El papa en México: su itinerario político

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El cardenal me mostró uno de los salones de su palacio. Estaba decorado con artesanías distintas y multicolores: éste me lo regaló tal presidente; ésa de allá, el monarca de tal reino; aquél, el gobernador de tal provincia. Era junio de 2014 y el cardenal –cuyo nombre me reservo– era uno de los hombres más poderosos de la curia romana.

Unos días después cené con un laico de unos cincuenta años, de pantalón de mezclilla y sandalias. Casi todos los empleados del restaurancito en donde nos vimos tenían discapacidad intelectual, y de las paredes colgaban acuarelas pintadas por jóvenes con síndrome de Down. La orden católica a la que pertenecía este hombre –una congregación de laicos comprometidos– había montado ese sitio para darle trabajo a personas con discapacidad intelectual, a quienes acompañaban en la fe y también en sus necesidades concretas: afecto, trabajo, escuela, vivienda y salud.

Las conversaciones con uno y otro fueron contrastantes: el cardenal disminuía la importancia de las reformas del papa Francisco. Le parecían meros cambios administrativos. ¿Celibato opcional para sacerdotes? Nunca. ¿Mujeres presbíteras? “Ni por estética”, me dijo. El laico cincuentón, por otra parte, irradiaba entusiasmo. Con Francisco, me dijo, vivíamos una primavera eclesial: era el papa de las periferias (de los barrios marginales pero también de los seres marginados: los viejos, los enfermos, los migrantes, los homosexuales). En los últimos quince días había convivido dos veces con Jorge Mario Bergoglio: “es como conversar con cualquier persona”, me dijo.


A la izquierda y a la derecha del papa

El papa Francisco gobierna la iglesia católica entre esas dos realidades: una jerarquía reacia al cambio y un laicado que demanda respuestas a nuevos desafíos. De un lado, levitas y fariseos: expertos en la Ley, funcionarios del templo a quienes les beneficia el statu quo; del otro, la masa de feligreses con sus virtudes y reveses: creen en el matrimonio, pero se divorcian; aguantan el regaño dominical en la misa, pero lo olvidan al poner un pie en la calle; mantienen la fe en su iglesia, pero les resulta indiferente lo que piense su obispo.

Con hechos, la jerarquía católica le ha dejado claro que no lo acompaña: al día de hoy ni una sola conferencia episcopal ha salido a decir “estamos con Francisco” en la inclusión de las mujeres en el gobierno de la iglesia o en su denuncia al capitalismo y al calentamiento global.

Esa soledad, sin embargo, es solo aparente. El apoyo que los obispos le regatean, Francisco lo encuentra entre las congregaciones de laicos, monjas, frailes y sacerdotes religiosos. El clero católico está dividido en dos grandes ramas: los curas y obispos diocesanos y las miles de congregaciones religiosas. En México (según datos del especialista Elio Masferrer) existen alrededor de veintiocho mil religiosas (conocidas popularmente como monjas), diez mil curas diocesanos y unos dos mil sacerdotes religiosos.

Los curas diocesanos se han formado en los seminarios de sus diócesis y están destinados a atender a los feligreses en las parroquias: por naturaleza su función será burocrática. Los religiosos, por el contrario, no están atados a un territorio; más que a una oficina o a un templo, pasan su tiempo en las calles o en las misiones que les encomiende su congregación. La orden más grande en la historia ha sido la Compañía de Jesús, cuya provincia argentina encabezó Jorge Mario Bergoglio –hoy papa Francisco– entre 1973 y 1979. Si bien existen grandes congregaciones conservadoras como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, otras órdenes de larga tradición, como los jesuitas y los dominicos, han asumido posiciones reformistas y de defensa de derechos humanos. En buena medida, Bergoglio se apoya en los religiosos progresistas para el gobierno de la iglesia y la diplomacia vaticana.

Ni aunque quisiera el papa Francisco podría reformar una iglesia de dos mil años en el lapso de un pontificado sin provocar un cisma. Pero ha desarrollado otras estrategias. A quienes defienden dogmas inamovibles, les responde con la cita del nazareno: las leyes están para servir a las personas y no al revés. Con la misericordia como principio, Bergoglio predica que cualquier legislación, precepto o medida disciplinaria debe leerse de manera flexible y contingente a las transformaciones de la historia. A los legalistas los acusa de idólatras de la Ley.

Parecieran meras batallas intelectuales, pero representan disputas políticas de fondo. Así, de su lado derecho, Francisco tiene a un moderno sanedrín compuesto de cardenales y obispos contrarios al cambio; a su izquierda, empoderados gracias a la primavera eclesial, se ubican los pequeños del pueblo de Dios: laicos y religiosos empujando la agenda del pontífice. Esa tensión se verá en su próxima visita a México.


El itinerario en México

Francisco estará en México entre el viernes 12 y el miércoles 17 de febrero. No va a Ayotzinapa ni a Iguala. Pero su itinerario está cargado de significados, desafíos y concesiones a una y otra parte. Veamos.

Aterriza el viernes 12 y la mañana del sábado 13 hace las paradas de rigor: reunión con Enrique Peña Nieto y el cuerpo diplomático en el Palacio Nacional. Luego viene lo atractivo: el encuentro privado con los obispos en la Catedral Metropolitana, programada a las 11:30 de la mañana.

¿Les “jalará las orejas” a los obispos, como ha sugerido Masferrer? ¿Les dirá, como ha hecho en sus homilías en Santa Marta, que la sacralización del dogma y de la Ley es un pecado?, ¿les pedirá repudiar la corrupción, los lujos, los vehículos ostentosos y preferir el olor a oveja de los pobres que la cercanía de los empresarios y gobernadores?

Por la tarde Francisco acudirá al santuario más concurrido del catolicismo, la Basílica de Guadalupe.

El domingo 14 de febrero es una de las jornadas más interesantes, porque Bergoglio va a donde se siente cómodo, el slum o barrio marginal. Francisco sabe que el tercer mundo tiende al slum (en 2050 habrá 10 mil millones de seres humanos en el planeta, la mayoría en slums). El barrio marginal sintetiza la injusticia social de nuestra época. Sus pobladores, muchas veces, carecen de agua corriente y luz, padecen hambre, habitan viviendas de cartón, sobreviven con trabajitos precarios y son presa de relaciones clientelares con el gobierno. En el barrio marginal, además, el pentecostalismo y otras confesiones no católicas ganan adeptos con rapidez. En Ecatepec persisten decenas de colonias en esas condiciones.

La megamisa de las 10:30 de la mañana se celebrará en un terreno conocido como El Caracol, que fuera una zona de desecación de sal concesionada a la empresa Sosa Texcoco. Desde 2002, Onésimo Cepeda, entonces obispo de Ecatepec, había sugerido esa zona para la canonización de Juan Diego, en la que sería “la mayor misa de la cristiandad”, pero el papa Juan Pablo II prefirió celebrarla en la Basílica de Guadalupe. En 2012, Onésimo Cepeda se retiró por edad de la diócesis pero no se fue del todo: un año antes, en 2011, su protegido político Eruviel Ávila había llegado a la gubernatura del Estado de México.

El Caracol colinda con uno de los desarrollos inmobiliarios más grandes de Ecatepec, Las Américas. Más relevante aún, el Caracol se convertirá en el acceso septentrional del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM). Si bien ya no forma parte del polígono del NAICM, sí será su inmediata colindancia hacia el norte. Para los dirigentes de oposición no se trata de una casualidad: “la élite política del Estado de México trae al papa Francisco para que les santifique el negocio”, me dijo José Luis Gutiérrez Cureño, que gobernó Ecatepec de 2006 a 2009 postulado por el PRD (aunque Cureño no es opositor al aeropuerto: a pesar del impacto ambiental espera que dote de los empleos que le faltan a Ecatepec).

La misa en Ecatepec representa un acto de equilibrio de Francisco: acude a la entidad que domina Enrique Peña Nieto, al municipio que es bastión de Eruviel Ávila y aun a los terrenos en donde habría grandes intereses inmobiliarios de la élite mexiquense. Pero quizá sea justo ahí, en el corazón del clientelismo, en donde el papa dé una homilía donde condene a los políticos corruptos.

El lunes 15 de febrero será un día para recordar. Jorge Mario Bergoglio va a San Cristóbal de Las Casas a rendirle tributo a Samuel Ruiz García. Acudirá a orar a su tumba. Vestirá –como hacía Samuel– ornamentos bordados por indígenas. Partirá el pan con Miguel Montejo, un diácono permanente casado de lengua chol, con su esposa María Trujillo y otros seis laicos, sacerdotes y catequistas indígenas, además de los dos obispos de San Cristóbal.

Samuel Ruiz construyó una estructura eclesial basada en 15 mil catequistas indígenas, 341 diáconos permanentes casados e intelectuales dominicos y jesuitas. Perteneció a la Teología de la Liberación y fue ideólogo de la Teología India. Jerónimo Prigione, delegado apostólico y nuncio entre 1978 y 1997, trató de destituirlo pero no lo logró. Sin la politización que Ruiz García arraigó en su diócesis no habría existido el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El obispo concordaba con las causas del levantamiento, aunque se opuso a la lucha armada.

Con la visita a Chiapas, el lunes 15 de febrero, Francisco le dará el respaldo a las Teología Latinoamericana de la Liberación en el corazón de su territorio, y legitimará la obra de su principal exponente mexicano –al lado de Sergio Méndez Arceo– Samuel Ruiz García. Al sentarse a partir el pan con Miguel Montejo, manda también una señal de apoyo al ministerio a hombres casados. Todo un cambio, pues Juan Pablo II había suspendido a la diócesis de San Cristóbal la ordenación de más diáconos permanentes.

De la gira a Michoacán se ha escrito, y con razón, que acude a una zona que hace dos años estaba en guerra civil y que posiblemente se pronuncie sobre la violencia. Hay que añadir, además, que los dos encuentros masivos tienen un carácter específico: a las 10 de la mañana se reúne con religiosas, sacerdotes, seminaristas y laicos en el estadio Venustiano Carranza. A las 16:30 horas verá a jóvenes en el estadio Morelos.

Son dos espacios donde el papa ha sido explosivo. Habrá que ver si, ante el clero de Morelia, formula su crítica a los sacerdotes y obispos “carreristas” (que se preocupan por impulsar su carrera y no por ser pastores), o que los regañe por las infidelidades al evangelio que ya ha señalado en la curia vaticana (“alzheimer espiritual, exhibicionismo mundano, narcicismo falso”). En el segundo encuentro no será raro que llame a los jóvenes a que “hagan lío” (no se dejen), como lo ha hecho ya en Brasil y Paraguay.

Ciudad Juárez, donde culmina la gira el 17 de febrero, acaso sea la ciudad con mayor politización del país. La violencia de la guerra contra el narcotráfico provocó el surgimiento de decenas de organizaciones que denunciaron la complicidad de las fuerzas armadas y la Policía Federal con grupos del crimen organizado. En esa urbe fronteriza se condensan las causas sociales de Francisco: la migración, el barrio marginal, la explotación del trabajo. En la capital de los feminicidios (seguida de cerca por Ecatepec), Francisco, casi con toda seguridad, le dedicará sus mensajes a los migrantes, las mujeres trabajadoras, las víctimas de la violencia, los desaparecidos y los presos. Acudirá temprano al Centro Penitenciario estatal número 3 y luego tendrá un encuentro con “el mundo del trabajo”. Es decir, Francisco cerrará su viaje a México con un mensaje político que, muy probablemente, incomode al gobierno de Enrique Peña Nieto.


Encuentro con las madres y los padres de Ayotzinapa

Jorge Mario Bergoglio demostró su simpatía con los padres y madres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. El 12 de noviembre de 2014 expresó, en la Plaza de San Pedro, su dolor por la desaparición de los estudiantes. El 22 de diciembre siguiente el nuncio apostólico Christopher Pierre celebró una misa en Ayotzinapa con los padres, rodeado de las imágenes de Marx y Lenin que decoran la escuela.

Desde que se confirmó la visita del papa a México las organizaciones de desaparecidos, entre ellos los padres de Ayotzinapa, solicitaron una reunión con el pontífice. De la jerarquía católica vino el portazo en la nariz: no habría reunión porque “el papa no viene a arreglar los problemas de México”, les dijo el nuncio Pierre. Las madres y los padres manifestaron su decepción.

Al momento que se escriben estas líneas, sin embargo, el ánimo entre los grupos de defensores de derechos humanos es positivo. La reunión con el papa se mantiene como una posibilidad, aunque no dentro de la agenda oficial.

Algunas de las organizaciones de derechos humanos en México han sido fundadas por religiosos: jesuitas, dominicos, franciscanos, monjas de diversas congregaciones y laicos comprometidos. Ellos son, en México y el mundo, los miembros de la iglesia católica que simpatizan con la agenda reformista del papa Francisco y son ellos quienes han intervenido, de manera discreta pero efectiva, en la elaboración de la agenda de la visita apostólica.

El encuentro podría darse el domingo 14, quizá paralelo a una reunión de Bergoglio con miembros de la Compañía de Jesús. Cuando se anunció la agenda papal por primera vez, se había programado una reunión con la comunidad cultural en el Auditorio Nacional. Ese acto se canceló. El papa recibiría a víctimas en Ecatepec o la Ciudad de México durante el espacio que quedó libre.

Un gesto por demás simbólico que le daría a la visita papal un contenido político, y que fortalecería, una vez más, a los religiosos que han acompañado la defensa de los derechos humanos, esos jesuitas, dominicos, franciscanos y esas religiosas que construyen, día con día, su primavera eclesiástica en México y América Latina.

(Foto: cortesía de Tânia Rêgo.)

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