Los rostros más trágicos, los rostros más dignos

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El “No matarás” es la primera palabra del rostro. Es una orden. Hay, en la aparición del rostro, un mandamiento, como si un amo me hablase. Sin embargo, al mismo tiempo, el rostro del otro está desprotegido; es el pobre por el que yo puedo todo y a quien todo debo. Y yo, quienquiera que yo sea, pero en tanto que primera persona, soy aquel que se las arregla para hallar los recursos que respondan a la llamada.
Emmanuel Lévinas

Julio César Ramírez Nava

En 2013 Julio César Ramírez Nava sacó su ficha para la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Le hicieron el examen socioeconómico y lo pasó. Le hicieron el examen de conocimientos. Lo pasó. Y lo citaron a la semana de pruebas. Lagartijas, vueltas a la cancha de futbol. Levantarlo a mitad de la noche. Su madre lo vio sufrir: tos, calentura y, el último día, el cuerpo lleno de lodo. Lo habían hecho arrojarse a un pozo. Pruebas para medir la resistencia de los aspirantes. Resistencia a cuatro años de privaciones y duro trabajo en la Normal, y luego a quién sabe cuántos años de sacrificio en comunidades de la sierra donde solo hay tortilla, y escasa.

Julio César Ramírez Nava era un muchacho frágil. Torpe. Se caía y se lastimaba las rodillas (su madre lo atribuye a sus pies largos). Se había roto una clavícula y no aguantaba mucho peso. Su personalidad se había desarrollado en esa tesitura. Era tímido. Callado. Obediente con su madre. La noche que regresó embarrado en lodo le confesó a Bertha Nava, su mamá, que iba a desertar. Le faltaba solo un día. Pero mejor se iba por su propio pie antes de que lo descartaran.

La familia de Julio César había vivido del esfuerzo extenuante de Bertha Nava. Si un verbo caracterizó la vida de Bertha fue acomedirse. Había crecido como una planta silvestre, sin la crianza de su madre, mientras su padre trabajaba como canastero: ganando propinas a cambio de cargar bolsas de mandado en el mercado de Tixtla. Bertha empezó desde niña la lucha por la sobrevivencia: comida y techo a cambio de acomedirse con los trastes, la cocina, lavado y planchado en casas ajenas.

Bertha ni siquiera sabía el día, el mes o el año en que había nacido. No tenía acta de nacimiento ni había ido a la escuela. Se enseñó a leer para entender recados. A los 12, 13, quién sabe, pero todavía niña, se había juntado con un hombre que, cuando menos, le duplicaba la edad, Tomás Ramírez Jiménez, y en 1982 nació su primer hija, luego vendría un varón y, el 24 de marzo de 1991, el tercero de sus hijos, Julio César.

Como el resto de sus hermanos, Julio César sobrevivió de la caridad de los patrones de su madre. Comida, ropita, zapatos regalados. La infancia de un niño de Tixtla, hijo de trabajadores precarios. Su madre, lavandera. Su padre, a veces albañil, a veces velador y muchas veces desempleado. Julio César era tímido pero se creyó eso de que la educación lo sacaría de pobre. Terminó el bachillerato en el Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica (Conalep) de Tixtla con todo y carrera en informática, y fue a sacar ficha en Ayotzinapa, hizo la semana de pruebas pero el último día se arrepintió.

Pero quería ser profesionista, tener una carrera, un empleo y regalarle a su madre, con su primer sueldo, un terrenito donde construirle una casa. Cerca de Tixtla, en Atliaca, se había abierto una escuela con el larguísimo nombre de Universidad de Autónoma Latinoamericana y Caribeña de Ciencias y Artes, mejor conocida por su acrónimo UALCA. La había fundado un grupo de profesores que querían ofrecer una alternativa a los rechazados de la Universidad Autónoma de Guerrero, y pensaban darle a los estudiantes comida y techo (como Ayotzinapa) porque no hay otra manera de que los pobres estudien una carrera. Pero la UALCA era un nombre apenas, y unas cuantas aulas de carrizo y piso de tierra donde los muchachos estudiaban sentados en cartones.

La UALCA carecía de reconocimiento oficial. Sus alumnos bloqueaban la carretera Tlapa-Chilpancingo, irrumpían en actos del gobernador Ángel Aguirre, le pedían a la UNAM que validara su programa de estudios. Su única demanda: que el gobierno les diera un reconocimiento, que los alumnos egresaran con un diploma que valiera algo más que una hoja de papel. Julio César Ramírez Nava aguantó algunos meses como estudiante de Ciencias Agropecuarias Sustentables pero se desesperó, ¿para qué gastarse los 50 pesos que su padre le daba cada tres o cuatro días si ese esfuerzo no serviría para nada? Como otra cincuentena de estudiantes, desertó de la UALCA.

Y en Ayotzinapa habría arroz y frijoles, un título de normalista y un empleo de maestro. Volvió a sacar ficha. Una vez más, los exámenes socioeconómicos comprobaron que era pobre (y, por lo tanto, candidato a normalista rural) y buen estudiante. Ya sabía el rigor de las pruebas físicas, las carreras agotadoras, las lagartijas interminables y el pozo de lodo. Lo aceptaron.
Ayotzinapa quedaba a unos minutos de Tixtla, y Julio César aprovechaba los tiempos libres para escaparse y visitar a su familia. Comer las verduras salteadas de su madre. Tocar la corneta, que había aprendido en la banda de guerra de la secundaria. Pedirle a Bertha que le comprara escobas y jergas para sus labores de limpieza en la Normal.

La noche del 26 de septiembre de 2014 Julio César Ramírez Nava tuvo un gesto de arrojo. A las 11:44 de la noche le llamó a su madre. Voy a Iguala en apoyo de mis compañeros que lastimaron, parece que mataron a uno, le dijo, palabras más o menos, a Bertha. Unos minutos después los disparos de tres sicarios vestidos de civil terminaron con su vida. Era el segundo ataque contra los normalistas de Ayotzinapa. Ahí también asesinaron a Daniel Solís Gallardo.

Cuatro rostros de Julio César vienen a la mente de su madre:

—Lo vi ahí en la morgue, acostadito. No pensaba que estuviese muerto, para mí estaba dormido.

—Ese dolor no se nos va a quitar hasta el día que nos muéramos porque entonces ya no sentimos. Pero mientras voy a estar esperando ver a mi muchachito, aunque sea con otro rostro, aunque sea con otras facciones, pero verlo.

—No me resigno a estar sin él, a pasar días sin verlo. Un día llegó mi hijo, el más chiquito y puso su carita junto a la puerta, y era la cara de mi hijito Cesarín, y estuve a punto de decirle, ¿ya llegaste, hijito?

—Yo veo a mi hijo riéndose con esa sonrisota que tenía cuando salió del Conalep. Mandé a hacer su poster con esa fotografía pero me lo quitaron en el Politécnico. Por irme a comprar algo de comer la dejé recargada y jamás la volví a encontrar.

Ese gesto de arrojo, ir por sus compañeros a Iguala, bastó para cambiarle la vida a Bertha Nava. Si el verbo de su vida había sido acomedirse, después de Iguala lo cambió por luchar. Desde entonces pasa más tiempo en la Normal de Ayotzinapa que en su propia casa, y encabeza las movilizaciones de protesta. Su misión, dice, es terminar lo que su hijo dejó incompleto: rescatar a sus compañeros. Recuperar a los 43.


Con autorización de la editorial reproducimos este fragmento del libro Ayotzinapa: la travesía de las tortugas (Ediciones Proceso, 2015).

 

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