Machismo gay: solo ellos, las chicas a un lado

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La primera quincena de mayo de 2015, la primera actriz Jaqueline Andere fuecoronada como “Embajadora del Colectivo LGBTTTI (Lésbico, gay, bisexual, transgénero, travesti, transexual e intersexual) de la Ciudad de México”. El evento de coronación sucedió en el interior de uno de los clubes pertenecientes a la cadena CabareTito y representantes del gobierno capitalino le entregaron el premio “Orgullo de mi Ciudad”.

Al menos la Andere fue parte del elenco de la mítica cinta de Luis Buñuel El ángel exterminador y en 1983 participó en el montaje de Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams haciendo de la enamoradiza bipolar Blanche Dubois; también ha recibido críticas favorables por encarnar a Carlota de Habsburgo en la pieza teatral de Miguel Sabido Carlota Emperatriz.  Pero en el universo de los reflectores rosas es más conocida por su constante presencia en las telenovelas del Canal de las Estrellas y quizás por eso es que su nombre se une a la prosapia de otras reinas o embajadoras o mariscales del colectivo y marchas del orgullo (sigo sin entender por qué o cuál es la función práctica o el objetivo final de estas figuras, pero bueno), como Lucía Méndez, Maribel Guardia, Danna Paola, Anette Michele o Daniela Spanic, entre otras.

Sin mencionar a los íconos musicales cuya canciones llegan a convertirse en auténticos himnos del arcoíris nacional: Gloria Trevi, María José, Paulina Rubio, Thalía, las Jeans…

Lo curioso es que, a pesar de toda esta cascada de reconocimientos a estrellas femeninas de la farándula nacional y de apropiarse de algunos de sus despliegues pop, en la convivencia cotidiana, los homosexuales suelen llegar a ese punto en que las mujeres son prácticamente expulsadas de la provincia rosa. Basta con darse una vuelta a la vida nocturna de algunos barrios que concentran bares y clubes gays como la Zona Rosa en la Ciudad de México, para darse cuenta de entre los parroquianos la proporción entre hombres y mujeres. Sin mencionar aquellos lugares donde las mujeres tienen estrictamente prohibida la entrada. El acceso a la disco El Taller, son unas escaleras de caracol al final del mingitorio de los baños de hombres de El Almacén, un bar en el que si bien las chicas son bienvenidas, la mayoría de los clientes siguen siendo varones.

¿Es que acaso la segregación de hombres a mujeres es un instinto que no distingue preferencias sexuales?


Deseo y decepción

Puede ser que en cualquier caso, son las chicas quienes emprenden la retirada. Pienso por ejemplo en los parques de cruising, vocablo que denomina la actividad de sexo anónimo entre hombres en lugares públicos. Si bien no hay una regla que dicte dónde o cuando debe llevarse a cabo el cruising, cierta tradición involuntaria norteamericana y europea, apunta a que son los parques públicos uno de los lugares más recurrentes.

Los parques de crusing son espacios delimitados, invadidos y apropiados por la comunidad homosexual como un mecanismo de satisfacer el arrastre por el deseo inmediato, surgidos en una época donde la tecnología digital y sus apps de perfiles calenturientos era aún una fantasía de ciencia ficción. Desde luego la demarcación fronteriza entre la moralidad buga y el terreno del sexo es imaginaria y solo funciona como un indicador de que hay que ir ajustando la bragueta para que sea vea atractivamente abultada. O corriendo el zíper hacia abajo en cualquier caso. Pero no hay ninguna señalización que prohíba el paso de mujeres en zona de cruising gay. Es un espacio público. Pueden hacerlo.

Sin embargo, las mujeres no entran.

Alguna vez, una chica vocalista de una banda de punk de San Francisco me insistió en que llevaba años queriendo ver cómo era el desmadre sexual de los gays. La conocí en el patio trasero del Powerhouse, en la calle de Folsom, que en un área de 12 cuadras aproximadamente alberga una buena cantidad de bares leather gay. Llevaba el cabello hasta poco acabo de los hombros, en capas y desordenado, fumaba junto con una amiga mientras yo ligaba a un tipo oriundo de Florida que quería practicar español conmigo, al lado de nosotros un par de osos se mamaban la verga. Le pregunté al bato de Florida porqué dejaban entrar a chicas hasta ese rincón. Me dijo ¿y porqué no? La chica del cabello en capas resultó ser chilena, entendió español, se cagó de la risa y al día siguiente me llevó a su ensayo. Conocía casi todos los bares del Castro e incluso le gustaba pistear en bares leather de iluminación subliminal y patios para fumar donde se le dan caladas tanto a los cigarros como a las vergas y las mujeres son bienvenidas. Sin embargo ella no podía entrar a los locales verdaderamente hardcore, como el célebre club de sexo Blowbuddies o el teatro Nobhill, famoso por presentar una cartelera de espectáculos protagonizados por los actores porno del momento y por un pegosteoso laberinto oscuro.

Le dije se diera una vuelta por un parque de cruising que era básicamente lo mismo que el Nobhill, solo que salías con las rodillas de jardinero central después de arrastrarte para atrapar la pelota con tal de que caiga el tercer out de la victoria. Ni idea que eso existiera, no sabía como orientarse y esperó mi visita para la aventura.

Resultó que vivía a cuadras del Buena Vista Park, uno de los parques de crusing más legendarios de San Francisco y mi favorito por la cantidad de punks maduros que suelen frecuentarlo. Al principio mi amiga, que le ha enseñado las tetas a un montón de desconocidos mientras grita letras de amor-desprecio hacia la verga sobre una base de guitarrazos herederos de la tradición hardcore, parecía fascinada y un poquito excitada, pero conforme se enfrentaba visual y sonoramente con lo que ansiaba saber no quiso avanzar más.  Cuando nos topamos con la mirada extraviada de un tipo que era penetrado por un afroamericano mi amiga quiso emprender la retirada. Le pregunté que si se había espantado. Y hasta el día de hoy no puedo quitarme su respuesta de su cabeza: “Para nada, si es muy excitante pero… ¿cómo te explico? No tengo mucho que hacer ahí. Me sentí acaloradamente frustrada. No existía. Nunca me había sentido tan rechazada sin que me rechazaran,  no sé si me entiendes…”

En México visitar los parques de cruising es una actividad más bien reciente. El ligue y algunas prácticas de sexo anónimo como el sexo oral fuera de los espacios masculinos—en donde, de nuevo, las mujeres tienen prohibida la entrada—, se daban sobretodo en cines históricos de permanencia voluntaria porno (una especie en peligro de extinción) como el Savoy en 16 de septiembre en el Centro Histórico, el Teresa sobre el Eje Lázaro Cárdenas (hoy convertido en una triste plaza comercial de  teléfonos celulares y sus accesorios piratas) o el Cinema del Río en República de Cuba (rescatado por una cadena de sex shop y que cuenta con una sala vip). Pero incluso en estos cines era claro como las mujeres, que siempre iban acompañas de un hombre, solían acomodarse en las butacas de enfrente, dejando al menos dos hileras vacías que claramente separaban la fantasía buga de la acción gay.

Una noche al salir  de una cantina ubicada en la parte trasera del desvencijado edificio Insurgentes, una buena amiga nos acompañó hasta la entrada del Tom´s, un bar leather cuyo cuarto oscuro siempre está agitado y las mujeres tienen prohibida la entrada. Estaba tan borracha que se estuvo algo así como 45 minutos suplicando para que le permitieran al menos echar un vistazo de un minuto. No logró dar ni un paso de la entrada. Los hombres que cruzaban la cortina negra la veían con incomodidad. Un cliente sin embargo le ofreció un cigarro, empezaron a platicar, al final le dijo: “Yo creo que no dejan entrar mujeres porque de algún modo nos recuerdan a nuestras madres. La verdad, me daría cosa pensar que mi mamá me está viendo mamar verga”.

Últimamente ha cobrado connotaciones de leyenda urbana el famoso caminito de Ciudad Universitaria, atiborrado de estudiantes, practicantes de atletismo y ciclistas. Ninguna chica por cierto.

El artista español Jesús Martínez Oliva realizó en 2001 la instalación Paisajes, una serie de fotografías panorámicas de bosques, playas o parques públicos, que en una primera observación parecieran ser cualquier vistazo desde el ángulo de vista del National Geographic, pero que en realidad se tratan de zonas de cruising. La fotos iban acompañadas de audífonos en las que se podían escuchar los testimonios de homosexuales entrevistados en los escenarios expuestos en las imágenes impresas en gran formato, y sus razones por las cuales buscaban sexo justamente ahí. A propósito de su trabajo, Martínez Oliva propuso una posible conclusión:“Uno de los atractivos de las zonas de cruising es ese escape de los espacios racionales y aceptables socialmente. La pasión del momento es una defensa contra las presiones del mundo. Aunque el cruiser se coloca en una posición vulnerable al bajarse los pantalones detrás de unos arbustos o al exhibirse delante de otro hombre, esta experiencia le hace escapar momentáneamente de la realidad material. La propia peligrosidad (arresto, agresiones homófobas, robos…) ha sido señalada como un ingrediente importante. Estos espacios crean una clara conciencia de tu propio cuerpo y de lo que lo rodea, en la que se superponen y solapan escapismo y autoconciencia”.

¿Acaso la autoconciencia homosexual implica un reconocimiento tal que deja fuera a las mujeres en su campiña más interna?


Queers vs. biología hormonal. O jotas envidiosas…

Otto Weiniger propuso en 1903 en su polémico libro “Sexo y carácter” (considerado por feministas y otros detractores como la biblia de la misoginia) que las mujeres estaban condenadas al determinismo biológico. Según Weiniger: “el hombre conoce su sexualidad, la mujer, en cambio, no es consciente de ella, y de buena fe puede ponerla en duda, porque la mujer no es otra cosa que sexualidad, porque es la sexualidad misma. La mujer por ser solo sexual no nota su sexualidad, pues para hacer cualquier observación es necesaria la dualidad, cosa que es posible para el hombre, tanto desde el punto de vista psicológico como desde elanatómico, ya que él no es únicamente sexual. Por esto posee la capacidad de hallarse en relación autónoma con la sexualidad: puede, si así quiere, ponerle límites o dejarla en amplia libertad, es decir, negarla o aceptarla, ser un Don Juan o ser un asceta. Groseramente expresado, el hombre tiene un pene, pero la vagina tiene una mujer”.

Weiniger se suicidó a los 23 años.

Varias décadas después, Judith Butler propondría la idea respecto al género más bien como un ejercicio performativo, independiente de la correspondencia sexogenérica en una geografía cuyas perspectivas de género parecían oscilar como péndulo entre el machismo y el feminismo con todos sus matices, la famosa teoría queer que hoy día parece gozar de un renacimiento radical.

Pero volvamos al presente, al reinado mexicano de la Andere y su séquito de infantas pop que se han convertido en seudo santas por un colectivo que las venera e idolatra.

Tengo una hipótesis: son adoptadas porque son fáciles de imitar y su imagen es inofensiva en el imaginario buga.

Con el paso del tiempo, jotear (un hombre con ademanes afeminados) se ha convertido en conducta que si bien no escapa de la comicidad bufonesca, ha logrado colarse, relativamente con beneplácito, en buena parte de la sociedad latina o mexicana, mayoritariamente buga aún convencida de las ventajas de sobrevivencia masculinas. Después, influencias externas como los estereotipos promovidos en series como Will and Grace hicieron del joto alegre  y fashionista una especie de personaje fetiche y accesorio. A principios del nuevo milenio, muchas mujeres querían tener un amigo gay porque los nuevos lineamientos promovidos en los medios de comunicación así lo indicaban. La moda era tener un amigo gay y esta moda fue tomada como un avance progresista. Supongo así surgieron las jotas groupies. Muchos creyeron que era el inicio de una convivencia equitativa dónde poco a poco se difuminarían las diferencias sexogenéricas.

Pero con el reacomodo de los años, la jotería, aún con su evolución camp de llevar al extremo los rasgos amanerados, volvió a concentrarse en los hombres. Es común ver como las pandillas de gays que salen a comer, tomar café chai lattes o de antro, hay no más dos mujeres en el grupo. Este fenómeno es aún más evidente en las revistas abiertamente dirigidas a un público gay en el que el equipo editorial, aunque jotos, están ocupados exclusivamente por hombres. Puede apreciarse con claridad en el Canal G, una señal de televisión por internet de contenido LGBTTTI pero cuyos conductores frente a las cámaras son un 80% hombres.

Otro dato interesante y revelador es darse cuenta cómo la cantidad de clubes gays es matemáticamente superior a los bares de lesbianas, a pesar que de muchos abren sus puertas a un público mixto, la mayoría de los parroquianos son hombres. Sin contar que las lesbianas prácticamente no erigen espacios dónde los hombres tengan prohibida la entrada y en cuyo interior cuenten con espacios para el sexo anónimo.

¿Es acaso el confinamiento de las mujeres del mapa gay un proceso natural e inevitable?

Tramposamente una nueva generación de hombres autodenominados como simpatizantes de la teoría queer, maldicen el machismo echando mano de una serie de interesantes outfits que combinan elementos masculinos con femeninos, los más comunes es dejarse una espesa barba y usar tacones. La transgresión visual me resulta interesante, hipnótica y subversiva. Pero ¿y después del disfraz? ¿Cuántos de esos queers, muchos de ellos de práctica homosexual, organizan orgías dónde las chicas sean bienvenidas o al menos sean espectadoras? Crear un provocativo silogismo entre Weiniger y la Butler, me da la impresión que al final los hombres homosexuales, aunque muchos de ellos renieguen del machismo,  logran hacer ciertos malabares entre su psicología y el ejercicio de su sexualidad. Si como dice la Butler, el género es un performance, quiere decir que hay una conciencia plena de que se jotea siendo hombre. Y que jotear no significa querer ser una mujer.  ¿Puede ser esa conciencia de la psicología homosexual despierte un poco de envidia hacia las mujeres?  Cierto, el machismo genera efectos secundarios negativos, aunque un grupo de jotos emulando el estilo de vida de “Sex and the city” pueda generar empatías con otras cuatro chicas mas o menos obsesionados con los mismos estándares de pertenencia, belleza, pareja etcétera, las mujeres logran mantener un aura de belleza mientras que los jotos tienen que lidiar con el prejuicio de lo anormal. Quizás los gays que hacen de la jotería una extensión de su personalidad ven en las mujeres un modelo a seguir, punto de partida. Pero también competencia. Y en un mundo de bases heterosexuales la batalla con las mujeres está perdida. Mantenerlas cerca pero lejos puede ser una forma de no reforzar la idea que ser gay está mal.

Por otro lado, Basta con ver una escena porno gay, un cuarto oscuro o una orgía, para darse cuenta que en el punto más álgido del sexo homosexual, el performance de la orgía se evapora instantáneamente y solo quedan las erupciones de gemidos masculinos que brotan desde la testosterona hasta la madre de calentura.

¿Weiniger tenía razón después de todo?

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