Machado 2.0: Una lectura sobre las elecciones en Madrid

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

En la España de la posmodernidad, del posdesarrollismo, de la postransición, del pos-casi-todo, parece que nos iluminan, más que nunca, aquellos versos de Antonio Machado que decían “Españolito que vienes al mundo/te guarde Dios/una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.”

Don Antonio fue símbolo de la dignidad poética y humana. Ambas le llevaron a una muerte triste y coherente en Colliure, “ligero de equipaje” y escribiendo esos últimos versos, aquellos que fueron encontrados en el bolsillo de su ajada chaqueta “estos días azules y este sol de la infancia”. Permítanme que escriba estas breves líneas bajo el amparo de Don Antonio y en torno a la idea de que España es un país enfermo, cuyos síntomas estaban a punto de hacerse crónicos hasta que sus habitantes probaron una nueva medicina. Empiezo.


La enfermedad

Sin nombre o con muchos nombres distintos. Machado habló de las dos Españas y yo me permito hablar de una transición imperfecta, en suspenso o inacabada, de una Iglesia demasiado presente y poderosa todavía, de una izquierda a veces acomodada y acomodaticia y muy neoliberalizada, de unos medios de comunicación que progresivamente desinforman y solo sirven a sus propios intereses, de un poder judicial vuelto del revés, de una sociedad a ratos enloquecida. Pero como una imagen vale más que mil palabras, les explico algo de esto con la foto de lo que encontró un amigo mío, Rafael Chica, al abrir uno de los votos en una mesa electoral en Andalucía.


Los síntomas

Una crisis económica que se ha extendido de lo meramente financiero a lo moral, a lo ideológico, a lo emocional y a lo existencial. La crisis económica, en España, ha sido un estado de ánimo. Porque el españolito machadiano ha visto cómo le iban arrebatando derechos fundamentales ganados a pulso, mientras una élite encaramada a las altas instancias del poder se seguía enriqueciendo impune y obscenamente. Mientras muchas familias eran desahuciadas, despedidas de sus empleos estables, perdiendo a sus jóvenes talentos que tenían que emigrar, España ha ido escalando puestos en inequidad y en desigualdad (según la OCDE es el país europeo donde más ha impactado la crisis, junto con Grecia). En las elecciones del 2011 el Partido Popular obtuvo una victoria contundente en las elecciones autonómicas y municipales. ¿Qué ha pasado desde entonces hasta el pasado domingo? El descalabro padecido por el PP a lo largo y ancho del país (han perdido 2,6 millones de votos en las europeas de hace un año, 500.00 en las andaluzas y 2,5 millones en las municipales del domingo) se explica porque, en estos años, el partido no hizo política sino supervivencia y se aferró al poder tratando de mantener sus feudos y sin castigar sus casos de corrupción flagrante. Lo interesante es que en estos años se empezó a asentar la idea, entre la derecha y entre la propia izquierda victimizada, de que los escándalos políticos no iban a pasar factura a los grandes partidos. Parecía que la impunidad iba a campar a sus anchas.


La(s) medicina(s)

¿Han despertado los españoles de un largo letargo? Mi hipótesis es que han dicho basta pero que, efectivamente, necesitaban cierto tiempo para articular respuestas contestatarias, para crear otras formas de disidencia/resistencia y cierto tiempo para incorporar la idea subconsciente de que cierta rebelión era posible, de que las estructuras bipartidistas e institucionalizadas podían modificarse. Han tenido que pasar dos elecciones para que el estado de ánimo se convirtiera en voto.

El resultado de Madrid es un buen escaparate o un buen pantallazo para mirar España. Algunos de los experimentos para depurar la medicina han empezado aquí.

Se cumplen ahora cuatro años del 15-M y podríamos simplificar diciendo que en ese movimiento está el germen de lo que acaba de pasar. Pero, como digo, es simplificación. El movimiento 15-M fue catalizador de diversos descontentos que por fin unen generaciones, estratos sociales y distintas sensibilidades en torno a lo que antes he llamado un estado de ánimo. Tenían todos ellos en común el ansia de cambiar los modelos políticos institucionales y el formato bipartidista reinante. Bajo el grito abstracto o inconcreto de “sí se puede” trataban de dinamitar las estructuras vigentes pero desde un modelo asambleario que más tarde se demostró incapaz de ser efectivo en la política real. La arrogancia de los políticos profesionales instó a esa gente a organizarse (“preséntense a las elecciones”, les decían) y poco tiempo después lo hicieron, en diferentes formatos. Algunos sucumbieron a su propia estructura utópica e inservible para grupos amplios. Otras fueron tomando forma aunque por el camino fueran acusadas de traicionar sus principios fundacionales. Benditas traiciones que han dado con la fórmula adecuada que podría curar al enfermo.

Me explico: una candidatura ciudadana como la de Ahora Madrid lleva en sí misma el germen de los posibles éxitos y de la potencial autofagocitación. De ellos va a depender que sus puntos fuertes se consoliden como articuladores de grandes mayorías: me estoy refiriendo al conocimiento verdadero de la realidad social en los barrios (se los han pateado) y a las aportaciones de contenidos transversales muy relevantes como son el discurso ecologista, el feminista o el movimiento LGTB. Hay un activo fundamental en Ahora Madrid y es la gente que ha peleado por logros reales, que ha parado desahucios, que ha formado parte de nuevas formas de economía colaborativa. Y tienen a la cabeza una líder indiscutible que retrotrae simbólicamente a un pasado feliz: Manuela Carmena. El enfermo sueña con que la nueva medicina le devuelva a los días azules y al sol de la infancia que fueron los años 80 en nuestra ciudad. Manuela ha sido víctima de una campaña guerracivilista y sucia (de nuevo las dos Españas) y ha tenido la decencia de no dejarse helar el corazón y de seguir apostando por el sueño de muchos.

Pero, además, la figura de Manuela es icónica en cuanto a que por sorpresa y sin cálculo previo (una campaña no financiada por los bancos) ha capitalizado o sintetizado en ella las esperanzas de sectores disgregados, dispares, distantes pero muy golpeados por la prepotencia de la derecha. Manuela ha revivido un emergente movimiento contracultural (entendiendo cultura como artefacto retrógrado en manos de las instituciones) que entronca con el espíritu machadiano y recupera la idea de la alegría en la política (que no es naíf, sino que es moral). Porque además el eje Madrid-Barcelona-Valencia (podríamos añadir Sevilla) nos lleva al “no pasarán” que vuelve a resonar en voz de mujer y devuelve a nuestras ciudades un espíritu de hermandad popular, de entrega, de resistencia y entusiasmo ya olvidados. Es la recuperación de los escenarios de vanguardia de las principales ciudades españolas. Implica también la ruptura con el impostado veneno identitario (alimentado por la derecha) que ha marcado el supuesto enfrentamiento Madrid-Barcelona. La victoria de las candidaturas ciudadanas hermana a los ciudadanos y a sus ideales. ¿Podría ser el verdadero final de la transición? ¿La verdadera derrota del franquismo?

Yo he pisado la calle y los mítines y las charlas de café estos meses. Mi Facebook y mi WhatsApp están casi colapsados por imágenes de ilusión y muy divertidas. Es emocionante ver cómo en la época del individualismo acérrimo la gente se ha puesto a trabajar desinteresadamente por una idea en común. O quizás no es desinteresadamente: buscaban recuperar su ciudad sin especulación urbanística, sus colegios, sus hospitales, sus parques, sus conciertos, sus garitos de copas divertidos.

El camino comienza ahora y hay varios peligros a la vista: que la derecha recalcitrante no permita esta victoria “popular” (recordemos el obsceno Tamayazo del 2003 todavía sin esclarecer) y que Podemos quisiera capitalizar este triunfo y fagocitar así a las demás fuerzas que, en justicia, merecen estar en la foto al mismo nivel. La generosidad y los pactos deben ponerse por encima de los personalismos. Ojo al peligro de una “casta-anti-casta”.

Hemos dado la medicina al enfermo. Nos toca esperar a ver qué pasa, cómo funcionan sus anticuerpos con las nuevas moléculas inoculadas. Me pregunto si al cerrar los ojos podremos notar que estamos en “estos días azules” y que nos alumbra ya “este sol de la infancia”.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Shopping Basket