Muchas gracias, María Kodama

Acusado de plagio por María Kodama, el escritor argentino Pablo Katchadjian enfrenta una pena de hasta seis años por haber intervenido, en 2009, uno de los relatos más célebres de Borges.

| Literatura

Los juicios en que se veían envueltos escritores y libros en el siglo XIX involucraban la acusación de ofensas a la moral. Hoy, cuando esas viejas querellas nos despiertan un morbo irreprimible y no pocas sonrisas de pasmo, la acusación en boga ha cambiado por completo: la ley persigue a escritores por el delito de “defraudación a la propiedad intelectual”. Una lectura inmediata llevaría a concluir que el plagio y la apropiación, en la era del capitalismo exacerbado, son la nueva inmoralidad, que lo único que mueve a escándalo, lo único realmente ofensivo para una mentalidad que ha elevado la plusvalía a ídolo último, es meterse con la propiedad privada. En una segunda lectura, sin embargo, parece estar en lisa mucho más: así como en los juicios a Flaubert y Baudelaire la pregunta alcanzaba los límites de lo que puede y no puede hacer un escritor,[1] los juicios actuales comprometen los procedimientos de la escritura, qué tan lejos se puede llegar en la reelaboración de un texto, hasta qué punto cabe aceptar un libro o una página impresa como ready-made.

Aventuro que en unas cuantas décadas se recordará el juicio contra Pablo Katchadjian y El Aleph engordado con un morbo irreprimible y no pocas sonrisas de pasmo. La historia, ya bastante conocida, irónicamente sería ideal para un cuento de Borges: En 2009, Katchadjian reescribió “El Aleph”,engordándolo con sus palabras. El cuento original está allí, bajo las capas adiposas sobreimpuestas y, dado el caso, podría recuperarse íntegro, si mediante un régimen de liposucción textual se tacharan las añadiduras de ese experimento literario tan del gusto del Taller de Literatura Potencial (OuLiPo). La intervención de Katchadjian dio como resultado un nuevo texto o, para decirlo con palabras más polémicas, produjo una nueva originalidad. El Aleph engordado es muy diferente de “El Aleph” de Borges aunque lo incluya en su totalidad, y no es impensable que el propio Borges hubiera aprobado ese homenaje paradójico, esa magnificación ripiosa pero audaz, a pesar de que él quizá lo habría planteado como una mera posibilidad. En lugar de realizar directamente experimentos literarios de esa naturaleza, tanto en “Pierre Menard, autor del Quijote” como en Crónicas de Bustos Domecq (en colaboración con Bioy), Borges elige atribuirle la osadía a otros, a personajes conjeturales y más bien equívocos, en una maniobra a la vez taimada y llena de humor gracias a la cual el experimento se realiza como perturbadora cosa mentale.[2]

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En 2011, sin percatarse del guiño que comporta ese librito provocador (del que por cierto apenas se imprimieron 200 ejemplares), María Kodama acusó a Katchadjian de plagio, de intervenir una obra protegida sin la debida autorización. Y a pesar de que, bajo la defensa de Ricardo Strafacce (escritor y abogado, autor de la mítica y monumental biografía de Osvaldo Lamborghini), el caso no prosperó en un par de ocasiones y Katchadjian fue sobreseído en su momento, la acusación ha cobrado nueva fuerza, y con una condena que va de uno a seis años de cárcel o un embargo de ochenta mil pesos argentinos (la desproporción entre el supuesto delito y la pena delata la intención de un “castigo ejemplar”, inhibitorio), nos encontramos ante una pavorosa escena del absurdo: unos jueces, empeñados en remitirse a la ley al pie de la letra, y del todo incapaces de otra lectura del libro sospechoso que no sea literal –imposibilitados para leer el gesto más allá del texto, su hinchazón como una forma de desfase y reescritura–, determinarán, a todas luces sin la menor pertinencia, si un experimento literario es válido o no.

Aunque la policía literaria esté desatada en todos lados, y aquí y allá se denuncien y emprendan juicios por plagio de la más diversa ralea (Kodama ha protagonizado varios, entre ellos el que sentó en el banquillo a Agustín Fernández Mallo por su versión remake de El hacedor de Borges), en este caso en específico queda la sospecha de que no se trata más que de una confusión kafkiana, de una pesadilla abultada por el error y la estulticia, en que la viuda de Borges ha interpretado su misión como heredera –y cancerbera– de una forma desbocada y un tanto ridícula, que movería a risa de no ser porque hay una persona imputada.

Que Katchadjian no pretendía plagiar sin más a Borges es evidente desde el título del libro, y ya solo ese argumento debería bastar para su defensa. A la manera de Marcel Duchamp cuando le dibuja bigotes y barba de mosquetero a la Gioconda, Katchadjian no elige un texto secreto y poco reconocible de la literatura para hacerlo pasar por suyo, sino todo lo contrario: elige probablemente el escrito más célebre de la literatura argentina para intervenirlo. Su reto es construir un nuevo texto a partir del ya archiconocido y consagrado; un nuevo “Aleph” que incluya “El Aleph” a manera de esqueleto y premisa, pero que sea distinto; un “Aleph” otro, obeso e irreconocible –lo cual, si se mira bien, constituye una verdadera hazaña. Pero aun sin importar lo que busque y consiga desde el punto de vista literario, Katchadjian lo hace abiertamente (¡con una posdata aclaratoria por si fuera poco!), bajo el entendido de que, a la manera del cuadro intervenido por Duchamp paraL.H.O.O.Q., todos sabemos perfectamente de quién es la pieza base.

Que la obra original está allí, en el fondo, inalterada e incluso robustecida por la operación artística, Duchamp lo hace patente con su L.H.O.O.Q. rasée o afeitada; una segunda obra que, sin necesidad de navaja alguna, restituye intacta la obra maestra de Leonardo o, para ser precisos, una de sus reproducciones baratas, con lo cual el círculo de la apropiación se cierra como una humorada y la preocupación por la autoría se disipa como el humo. Otro tanto podría hacerse con “El Aleph”. En una vuelta de tuerca que, dada su “rústica exageración de la figura del heredero” (Beatriz Sarlo dixit), nadie esperaría jamás de ella, Kodama bien pudo haber publicado con gran bombo “El Aleph de nuevo flaco” o “El Aleph tras la dieta”, ganándose el aplauso unánime de todos los borgianos y duchampianos del orbe, y de paso sacando provecho comercial del escándalo.

Como más de uno ha hecho notar, las coincidencias entre El Aleph engordado yL.H.O.O.Q. terminan en un punto: a diferencia del cuadro de Leonardo (que pertenece al dominio público), la obra de Borges está protegida por la ley hasta mediados de este siglo, setenta lejanos años después de su muerte. Una fecha tan remota que encontrará a Katchadjian peinándose bigotes blancos o directamente en la tumba, y que nos reconduce al problema central de todo este enredo que ya se demora demasiado: que haya leyes que invadan el terreno de lo que puede hacerse en un texto literario –o, si se prefiere, leyes fechadas y que no contemplan la experimentación artística–, así como herederos obcecados en hacerlas cumplir a rajatabla.[3]

¿Qué estaba en juego en los juicios contra Baudelaire y Flaubert por inmoralidad? La distancia entre la voz del autor y lo que sus personajes enuncian, el abismo entre el yo poético y el yo biográfico. Flaubert ganó el juicio gracias a que su defensa supo argumentar que las inmoralidades por las que era perseguido no las decía el individuo Gustave Flaubert, sino en todo caso su narrador, una construcción artística que nadie podría hacer sentar en el banquillo de los acusados. ¿Qué está en juego en los juicios contra Katchadjian y Fernández Mallo? La sacralidad (o no) de los textos (sobre todo los protegidos por la ley), la posibilidad de su reelaboración y mezcla, el triunfo del copy/paste como herramienta literaria. Y no únicamente para un caso particular, sino para la literatura contemporánea toda. Pues así como el castigo a Katchadjian se anuncia “ejemplar”, la resolución positiva del juicio tendría sin duda implicaciones generales, más allá del radio de atención de la omnipresente y enjundiosa Kodama. (Flaubert, en su momento, estaba consciente del alcance y envergadura de su juicio: “Me alegra que comprenda que mi causa es la de la literatura contemporánea toda”, escribió en una carta.) En ambos casos, a manera de telón de fondo, se encuentra el ideal –o el ensueño– de la autonomía estética, la aspiración de que una obra de arte pueda ser juzgada solo en su propia esfera, y permanezca hasta cierto punto ajena a las preocupaciones de la moral y aun del derecho.

Tal vez no solo sea una tosca ironía que la heredera de los derechos de Borges sea tan poco borgiana de espíritu, tan poco afín a los empeños disparatados de Pierre Menard y César Paladión, sus viejos personajes. Quiero creer que, a costa de los años angustiosos que han debido pasar Katchadjian y Fernández Mallo sometidos a proceso, a la larga le deberemos algo importante a la desmesura proteccionista de María Kodama. En unas décadas, quizás antes, las leyes actuales de propiedad intelectual serán letra muerta o se habrán modificado por completo, y todos aceptaremos lo irrisorio de creer que un texto le pertenece en exclusiva a su autor o a sus herederos, lo anticuado y obtuso de suponer que un texto es intocable para su reelaboración artística. Y todo ello gracias no tanto a los procedimientos literarios del propio Borges, sino al celo guardián de su esmerada viuda, que un buen día desencadenó la avalancha.


Notas

[1] Véase: El origen del narrador. Actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire.Buenos Aires: Mardulce, 2011.

[2] De no ser porque el celo de María Kodama pronto detectaría la vibración en la telaraña, cabría convertir a Pablo Katchadjian en personaje de Borges y deslizar los pormenores de su historia y juicio en reediciones apócrifas deCrónicas de Bustos Domecq. (Espero que la sola insinuación no me granjeé una demanda…)

[3] A quienes exculpan a María Kodama de sus rústicas “aberraciones de perro guardián” con el argumento de que “así lo dicta la ley” y “se ajusta a derecho”, habría que decirles que se olvidan de que ninguna ley se aplica sola y de que el derecho no se parece a un mecanismo impersonal que detecta las fallas del sistema y las corrige automáticamente. El problema es la ley y sus deficiencias, desde luego, pero también quien exige su aplicación sin cortapisas y se diría que sin entender nada de procedimientos literarios.

 

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