“México es un país roto y lastimado, pero con una gran esperanza”

La ‘Cuarta Transformación’, según la lingüista Violeta Vázquez Rojas Maldonado, es un cambio estructural en la política mexicana, que favorecerá a los ciudadanos en vez de al poder económico

| Cuestionario

Para entender qué significa la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México y los retos del Gobierno y del país en este nuevo sexenio, Horizontal ha circulado este cuestionario entre intelectuales y analistas. Hoy contesta la doctora en lingüística Violeta Vázquez Rojas Maldonado.

1. ¿Qué debemos entender como “Cuarta Transformación”?

Los cambios de gobierno hasta ahora sólo implicaban el paso del poder de unas manos a otras, sin que se modificara la política de fondo. Cambiaban las caras, incluso cambiaban los partidos, pero continuaba el mismo proyecto, la misma tendencia a limitar el poder del Estado en favor de una política dictada por y para los beneficiarios del poder económico. Ese camino llegó a parecer tan ineludible que los ciudadanos dudaron de la posibilidad de cambiar el panorama mediante la vía pacífica (al mismo tiempo que la vía no pacífica del cambio, por una racionalidad mínima debida, tampoco se contemplaba). Esa continuidad tan exasperante del proyecto neoliberal, el Estado debilitado ante los intereses de las grandes compañías, por un lado, y con múltiples corporaciones doblegadas e infiltradas por los grupos criminales, por otro, se resumió en desconfianza ante los políticos y en el desprecio de la política partidista como posible vía de cambio.

Por eso, la “Cuarta Transformación” debe leerse, primero, como el abandono de esa percepción de impotencia ciudadana. Es un viraje sustancial sobre ese camino que, de tan andado, parecía imposible de dejar. En segundo lugar, su calificativo ordinal, “cuarta”, le otorga un lugar natural en la secuencia de las grandes transformaciones de México: empezando con la Independencia, la Reforma y, después la Revolución, la “Cuarta Transformación” es también una ruptura histórica. En este caso, consiste en la separación del poder político respecto del poder económico y, con ello, la recuperación de un gobierno para el beneficio de la gente y no el de las compañías. La Cuarta Transformación es, por decirlo en pocas palabras, la recuperación y la re-humanización de la política.

2. ¿Qué México recibe el nuevo gobierno? ¿Qué etapa histórica estamos viviendo?

Con un Estado desgastado que dejó de fungir como garante del pacto social, México es actualmente un país profundamente roto y lastimado: desempleado, violento como nunca, corrompido como pocos. Pero, al mismo tiempo —y no lo digo por cursilería, lo digo porque lo vi con mis ojos en la campaña, y porque esa percepción se confirmó con una votación histórica el 1 de julio—, el nuevo gobierno está recibiendo un país con una gran esperanza.

La coyuntura es bastante compleja porque, por un lado, la violencia no ha cesado (en algunos lugares, incluso, se ha recrudecido) y el gobierno saliente no tiene ya incentivo alguno para esforzarse ni reconocer su deuda ante la sociedad. Dejan, pues, una sensación de desolación y miedo justificado. Por otro lado, parece haber bastante unidad en torno a las buenas expectativas: AMLO tiene 66% de aprobación [El Financiero, 27 de noviembre]; es decir, está incluso 13 puntos arriba del 53% con que ganó la elección hace cinco meses. La gente trata de informarse sobre las decisiones del nuevo gobierno —tanto para apoyarlas como para criticarlas—, e incluso se interesa por participar en ellas, o al menos trata de proponer cómo es que se debe (o no se debe) consultar a los ciudadanos. Los medios y algunos comentaristas opositores califican despectivamente este ambiente como “de polarización”, pero más bien se trata de la rareza de un paisaje cívico al que no estábamos acostumbrados: la efervescencia de la discusión pública, el bullicio del ágora, en el mejor de los sentidos.

3. ¿Qué tipo de izquierda representa el gobierno de Andrés Manuel López Obrador?

Este punto es curioso porque, hasta hace algunos meses, se calificaba a la izquierda obradorista de “conservadora”, pues, según los diagnósticos, el proyecto obradorista otorgaba prioridad a la justicia social pero desdeñaba las libertades individuales. El desarrollo de la campaña y las recientes propuestas de los legisladores y los miembros del gabinete del nuevo gobierno mostraron que no es así:  las propuestas del reconocimiento de derechos ante el IMSS para las parejas del mismo sexo, de la regularización del uso lúdico de la marihuana, y de la despenalización del aborto, por mencionar algunas, muestran que se trata de una izquierda progresista e incluyente, fuertemente nacionalista pero, a diferencia de los nacionalismos del pasado, no integracionista, sino respetuosa de la diversidad cultural.

4. ¿Qué o quién es la nueva oposición?

Es difícil saberlo, porque la nueva oposición está desarticulada y, con justa razón, desconcertada. Eso es normal, e indicativo del cambio profundo de régimen al que me refería antes. Hasta ahora, las transiciones gubernamentales no habían sido tan traumáticas para los que quedaban como opositores, en parte, porque dado que el poder nunca cambió realmente de manos, la oposición tampoco cambió de actores. Esta vez es distinto por dos razones: la primera y más obvia es que el movimiento que mejor condensaba las causas opositoras ahora tiene el poder, pero además porque, camino a su triunfo, el lopezobradorismo fue abriendo lugar para viejos rivales, que ahora son aliados incondicionales. La oposición se disgregó, a mi parecer, desde mucho antes de la elección, y en gran parte gracias a eso MORENA se garantizó un triunfo tan contundente.

La campaña de López Obrador era un llamado constante a la unidad, incorporó sectores de un espectro político amplísimo y ello también explica que los pocos que quedaron “del otro lado” no encuentren en torno a quién reconfigurarse. En suma: por un lado, les falta experiencia como oposición, pues sabían hacer política sólo desde el oficialismo. Pero por otro lado, hay fuerzas opositoras cuyas bases fueron arrastradas y envueltas en la corriente obradorista. El eje natural de la oposición al lopezobradorismo deberán ser quienes detentan el poder económico, pero creo que faltan varios meses o años para saber qué figuras concretas de ese perfil serán carismáticas o representativas y, sobre todo, de qué tesitura será su base social, que es la que no acaba de manifestarse.

5. ¿Cuáles son los temas más urgentes a resolver y cuáles serán realmente las prioridades gubernamentales?

El más urgente es la corrupción y la violencia, y lo digo en singular porque, como bien lo ha diagnosticado el gobierno entrante, son un mismo problema enrevesado. Dado que fue la bandera de su campaña, me parece que el nuevo gobierno se concentrará, primero que nada, en el combate a la corrupción y en eliminar el dispendio. De ello depende el financiamiento de los programas sociales propuestos, que también son urgentes, pero que quizá pertenecen a un segundo plano en secuencia lógica. Aunque la violencia es y será el tema más urgente, también creo que tomará mucho tiempo percibir resultados, pues los grupos criminales no se desarticularán sin resistencia, y falta ver qué tan profunda es su influencia hacia adentro de las corporaciones del Estado. Otro tema urgente, pero no de fácil solución, será el educativo, pero tampoco se verán mejoras si no se dirimen primero los conflictos político-sindicales en el magisterio, por ejemplo.  Parafraseando a Mafalda, “lo urgente no deja tiempo para lo importante”, así que creo que en muchos temas que consideramos prioritarios no habrá resultados visibles mientras no se resuelvan otros asuntos que parecen secundarios, pero que tienen precedencia lógica sobre aquéllos.

6. ¿Cómo será la relación con el gobierno de Donald Trump?

Hasta ahora, parece que habrá una relación de respeto, pero con firmeza. Parece que la preocupación es, más bien, cuál será la reacción de Trump ante una decisión de parte del gobierno mexicano que privilegie la soberanía o el respeto a los derechos humanos por encima de lo que designe el presidente de los Estados Unidos. En parte por mi desconocimiento del tema, y en parte por que Trump ha actuado en el pasado de manera voluntariosa, creo que en esta relación habrá muchos eventos impredecibles, pero tengo confianza en que contamos con una cancillería experimentada que podrá sortear las eventuales asperezas.

7. ¿Qué pasará con el sistema partidista en México? ¿Morena se convertirá en el nuevo PRI?

Pareciera que el PRI es la hegemonía que mejor conocemos, y al ver la contundencia con la que MORENA se hizo del poder, es muy grande la tentación de compraralo con el PRI, sencillamente porque es el único lugar conocido al que nos sabemos remitir. Pero no hay que llevar demasiado lejos el símil. El PRI y MORENA son partidos con orígenes y vocaciones muy distintas. Mientras que uno se creó para institucionalizar la rotación del poder después de la Revolución, MORENA emergió luego de una crisis de credibilidad democrática a raíz de la “problemática” elección —por decir lo menos— del 2006, y del sinsabor que dejó la compra descarada del voto en 2012. En ese escenario de desencanto, MORENA logró, apenas unos años después, recobrar la confianza de la gente en la democracia electoral. Creo que se debe a que tiene dos grandes diferencias respecto del PRI de cualquier momento: primero, que se configuró alrededor de la figura carismática de AMLO, y segundo, que se basa en un eje rector moral de tres principios que, hasta donde sé, no son expresamente enarbolados por ningún otro partido (el que los individuos se apeguen a esos principios en la práctica es otro tema). Veo, pues, pocas razones para pensar que hay mucho en común entre MORENA y el PRI.

 

Artículos relacionados