Los murmullos del archivo

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El archivo —ese conjunto de documentos, textos y hábitos de lectura que producen una cierta transmisión y circulación de representaciones y prácticas— es un terreno fértil para las disputas políticas. Las operaciones del archivo están siempre sujetas al disenso: los modos de lectura privilegiados pueden impugnarse en cualquier momento y la creación de una memoria histórica puede alterarse por medio de la inclusión de nuevos documentos o perspectivas. Esta batalla política está siempre en marcha, pues toda configuración del archivo se revela como convencional y contingente. La política del archivo nos interpela e interroga continuamente como miembros de una comunidad de lectores que favorece ciertos objetos y métodos en detrimento de otros.

La novela Los informes secretos (Joaquín Mortiz, 1999) de Carlos Montemayor arroja a sus lectores al centro de la política del archivo. Al abrir sus páginas encontramos informes dirigidos por un miembro de la inteligencia secreta mexicana a su superior en la Secretaría de Gobernación. Estos informes —que van de febrero a agosto de 1995— registran las actividades diarias del “objetivo”: un profesor de historia, activista social e investigador en el Archivo General de la Nación, quien presuntamente ha conseguido información confidencial del gobierno y mantiene relaciones de colaboración con la guerrilla del EZLN y con otros grupos subversivos del país. Para vigilar sus acciones y proyectos, los servicios de inteligencia han infiltrado en el entorno del profesor a un “elemento” —un antiguo compañero de lucha que ahora trabaja para el Estado— y se ha ordenado que varios agentes sigan de cerca todos sus movimientos. El redactor de los informes se ocupa de reportar minuciosamente toda la información obtenida, la cual apunta a la existencia de una red subterránea de colaboración que involucra a una gran cantidad de grupos e individuos. La intención del redactor es crear una cartografía totalmente fiel y transparente de esa red de enlaces que parece esfumarse a cada momento. “Considero que nosotros somos la ventana a través de la cual debe contemplarse el país de la manera más completa y clara posible,” escribe en uno de los informes. Este archivo oficial intenta, pues, desactivar la opacidad de los grupos clandestinos para mostrar a la luz su verdadera condición de transgresores de la ley.

El redactor de los informes también envía a su superior algunos documentos que el elemento infiltrado ha podido rescatar. Se trata de un archivo insurgente que el “objetivo” guarda en su casa: diarios de guerra, directorios personales y otros documentos de diversos guerrilleros; grabaciones de audio con discursos de Lucio Cabañas y entrevistas a exguerrilleros, dirigentes campesinos y presos políticos; informes de agentes gubernamentales infiltrados en el Partido Comunista durante la década de 1950; el plan militar para destruir las estructuras sociales y políticas de la guerrilla zapatista en Chiapas, entre otros. Este archivo documenta entonces una larga historia de represión e infiltración del Estado en los movimientos subversivos, así como la memoria de la resistencia organizada de esas redes insurgentes. Sin embargo, este archivo también registra los atributos autoritarios y dogmáticos de buena parte de los proyectos revolucionarios del pasado; por ejemplo, se deja constancia de la expulsión y hostigamiento de toda disidencia intelectual o sexual en el seno del Partido Comunista. Al igual que en el caso del archivo oficial, este archivo insurgente contiene elementos de diferencia u opacidad que impiden una lectura unívoca o transparente del mismo.

Estas materias opacas que desestabilizan el orden constituyen el punto de partida para una reflexión política sobre el archivo. Según Jacques Derrida (Mal de archivo: Una impresión freudiana), la pregunta por el archivo es la pregunta por su “afuera” o su lado opaco, es decir, la indagación de sus límites: cuáles elementos son “archivables” y cuáles se presentan como imposibles de archivar debido a su propia naturaleza, cuáles elementos son dignos de formar parte de un archivo y cuáles son insignificantes o indeseables. Todo archivo implica, pues, una violencia constitutiva en el establecimiento de un “afuera” que le otorga unidad. Sin embargo, irremediablemente se cuelan al interior materias amenazantes y perturbadoras, aunque sea en forma de vacíos o silencios. Los controladores del archivo se encargan de desterrar toda apariencia de heterogeneidad interna que mine la transparencia y solidez deseadas. Su esperanza es la repetición eterna de un pasado muerto, fosilizado —“creemos que el pasado existe, que está ahí, en algún lugar”, afirma el personaje del “objetivo” en la novela de Montemayor—, un pasado previamente interpretado para legitimar los fines e intereses propios. De ahí que para Derrida en la política del archivo se juega el futuro —y no el pasado como se podría suponer—: se juega la afirmación del futuro como apertura radical e imprevisible a lo que está por venir.

En la novela de Montemayor, el personaje del “objetivo” formula una idea que parece apuntar en la misma dirección: “Con los archivos ideamos el pasado con cierta lucidez. Pero los documentos no contienen el silencio o el murmullo del presente que está dando vida…” Ningún archivo podrá asimilar completamente esas zonas de opacidad —esos silencios o murmullos— que se presentan como una puerta de acceso a futuras posibilidades. El redactor de los informes se muestra sorprendido por la continuidad de las redes clandestinas a través del tiempo: “los grupos clandestinos, indígenas o no, son una acción subterránea que sigue viviendo sin fractura. En esos corredores ha habido recambios generacionales, pero no pérdida de memoria”, “su memoria viene de muchos años atrás y la nuestra se ha interrumpido en varios aspectos”. En otras palabras, estos archivos insurgentes están vivos: no buscan la reiteración constante de un pasado fosilizado sino la continua tarea de reformulación que afirma lo por venir. Esta tarea parte de una escucha atenta a los silencios y murmullos del presente que abren la posibilidad de senderos nuevos e inesperados.

Los informes secretos ofrece una reflexión sobre la política del archivo que resulta urgente en el contexto de la reciente restricción del acceso directo a los archivos de la “guerra sucia” en México. Como sugiere Derrida, el control del archivo es un requisito esencial de la consolidación del poder político. La democratización de un país se podría calcular incluso por el grado de participación general en la constitución, el acceso y la interpretración del archivo. El gobierno actual busca encubrir las materias opacas del archivo que amenazan con socavar la legitimidad de un sistema político basado en la desaparición forzada, cuyas estrategias de terror no solo permanecen impunes sino que también siguen activas en el marco de la llamada “guerra contra el narcotráfico”. La desaparición forzada implica siempre la desaparición de la desaparición, es decir, la aniquilación de cualquier rastro que apunte a la existencia previa del desaparecido. La labor de los ciudadanos no solo consistiría en la creación de archivos alternativos a la memoria del Estado, sino sobre todo en la fidelidad a esos silencios y murmullos que se niegan a desaparecer de los archivos —oficiales o alternativos— y que anuncian la posibilidad otros futuros.

(Foto cortesía de vladimix.) 

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