Mis editores los narcos

Mis editores los narcos - ilustración @donmarcial
Mis editores los narcos - ilustración @donmarcial

La primera vez que pensé si valía la pena ser periodista fue en octubre del 2011, poco antes de cumplir 36 años, cuando cubría nota roja en Zihuatanejo, Guerrero, para el Diario ABC. Era un domingo a mediodía. El comandante regional de la Policía Investigadora Ministerial (PIM), al que conocíamos como El Caimán, me llamó al celular:

— Omar, jálate a la comandancia… hay unos detenidos, para que los saques mañana en el periódico.

Subí a mi motocicleta azul y llegué a la comandancia. Un policía ministerial colocó a dos hombres y una mujer en una pared. Eran los presuntos culpables del robo de una camioneta de lujo. Tomé un par de fotografías. Al salir de la comandancia vi dos coches e intuí que eran sicarios: era habitual que hicieran guardia ahí. Cuando llegué a la redacción, sonó mi celular:

— ¿Eres Omar Bello Pineda?—, me preguntó una voz que no conocía.

— A la orden. ¿En qué le puedo servir?— respondí pensando que era alguna de las muchas personas que me llamaban a diario para denunciar o pedir alguna nota.

— ¡Soy Lorenzo Mercado, jefe de sicarios de los Caballeros Templarios! ¡Mira hijo de tu puta madre, si no quieres que te corte la cabeza, y quieres vivir, no saques la nota de las tres personas a las que les fuiste a tomar las fotografías a la comandancia de la judicial!

— ¿Y yo cómo sé que usted es quien dice ser? Cualquiera puede llamar y decirme que es el Chapo Guzmán y no por eso le voy a creer —, respondí.

— ¡Mira, hijo de tu puta madre, si no me quieres creer, allá tú, pero si la sacas, te mato!

Dudé. Todo el mundo sabía que la policía, especialmente la ministerial, tenía contacto con los cárteles de la ciudad. Cinco minutos después, me llamó El Caimán. Tuve miedo:

— Omar, no vayas a sacar la nota, los detenidos son parientes del jefe de sicarios y ya se hizo una bronca aquí. Es más: ¡Ya hasta se los llevaron ellos!

— No hay bronca, no sale nada—, respondí.

Colgué y mi celular volvió a sonar:

— ¿Qué pasó… ya le dijeron?

— Sí

— No te pases de listo, cabrón, porque a la otra que me respondas así como esta vez, te mato.

— Discúlpeme, de verdad discúlpeme, lo que pasa es que mucha gente se agarra de ese tipo de argumentos para obligarnos a no sacar algunas notas, diciendo que son gente de algún grupo, y nos amenazan.

— Mira, yo no hago eso, y para la otra te voy a levantar para que sepas quién manda, pendejo.

Seguí escuchando lo que me decía. En un momento, se burló:

— ¿Te andabas cayendo de la moto cuando llegaste, verdad?

Supe que estaba afuera de la oficina porque, efectivamente, la moto se me fue de lado y casi me caigo. Me asomé a la ventana:

— ¿Para qué te asomas?—, me dijo.

Entonces el miedo fue espantoso. Sentí escalofríos. Estaban fuera, sabían exactamente lo que etaban haciendo y podían haber entrado en cualquier momento si yo no hubiera acatado la orden.

Después de la llamada me senté frente a la computadora y miré durante una hora, paralizado, las fotos que había tomado. Sonó el teléfono de la oficina y brinqué. Esta vez era el subdirector del diario, que me preguntaba si tenía alguna nota buena. Le dije que no. Él no me comentó nada, pero recuerdo que estaba balbuceando. La psicosis me duró todo el día. Fui a cubrir un accidente en mi moto y miraba a todos lados: cualquier persona, cualquier coche me parecía sospechoso. Antes de ir a mi casa di varias vueltas por el centro de la ciudad sin rumbo.

Este primer episodio solo se lo comenté a Cindy, la secretaria del periódico. El consejo que dio fue: “cuídate”. Lo único que hice, a pesar de mis dudas, fue trabajar. Y siguieron las amenazas —hasta ocho— y me secuestraron dos veces.

El levantón que más recuerdo ocurrió el 15 de abril de 2014. Habíamos publicado una serie de reportajes sobre funcionarios públicos de la administración del entonces presidente municipal, Jorge Ramírez Espino. Eran publicaciones sobre la falta de agua potable en la mayoría de los domicilios o el pésimo servicio de recolección de basura. Todas ellas estaban respaldadas. A los funcionarios simplemente no les gustaba que exhibieran su pésimo trabajo y, como pretendían ser candidatos a la presidencia municipal por el PRI, según ellos, eran una mala campaña.

Alrededor de las dos de la tarde de ese 15 de abril, salía de una funeraria en la que había sacado unas fotos de una persona asesinada. A una cuadra un grupo de hombres me ordenaron bajar de mi motocicleta y subir a una furgoneta. Recuerdo que era dorada. Me pegaron y me insultaron, me quitaron el celular y la cartera y después me cubrieron la cabeza con una playera para que no supiera adónde me llevaban. Al llegar a un punto indeterminado, me cambiaron a la parte de atrás de una furgoneta y dos hombres me mantuvieron inmovilizado contra el suelo. Por la hora, estaba casi hirviendo. Se subieron dos hombres más y pegaron los cañones de sus armas —después sabría que eran AK47—, uno en la espalda y el otro en el glúteo. Sentí que entramos en un camino de terracería. Me bajaron y me quitaron la playera.

La persona que estaba frente a mí era un reconocido sicario. Otro de cuando me de los hombres puso en mi cabeza la boquilla de un cuerno de chivo. Un tercero me dijo:

— ¿Qué es lo que está pasando contigo? Ya te había dado la orden estricta de no publicar notas. ¿Por qué sigues publicando?

Pensé que me iban a matar y como en una película vi pasar frente a mí toda mi vida, incluso veía imágenes donde mis compañeros tomaban fotografías de mi cuerpo rodeado por la típica cinta amarilla. Le contesté que solo hacía mi trabajo.

— Por qué estás sacando esas notas en el periódico donde se exhiben a los funcionarios como ratas, ¿qué no sabes que ellos son parte de la organización? —, me respondió.

Después de permanecer hincado durante diez minutos, hablaron con su jefe, y éste les dijo que solamente me dieran una calentada y me soltaran. Me regresaron al lugar donde me habían levantado, no sin antes advertirme de que no querían ver más notas mías criticando al gobierno municipal. Mi moto la estaba cuidando un halcón.

Hablé con mi jefe y le dije que renunciaba. Hubo un pequeño silencio y me contestó:

— Tranquilo, tómate unos días de descanso y después hablamos.

Seguí trabajando hasta agosto de 2017. En ese tiempo las cosas cambiaron a peor. Antes el narco marcaba una línea editorial porque un grupo dominaba. Ahora dos cárteles se disputaban el lugar y los dos querían ser mis editores, decirme qué publicar y qué no. Para sobrevivir, a veces publicaba, a veces guardaba silencio. Hasta que un día un amigo policía me dijo que habían dado orden de matarme.  Entonces me fui. Desde entonces soy un periodista desplazado como muchos en este país en guerra, porque no hay otra forma de decirlo.

 

 

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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