Manuel Gómez Morín: entre generar y conservar

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Con este ensayo sobre Manuel Gómez Morín continúa una serie que se propone pensar, desde las inquietudes del presente, los legados de la Generación del 15.

1915

Hace casi nueve décadas, en 1926, Manuel Gómez Morín escribió una carta abierta dirigida a quienes identificaba como la generación de 1915.[i] Esta carta de invitación a la acción política fue uno de los primeros trazos que Gómez Morín realizaría al empezar a esbozar el proyecto político que trece años más tarde cristalizaría en la fundación del Partido Acción Nacional (PAN).

En las ideas de Gómez Morín sobre lo que es y debe ser una “generación” se anticipa buena parte del pensamiento político que acompañaría, a veces como impulso y otras como ancla, al programa del PAN. Es una visión del pensamiento conservador que tuvo como centro, desde sus inicios, la idea y aspiración de generar sentido y acción, y de reconstruir —con lo mejor y los mejores— en vez de volver a fundar, cortar de raíz o hacer tabula rasa de cualquier otro pasado.

En este texto se hará una relectura del pensamiento fundamental de Gómez Morín a partir de la propuesta conservadora de acción política que comenzó a forjar en su obra 1915. La evolución del conservadurismo panista en sus más de 75 años de historia es en muchos sentidos la relectura constante y accidentada del proyecto original de Gómez Morín que inició con la generación de 1915, y la serie de interpretaciones, revisiones o reivindicaciones que dentro del partido se han hecho de esas ideas primigenias que le dieron identidad y dirección.


Generación y política

Los orígenes intelectuales del pensamiento político de Gómez Morín se pueden rastrear en fuentes tan diversas como la herencia de la generación del Ateneo de la Juventud, la escuela católica francesa de Jacques Maritain, la encíclica Rerum Novarum y las ideas político-filosóficas de Henri Bergson y José Ortega y Gasset. A su vez, el pensamiento de Gómez Morín es el resultado de una reflexión profunda sobre los acontecimientos históricos de principios del siglo XX. En particular, la Revolución de 1910, la dictadura del general Primo de Rivera de la década de 1920 en España, la Revolución rusa de 1917, la Guerra Cristera de 1926-1929 y la lucha por la autonomía universitaria (1933) marcarían el tono, contenido y prioridades del conservadurismo de Gómez Morín.

La Revolución mexicana fue al mismo tiempo fuente de inspiración y rechazo para Gómez Morín, quien reconocía el espíritu de justicia, autonomía y reivindicación de “México y los mexicanos” que acompañó inicialmente a la lucha armada y, sobre todo, la definición del problema agrario “tan hondo y tan propio […] como un programa mínimo definido” de la acción revolucionaria.[ii] Pero a sus ojos, esta claridad de propósito y acción había durado poco y se había perdido “en el romanticismo y la aspiración mística”, en las “promesas, inquietudes y valores” que venían del exterior y se adoptaban sin ninguna crítica,[iii] en el “grosero materialismo” en nombre del cual se “hace apología de la crueldad, de la violencia sin propósito”.[iv] Para Gómez Morín, la Revolución había devenido en una “obscuridad intelectual y desorientación política […] así como en un terrible desenfreno y una grave corrupción moral”.[v]

La crítica que hacía Gómez Morín a los revolucionarios por haber perdido la definición en sus intenciones y métodos va en el mismo sentido de la crítica que hizo a la generación del Ateneo de la Juventud (1907-1914), dos de cuyos miembros —Antonio Caso y Pedro Henríquez Ureña— fueron sus maestros en la Escuela Nacional de Jurisprudencia (1915-1918). Para Gómez Morín, los ateneístas eran solo parcialmente una generación, pues “no estaban unidos por otro lazo que el de una inquietud intelectual” y “no tuvieron tiempo, tampoco, de definir conclusiones”.[vi]

Para 1915, los miembros del Ateneo habían tomado rumbos distintos y un nuevo grupo empezaba a formarse entre los discípulos de Caso y Henríquez Ureña. Este conjunto, del que el mismo Gómez Morín formaba parte —y que más adelante se conocería como los Siete Sabios de México[vii]—, es en el que se inspiró para pensar en la posibilidad de que existiera ya una generación capaz de identificar e iniciar el cambio político.

Para Gómez Morín, una generación “es un grupo de hombres que están unidos por una íntima vinculación quizá imperceptible para ellos: la exigencia interior de hacer algo, y el impulso irreprimible a cumplir una misión que a menudo se desconoce […] y no importa que falten la unidad de época o de estilo o de ideología”, basta con compartir “ciertas maneras profundas de entender y valorizar la vida y de plantear sus problemas”. Y una vez que dicha generación se reconoce a sí misma “es preciso volver activos sus propósitos” y definir un “criterio de verdad, método y actitud fundamental” que permita generar una doctrina y organización para encauzar la acción.[viii] Ese criterio fundamental —dice el autor de 1915— es nada más y nada menos que el dolor, “única cosa objetiva, clara, evidente, constante […] no el dolor que viene de Dios, sino el que unos hombres causamos a otros” en forma de “miseria y opresión”.[ix]

Y es a partir de estas ideas —que comparten mucho con el vitalismo de Ortega y Gasset y el intuicionismo de Bergson[x]— que Gómez Morín comenzó a desarrollar con más precisión su proyecto político y a incorporar otros de sus elementos esenciales, en particular el papel privilegiado de la técnica[xi] para erradicar el dolor y perseguir el bien común de forma gradual y sin perder la armonía entre tradición y modernidad.

Aunque el lugar central que Gómez Morín atribuye a la técnica refleja el aspecto modernizador de su proyecto, lo cierto es que se deriva de una fuente más bien conservadora: la admiración que le provocó el dirigismo tecnocrático del gobierno del general Primo de Rivera en la España de los años veinte y “el uso de una técnica moderna y rigurosa en una atmósfera que había sabido mantener las virtudes caseras y la armonía social”.[xii]

El esquema primorriverista de intervencionismo conservador reconocía la responsabilidad del Estado en la consecución del “bien común” y su deber de involucrarse en el funcionamiento de la sociedad. En este sentido era compatible con la vía antiliberal y anticomunista que ofrecía la nueva doctrina social católica enunciada en la encíclica Rerum Novarum (1891), del papa León XIII, referencia ideológica indiscutible en las ideas de Gómez Morín y del cofundador del PAN, Efraín González Luna.[xiii] Aunque Gómez Morín siempre defendió la secularización de la política, su propuesta conservadora tenía un claro componente católico en su visión organicista, jerarquizada y anti-individualista de la sociedad y de la nación.

Por último, la idea de la técnica como el método más eficaz para gradualmente convertir las ideas en acciones nos ayuda a entender la naturaleza elitista del pensamiento de Gómez Morín: buscar —o reconocer— entre las élites intelectuales a sus mejores interlocutores y aliados, a esas minorías excelentes[xiv] que más adelante formarían −idealmente− la generación fundadora del PAN. La lógica del elitismo iba más allá de un criterio de virtud y reflejaba la preocupación de muchos círculos conservadores de finales del siglo XIX y principios del siglo XX sobre cómo integrar o excluir políticamente a las masas ante el panorama de ampliación de la participación política. El componente elitista de la propuesta de Gómez Morín deja ver con claridad los límites de sus aspiraciones democráticas y el rechazo que provocaba entre las derechas de los años veinte la democracia de masas y la democracia liberal.

Aunque para 1939 los miembros de la generación de 1915 habían tomado caminos ideológicos distantes, el sello universitario, elitista, jurista[xv] y humanista quedaría impreso en el pensamiento político de Gómez Morín y en muchas de las generaciones panistas.


Manuel Gómez Morín y el conservadurismo panista

Como todo partido político, Acción Nacional ha tenido que renegociar su doctrina y praxis a lo largo de su historia y adaptarlas a las circunstancias cambiantes dentro y fuera de la organización política. La evolución del partido en términos de consolidación e institucionalización, así como sus mayores o menores probabilidades de acercarse al triunfo electoral o de conseguirlo y gobernar han puesto en cuestión, reafirmado, diluido o reemplazado los diferentes componentes del proyecto ideológico fundacional del partido y multiplicado las versiones del conservadurismo panista.

En este constante debate sobre la identidad partidista y su proyecto de acción política han aparecido de manera recurrente los principales elementos de la propuesta de Gómez Morín en forma de dilemas difíciles de resolver. Entre estos destacan por su eterno retorno: la cuestión de la calidad de la membresía panista, ligada íntimamente a las nociones de generación y minorías excelentes; la cercanía o distancia con el pensamiento católico y la doctrina de la Iglesia; el papel del Estado en la organización de la sociedad; la velocidad o el gradualismo del cambio político; el balance armonioso entre técnica/modernidad y tradición, y la interacción formal del partido con otras organizaciones, actores y corrientes ideológicas internacionales.

Durante sus primeras décadas de vida el primer reajuste importante en la doctrina panista fue el asentamiento de la hegemonía católica que se extendería hasta finales de los años setenta. La intención original de Gómez Morín era que el catolicismo no se convirtiera en el eje fundamental del proyecto panista, sino que permaneciera más bien como un valor y referente para la vida privada, y un marco para visualizar una sociedad orgánica y justa: “Dios seguirá hablando a cada quien en su propio lenguaje”.[xvi] Sin embargo, las dificultades que el partido de minorías excelentes enfrentó para sobrevivir en un medio que le era hostil —como el del cardenismo y la guerra fría— le obligaron a cerrar filas ideológicas en torno a una doctrina más estrecha y asegurar así el apoyo decidido de por lo menos una reducida y selecta membresía.

La hegemonía católica impactó los demás componentes doctrinales del proyecto panista primero en la dirección de una mayor confesionalización y después en un ánimo más reformista —congruente con los cambios en la doctrina de la Iglesia. Finalmente, el acercamiento al catolicismo hizo crisis a finales de la década de 1970 con la renuncia de un grupo de miembros encabezados por Efraín González Morfín, que abanderaba la corriente más radical del pensamiento católico inspirado en el Concilio Vaticano II.

La transición de la hegemonía católica a una mayor autonomía permitió al partido ampliar su membresía y modernizarse, aunque eso le reportaría nuevos retos y dilemas doctrinales. Los ascensos de la corriente “conchellista” en la década de 1970 y de la “neopanista”[xvii] en los años ochenta representan los momentos más importantes de renegociación ideológica en la historia del partido, quizá tan fundamentales como su llegada al poder presidencial en el 2000, pues en muchos sentidos la victoria electoral fue un fruto neopanista. Ambas corrientes buscaban abrir las puertas y acoger el voto de protesta, cualquiera que fuera su origen, para extender la influencia y relevancia del partido en el sistema político mexicano, más allá de las minorías excelentes. La naturaleza de estas corrientes también respondía a los cambios que se habían producido en el juego electoral después de las reformas políticas de 1977.

La corriente liderada por José Ángel Conchello buscaba redefinir también el papel del Estado en la doctrina panista y promover una visión más enérgicamente antiestatista como respuesta a las políticas del presidente Echeverría y al “solidarismo” de González Morfín, que seguía de cerca el proyecto social del Concilio Vaticano II.

Tanto el “conchellismo” como el “neopanismo” compartían un sentido de urgencia e impaciencia política que contrastaba con las visiones gradualistas y con los estilos mesurados y rigurosos de Gómez Morín y González Luna. Esta urgencia de sus nuevos miembros —empresarios en su mayoría— por incidir en la política por la vía partidista se exacerbaría en 1982 después de la expropiación bancaria y ampliaría considerablemente las filas y recursos del partido.

El “neopanismo” produjo una crisis de identidad importante que se matizó relativamente ante los primeros triunfos electorales, aunque aun ahora no ha terminado de resolverse. Sin embargo, el “neopanismo” consiguió generar consenso por lo menos en algo: la necesidad de terminar con el aislacionismo del partido y abrir sus puertas a otras fuentes o influencias. Así, los miembros de la vieja guardia canalizaron sus preocupaciones ideológicas en diferentes acciones concretas. Un ejemplo fue la afiliación formal del partido a la Internacional Demócrata Cristiana (IDC) en 1983 y su interacción con organizaciones que reconocía como interlocutores espirituales (como la Fundación Konrad Adenauer de Alemania o el Partido Popular español). Ante los nuevos referentes internacionales que se perfilaban en la década de 1980, diversas corrientes del conservadurismo panista decidieron mirar al exterior y acercarse ideológicamente al anti-estatismo de Juan Pablo II; recurrir a instancias internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para denunciar fraudes electorales o buscar apoyo en los círculos republicanos norteamericanos para condenar la falta de democracia en México.

Finalmente, los triunfos panistas del 2000 y 2006 han tenido indudablemente un impacto de largo alcance en las diferentes versiones del conservadurismo panista, cuyas dimensiones resulta todavía prematuro esbozar. Lo que queda claro es que el PAN atraviesa por otro reajuste en su identidad doctrinaria y que enfrenta la necesidad tantas veces subrayada por Gómez Morín de definir primero qué conservar y qué transformar, quiénes pueden hacerlo y cuál debe ser el criterio de verdad esencial que oriente la acción política.


Además de su relevancia para entender el cauce ideológico de Acción Nacional, la propuesta de Gómez Morín ha sido un referente entre círculos diversos —que se extienden más allá de las ideas panistas y del amplio abanico del pensamiento conservador—, porque consiguió hacer un diagnóstico lúcido de los problemas del México del primer tercio del siglo XX y traducirlo en una estrategia concreta de acción y transformación política. Su motivación era generar cambios significativos sin dejar de proteger o conservar lo fundamental.

Tal vez precisamente en esa dualidad radica una de las complicaciones más importantes del conservadurismo de Gómez Morín: esa tensión entre transformar selectivamente algunos espacios e ideas y dejar intactos otros, como si las transformaciones sociales o políticas pudieran aislarse y también sus tiempos. Dirían algunos que dicha tensión es irresoluble y que todo lo que es sólido se desvanece en el aire. En todo caso fue esa fórmula dual la que le permitió a Gómez Morín articular ideas modernas con aspiraciones conservadoras y presentar una vía convincente en lo moral y en lo práctico para esas minorías excelentes que quería incorporar a su proyecto partidista. La relectura de esto a la distancia permite observar que, paradójicamente, no serían Gómez Morín ni el PAN, sino las élites priístas post-cardenistas las primeras en poner en práctica un proyecto de modernización selectiva y en experimentar los costos de sus contradicciones y dificultades.

Releer en 2015 las preguntas que Gómez Morín se hacía desde una época tan crítica como la que atravesaba el México de la Revolución —en el escenario de la Primera Guerra Mundial— es un ejercicio que invita a la reflexión. Sobre todo al observar que dos contextos tan disímiles puedan sugerir —desde lugares ideológicos distantes— las mismas preguntas sobre cómo definir y plantear los problemas y sus posibles soluciones, y sobre qué se debe y puede transformar o conservar al reconstruir el país.


Notas

[i] Manuel Gómez Morín, 1915, Editorial Cultura, México, 1927.

[ii] Gómez Morín, 1915, p. 10.

[iii] Gómez Morín, 1915, p. 14.

[iv] Gómez Morín, 1915, p. 17.

[v] Gómez Morín, 1915, p. 14.

[vi] Gómez Morín, 1915, p. 7.

[vii] Entre los miembros originales de este grupo que en 1916 se inauguró como la Sociedad de Conferencias y Conciertos estaban personajes tan distintos como Vicente Lombardo Toledano, Antonio Castro Leal, Alfonso Caso, Teófilo Olea y Leyva, Alberto Vázquez del Mercado y Jesús Moreno Baca.

[viii] Gómez Morín, 1915, p. 22.

[ix] Gómez Morín, 1915, pp. 27-28.

[x] Soledad Loaeza, El Partido Acción Nacional: La larga marcha: oposición leal y partido de protesta, México, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, p. 116.

[xi] La técnica entendida no como ciencia, sino como unión de conocimiento de la realidad, propósito y procedimiento para determinar e imponer la acción. La técnica “supone la ciencia pero la supera realizándola subordinada a un criterio moral, a un ideal humano” (Gómez Morín, 1915, p. 31)

[xii] Loaeza, El Partido Acción Nacional, p. 120.

[xiii] A diferencia del comunismo ruso o del capitalismo anglosajón, el modelo español de la dictadura primorriverista no era considerado por Gómez Morín como una influencia ajena o indeseable a la experiencia mexicana. Después de todo, en la visión hispanista que Gómez Morín compartía, España y sus antiguas posesiones formaban parte de una misma familia espiritual y cultural unida por la lengua española y el catolicismo. Ver Manuel Gómez Morín, España Fiel, conferencia con XIV dibujos de Maroto, Editorial Cultura, México, 1928.

[xiv] Gómez Morín, España Fiel, p. 145.

[xv] Sobre la influencia del iusnaturalismo en la generación jurista de los fundadores de Acción Nacional ver: Jaime del Arenal Fenocchio, El iusnaturalismo en tres juristas “conservadores” del siglo XX, en Erika Pani (ed.), Conservadurismo y derechas en la historia de México, vol. II, Fondo de Cultura Económica, México, 2011.

[xvi] Gómez Morín, 1915, p. 29.

[xvii] Así se denominaría a la nueva corriente hegemónica dentro del PAN –predominantemente empresarial- que ingresó al partido en las décadas de 1970 y 1980.


Bibliografía

Calderón Vega, Luis, Los siete sabios de México, Editorial Jus, México, 1972.

Castillo Peraza, Carlos, Manuel Gómez Morín, constructor de instituciones, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.

Gómez Morín, Manuel, 1915, Fundación Rafael Preciado Hernández, México, 2013. (primera edición publicada en 1927 por Editorial Cultura, México).

—————————, España Fiel, conferencia con XIV dibujos de Maroto, Editorial Cultura, México, 1928.

—————————, Diez años de México, Editorial Jus, México, 1950.

—————————, La Nación y el Régimen, Partido Acción Nacional, México, 1939.

Krauze, Enrique, Los caudillos culturales de la Revolución Mexicana, Tusquets, México, 1999.

Loaeza, Soledad, El Partido Acción Nacional: La larga marcha: oposición leal y partido de protesta, México, Fondo de Cultura Económica, México, 1999.

——————–, Acción Nacional: el apetito y las responsabilidades del triunfo, El Colegio de México, México, 2010.

Pani, Erika, Conservadurismo y derechas en la historia de México, vol. II, Fondo de Cultura Económica, México, 2011.


(Ilustración: curiousflux.)

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