Música del 2015: Kendrick Lamar y el retrato del racismo

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“Danny me preguntó a quién había estado escuchando últimamente y le contesté que a Ice-T, Public Enemy, N.W.A., Run-D.M.C.” El año era 1989 y Bob Dylan conversaba con Daniel Lanois, productor canadiense encargado de trabajar Oh Mercy, el vigésimo sexto álbum de estudio de Dylan. Ese año regresaron a escena muchos artistas que la habían armado en grande décadas antes –los Rolling Stones, Lou Reed, Tom Petty, Paul McCartney–, pero la industria de la música en Estados Unidos estaba mirando hacia otro lado. El morbo, la subversión, las letras y el dedo en la llaga racial de Estados Unidos tenía a todos volteando hacia Los Ángeles. En específico, al suburbio de Compton –un lugar que todavía hoy se ve como uno de esos lugares místicos a los que solo unos cuantos pueden entrar.

El final de la década de los ochenta en Los Ángeles se vio marcado por disputas callejeras entre miembros de las pandillas Crips y Bloods. Las tensiones raciales en los suburbios angelinos habían marginalizado a los jóvenes de esa ciudad. El momento cumbre: las protestas del 92 posteriores a la golpiza que policías le propiciaron a Rodney King, un afroamericano de Sacramento. Detenciones arbitrarias, prejuicios, estereotipos, violencia y segregación racial fueron los ingredientes para que en la escena musical irrumpiera un nuevo tipo de música –uno que reflejara los estragos de vivir en los suburbios de las ciudades más importantes de Estados Unidos.

Un año antes del Oh Mercy de Dylan, la disquera Ruthless lanzó uno de esos discos que marcan un antes y un después. Discos que solo salen una vez cada diez o quince años y que redefinen los géneros. Straight Outta Compton de N.W.A (acrónimo para Niggaz Wit Attitude) fue tan controvertido que la disquera recibió una carta del FBI llamándoles la atención por permitir la distribución del disco y, en específico, la grabación de la canción “Fuck tha Police«. El disco –al retratar la época y los conflictos locales– fue un parteaguas para la escena emergente del rap y el hip-hop. N.W.A nos regalaría a Dr. Dre, quien más adelante como productor nos presentaría a Eminem, Snoop Dogg, 50 Cent y Kendrick Lamar.

Kendrick Lamar nació en Compton. Tenía apenas un año cuando salió Straight Outta Compton, pero creció entre géneros símiles, escuchando en casa desde los Temptations a Easy-E. Él no quería ser rapero y soñaba con ser basquetbolista, ser como Jordan. Pero Compton no es cualquier lugar. A unas cuadras de su casa, Tupac y Dr. Dre se paseaban en Bentleys, grababan videos e inspiraban a los jóvenes de los suburbios angelinos a creer que otra vida era posible. Vivir ahí, rodeado de esa escena artística y antagónica, cambió su sueño: dejo el basquetbol, quiso ser rapero. El tiempo pasaría y eventualmente Dr. Dre escucharía a Kendrick en internet y lo firmaría con su disquera Aftermath.

Después de dos discos excelentes, Kendrick Lamar lanzó este marzo su tercer álbum: To Pimp a Butterfly. Desde su salida fue bien recibido: Metacritic le dio un 96/100 y fue escuchado más de 9 millones de veces en su primer día en Spotify, imponiendo el récord de más streamings en el día del estreno. Para decirlo pronto, To Pimp a Butterfly es a este año lo que Straight Outta Compton fue para 1988.

En la última canción del disco, “Mortal Man”, Kendrick pretende tener una conversación con Tupac en la que le lee un poema de un amigo suyo. El poema habla de una oruga consciente del entorno que le rodea y de cómo la oruga entiende que su trabajo es fortalecer el interior del capullo para que la mariposa que de él salga lo haga lo mejor preparada para el mundo que está afuera. En su labor la oruga se da cuenta que el mundo adora a la mariposa pero rehuye a la oruga. Esta idea la vuelve loca, se siente atrapada en el capullo incapaz de superar los retos externos. Hasta que por fin emerge la mariposa preparada para las situaciones a las que la oruga temía. Aunque la oruga y la mariposa son distintas, en el fondo comparten la misma esencia: son una misma. El poema fue escrito para Lamar con la intención de describir el mundo en el que vive. To Pimp a Butterfly: él es la oruga y la mariposa.

En el álbum Lamar amplía esta analogía y la encuadra con la comunidad afroamericana en Estados Unidos, marginalizada por la sociedad y estigmatizada por los medios. El disco salió meses después de las protestas en Ferguson, Misuri, y del asesinato de Michael Brown a manos de la policía. Similar a lo ocurrido en el 92 con Rodney King, Ferguson se volvió el epicentro de nuevas protestas contra la segregación racial en Estados Unidos. Se replicaron actos de solidaridad en muchas ciudades y las cosas se tornaron más complejas tras la muerte de Freddie Gray, otro joven negro asesinado por la policía, ahora en la ciudad de Baltimore. De finales de 2014 a la fecha, cada vez se viralizan más videos sobre abusos policiales en contra de afroamericanos y las controversias raciales se han vuelto nota común en Estados Unidos. Por eso, a más de veinte años de las protestas en Los Ángeles, es relevante entender desde la música –o cualquier arte– esos sucesos y las tensiones que representan; ningún formato como el hip hop, hoy como ayer, ha sabido representar con mayor fidelidad el conflicto.

Así como Kendrick canta sobre las preocupaciones de ser una oruga, también lo hace sobre las fortalezas de ser una mariposa. La mariposa representa ese momento sublime en el que se logran superar los miedos y los estigmas que nos persiguen. Kendrick recuerda el miedo y el resentimiento de vivir en el capullo. Las canciones narran historias sobre las dificultades de vivir en Compton, las persecuciones policiacas, el prejuicio generado por los mismos afroamericanos y el resto de la sociedad estadounidense. Pero del mismo modo canta sobre el orgullo que siente de ser negro. En “The Blacker the Berry” dice:

I’m African-American, I’m African / I’m black as the moon, heritage of a small village/ Pardon my residence/ Came from the bottom of mankind / My hair is nappy, my dick is big, my nose is round and wide / You hate me don’t you?/ You hate my people, your plan is to terminate my culture / You’re fuckin’ evil / I want you to recognize that I’m a proud monkey

El párrafo –como el resto de las canciones– es agresivo y elocuente. El rapero cuestiona la fidelidad de sus fans en “Mortal Man”; es cínico con las represiones policiacas en “Alright”; recuerda sus sueños y frustraciones en “Institutionalized” y sermonea a la audiencia sobre las muertes de afroamericanos al final de “i”. Cada canción del disco explora dualidad entre la oruga y la mariposa –entre los frustraciones y la liberalización. Pero el disco no se limita a grandes letras y analogías. Musicalmente, es un disco diverso en cuanto a géneros. Podemos encontrar un poco de soul, blues, funk, jazz, drum & bass y por supuesto rap y hip hop. Sus productores también son de primera línea: Dr. Dre, Pharrell Williams, Flying Lotus y el bajista Thundercart –todos referencias en la escena musical que representan.

To Pimp a Butterfly es, probablemente, uno de los discos más ambiciosos de los últimos años y es, sin duda, el mejor disco de este año. Inclusive a pesar de las joyas que el 2015 nos regaló, como el regreso de Dr. Dre con Compton, lo nuevo de Grimes, Drake, Jamie XX, Tame Impala o los Alabama Shakes. Kendrick Lamar nos sorprendió a todos con este disco que es íntimo y extrovertido al mismo tiempo. Agresivo como la realidad que refleja y musicalmente diverso como la escena en la que se sitúa. En algunos años voltearemos a ver al álbum To Pimp a Butterfly del mismo modo que hoy regresamos la mirada a 1988 y reconocemos la importancia del Straight Outta Compton.



(Imagen: curiousflux.)

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