Nosotras, las mujeres cómodas (respuesta a Sabina Berman)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Es bien sabido que el Día Internacional de la Mujer se ha neutralizado y vaciado del significado político y contestatario que lo gestó. Bañando a mujeres en rosas, chocolates, galletas y ovaciones a su feminidad, el 8 de marzo pareciera reforzar varios de los estereotipos que feministas y mujeres trabajadoras han tratado de combatir desde la segunda mitad del  siglo XIX. Pero en las celebraciones del 8 de marzo no solo asistimos al bien documentado sexismo de muchos hombres, instituciones gubernamentales y laborales, e incluso de varias mujeres. En las discusiones que animan la conmemoración, también se ponen de manifiesto los límites del feminismo que no toma en cuenta las graves desigualdades de clase que permean nuestra sociedad. Esto, por supuesto, de ninguna manera busca negar ni minimizar las profundas desigualdades de género que persisten en México (y el mundo). Más bien, atender estas limitaciones implica aceptar que no existe una experiencia femenina única, y que las diferencias de clase conllevan diferencias importantes en la vida familiar, laboral y doméstica de las mujeres que debemos considerar más ampliamente en nuestra discusión.

Un artículo reciente de Sabina Berman, titulado “Nosotras, las mujeres incómodas”, es un ejemplo desafortunado del clasismo que transita por ciertas vertientes del feminismo. En él, Berman argumenta que todas las mujeres que habitamos hoy en día “la cultura occidental” somos una generación incómoda por vivir divididas entre el mundo “femenino” del hogar, del cual aún somos primordialmente responsables, y el “patriarcal” del trabajo, donde seguimos enfrentando todo tipo de discriminación de género. Berman afirma que esta división constante es incómoda e injusta porque las mujeres hemos terminado por habitar a medias dos mundos que no construimos en función de nuestras necesidades.

Asumiendo que este dilema es común a todas “las mujeres occidentales”, Berman hace caso omiso al hecho de que, si de alguna manera mujeres como ella han logrado llegar a espacios donde disputan los salarios y el poder con los hombres en el ambiente laboral, ha sido porque han desplazado parte del trabajo del hogar a mujeres con menos recursos que trabajan como empleadas domésticas en las familias de clase media y alta del país. Pero la experiencia de las trabajadoras domésticas queda silenciada en su artículo; o peor aún, queda como una suerte de cómodo accesorio. En su fotografía de lo que asume como la condición femenina universal (o por lo menos, universal “en occidente”, según su propia división geográfica), Berman menciona, casi de paso, cómo desde el trabajo llama a “Lupita” para preguntarle cómo van las cosas en el hogar. No lo dice pero por “Lupita”, por supuesto, se refiere a la trabajadora doméstica a la que ha contratado para que la división incómoda de la que habla sea un poco más cómoda. No tiene que explicar más. En ese uso común del diminutivo para referirse a las trabajadoras domésticas queda condensada toda una jerarquía generalizada en que la servidumbre (la criada, la muchacha, el joven) queda permanentemente infantilizada para denotar su lugar inferior en la jerarquía laboral y social.

En su artículo, Berman naturaliza a las mujeres como “Lupita” en los hogares de clase media y alta, y en el mejor de los casos asume que comparten los dilemas de estas últimas. Pero este supuesto no podría estar más equivocado. Aunque a diferencia de las mujeres de clases medias y altas, las mujeres de clases bajas han trabajado fuera del hogar desde hace siglos (usualmente en los hogares de alguien más), históricamente las trabajadoras domésticas han tenido que renunciar, a veces temporal y a veces permanentemente, a la posibilidad de mantener sus relaciones familiares para poder ganarse la vida ayudando a sostener los hogares de otros. Pocas familias de clase media y alta han estado dispuestas a aceptar trabajadoras domésticas con hijos, y por esta razón históricamente la mayoría de los niños en orfanatos e instituciones estatales han sido precisamente hijas de trabajadoras domésticas. Al mismo tiempo, es precisamente la posibilidad de contar con trabajadoras domésticas lo que ha permitido que las mujeres de clase media y alta puedan salir a trabajar a espacios tradicionalmente masculinos para disputar posiciones de poder con los hombres.1

No solo las diferencias de clase ponen una estampa diferente a la forma en la que mujeres de diferentes clases sociales experimentan la maternidad, la familia y el significado del trabajo, sino que las ganancias de unas, muchas veces significan las pérdidas de otras.2 Aunque, indudablemente, todas las mujeres estamos de alguna manera incómodas en un mundo construido por y para los hombres, no cabe duda de que, desafortunadamente, algunas mujeres estamos mucho más cómodas que otras.


Notas

1 La historiadora Ann Blum ha mostrado que, en el México de finales del siglo XIX y principios del XX, las trabajadoras domésticas eran las principales usuarias de orfanatos y casas cuna cuando no podían llevarse a sus hijos a trabajar con ellas ni tenían algún pariente con quien dejarlos. Al mismo tiempo, estas instituciones canalizaban a las niñas que crecían ahí como trabajadoras domésticas en casas de familias con más recursos, reproduciendo así la estructura y jerarquía de clase. (Ann Blum, Domestic Economies: Family, Work, and Welfare in Mexico City, 1884-1943. Lincoln y Londres: University of Nebraska Press, 2009.)

2 Evelyn Nakano Glenn ha propuesto este argumento al estudiar las intersecciones entre género, clase y raza en los Estados Unidos durante el siglo XX. Véase por ejemplo Evelyn Nakano Glenn, “From Servitude to Service Work: Historical Continuities in the Racial Divisions of Paid Reproductive Labor,”Signs, 18 (1992), pp.1-43.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

ARCHIVO

Shopping Basket