Los nuevos disidentes: la pesadilla del 26 de septiembre

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Primera parte.

La autopista 93 corre entre los montes. La presencia de magueyes aislados o por montones que surgen de entre los árboles nos recuerdan que estamos en México. Ni un alma, no nos cruzamos con coche alguno. Son apenas las 8 de la mañana pero ya hace calor. Debería darme gusto pero hay algo que me lo impide y es que anteayer precisamente por este camino que une a Chilpancingo con Ayotzinapa se descubrieron tres cuerpos decapitados. Estoy en pleno estado de Guerrero, al sur de la capital. Es una de las regiones más miserables del país. Ninguna guía turística aconseja visitar esta zona. Los narcotraficantes controlan la producción local (80% del opio producido en México crece aquí y se cultiva mucha mariguana). También aquí garantizan el transporte de la mercancía que viene de América del Sur pasa por Acapulco y sube a la Ciudad de México y luego a los Estados Unidos. Para dar un ejemplo, Guerrero provee la totalidad de la droga que se vende y consume en Chicago. En este lugar estratégico, salvaje por su paisaje y sus costumbres, las consignas son muy claras: en las carreteras de Guerrero solamente se puede circular por las autopistas y durante el día. En cuanto cae la noche, los narcos se apropian del territorio y ponen en circulación sus convoyes. Más vale no toparse cara a cara con un grupo de traficantes trabajando, más aun cuando las bandas rivales ponen barricadas para controlar las idas y venidas. Me dijeron que en este lugar matar a alguien cuesta 30 euros. La gente se mata por poco dinero. La relación entre el motivo de un desacuerdo y la violencia desencadenada para solucionarlo es alucinante. En México miles de personas son asesinadas cada año. Es el reino de la impunidad.


Los rebeldes sacrificados

Decidí pasar dos días en este infierno debido a un acontecimiento traumático para México: la desaparición el 26 de septiembre de 2014 de 43 estudiantes de una escuela agraria en la ciudad de Iguala, a un centenar de kilómetros de aquí. Tras haber sobrevivido a varios tiroteos, los jóvenes fueron detenidos por la policía municipal y luego, según lo que se sabe, entregados a una banda de narcotraficantes. Desde esa fecha no se sabe nada. Se encontró un lugar en donde se presume que los cuerpos podrían haber sido incinerados pero no hay certezas. ¿Qué puede haber motivado la desaparición y presumiblemente asesinato de estos estudiantes mexicanos? ¿Qué horrores habrán padecido? Para tratar de entender un poco mejor lo que ocurrió me dirigí a su universidad, a Ayotzinapa antes de ir a Iguala, el lugar de su desaparición.

El coche deja atrás la carretera 93 y se adentra en un camino que baja hasta la escuela normal rural Raúl Burgos. Por el camino sombrío que lleva a la entrada del lugar, un letrero blanco con letras escarlatas indica: “Ayotzinapa, cuna de la conciencia social”. A un lado de los banderines se muestran las fotografías y los nombres de los 43 desaparecidos. Es temprano, entro en un lugar desierto, perdido en la naturaleza. Las escuelas agrarias fueron creadas en los años veinte, época nacionalista en la que se nacionalizaba el petróleo y se expropiaban las compañías extranjeras. El objetivo era formar a los hijos de los campesinos iletrados para que pudieran volverse maestros cuando volvieran a sus pueblos.

Atravieso el vestíbulo de la administración, construido con un estilo art déco hispanizante. Sobre los muros, solemnes declaraciones envejecidas acerca de la “misión” y la “visión” de la escuela acompañan frescos de los años treinta que muestran los beneficios de la alfabetización. México es la patria del muralismo, ese estilo pictórico falsamente naif y lleno de color nacido de la Revolución de 1910. Revolución que llevó a una sanguinaria guerra civil entre creyentes y no creyentes y luego a una progresiva pacificación bajo la égida del PRI.

Salgo del viejo edificio y bajo por un sendero que conduce hacia el centro neurálgico de la escuela, un inmenso patio techado rodeado de casitas, los dormitorios y construcciones de concreto estilo sixties: los salones de clase. Sigo solo y estoy en el centro del patio. Sobre los muros, pintados con stencil están Marx, Lenin, el Ché y lo que imagino son guerrilleros locales. Hacía años que no veía una universidad realmente comunista con grabados de hoces y martillos, de puños en alto y de banderas rojas sin que falten las tortugas, símbolo de la escuela. Tengo la impresión de estar en los inicios de los años setenta y de que nada ha cambiado. Pero este santuario de la revolución se ha convertido en un mausoleo de los mártires. Varios carteles gigantes llevan los rostros y los nombres de los estudiantes desaparecidos. Los lemas abundan, las palabras de dolor también: “Nos faltan”, “Los queremos vivos”, “Ni perdón, ni olvido”. Cuarenta y tres sillas de plástico naranja cada una con la foto de su ocupante, objetos personales, dibujos hechos por sus familiares o por desconocidos. Por todas partes flores e incluso imágenes religiosas y santos. Me siento en uno de los muros bajos, bajo una pintura de monstruos aterradores que deben representar el capitalismo y sus víctimas ensangrentadas.

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No hay nadie todavía. Inicio entonces un recorrido por la escuela y descubro un extraordinario museo del muralismo a cielo abierto. En el silencio y la luz dorada de la mañana, este lugar es un paraíso marxista perdido en medio de un universo de explotación y de violencia. Entre el follaje verde pasto y las flores naranjas, trato de reconocer las épocas y los estilos. Entiendo sobre todo –cosa que no imaginaba cuando leía los artículos en la prensa– que este lugar es un sitio que consigna la memoria de la izquierda mexicana. Los frescos más antiguos celebran a los guerrilleros históricos, bigotones con sus sombreros grandes, narran las represiones de la policía de los años sesenta y las masacres de estudiantes en la Ciudad de México en 1968. La cabeza de los estudiantes está bañada en sangre mientras que la policía golpea sin misericordia. Los militares apuntan con sus rifles hacia los campesinos que levantan el puño. En los años setenta, el estilo se vuelve psicodélico y simbólico. Pasamos al ultrarrealismo con guerrilleros encapuchados y armas automáticas perfectamente bien dibujadas. O bien se imita la pintura precolombina. Esqueletos, calaveras, luchadores, madres llorando, los fantasmas se cuelan por todas partes. Los capitalistas tramposos llevan bolsas llenas de dólares en una mano y en la otra una botella de alcohol. Están representados por tiburones o monstruos. Me quedo admirando unos stenciles gigantes en donde figura el Ché sobre toda una parte del muro.

Paso por el comedor que vigila con mirada severa Vladimir Ilitch. Un puñado de estudiantes desayuna frugalmente: son las 9 de la mañana. Regreso al patio. Detrás de mí, las puertas de las casitas más rústicas se abren. Alcanzo a ver dormitorios oscuros llenos de camas amontonadas. La atmósfera sigue tranquila a pesar de los ríos de sangre que corren por los muros y del aspecto marcial del lugar. Un estudiante toca la guitarra. Otros –sólo hay muchachos en este lugar– van a lavarse la cara. Una pequeña brigada se va formando y se equipa con machetes, otra con rastrillos.

Sigo esperando al vocero de los estudiantes. Finalmente se acerca con pereza y me siento culpable por haberlo sacado de su sueño. De cabello negro y chino, con ojos muy oscuros y de aspecto infantil, este joven de veintiún años tiene un lado muy tierno. Sin embargo lleva puesta una camiseta negra y un pantalón de camuflaje que nos recuerda que puede pasar a la acción revolucionaria en cualquier momento. Se presenta como Eduardo Maganda. Le pregunto secamente: “¿es su verdadero nombre?”. Se siente contrariado. Insisto. Admite que no lo es, dice que muy pocas personas conocen su verdadera identidad y que aquí todos los estudiantes eligen un pseudónimo. “Es una tradición revolucionaria como en el caso de Lenin y Trotski”, se justifica. Le pregunto de dónde viene y la razón por la que eligió esta escuela tan particular. “Vengo de la costa muy cerca de Acapulco”, me responde con más ganas. “Mis padres eran agricultores pobres. Es muy difícil para una familia como la mía dar una buena educación a sus hijos. De donde yo vengo no hay más que dos opciones: pasar tu vida en el campo sembrando y cosechando cocos o pasar al crimen organizado y morir violentamente. Traté de entrar a la universidad de Acapulco pero entre los costos de colegiatura y los gastos de transporte me di cuenta de que no podía financiar mis estudios, entonces me vine para acá. Aquí hay dormitorios y recibimos una pequeña beca. En pocas palabras podemos estudiar aunque no seamos ricos.” ¿Sabía de antemano que se estaba metiendo en una incubadora de guerrilleros? “Sí, sabía que había una tradición de insurrección. Cuando llegas acá haces tuya la ideología porque en donde vives no hay más que el robo, el crimen y el narcotráfico. Entiendes que son consecuencias del capitalismo. La gente piensa que no hay otra realidad y que están condenados a llevar esa vida. Pero aquí te das cuenta de que no hay tal fatalidad y que tú puedes cambiar las cosas.”

Me lleva a visitar el lugar, inspirado en la educación agraria soviética. “Como nos dedicamos a alfabetizar a los niños en las montañas, les queremos transmitir también las técnicas manuales. Aprendemos a hacer trabajos, a hacer pan y por supuesto aprendemos a ser agricultores.” Eduardo me enseña el tractor sovkhoze, los campos de maíz y de trigo. Me quedo mirando los cochinos y las gallinas que beben de los canales de irrigación. Tenían vacas pero tuvieron que comérselas este año porque los estudiantes no recibieron sus becas durante varios meses. Trataron de criar conejos pero se les murieron. En el lavadero, no lejos de los limoneros, conozco a uno de los que se encargan de la ideología; está lavando su ropa. Hablo con él de cosas marxistas. ¿Les interesan aquí filósofos comunistas de hoy como Slavoj Zizek, la ecología o el feminismo? Aparentemente en absoluto. Por la noche los estudiantes del primer año deben participar en círculos de estudio, hasta las 2 de la tarde estudian a Marx, Lenin y los teóricos mexicanos. Trato de recordar las citas de Marx sobre la relación entre la teoría y la praxis.

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La casa roja alberga un club de discusión para los estudiantes más avanzados en ciencia de la historia pero está cerrada. Sus principales organizadores fueron secuestrados. Pido a Eduardo que me cuente lo que vivió la noche del 26 de septiembre de 2014, el día del secuestro de los 43 estudiantes. Un drama que provocó una sacudida telúrica sin precedentes por todo el país. Empieza por decirme que lo que ocurrió el año pasado no lo sorprendió verdaderamente. Las escuelas normales agrarias incomodan a las autoridades desde hace decenios. Han intentado cerrarlas desde los años setenta. Ya hubo asesinatos de estudiantes, como los del 12 de diciembre de 1988 (vi la escena, pintada sobre un muro). O el 12 de diciembre de 2011, cuando 2 estudiantes fueron asesinados por la policía federal. Dos policías fueron detenidos pero no pasaron ni un año en la cárcel, me cuenta con indignación Eduardo. “Lo que ocurrió el año pasado no es sino la continuación lógica. Las fuerzas del orden, las que sean, nos habían dicho muchas veces que querían eliminarnos. Cada vez que salimos estamos conscientes de que nos puede ocurrir algo y que podemos perder la vida.” Los estudiantes de la escuela normal agraria molestan no solamente porque son unos revolucionarios de la vieja escuela sino también porque salen con frecuencia de su escuela perdida, organizan manifestaciones a veces violentas, bloquean las casetas de las autopistas, piden dinero a diestra y siniestra y han tomado la costumbre de requisar material que no les corresponde. La escuela de Ayotzinapa era la encargada de organizar en la Ciudad de México, a principios de octubre de 2014, la conmemoración de la masacre de estudiantes de 1968 que causó la muerte de trescientos jóvenes, por eso necesitaban los autobuses. Un grupo de estudiantes partió el 26 de septiembre de 2014 para hacerse de algunos autobuses en donde pudieran. “Al principio, me cuenta Eduardo, queríamos ir por ellos a Chilpancingo, la capital del estado de Guerrero que está muy cerca pero retenes de policía nos impidieron entrar en la ciudad. Entonces decidimos ir a Iguala, la ciudad más grande que está a más de 100 kilómetros.”

El comando se reparte en varios autobuses que llegando a Iguala se separan. Luego de tomar unos autobuses, los estudiantes tratan de salir de la ciudad pero por error toman una calle que los lleva a la plaza central en donde una fiesta popular está en su apogeo. A escasos 10 metros del Zócalo, la policía municipal les bloquea el paso y ahí se empiezan a escuchar los primeros disparos. Eduardo estaba en uno de los autobuses: “Bajamos y los policías empezaron a dispararnos. Aldo, un estudiante recibió un balazo en la cabeza. Nos escondimos entre dos autobuses, la única manera que teníamos para protegernos del fuego cruzado de los policías que gritaban: “los vamos a matar a todos, los vamos a desaparecer, ¡no saben en donde se vinieron a meter!”. En ese momento unos hombres vestidos de negro y armados irrumpen. Según Eduardo, son los belliquos, un grupo criminal utilizado por la policía de Iguala. “Seguía el tiroteo, a duras penas un autobús pudo llegar al bulevar que rodea la ciudad, la policía lo detuvo, hizo bajar a los estudiantes, los metió en camionetas y se los llevó. Nosotros nos encontrábamos rodeados por los policías y los hombres de negro. Un policía se reía y nos decía que nos íbamos a morir. Todos estábamos en estado de shock y efectivamente pensábamos que nos íbamos a morir. A las 23 horas los policías nos dijeron: ‘vamos a dejar que se vayan’. Y se fueron. Decidimos quedarnos para no abandonar a los que se había llevado la policía. Éramos cerca de sesenta. Hicimos bien en quedarnos porque luego supimos que la policía nos esperaba a la salida de la ciudad, le disparó a un autobús en el que viajaba un equipo de futbol que pasaba por ahí y causó dos víctimas.

Llegaron dos autobuses más de nuestra escuela para reforzarnos. Nuestros compañeros habían llamado a los medios de comunicación. La prensa llegó y empezó a tomar fotografías. Yo di algunas entrevistas. Nos sentíamos tranquilos gracias a la presencia de los periodistas pero hacia las doce y media de la noche llegaron civiles algunos de ellos enmascarados y se pusieron a disparar. Muchos estudiantes perdieron la vida. Yo me refugié con quince de mis compañeros en un techo no lejos de ahí. Pasamos la noche sin hacer ruido bajo la lluvia. Escuchamos a los policías que estaban buscándonos. Por la mañana nos dirigimos con el procurador para levantar una queja. Algunos de los estudiantes de nuestra escuela empezaron a buscar a nuestros compañeros en las cárceles de la ciudad y en el hospital, pero no encontraron a nadie.” Al día siguiente Eduardo y sus amigos regresaron a Ayotzinapa y empezaron a pasar lista, faltaban cuarenta y tres estudiantes. Nunca aparecieron. Se halló el cuerpo de un estudiante que detuvo la policía con el rostro arrancado.

Días más tarde el drama toma una dimensión nacional. El alcalde de Iguala huye con su mujer. Los vínculos de la pareja con un grupo de narcotraficantes llamado los Guerreros Unidos, son conocidos  –ella es la hermana de varios de sus dirigentes. La pareja es detenida por la policía en noviembre en la Ciudad de México. Por todo el país estallan manifestaciones de indignación, algunas de ellas violentas. Las investigaciones para dar con los culpables se llevan a cabo en la penumbra. El procurador declara que los estudiantes fueron entregados por la policía municipal a los narcos y que presuntamente fueron asesinados y luego quemados sus cuerpos no lejos de Iguala. Estas hipótesis destinadas a calmar a la población exonerando al ejército y a las autoridades fueron rechazadas por una comisión de investigación internacional independiente. Hasta el día de hoy no se sabe con certeza por qué fueron secuestrados los estudiantes, si están muertos o vivos y quien es el responsable. Pregunto a Eduardo si sabe por qué la policía y los matones los atacaron. Me asegura que no tiene idea. De lo que sí está seguro es de que no cree en la versión oficial. Según él los policías federales y el ejército que estaban esa noche deberían ser interrogados. “Quiero pensar que los estudiantes están encerrados en alguna parte”, se atreve a decir. “Se giró una orden esa noche para hacerlos desaparecer –primero los encerraron en la prisión municipal. luego se los llevaron. Exigimos saber la verdad.”

Mientras tanto, Eduardo piensa en sus amigos desaparecidos o muertos en los tiroteos y concluye: “nunca olvidaré la noche del 26”. Un poco más lejos, sobre el pasto entre los salones de clases, los estudiantes festejan ruidosamente el cumpleaños de uno de sus compañeros.

Por la noche, ya de regreso en Chilpancingo, percibo mejor la atmósfera que reina en esta región. El corresponsal local de La Jornada me explica que siete mil guerrilleros se esconden en las montañas y esperan una señal para levantarse en armas contra el poder imperialista de México. Lleva puesta una camiseta roja de los Rolling Stones, tiene la barba hirsuta y la mirada conspiradora. Está sentado en el único café tranquilo de esta triste ciudad cuando se inclina hacia mí y me dice: “Estamos en 1917, la revolución está cerca.”

Qué lugar tan extraño es este.


Este texto es un extracto de «Dentro del volcán», el séptimo capítulo del libro Los nuevos disidentes, de reciente publicación. En las siguientes semanas publicaremos las otras dos partes que complementan el relato.

Traducción del francés: Marcela González Durán.

Fotos: cortesía de Steven Zwerink y torbakhopper.

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