Meade en su contexto o La imposibilidad de la decencia

La estrategia discursiva de José Antonio Meade consiste en negar que es político del PRI y distinguirse de la percepción tradicional de la política al afirmar que es decente, pero sin dejar de postularse por el partido más asociado a la corrupción. ¿Ingenuidad o cinismo?

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En su acto de apertura de campaña, ocurrido en la blanca Mérida el 1 de abril, el candidato del PRI, José Antonio Meade, proclamó con la soporífera solemnidad que lo caracteriza: «Frente a la nación me comprometo: encabezaré un gobierno de gente decente, como lo somos la enorme mayoría de los mexicanos […]».

La expresión «gente decente», en apariencia tan transparente como la predicada honestidad de este personaje político, puede ser interpretada de diversas maneras y sirve también como ejemplo de una práctica común suya: el cultivo del equívoco entre sus palabras y el contexto en que las pronuncia, el cultivo de la contradicción entre su supuesta virtud y el medio corrupto en el que ha medrado.

Vamos por pasos. Según las crónicas, el aspirante encabezaba un acto lleno de prominentes y veteranos potentados del instituto político al que no pertenece y que, sin embargo, representa con orgullo (otro equívoco que discutiremos más adelante), incluidos Luis Videgaray y Emilio Gamboa Patrón, entre otros más de la misma estirpe dinosáurica. Hablar de un gobierno de gente «decente» ante una concurrencia de tal calaña solo puede significar dos cosas: si tomamos en serio el calificativo, querría decir que la administración que sueña con encabezar no podría incluir a sus invitados de lujo, pues sería imposible describir sus trayectorias políticas, sus transacciones inmobiliarias, sus prácticas legislativas con este adjetivo; en cambio, si la noción que Meade tiene de la «decencia» es suficientemente elástica para abarcar a este tipo de personajes, la palabra no significa nada en sus labios. En el primer caso se propondría hacer un gobierno que incluyera a la mayoría honesta de la población y excluyera a la élite a la que él mismo pertenece; en el segundo, el baño de pueblo que se da al ponerse del lado de la «enorme mayoría» no es más que retórica vacía.

Pero si tenemos en cuenta el contexto más amplio de su promesa, se nos ofrece una tercera posibilidad de interpretación. Es bien sabido que la capital yucateca presume de ser blanca no solo por la cal que adorna sus fachadas, sino también por la piel de sus habitantes. El libro de Eugenia Iturriaga, Las élites de la ciudad blanca, demuestra la prevalencia de la discriminación racial, lingüística y étnica en los círculos sociales, las escuelas, la prensa y la televisión yucatecos. En tal ámbito (que por cierto no es exclusivo de la hermana república, sino definitorio de todo nuestro país), hablar de «gente decente» puede ser comprendido como una alusión racial velada, como los famosos dog whistles (los silbidos de perro) de Trump, términos clave e implícitos que usa este personaje para confirmar los prejuicios racistas de sus votantes. En esta lectura, la gente decente sería gente blanca, con apellido extranjero, de prosapia; gente preocupada por la estabilidad de los mercados y la santidad de los contratos aeroportuarios, no la bola de chairos y… aquí dejo a la imaginación del propio Meade, de sus compañeros de tribuna y de mis lectores las categorías que se podrían aplicar a los «no decentes», es decir, a aquellos a quienes no invitaría jamás a su selecto gobierno.

Tal definición racializada de la «decencia» contradice a todas luces la declaración del propio candidato de que la mayoría de los mexicanos lo somos, o pone en entredicho su idea de lo que es una «enorme mayoría». Esta curiosa libertad en el manejo de las cantidades no resulta sorpresiva en este personaje: basta recordar que como secretario de Desarrollo Social demostró una gran creatividad en la alteración de las definiciones estadísticas de la pobreza y la manipulación de las políticas de asistencia social, echando al traste las prácticas establecidas para cuantificarla y sacando de la pobreza por milagro a dos millones de personas.

Pero veamos otro contexto en el que el aspirante hizo una declaración también equívoca. En el cierre de su «precampaña», el 11 de febrero, con bombo y platillo en el Estado de México, ante un público tan selecto como el que lo acompañó en Mérida, afirmó lo siguiente:

«Hace un año se veía muy complicado en el Estado de México, hace un año se nos decía que se veía difícil, y hace un año ¿quién ganó en el Estado de México? ¿Quién ganó en el Estado de México?

¿Y cómo trabajó este priismo para que ganara Alfredo del Mazo? Trabajó fuerte y con todo.

Hoy ese triunfo le regresó la tranquilidad al país y le regresó la tranquilidad a los mercados.

Inspirados en ese triunfo, el primero de julio del 2018: ¡vamos a ganar!»

 

Prometer un triunfo inspirado en la actuación de su partido en las elecciones de 2017 en el Edomex implica amenazar con la repetición de las prácticas ilícitas y antiéticas que reportaron muchos medios de comunicación en ese momento: la compra de votos, el uso ilegal de los recursos del estado, la intimidación de los votantes de oposición, la manipulación de los procesos judiciales en contra de sus opositores. Claro que «el político que no es del PRI» no deletreó estas trapacerías con detalle, pero el contexto priista en prometió ese tipo de victoria no daba espacio para otras interpretaciones: ganaremos cueste lo que cueste (al erario, a la ley, a la democracia), caiga quien caiga (ojo, opositores) y haiga lo que haiga que hacer (y para eso tenemos al Trife de nuestro lado).

Esto me lleva a discutir el equívoco fundamental de Meade: su figura de candidato ciudadano postulado por un partido de Estado. Desde su «destape», al estilo tradicional de una cargada como no la veíamos desde 1988, Meade ha querido convencernos de su no priismo a la vez que se ha adherido, de manera acrítica e incondicional a esta y todas las demás prácticas corporativas, autoritarias o simplemente ridículas del priismo: lo hemos visto darse orondos abrazos con dirigentes sindicales de la más conocida deshonestidad, dejarse adorar en incansables ceremonias de besamanos, incluso disfrazarse de chamula para confirmar el pacto autoritario establecido desde 1938 entre su (no) partido y la élite cerrada que ha regido ese municipio chiapaneco, como ha documentado Jan Rus en su ensayo La Comunidad Revolucionaria Institucional.


Siguiendo la misma lógica tortuosa, el candidato pavonea sin cesar su honestidad individual, pese a que lleva seis años de ser funcionario del más alto nivel de un gobierno que ha roto todos los récords de corrupción. También presume, siempre de la manera más tediosa, su eficiencia tecnocrática aun cuando es parte de una administración que ha dado muestras de una ineficacia singular. Al escuchar sus profesiones de pureza y sus cantinelas de competencia me resulta inevitable recordar el trillado verso de Salvador Díaz Mirón que la cultura de su (no) partido ha convertido en un descarado manifiesto de cinismo:

 

Hay plumajes que cruzan el pantano

y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!

 

No obstante, más allá del mundo de la lírica, el lodo del mundo real sí mancha a los que se revuelcan en él, sobre todo cuando llevan seis años en el gabinete. Por ello, solo alcanzo a imaginar dos posibilidades para explicar la milagrosa excepcionalidad que exalta este personaje, sin atreverme a cuestionar, desde luego, su pretendida honestidad. O no se ha dado cuenta de la realidad que lo rodea y de las trapacerías de sus colegas y de su propio jefe, el de la casa blanca, o lleva muchos años de hacerse el disimulado y de mirar hacia otra parte. Para decirlo en otros términos, todavía mesurados: o es un ingenuo o es un cínico. Aquí dejo a la imaginación de mis lectores que busquen otros calificativos más adecuados para referirse a este tipo de «decencia».

En todo caso, solo me resta señalar que ninguna de las dos interpretaciones es halagüeña para su figura de pretendido presidente y para el gobierno de «mayorías» que sueña con conformar después de su triunfo inspirado en la victoria del Estado de México. Ambas ponen también en muy mala posición a sus escasos seguidores, esos que gustan de llamarse «meadebeliebers», sin aparente autocrítica o vergüenza. Si apoyan a un cándido como candidato, entonces ellos deben ser lo que él también y aún más que él; si se decantan por un descarado, lo serán por doble cuenta. Incluso tal vez compartan su definición de lo que significa ser «decente» en este país y como miembro destacado de este gobierno: un hombre tan acostumbrado al privilegio que está dispuesto a todas las omisiones y todas las complicidades para mantener su posición.

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