No elegimos ir a la guerra, la guerra llegó a nosotros

Los periodistas de los estados hemos documentado la violencia que sufren nuestros vecinos sin capacitación ni seguridad, bajo la censura y el miedo, solo con el compromiso de que se conozca la trágica realidad de muchos rincones de México

| Censura

Periodismo en provincia · Ilustración @donmarcial

Los periodistas de muchos estados de México no nos convertimos en corresponsales de guerra, ellos eligen ir y se preparan; en nuestra tierra la guerra llegó y tomó como rehenes y enemigos a nuestros paisanos, a nuestros vecinos y, en muchos casos, a familiares, amigos y compañeros. Hemos cubierto una guerra sin herramientas ni capacitación, sin seguridad ni protección, solo con la voluntad de hacer periodismo como la última esperanza de muchas personas.

Ejercer el periodismo en provincia se convirtió de manera paulatina en un trabajo de alto riesgo. Al elegir nuestra profesión y optar por cierto tipo de coberturas sabemos lo que está en juego, pero no es normal perder la libertad, el hogar, la tierra y hasta la vida. Van más de 100 periodistas asesinados, por lo menos 25 desaparecidos, decenas o cientos de desplazados de manera forzada. Las agresiones son incontables.

Los periodistas quedamos entre los intereses comerciales de los dueños y varios directores de comunicación, las dictaduras de los gobiernos estatales y municipales y frente a las armas de los grupos delictivos. Entre la censura del poder y la autocensura provocada por el miedo, además, perdimos en gran medida lo que nos hace periodistas: la credibilidad y confianza de la ciudadanía.

Cuando la guerra llegó a nuestra cuadra, para hacer un periodismo digno la valentía pasó de virtud a obligación. Resistimos anclados en el corazón de nuestra gente y en la terquedad de la propia voluntad.

Hay quienes han sido privados de la libertad por grupos oscuros para imponerles el miedo como línea editorial. Luego los regresan para que cumplan sus órdenes.

Hay quienes caminan, recogen historias y publican —cuando los dejan en sus medios— sobre las amenazas, esquivando montañas de personas asesinadas, de comunidades completas desplazadas, de la frustración ciudadana ante gobiernos sordos, mudos y ciegos.

Hay quienes, como yo, resistimos desde el exilio con la fuerza del propio gremio y de nuevas historias que se abren en el camino.

Con el paso de los años la perversidad se adueñó de los convenios de publicidad y las autoridades han desfilado para mimetizarse con el crimen e incrementar los índices de impunidad y una corrupción descarada, perversa, indignante. Pero nosotros seguimos documentando y, a la vez, nutriendo de información y de fuentes a corresponsales de medios nacionales e internacionales, que viajan desde Ciudad de México o del extranjero para reflejar el infierno que se instaló en varios rincones y que se extendió al casi todo el país. Nuestro único interés es que se conozca la realidad que la ciudadanía vive de manera cotidiana.

El gremio de provincia que ha apostado a ejercer un periodismo digno, valiente y digno, lo ha hecho solo con redes de compañeros que han surgido desde Ciudad de México y con el apoyo de organizaciones derechohumanistas. No hay hasta ahora un esquema eficiente de fortalecimiento de las reporteras ni reporteros, que les permita ejercer con menor riesgo y con la certeza de la importancia de su trabajo en el contexto que atraviesa el país.

Sin embargo, desde cada rincón del interior de México, no se ha dejado de contar el horror y las historias de esta época violenta que nos convirtió en corresponsales de guerra a la fuerza.

La frustración ha sido la constante del periodista en las entidades. Los niveles de impunidad de delitos contra periodistas evidencian la falta de interés y voluntad de las autoridades para garantizar la libertad de expresión y el derecho a la información. Cada vez más, los aparatos de gobierno fomentan y generalizan el descrédito del gremio. El sistema de apoyo a periodistas que lo han perdido todo y deben refugiarse por seguridad nunca llega.

Las consecuencias son diversas: falta de valoración del mismo trabajo, pérdida de enfoque en las notas, depresión, angustia, frustración,

Cuando un periodista es asesinado o exiliado, su gremio local se queda dañado: es un intento de callarnos a todos. Los asesinos cimbran el miedo para conseguir el silencio, pero ha resultado lo contrario. Cada vez son más los esfuerzos de periodismo independiente y los periodistas que dejan los medios tradicionales para juntos librarse del yugo impuesto por el poder.

Las investigaciones se han redoblado con mucho esfuerzo y con la precariedad la provincia, que tampoco es el foco de las fondeadoras internacionales. Nuestra única herramienta para lidiar con el miedo y combatir la impunidad es la unidad y la determinación cada vez más fuerte de que es necesario que la verdad se conozca. Los periodistas hemos aprendido a resistir como resiste México.

 


Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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