, y está sola también. Se encuentra al garete en ese espacio liminar entre una relación y otra, en un departamento que es como el limbo mismo, en un entre-dos que, como sus diagramas lo demuestran, forma una tercera entidad, una contradicción en términos que significaría un conjunto vacío.

Gerber, al igual que Adler, es una “compiladora de historias irremediablemente truncas”, como nos advierte al principio de su novela. La madre de la protagonista la abandona, junto a su hermano mayor, cuando adolescentes, y así se “enreda el paso del tiempo”. Y el tiempo y su narración (es decir, la historia como confluencia de ambos) es una de las preocupaciones principales de esta novela. Pero también le pasan otras historias a Verónica, y ella pasa por otras historias, así como las líneas en sus diagramas de intersección de círculos. Y nosotros, los lectores, estamos en ese espacio intermedio, que se va ampliando, como las reflexiones mismas de la narradora, que oscilan entre lo micro y lo macro, como por ejemplo en este pasaje (con ilustraciones): “Estas mujeres han encontrado restos de calcio de los huesos de sus muertos. Los astrónomos, en cambio, se dedican a medir el calcio de las estrellas. Nosotros (mi Hermano(h) y Yo(y)) tenemos otro tipo de problemas con el calcio: cartones de leche que ni él ni Yo(y) nos tomamos, pedazos de queso que desaparecen del refrigerador sin siquiera probarlos. (…) Dicen que cada respuesta a una pregunta es una nueva pregunta. Eso también es algo que nos une: ni los astrónomos, ni las buscadoras de desaparecidos, ni mi Hermano(h) ni Yo(y) sabemos nada. Todos estamos buscando huellas o haciéndonos preguntas.”

Hacia el final la narradora aventura una hipótesis: “Tal vez Mamá(m) es un testigo de hielo. O un árbol.” Tal vez somos nosotros los testigos de hielo que nos vamos derritiendo conforme avanza nuestra lectura, acercándonos a Verónica, divagando con ella. Así, la ceguera, las intersecciones, los hoyos y los huecos, los anillos de los árboles, el tiempo que allí se dibuja, los escritos sin sentido aparente, los errores de comprensión, el exilio como desaparición y la desaparición como ceguera o incomprensión, la incomprensión de un lenguaje (como otro tipo de ceguera), lo que no se ve y lo que imaginamos, el final de una relación y el inicio de otra (que no se superponen pero sí comparten tinte y tinta), los malentendidos de pareja, las fotos recortadas de Marisa que Verónica ordena, el fantasma en el pizarrón: todo es parte de este conjunto, como los rompecabezas que arma la protagonista con su hermano, a su vez reflejos del rompecabezas que se arma con nuestras lecturas, cada una con interpretaciones distintas de ese vacío: y lo que ponemos allí dentro.

Se ha mencionado el hecho de que Adler, con su escritura aforística y fragmentada, se adelantó a nuestras maneras de escribir hoy en Twitter y por SMS. No me parece cierto: su escritura es de una precisión pulida y de una ironía profunda que rara vez se encuentran en esas instantáneas de ironía superficial y prosa llena de banalidades. Del libro de Gerber se ha dicho que es experimental. No me parece tampoco que ese sea el adjetivo justo, a veces sencillamente usado para etiquetar aquello difícil de categorizar. Más bien me parece que ambos libros tratan acerca de cómo el acto mismo de narrar está en entredicho. Ambos libros buscan, cada uno a su manera, una forma nueva de contar, quizás porque en tiempos violentos, como los que vivimos y en los que estas mujeres escribieron sus libros, se duda de la posibilidad misma de narrar, y se pone en tela de juicio cómo, por qué y desde dónde narramos. De cierta forma ambas obras, Lancha rápida y Conjunto vacío, reflexionan, cada una desde su forma, acerca de los riesgos que se toman al decidir arriesgar, y más aún: sobre los riesgos de no tomar riesgos.

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