Mad Max: un hermoso día (después) del fin del mundo

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Livianos como pollos, con el pelo rizado, sin ancla,
sin memoria, como diciendo ¿doblo acá o seguimos derecho?
Laura Wittner (en el Twitter de Sara Uribe)

Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia.
Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma
en que la humanidad, que  viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia.
Walter Benjamin, «Tesis sobre la historia«

1. En una famosa entrevista concedida a Albert Werner del Liberal Judaism, Albert Einstein afirmó ignorar con qué armas se pelearía la Tercera Guerra Mundial, pero podía estar seguro de que la Cuarta se libraría con palos y piedras. El universo de Mad Max, creado por George Miller a finales de los setenta del siglo pasado, tiene lugar en una “tierra baldía” post-apocalíptica donde probablemente ya se haya librado una Quinta o Sexta Guerra Mundial: la tierra no da frutos, el agua es escasa y el recurso más preciado, además de la gasolina, es la salud. Las comunidades de supervivientes, dispersas y hostiles, sufren de toda suerte de enfermedades incurables, pero están sostenidos por firmes convicciones teocráticas y relatos mesiánicos que los hacen héroes, a su modo, de sus propias historias, y que al final los hacen conformarse con su suerte. La estructura social de los grupos humanos proyectada en Mad Max: Fury Road (Miller, 2014) semeja a la de las revoluciones agrarias del neolítico (hace unos 12,000 años), constituidas alrededor de la provisión de recursos naturales bajo una organización teocrática del gobierno. La efectividad de la ideología es patente en el rostro del guerrero salvaje Nux (Nicholas Hoult), cuando los vientos huracanados a través de los que acelera la estampida de valkirias motorizadas se pintan con el color de las explosiones: “¡Oh, qué día! ¡Qué hermoso día!”

2. Después del fin del mundo el tiempo sufre una transformación radical: en realidad nada ha cambiado, pero las referencias para medirlo adecuadamente se han vuelto irrelevantes; sin origen y sin destino, los pobladores de Mad Max viven en un presente absoluto organizado alrededor de la supervivencia. Literalmente “no hay tiempo que perder”, por lo que desde las primeras escenas el espectador se ve inmerso en una persecución que se interrumpe y se retoma según el ritmo de una cacería maratónica con la que el poder hegemónico desea recuperar los bienes que sustentan su lugar en la jerarquía de autoridades: gasolina y mujeres sanas. Abolido el tiempo de lo humano, sustituido definitivamente por el tiempo de la máquina (ese biorritmo cyborg del alimento y el mantenimiento, de la búsqueda incansable de combustible y de la manufactura especializada de trabajadores, o de la línea de montaje de la maternidad, cuyas filas de madres embarazadas podrían cantar ese verso del himno nacional mexicano: “un soldado en cada hijo te dio”), los personajes viven en una especie de ingenuidad primigenia, de inocencia del mal —ese candor que se vuelve un halo, una cualidad, cuando los fanáticos religiosos y extremistas de raza se miran a sí mismos en el espejo—; es como si el fin del mundo, identificado con el fin del neoliberalismo, fuera el atajo milagroso que los supervivientes tomaron para volver a ese mundo pre-adánico de la ignorancia del que fueran expulsados en El Principio. Ese candor psicópata, ese encanto homicida proviene de la falta de toda dimensión que trascienda el inquebrantable presente del consumo, en el caso de la película, de gasolina y de recursos des-humanos. Es carne de cañón transportada de un lado a otro, pero ajeno a todo punto de origen y llegada. El humano, transformado en recurso de consumo y gasto para mantener el poder hegemónico de Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) y su infatigable aceleración, pierde así su estatuto propiamente humano: sirve para seguir echando a andar la maquinaria del poder, y se convierte finalmente en instrumento, en recurso, en cosa.

3. Y entonces, algo como una chispa de conciencia se enciende: “No somos cosas”. De alguna forma la escritura ha sobrevivido al fin del mundo en la jaula de oro de las esposas, ese harén de mujeres sanas (además de bellas) que constituyen la posibilidad de que Immortan Joe perpetúe un linaje sano de sucesores. Podríamos bien imaginar que el mensaje inscrito en las paredes de la prisión sexual de las esposas será repetido en otros idiomas y en otros gestos siempre que alguien se dé cuenta de que no debe ser tratado como una cosa. Cuando el soldado Nux, el kamikaze del camino, se da cuenta de que no es una máquina de matar, como las esposas cuando decidieron no ser cosas, no ser propiedades, no ser máquinas de parir, la supervivencia adquiere un grado nuevo de complejidad; la estructura social se tambalea y el poder despliega todos sus recursos político-militares de intimidación, coerción y sabotaje (la administración de la violencia nunca cambia), pero también sus nociones de la libertad convenientes al propio statu quo: la fantasía post-vikinga del Wall(mart)Halla, donde los guerreros salvajes podrán ser por fin consumidores eternamente, como su líder y dios en vida, Immortan Joe, da lugar a un nuevo relato en que el lugar del esclavo no ha cambiado en absoluto dentro de la estructura, pero su sentido ha sufrido un cambio irrevocable.

4. La mujer tratada como “propiedad” desde el discurso del amo recuerda también a la travesía de Agamenón y los aqueos a las playas de Troya para recuperar a Helena. Sin embargo, el rapto de Helena no cambia sustancialmente el estatuto de Helena dentro de la lógica de los objetos. Furiosa no “rapta” a las esposas de Immortan (aunque este lo interprete así), no las cambia simplemente de lugar como objetos en una galería de decoración, sino que las trata como no-cosas, como seres libres. Muchas lecturas apresuradas de Mad Max la ven como un gran panfleto feminista. Esta lectura puede ser aceptada siempre y cuando entendamos por “feminista” una postura donde tanto las mujeres como los hombres no sean tratados como objetos.

5. Es por eso que el programa de escape de Imperator Furiosa (Charlize Theron, quien puede leerse como una Proserpina que va y vuelve del inframundo cargando las semillas del Hades) es como una revolución sin teoría: una revolución accidental, un evento sin precedentes y sin garantías que modifica el sentido del tiempo, y que también desemboca en una combustión fastuosa y costosa. El acelerador a fondo es necesario cuando uno emprende el riesgoso trabajo de escapar de las formas preexistentes de pensamiento para ejercer en la praxis el derecho a la libertad, pero sin un copiloto apto es como ir en un tráiler cargado de gasolina en medio de una tormenta de arena. Es ahí donde entra Max Rockatansky (Tom Hardy) como un agente secundario pero determinante, capaz de complementar el sentido del escape de Furiosa y de las esposas (en representación, a bordo, de las masas oprimidas encaramadas en el tren de la Historia), capaz de brindar una ubicación, un horizonte, un relevo, una complicidad ahí donde la velocidad es la nueva medida del tiempo —o mejor aún, un freno de emergencia que interrumpa el tiempo lineal del capital y ayude a asignarle nuevos valores simbólicos.

6. Puedo estar de acuerdo con Leonardo Boff cuando afirma que “la historia solo puede ser pensada a partir de dos principios: el de la negación de lo negativo y el del cumplimiento de las promesas. La negación de lo negativo quiere decir que el criminal no va a triunfar sobre la víctima. El peso de lo negativo de la historia no será el sentido definitivo. Por el contrario, el Creador [que debemos traducir en sentido laico como el ser humano que establece su derecho a crear la libertad a través de las acciones que en esa dirección sea capaz de configurar] enjugará ‘toda lágrima de los ojos, la muerte ya no existirá y no habrá luto ni llanto, ni dolor, porque todo eso ya pasó’” (Apocalipsis 21,4).

7. El ejercicio crítico, se ejerza desde la academia, el periodismo o la participación ciudadana, es como un Mad Max que contempla horrores incesantes a su alrededor y responde a la urgencia de mantenerse vivo sin nada que garantice sus condiciones de supervivencia. Max y Furiosa se convierten en auténticos creadores de condiciones de supervivencia en medio de la mayor hostilidad posible. Gracias a los dioses y a Odín que George Miller decidió (cosa inédita en una película de acción) omitir una trama romántica en el intenso intercambio de monosílabos y relato de navegación entre Furiosa y Max: verlos en la cama, a pesar de la interesante perspectiva de los malabares sexuales en vehículos distópicos (cfr. Watchmen), sería menos excitante que verlos trabajar mano a mano (e incluso en ausencia de manos) para colaborar en un fin común. La dinámica de fuerzas entre pensamiento y praxis deja de tener barreras basadas en la identidad o el género, y su equilibrio depende de que las funciones de los conductores sean compartidas y administradas en un contexto de absoluta incertidumbre. Solo así se puede seguir andando.

8. ¿Cómo salir del “camino de furia” una vez que vamos pisando el acelerador a fondo? ¿Intentar nuevamente apagar las llamas a fuerza de gasolina? Séneca nos recuerda que el enojo es un deseo de justicia fracasado, por ejemplo. Cuando pensamos en revoluciones a nivel social pensamos en sangre, en fuego y furia. Pero en este momento creo que debemos recordar más que nunca el llamado de Benjamin a accionar oportunamente el freno revolucionario en el tren de la Historia. Ese freno que nos forzará a renegociar los supuestos simbólicos (el significado de las palabras, por ejemplo) bajo los que hemos construido una estructura de poder basada en la (velocidad de la) productividad que cosifica o instrumentaliza a sus ciudadanos, y tratar de formular nuevos pactos sociales que reposicionen nuestro estatuto semántico dentro del discurso del amo. Debemos escribir en todas partes “No somos cosas”. No, no se trata de cambiar de amo, o sugerirle algunos ajustes cosméticos a su discurso, sino de empezar a actuar —para variar— como hombres y mujeres libres sin importar la reacción del amo. Mad Max es una gran película de acción, pero también es un pequeño tratado acerca de la libertad: no podemos cambiar el curso del tiempo, pero podemos cambiar su sentido. Si se quiere, su significado. Si, por otro lado, nos comportamos como cosas (como instrumentos, como recursos, como meros consumidores), entonces no debe extrañarnos que el amo nos trate como tales.


 

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