Mundo Jurásico y la exhumación de lo real

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Mundo Jurásico (Jurassic World, 2015), de Colin Trevorrow

1. Casi todas las críticas que he leído sobre Mundo Jurásico (Jurassic World) hablan de sus imprecisiones científicas, como si el cine tuviera la función de apegarse a lo real, cuando no de describirlo. En muchos casos (por ejemplo, todo el género que representa la Shoah y la 2ª Guerra Mundial, como El pianista o La lista de Schindler, también realizada por Steven Spielberg) el cine dramatiza lo real, e incluso rectifica lo histórico para volverlo cinematográfico. Sin embargo, no puedo creer en un “cine científico”: eso nos llevaría a la exhumación del realismo socialista, donde la cámara no es instrumento para contar historias, sino para proyectar la intención ideológica del poder sobre el mundo.

Los dinosaurios son fascinantes, entre otras cosas, porque están ubicados en una frontera permeable entre la ciencia y el mito. Después de todo, uno puede explicarle a un niño que el brontosaurio fue un animal de tales y tales características, según sabemos por sus registros fósiles, a diferencia de los dragones y seres míticos que existen únicamente como relatos, fábulas e historias: mitos. Los hallazgos más emocionantes de los últimos años con respecto a dinosaurios han tenido lugar en las anticlimáticas salas de almacenamiento de museos y universidades. El año pasado se descubrieron un par de ceratópsidos (primos del triceratops) que pasaron casi ocho décadas sin ser clasificados correctamente. Casi todos los huesos expuestos en los museos son reproducciones; la idea que tenemos de ellos es imaginación artística. Pensar en dinosaurios es pensar en reconstrucción forense, en la vida de animales que habitaron en un tiempo inimaginablemente lejano a nuestro joven horizonte temporal y, sobre todo, en su impecable retirada: tal vez les envidiamos esa forma tan elegante de irse sin dejar rastros.

En El crimen perfecto, Jean Baudrillard traza las coordenadas donde lo real fue visto por última vez, sin que su cadáver haya sido encontrado. Pensar en nuestros días significa exhumar los restos de lo real de entre los sedimentos del simulacro, con el riesgo siempre inevitable de confundir lo real con su apariencia. Un esqueleto de Deinonychus, por su carácter fragmentario, se parece más a un libro deshojado que a un dinosaurio vivo. La forma, el movimiento, los hábitos de las especies extintas solo pueden ser formuladas a partir de sus restos; como especie en proceso de encarar su propia extinción, el ser humano se enfrenta a la desaparición de lo humano en favor de su simulacro. Cuando los simulacros —a decir de Baudrillard— toman el lugar de lo real, cuando lo real desaparece en favor de la “verdad histórica” (camuflada a veces de ciencia), la imaginación es más importante que el conocimiento: es la habilidad de lidiar con el exceso de imágenes, con su referencialidad agotadora, no para denunciar una vez más los poderes ficcionales de la deuda y el capital, sino para mantenernos humanos a pesar de la inhumanidad constitutiva del sistema. Es lo que se hace en periodos inciertos: mantenerse humano, a pesar de que el mundo a nuestro alrededor esté plagado de depredadores.


2. No recuerdo un momento de mi vida en el que no me gustaran los dinosaurios. Miro a mi alrededor y los veo ocultos entre los estantes, en forma de rompecabezas de cartón, acechando en figurillas de piedra, incluso como dibujos pegados frente a mi escritorio, sin contar con el pequeño zoológico de saurios que es la habitación de Nicolás. ¿Qué nos fascina de los dinosaurios desde siempre, qué es eso fascinador que no deja nunca de atraernos? Se parece a la afinidad infantil con ciertas presencias animales, pero el prestigio de la extinción dota a los dinosaurios de un carácter más maravilloso que el de cualquier animal real. En eso se parecen a los monstruos, y por eso la cursilería de los paleontólogos siempre encuentra para los nuevos dinosaurios (o para viejos saurios nuevamente armados) nombres rimbombantes y sonoros, dignos de un bestiario medieval.

A los ocho años uno tiene una visión muy clara de la diferencia entre verdad y ficción, mundo real y mundo imaginario, vigilia y sueño. Cuando yo era niño, no se esperaba que el cine contara historias verdaderas (para eso estaba el periodismo), sino que fuera una forma espectacular de entretenimiento. Hoy todas las películas están basadas en hechos reales, al menos parcialmente: las películas de época se hablan en el idioma original (recuérdese La pasión de Mel Gibson), reconstruyen virtualmente historias verídicas u oficiales (incluyendo recientemente las “gestas” de heroicos ejecutivos, pues la nueva épica es la del CEO), o llevan el biopic hasta extremos que rozan el performance duracional (como Boyhood de Richard Linklater). Pero el cine de monstruos tiene sus propias formas de operar en el artificio: es necesario que el monstruo parezca un poco falso para que nos produzca la sensación de una amenaza real. ¿Por qué? Porque mientras menos sabemos de un monstruo más aterrador nos parece.


3. Cuando Jurassic Park se estrenó en 1993 la vi aproximadamente 4,957 veces seguidas, y la veo cada que puedo. La conozco de memoria. Incluso disfruto los errores de continuidad y no me importa que el dilofosaurio que mata a Dennis Nedry en realidad no fuera venenoso hace 65 millones de años: es una buena película de acción que sigue siendo tan buena como el primer día.

Ok, exagero: hay partes que han envejecido terriblemente (los close-ups a los velociraptor, de gesto siempre tan gansteril); el ecologismo, la teoría del caos y las discusiones bioéticas de la película original aparecen como parodias y gags deslavados en sus secuelas; pero el espíritu del parque de diversiones y las promesas de asombro y aventura siguen vigentes en Mundo Jurásico , que incluso se deja leer como una crítica a la condición de subordinación de los expertos en cualquier campo con respecto al capitalismo.

De hecho, Mundo Jurásico es tan fiel al espíritu de la franquicia que podríamos contar la película completa desde el punto de vista del filántropo y paleontólogo aficionado John Hammond, como un circo de pulgas genéticamente modificadas gracias al patrocinio corporativo. En realidad Hammond es el verdadero monstruo; pero no es el único ni el peor.


4. Los eventos de Mundo Jurásico ocurren en un mundo que ha superado su miedo a la ingeniería genética, donde los niños acuden con fastidio a la isla Nublar como si se tratara de una granja de un ganado increíble si eres un niño, pero tedioso para un adolescente que está más allá del miedo y el asombro. Gray (Ty Simpkins) es un niño rubio pero gris que recita información sobre dinosaurios, mientras su hermano adolescente Zach (Nick Robinson) hace de niñera. A diferencia de Tim y Lex Murphy (nietos de Hammond en la película original), quienes vivieron el nacimiento de las tecnologías de la información y las adoptaron rápidamente, Gray y Zach han vivido siempre en un mundo con internet y dinosaurios: un mundo en el que todo periodo de espera está mediado por una pantalla o, mejor dicho, donde todo lo que puede saberse de lo real proviene o participa de la lógica de la exposición, la proyección y el consumo. Donde Tim y Lex luchaban por sus vidas, Gray y Zach realizan necroturismo de aventura.

El mundo de Tim y Lex era más parecido a mi mundo, al menos como lo recuerdo a los ocho años: ver al brontosaurio parado sobre sus extremidades traseras mientras estira el cuello sobre las copas de los árboles, escucharlo caer pesadamente mientras la sala retumbaba, me provocaba un vivísimo asombro: aquello sí que era una hermosa ilusión, un convincente espectáculo en que el espectador aceptaba felizmente ser “engañado” por el cine. Lo agradecía. Pero lo auténtico del cine como vehículo de expresión no reside en su capacidad para imitar lo real, sino para parecerse a lo real por otros medios.

Los niños de la generación de Gray y Zach no le temen a los dinosaurios más de lo que nosotros le temíamos a un león en el circo: todo lo amenazante de la naturaleza está contenido, su domesticación no está completa, sino enmarcada en imagen: la jaula, el diorama, el parque temático y el látigo del domador. Los dientes están ahí para que la gente pueda fotografiarlos —bien pudieron hacer dinosaurios que se vieran como carnívoros pero que no tuvieran necesidad de cazar, ¿pero cuál sería la diversión? Queremos ver al T-Rex devorando cabra tras cabra como si no hubiera mañana. Lo real es el consumo de la imagen, y el papel de la ciencia está relegado a producir un espectáculo redituable, una ficción convincente. No importa si el brontosaurio es real o no: los dinosaurios ni siquiera necesitan ser reales para ser fascinantes.

Por otra parte, en Jurassic Park, el viejo John Hammond era un capitalista a la antigua, último eslabón que conecta con la raza de los Robert Ripley y los P.T. Barnum del siglo XIX, más cercano al científico loco que al magnate de los negocios. Los paleontólogos Alan Grant y Ellie Sattler estaban basados libremente en la figura del legendario John Ostrom, quien propuso originalmente la teoría de que los dinosaurios evolucionaron en aves. Pero mi favorito del reparto original era el matemático-filósofo-rockstar que estudiaba la teoría del caos, el inolvidable doctor Ian Malcolm.

En el nuevo filme, sin embargo, los científicos tienen un papel secundario: los genetistas son maquiladores de dinosaurios, y del espíritu caótico y agorero de Malcolm sobrevive (aunque deslavado) una chispa en un personaje más bien secundario, el programador que compra una playera del parque original en internet. Claire, la jefa, lo reprende por su mal gusto (en ese mundo el parque original es sinónimo de masacre, pero también de ineficacia profesional), y apenas le presta atención cuando profetiza irónicamente sobre el futuro del patrocinio corporativo: un Pepsisaurio, un Amazonsaurio, un Starbucksaurio. Grabar la marca en los filamentos genéticos para hacer del capitalismo una más de las leyes que gobiernan la indomable naturaleza: esa es la fantasía última del corporativismo genético. Y lo que sus empleadores les piden (como ironiza Claire) son “más dientes”.


5. Lo curioso es que hacer un dinosaurio “real” no parece tan difícil: teóricamente bastaría remover aquí y allá un par de líneas de código genético en la “programación” de un pájaro, sustituir el pico por una boca dentada y ya está.

Pero no queremos un “verdadero” dinosaurio: al igual que en las películas, queremos el dinosaurio imposible, el monstruo aterrador y fascinante cuyos simulacros lo vuelvan más y más intangible, irreal y feroz, como si sus creadores enfatizaran su extinción a través de la inverosimilitud. De ahí nace Indominus Rex y los raros híbridos voladores, que recuerdan al ejército volador de El mago de Oz. Los dinosaurios de Mundo Jurásico ni siquiera pretenden ser dinosaurios auténticos, sino versiones espectaculares (resultado de programación genética) de animales extintos, espectáculos (cosas para ser vistas), simulacros: monstruos, en el sentido de algo que se muestra, que es pura exterioridad desatada e incontenible.

Al igual que los intelectuales y literatos, los científicos subordinan y rentan su saber especializado: Mundo Jurásico es como Jurassic Park pero freelance. Y mientras el científico y el filósofo son empleados en mcjobs tecnocráticos, el CEO es representado ya no como visionario, sino como auténtico héroe de acción. La última lección de Mundo Jurásico (spoiler) es: nunca envíes a un ejecutivo a hacer el trabajo de un carnívoro asesino, esto es, de una jefa de relaciones públicas.

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