Niñas que vuelan: pájaros del cuerpo

La denuncia de una exgimnasta, hoy abogada y entrenadora, destapó un caso masivo de abuso sexual y negligencia médica en la gimnasia profesional de Estados Unidos. La cara cruel y explotadora de este deporte de ensueño se hizo pública y visible.

| Cuerpo

La danza es, en primer lugar, la imagen de un pensamiento sustraído de todo espíritu de pesantez. […] Digamos que hay una germinación o un nacimiento danzante, de lo que podríamos llamar el pájaro dentro del cuerpo.

Alain Badiou, «La danza como metáfora del pensamiento»

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Nada en el mundo es tan débil y flexible como el agua.  Lo débil vence lo fuerte. Lo blando vence a lo duro.

Tao Te King, 78

Rachael Denhollander, el pájaro dentro del cuerpo

Mantengan este nombre en mente. Hoy abogada y entrenadora estadounidense de treinta y dos años, Rachael fue gimnasta la mayor parte de su vida de niña y adolescente, como suele ser la vida de las profesionales de la gimnasia artística, quienes pueden comenzar a entrenar desde los tres años de edad para alcanzar su máximo desempeño entre los catorce y los veinte recién pasados, y retirarse antes de los treinta, casi siempre mucho antes. Llegar a la gimnasia de «élite», como se la conoce en el circuito, toma años de durísimo entrenamiento; una dedicación que le ha valido a este deporte ser considerado como entre los más difíciles y demandantes de los que compiten en los Juegos Olímpicos. Y las atletas que este sistema de entrenamiento crea no son convencionales. Las gimnastas mutan sus cuerpos a golpe de lesiones y desafíos de la mecánica; además son indeciblemente fuertes. Faye Barras (doctorante de Física) ha comprobado mediante diversos estudios de física que en determinadas ejecuciones cada gimnasta ejerce una fuerza equivalente a la que ejercen dos jugadores de futbol americano: son fuertes. Sin embargo, la cara sonriente y cubierta de diamantina rosa de los atuendos de estas niñas gráciles que vuelan distrae al ojo humano. El espectáculo es primero. Lo que hay detrás de esa fuerza y esas sonrisas con glitter es un sistema de explotación física, mental, emocional y sexual que hoy ha provocado la peor (y necesaria) crisis que el deporte de alto rendimiento de Estados Unidos haya tenido que enfrentar, y no es cualquier cosa: casi doscientas atletas abusadas sexual y físicamente en general (negligencia médica, trastornos de la alimentación, autolesiones, por ejemplo) cuando eran casi todas menores de edad. Lo dijeron muchas de las supervivientes en la semana de sentencia a Larry Nassar: una debió ser suficiente. Una institución de élite (USG), una universidad (de Michigan) y decenas de entrenadores son cómplices de que un solo hombre, a la vista de todos, depredara a niñas de seis años que solo querían volar y conquistar un sueño que huele a agua podrida: competir en los Juegos Olímpicos.

En septiembre del 2016, The Indianapolis Star publicó una investigación en la que Denhollander denunciaba el abuso sexual del que fue víctima por parte de Larry Nassar, médico osteópata del equipo nacional de gimnasia artística de Estados Unidos (quizá el equipo con mejor reputación en el mundo) y de la Universidad de Michigan, cuando ella era menor de edad. En agosto había asentado su denuncia penal en ese mismo estado de la Unión Americana. No sorprende a nadie que no fuera ni la primera ni la única. Rachael, antes de hacer este posicionamiento público, se dedicó a investigar el nombre de Nassar y encontró al menos una denuncia anterior archivada, luego resultaron varias más, desde 1998. Hay diferencias entre esas primeras denuncias y la de Rachael Denhollander; primero, esta vez la víctima ya no era una niña de seis, diez, quince años cuya palabra es ‘fácilmente’ puesta en duda, sino una abogada dispuesta a hacer caer a este depredador sexual de menores de edad costara lo que costara. Luego, el contexto: para Denhollander, los movimientos #MeToo y #Time’sUp propiciaron el momento perfecto para hablar en voz alta. Era ahora o nunca. Llegó sola (siempre acompañada por su esposo) a la sala de la corte donde se llevó el juicio que terminó este enero con una sentencia para Nassar de ciento setenta y cinco años en prisión; pero a partir de entonces lo que ahora las supervivientes llaman «un ejército de supervivientes» comenzaron a mover las aguas hasta hacer caer a este ‘médico’ y lograr el cierre bajo investigación del rancho de entrenamiento de Márta y Béla Karolyi, los entrenadores de Nadia Comaneci, los artífices de que Estados Unidos (cuando se mudaron allí) entrara en el panorama de la gimnasia artística de élite, y quienes mantuvieron a Nassar como médico del equipo nacional a pesar de las constantes denuncias y rumores de sus agresiones sexuales, a las que se suma el hecho de que no curaba satisfactoriamente las lesiones de las atletas y permitía que compitieran con lesiones severas.


Gimnasia: «obediencia y piernas largas»

¿Cómo llegamos a este punto? Si alguien repasa la historia de la gimnasia olímpica (su nombre es ‘artística’, pero se le dice olímpica desde que comenzó a competir en estos juegos, donde la mayor parte de la gente la conoce y la ve, si bien el circuito incluye múltiples tipos de competencias) podrá ver la radical evolución en la rama femenil, que pasó de movimientos más bien característicos de una clase de educación física cualquiera al desafío de la mecánica de los cuerpos convencionales con las complejas rutinas de Simone Biles. Aunque la gimnasia se da por creada a finales del siglo XIX, en Alemania, las mujeres pudieron practicarla con fines de competencia olímpica hasta 1928. Alemania… no puedo sino pensar en ese artículo maravilloso de Alain Badiou, «La danza como metáfora del pensamiento»[I], del que tomo el título de este texto y los subtítulos: «De acuerdo, existe una concepción de la danza que la describe como el cuerpo asediado por la música y, más preciso, como el cuerpo asediado por ritmo. Pero esta concepción es una vez más aquella de “obediencia y piernas largas”, aquella de nuestra pesada Alemania, aun cuando la obediencia reconozca que la música es su ama». Todo lo que es obediencia no es danza, es parada militar; es cuadro, es orden, es control: solo el «…impulso desobedecido se opone a Alemania (“obediencia y piernas largas”)». Y el sistema de entrenamiento hizo que la obediencia fuera la mística de este deporte: estas niñas están entrenadas para obedecer hasta el dolor, literalmente.

La disciplina severa, la ambición de éxitos, la competencia descarnada, los rankings, la persecución hambrienta de oros y premios quiso destruir la danza en el corazón de estas niñas. Pero, como veremos, no lo logró. Siempre hay corazones y pies sedientos de danza que logran recuperarse y levantar el vuelo, tome lo que tome.

Mientras más mujeres testimonian los abusos de Nassar o del rancho Karolyi, más pienso en el entrenamiento de la gimnasia como un «fascismo del cuerpo», más allá de su pertinencia ideológica si consideramos que la hegemonía indiscutible de la gimnasia fue Europa del Este (el bloque soviético) hasta 1996, cuando Estados Unidos desarrolló su escuela muscular, potente (no en el sentido spinoziano) y rápida. Fascismo como transformación violenta de los cuerpos en una unidad falsamente libertaria, más bien opresora, aglutinante como cuadro militar capaz de olvidarse de su propio cuerpo en tanto ente orgánico y vivo, y que se entrega al peligro, a la muerte, a la destrucción. O también como un capitalismo extractivista de las potencias  del cuerpo (esta vez sí en sentido spinoziano).

Lo he dicho siempre que he podido, más como una intuición arrebatada que como una hipótesis fundada: la obsesión de Estados Unidos con las conquistas de la Guerra Fría y por superar en el medallero a Rusia (ex URSS) estaba incompleta sin la gimnasia. El Este, con su tradición de artes circenses y ballet, la llevó a lugares insospechados, y de aquel lado de la Cortina de Hierro estuvieron dispuestos a averiguar «lo que un cuerpo puede» de la manera menos autónoma, ética y mágica posible: hicieron a estas niñas levantar el vuelo a fuerza de maltrato, de disciplina férrea y de obediencia sin cuestionamientos. El bloque soviético ponía la gimnasia y punto. El sistema se replicó idéntico en Estados Unidos, la tierra de la libertad, y lo elevó, si era posible, a grados de explotación todavía más severos.

«Hay que tener en cuenta que la danza, que es tanto pájaro como vuelo, también es todo lo que el infante designa», es Alain Badiou de nuevo: la magia y la ligereza de los acróbatas circenses se fundió con la disciplina (delicadísima, pero disciplina al fin) del ballet para crear las escuelas de gimnasia más respetadas de la historia de esta disciplina: la rusa y la rumana. Y la gimnasia se fundió con la carrera más depredadora del deporte de alto rendimiento en Estados Unidos: los aparatos, las técnicas, los modos de extirpar de las pequeñas niñas que entran en los gimnasios el mayor rendimiento posible. Ellas solo quieren volar, pájaros como son.

Rachael Denhollander tuvo una hija que hoy, a los tres años de edad, ruega por que la inscriban en gimnasia. #MeToo le dio el momento, pero su hija le dio la fuerza interna que le faltaba (a decir de ella) para denunciar pública y penalmente a Larry Nassar: si su hija, si sus pupilas son buenas, el sistema de entrenamiento las va a depredar, ella lo sabe, y no vamos a prohibirles a las niñas volar: vamos a cambiar el sistema. Hoy todo el entorno de la gimnasia profesional en Estados Unidos cae como fichas de dominó, y es preciso que no se detenga. Denhollander es entrenadora, como Dominique Moceanu, exgimnasta que ha denunciado este medio abusivo y explotador desde hace décadas. Denhollander comenzó su testimonio el día de la sentencia (24 de enero pasado, el último, por cierto, de todos los testimonios) preguntando cuánto vale una niña. Hablo por mí: les cambio todas esas medallas por que puedan volver a danzar, por que vuelen. No hay Juegos Olímpicos ni Carrera Espacial que valgan el precio que pagan los cuerpos de estas niñas: generaciones de mujeres maltratadas, explotadas; suicidios, autolesiones, ansiedad, depresión, desconfianza, dolor. Márta Karolyi llegó a declarar que su éxito se basa en que si una de las chicas falla o se lesiona, tienen otra para poner en su lugar, como si de una fábrica de músculos se tratara; y que una medalla está bien, pero que solo el oro vale, y eso la describe de cuerpo entero. No, Márta, no más. Desobedecieron: comienzan a danzar, a oponerse a la parada militar, dejan de ser el campo donde se libra la guerra de las medallas, de los avances, de los logros y las conquistas, aunque ellas mismas se llamen «ejército de supervivientes», porque hoy necesitan esa fuerza, ese aglutinamiento; porque todos los Larry Nassar deben ver que juntas, reunidas, acompañadas, escuchadas, creídas, son eso: un bloque de cuerpos vivos y orgánicos, de singularidades que desafían el poder que las ha mantenido maltratadas, abusando de sus ilusiones y de su confianza. Yo quiero imaginarlas como una caravana feliz de acróbatas y bailarinas; escapadizas del fascismo, de la lógica extractivista que saca de ellas la potencia y el alma como saca cobalto de una mina.

Gracias, Rachael Denhollander y todo «el ejército de supervivientes»: comenzaron a cambiar la gimnasia de un modo que nadie esperaba, no desafiando la fuerza de la gravedad: o sí, la fuerza de la normalización de la violencia, el abuso y la explotación de los cuerpos de las mujeres para acumular éxitos, oro. Estamos ante muchas de las mujeres más fuertes del planeta, lo que ellas pueden hacer, lo que sus cuerpos pueden es magnífico, es único; lo que sigue es sostener su ola para que puedan volver a volar y cambien el sistema de entrenamiento de la gimnasia… o no, no hay Juegos Olímpicos que valgan. Como les dijo la jueza Rosemarie Aquilina, quien permitió en un acto simbólico de reparación que más de ciento cincuenta mujeres dieran su testimonio públicamente y confrontaran (si así lo querían) a Nassar en la corte[II]: «Dejen su dolor aquí y vayan al mundo a hacer las cosas magníficas que hacen».


*El título parafrasea a un comentario de Imuris Valle, investigadora experta en la cultura rrom, que tomo de su FB: “[…] nunca más, una niña que quiera volar, puede ser presa fácil de predadores”.

[I] Disponible en: http://www.mxfractal.org/RevistaFractal50AlainBadiou.html

[II] La semana de lectura de la sentencia no constituye el juicio, que comenzó a finales de 2016 y duró todo el año 2017; los testimonios públicos de las supervivientes fueron un acto que ocurrió en el marco de la lectura de la sentencia. Nassar se declaró culpable meses atrás.

 

En portada: Jamie Dantzscher, exgimnasta, miembro del equipo olímpico de gimnasia artística de EUA.

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