Los nuevos disidentes: las dolientes de Iguala

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Segunda parte.

A la mañana siguiente, recorro en coche el camino que siguieron los estudiantes el 26 de septiembre, hacia el norte, hacia Iguala. Los valles están desiertos, son propicios para la contemplación y la decapitación, me digo.

Llegando a Iguala, me cruzo con varios comandos armados –policías, federales, el ejército… Afortunadamente no veo a los policías municipales que aterran a la población. Tras lo ocurrido el año anterior, parecen esconderse. La ciudad es plana y poco extendida; es alegre, blanca, verde y calurosa comparada con el siniestro Chilpancingo. Entre las tiendas de baratijas religiosas y los puestos de tacos se ven algunos grafitis que remiten al fatídico “43”. Cabe destacar que fue aquí, en la gran plaza del zócalo, donde los autobuses fueron detenidos y ametrallados.

Tomo la calle por la que transitaron los autobuses; rebaso varios Volkswagen y desemboco en el cruce con el periférico, vasta explanada vacía que hubiera hecho feliz a Michelangelo Antonioni –para un hermoso viaje. Todo está en silencio. Pasa una bicicleta zigzagueando frente a la gasolinera. Volteo hacia un muro blanco y observo los numerosos impactos de balas. Aquí fue donde se llevó a cabo el último tiroteo, aquí fue donde se vio por última vez a los cuarenta y tres estudiantes que se llevó la policía; estoy muy cerca de donde Eduardo se escondió para escapar de la muerte. Hay algunas flores marchitas, una cruz de madera, el dibujo de un niño. ¿Por qué los mataron y se los llevaron? Algunos piensan que el alcalde de la ciudad temió que los estudiantes interrumpieran un acto público organizado por su poderosa esposa y quiso asustarlos. Otros que el ejército –es decir, el Estado central– quiso castigar a estos revolucionarios de otra época. Otros tantos, que se trata de un golpe de la CIA. Un periodista sacó a la luz el “quinto autobús” que había sido ocultado durante la investigación. Este autobús podría haber contenido droga o dinero, lo que hubiera podido explicar el ensañamiento de los policías locales, bajo las órdenes de los narcos, para recuperar el autobús. Los estudiantes lo habrían tomado sin saber lo que contenía. Muchas personas con las que hablé me compartieron la hipótesis según la cual los estudiantes habrían sido infiltrados por una pandilla rival a la de los Guerreros Unidos: los Rojos. Este drama podría verse entonces como un arreglo de cuentas entre bandas enemigas. La abundancia de versiones muestra que no existe un consenso, que la investigación no tiene credibilidad para la población. Mientras esto transcurre, las huellas del horror se borran lentamente sobre esta gran plaza blanca.

El shock del caso de los 43 despertó a Iguala. Me doy cuenta cuando voy a la parroquia San Gerardo en la periferia de la ciudad. Se ha terminado la misa y un gentío se reúne en el jardín, bajo los árboles. Un centenar de personas, sobre todo mujeres, se sientan en sillas de plástico frente al kiosco en donde se lleva a cabo la siguiente escena. Un hombre de playera polo rosa sostiene el micrófono y clama: “¡Tenemos que obligar al Estado a que los encuentre¡” Sin embargo, él mismo forma parte de una estructura del Estado, me explican: la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. De repente, un hombre que está sentado junto a mí se levanta y se dirige hacia el kiosco. Se llama Luis, tiene cerca de cincuenta años y está vestido con sus mejores ropas. Cuenta que su hijo desapreció en 2010. Sus palabras son sencillas y directas: “Nosotros no sabemos qué hacer con nuestro dolor.” Luego responde a una objeción silenciosa: “Mi hijo no se encuentra en una tumba. Trabaja en algún lado, está vivo.” Regresa a su lugar con los ojos arrasados en lágrimas. Estoy en la reunión semanal de la asociación de Las Otras Desaparecidas. Después del episodio traumático de la desaparición de los 43 estudiantes, los habitantes de Iguala se movilizaron. Más de veintidós mil personas se reportan desaparecidas en México desde 2006, víctimas del narcotráfico coludido con las autoridades. Las familias temerosas y aisladas no se daban cuenta de la amplitud del fenómeno. Aquí los padres y las madres, las esposas, las hermanas vienen a buscar consuelo, ayuda jurídica o psicológica. Se calcula que hay 450 desaparecidos de Iguala y de sus alrededores.

Me acerco a una mujer indígena que parece tener cien años, esquelética dentro de un vestido con motivos grises. Está con su hija, tímida y desdibujada, todo lo contrario de su madre que sonríe y es cordial. La hija carga a un bebe de seis meses en sus brazos. La hija toma la palabra y arrastra la voz llena de desesperación: “Mi hermano José Antonio desapareció el 25 de febrero de 2014. Fue a participar a una feria en la región. Tenía 34 años. Era mudo. Era una buena persona. Todo el mundo lo quería. Nunca le hizo daño a nadie. Pedimos ayuda a las autoridades para que lo encontraran. Nunca hicieron nada ni enviaron un boletín reportando su desaparición, nunca tuvimos respuesta.” La señora mayor toma la palabra con una voz chillona y bajita: “Venimos aquí todos los días. Cuando no se reúne la gente, le rezamos y le pedimos a Dios que José regrese.” Su hija parece más escéptica: “Estamos desesperadas porque no tenemos respuesta alguna. ¿Cómo podemos presionar al gobierno? Es completamente indiferente al dolor de su gente.” Pero la madre no pierde la esperanza: “Puede que esté en un rancho y lo obliguen a trabajar.” Las dos mujeres hablan con una cuarentona esbelta que parece formar parte de los que dirigen la asociación. Adriana Saoulo, con su chamarra de mezclilla de mangas cortas y su bolsa dorada, no parece una parroquiana típica. Habla rápido con vivacidad. Perdió a su marido hace cinco años. Era un reconocido abogado. Se fue un día (por el mismo camino) y nunca más volvió. Adriana no le teme a nada. Tocó todas las puertas utilizando las influencias de sus amigos más poderosos pero nunca obtuvo mayor información. Un día, sin embargo, le ocurrió algo extraño. Un año después de la desaparición de su esposo, fue a ver al procurador del estado de Guerrero y éste le dijo lo siguiente: “Tu marido regresará pronto a su trabajo.” Aconsejó a la joven mujer que fuera a ver al jefe de la policía pero ese mismo día por la noche el jefe de la policía fue asesinado y el procurador relevado de sus funciones. Para Adriana solo hay una respuesta: “Mi marido está vivo y sigue vivo. No tengo idea de dónde está pero sé que está vivo. Lo secuestraron por todo lo que sabía.” ¿Dónde puede estar? Su esposa tiene una idea: “Los narcos construyeron unas especies de campos de concentración en donde sus prisioneros trabajan como esclavos. Lejos, en los lugares secretos, en las montañas en donde tienen sus laboratorios para la droga…” Formar parte de la asociación la ha ayudado: “No me daba cuenta de la amplitud del fenómeno de las desapariciones.” Aquí ella recibe ayuda y proporciona ayuda a su vez. En efecto no es nada fácil obtener una pensión si no se puede demostrar que el cónyuge está muerto. Desde hace cinco años Adriana está en esta situación y no recibe ayuda alguna de parte del Estado. Si ella que tiene contactos no puede hacer nada, ¿qué pueden esperar los más pobres, como la anciana mujer indígena? La anciana espera que las cosas cambien con este tipo de asociaciones. Ella tiene fe. “Es más, ahora me he convertido en pastor evangelista, confiesa con una sonrisa coqueta. Me encomiendo a Dios.”

Estas mujeres no quieren creer en la muerte de sus hijos, de sus hermanos o de sus maridos. Prefieren rezar para que regresen. Hay otros miembros de la asociación que han elegido un camino diferente, más lúcido y más peligroso. Bajo la sombra de la iglesia local, paso algunas horas conversando con la responsable de la asociación, Xitlati Miranda. Esta mujer sencilla de pantalones de mezclilla y cabello corto, dirige las reuniones del martes con sentido del humor. Es muy conmovedora con su voz desentonada y sus ojos inquietos. Se dedica a la sicología y trabaja para la Secretaria de Educación con los adolescentes. Su vida cambió desde hace algunos meses, precisamente el día en que secuestraron a los estudiantes en Ayotzinapa. “Estos acontecimientos causaron mi indignación, más aun sabiendo que todo sucedió aquí, casi casi frente a nosotros, me cuenta. ¡Solamente eran estudiantes! Con un grupo de mujeres, empezamos a ir casa por casa para que todos juntos exigiéramos al gobierno que encontrara a los estudiantes. Al movilizarnos nos topamos con Miguel.”

Miguel Ángel Jiménez era uno de los responsables de la Unión de los Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), movimiento de autodefensa contra los narcotraficantes y los policías corruptos. No era de Iguala sino de un pueblito cerca de la costa. Muchos de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa eran originarios de ese lugar. Miguel decidió, junto con sus compañeros, venir a buscarlos aquí, a Iguala, donde desaparecieron. Xitlali cuenta que por falta de dinero dormían en la zócalo de la ciudad. No tenían relación con la población local, no eran muy populares. “A lo mucho la gente les daba de comer pero no se comprometían a más.” En otoño de 2014 se fueron a buscar a los estudiantes a las montañas. Encontraron restos humanos en fosas pero se dieron cuenta de que se trababa de restos de más tiempo que no podían ser los de los estudiantes. “Todos nos preguntábamos entonces: ¿de quiénes son esos restos?” Para convencer a la población y a las autoridades de que había restos humanos en los alrededores, Miguel necesitaba que algunas personas de Iguala se integraran a su grupo. “Yo era simpatizante de lo que estaban haciendo, continua Xitlali , pero no me gustaba la idea de ir a las montañas con ellos. Era muy peligroso. Sin embargo, Miguel me decía: ‘Tienes que verlo con tus propios ojos.’ Decidí ir pero la primera vez me puse anteojos y una mascada para no ser reconocida. La primera cosa que me golpeó fue el olor a carne. Y ver que los restos humanos, todavía tenían carne y cabello. Empezamos a recorrer todas las fosas y nos dimos cuenta de que allí había un cementerio completo. Los campesinos nos indicaban dónde buscar ya que distinguían fácilmente los lugares donde la tierra había sido removida. Miguel tenía razón. Era muy importante que yo viera todo eso ya que las autoridades locales no lo querían creer. Ahora bien si vas y tomas fotos no hay manera de que lo nieguen. Y eso también lo vuelve real para ti. ¡Es verdaderamente impresionante ver todo eso! Hasta el momento hemos encontrado más de cien cuerpos. Algunos han sido identificados por sus familias y han podido enterrarlos.”

Sin embargo, el 8 de agosto de 2015 asesinaron en el pueblo a Miguel Ángel Jiménez, cuando manejaba su taxi. ¿Fue esa la manera de castigarlo por haber sido tan curioso? Xitlali no sabe qué pensar: “Miguel era un combatiente y tenía muchos adversarios. Los culpables pueden ser enemigos de su movimiento de autodefensa o provenir del gobierno ya que era alguien que no se callaba.” ¿Este asesinato es una advertencia para ella? Xitlali no piensa abandonar su asociación: “Aquí hay personas muy pobres que no saben ni leer ni escribir, que no se atreven a hacer preguntas. Tenemos que acompañarlas, reconfortarlas, ayudarlas desde el punto de vista emocional ya que una desaparición es muy difícil de sobrellevar. A pesar de la muerte de Miguel vamos a seguir subiendo para buscar más cuerpos. En este momento estamos haciendo una pausa porque es la temporada de lluvias.” ¿Siente que su vida corre peligro? “No realmente”, me contesta con un hilo de voz. “Sin embargo, todo lo que me pasa me parece extraño. Me estoy volviendo un poco paranoica. Antes no sentía eso. He tenido suerte de que no me haya pasado nada hasta ahora.” Me da un ejemplo: “Aquí en Iguala, hace mucho calor. Pero cuando subes para buscar los cuerpos hace frío en la montaña. Ahora, por ejemplo, me pongo pantalones para dormir, aquí en Iguala. Me digo que si me secuestran un día no me dará frío allá a donde me lleven. Miguel me enseñó cómo matan a los desaparecidos allá arriba. Los hacen cavar su propia tumba mientras les apuntan con un rifle, luego los amarran a un árbol y los dejan morir. Me gustaría no pasar tanto frío.” A pesar de sus preocupaciones, la joven mujer no tiene intenciones de irse. “Esta es mi tierra. Además la gente sufre mucho. Me gustaría que todos los restos encontrados fueran devueltos a sus familias, que por lo menos tengan una respuesta. Y en cuanto a mí, deseo que no me pase nada.” Y sonríe.

Durante esos días en el país de los desaparecidos, que se cree todavía están vivos o que se sabe están muertos, alguien me citó un proverbio que dicho de memoria suena así: “Nos sepultaron bajo tierra pero olvidaron que somos semillas.” Antes me parecía un poco simplón ahora está lleno de sentido.


Este texto es un extracto de «Dentro del volcán», el séptimo capítulo del libro Los nuevos disidentes, de reciente publicación.

Traducción del francés: Marcela González Durán.

Foto: cortesía de Cody Yantis.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Shopping Basket