Nuestra catástrofe presente

Tras el derrumbe del socialismo, la implantación de las políticas económicas neoliberales transformaron las formas de organización y con ellas las formas de oposición: la estructura de «la izquierda» se trastocó.

y | Contexto

El derrumbe del socialismo real —marcado por la caída del muro de Berlín— apareció como la victoria del neoliberalismo como proyecto único de transformación universal. El neoliberalismo fue más que una respuesta económica a la crisis de la década de 1970 o una reestructuración del Estado: implicó la reconfiguración de lo político, de las formas de organización, representación y reproducción de la vida en sociedad.

Durante los cuarenta años de neoliberalismo no solo se afectaron los ámbitos estrictos de la reproducción del capital, sino también, y de manera relevante, a las formas de su propia oposición. La transformación universal del neoliberalismo trastocó la estructura de la izquierda tal como se había configurado desde mediados del siglo XIX, mutando tanto sus expresiones contingentes como el horizonte político en el que estaban inscritas.

En el caso mexicano, desde la década de 1960 el régimen autoritario había desplegado una estrategia contrainsurgente de carácter general que aniquiló, contuvo o mediatizó a la izquierda mexicana (en sus distintas expresiones: popular, armada o electoral).[I] La narrativa construida por el Estado fue que la revolución no sólo era imposible, sino suicida. El programa neoliberal se impuso desplazando no ya la posibilidad de la revolución socialista, sino desalojando la idea misma. Esta articulación entre el autoritarismo y el neoliberalismo moldeó un nuevo horizonte político de izquierda, no nada más en el cambio de la significación política, también en sus prácticas. En este nuevo horizonte fueron inscritas expresiones de izquierda que llamamos neoliberales.

En lo que sigue proponemos tres elementos que consideramos centrales en la transformación neoliberal de la izquierda, y que podrían guiar discusiones y reflexiones más amplias: una historicidad presentista, un objeto político fragmentado y la victimización de los sujetos políticos.


El presentismo

El presentismo, como la historicidad neoliberal, instala la no-necesidad de una narrativa ni individual ni colectiva. El presentismo anula la posibilidad de la experiencia del pasado. Hace imposible transformar la percepción de lo acontecido (sus eventos) en una experiencia con significado, articulada en una narrativa que funcione como guía u orientación en el presente. Asimismo hace imposible que las vivencias del tiempo construyan un programa que sea condición de posibilidad de futuro, que lo dote de un destino deliberado. El presentismo no anula el futuro, sino que lo anuncia solo como catástrofe.

En el presentismo lo acontecido solo puede ser consumido como mercancía. El pasado de las luchas de izquierda queda circunscrito a esa nostalgia actualizada como moda, impotente políticamente. Las fuerzas de izquierda son incapaces de convocar formas de articulación política que integren de manera crítica al pasado, que encadenen las luchas precedentes, triunfantes o derrotadas, en una narrativa que haga pensable la transformación social. El futuro, por su parte, aparece como una amenaza, como el lugar de la conjunción de todos los miedos sociales, en vez de la confluencia de las esperanzas.[II]

Bajo esta historicidad neoliberal, el presente aparece no como el lugar de articulación entre los procesos pretéritos y las ambiciones futuras, y más bien como el destino inevitable del pasado y en el último refugio frente a la catástrofe por venir.

En consecuencia, el horizonte de los proyectos de izquierda es el de la emergencia que exige únicamente la respuesta inmediata. Desprovista de la reforma, ahora instrumento de la derecha, o de la revolución, ideológicamente imposible, los movimientos políticos tienen como único horizonte el momento y la reacción a este. Con la dinámica de las nuevas redes sociales, la instantaneidad de la movilización replica la rapidez de la transmisión virtual de la información, pero, al mismo tiempo, reproduce la obsolescencia de los temas de discusión. Los movimientos sociales en los últimos años han ido incrementando su viralidad, pero han reducido sus capacidades organizativas y su posibilidad de permanencia en el espacio público.

El instante político y sus modos de manifestación tienen como correlato la particularidad del reclamo y, en consecuencia, la imposibilidad de transformarse en demanda universal que trascienda el instante. Este vacío de futuro se vincula con una consecuencia programática: la fragmentación de los horizontes de transformación por parte de la izquierda.


La gobernanza

El despliegue neoliberal no significó el desplazamiento de lo político ni de lo estatal, sino su mutación. El horizonte político de la izquierda no fue extinguido, en todo caso, reconfigurado; las formas en que se había expresado la izquierda socialista, ya como movimiento, ya como partido, perdieron pertinencia debido a su referencia estatal.

No hay que pasar por alto que, al menos para el caso latinoamericano, con la emergencia de los autoritarismos y las dictaduras a mediados de las décadas de 1960 y 1970, se desarrolló una crítica hacia los regímenes autoritarios que acompañó las luchas por la democracia. Sin embargo, una vez alcanzadas las transiciones muy pronto se pasó de la crítica al Estado hacia una crítica de la política estatista, es decir, al cuestionamiento y la desconfianza hacia aquel horizonte de izquierda en cuyo programa se consideraba la conquista del poder como un paso a la emancipación. Esta crítica a lo estatista, particularmente elaborada en sectores que comenzaron a configurar el ámbito de la «sociedad civil», se articuló con la reconfiguración neoliberal del Estado.

La aparición de agencias no gubernamentales, que fue entendida como un resultado del debilitamiento del Estado y el abandono de las tareas que había asumido durante el periodo de «bienestar», fueron formas del nuevo régimen neoliberal. Si el Estado neoliberal aparecía como un gobierno sin Estado, las nuevas formas de participación de la sociedad civil aparecieron como un activismo sin política, en el cual organizaciones privadas eran las encargadas de tareas públicas. Las formas no gubernamentales, tal como se expresan en las ONG, y el uso privado de lo político se convirtieron muy pronto en el paradigma de organización no estatal y de una nueva izquierda. [III]

Como resultado de esta privatización de lo político, el horizonte programático de la izquierda se fragmentó. A diferencia de las disputas y fracturas ideológicas de las décadas anteriores, que encontraban una nueva síntesis en el horizonte de la revolución, la fragmentación neoliberal de izquierda no encuentra o está impedida de una síntesis programática, pues su horizonte político sólo tiene solución de continuidad en lo particular. El objeto de la política perdió toda coherencia, pulverizado en una multiplicidad de demandas enarboladas por organizaciones privadas ultraespecializadas con baja capacidad de articulación entre ellas y prácticamente nula vinculación con los sectores populares.

En la forma «partido socialista» y en la forma «movimiento tradicional» los actores tenían estructuras organizativas que vinculaban la representación, la movilización y las demandas mediante mecanismos —directos o indirectos— de elección de liderazgos y creación de estrategias. En el nuevo consenso de política neoliberal, la dislocación aparece en tres partes. En primer lugar, los partidos de izquierda funcionan solo en las coyunturas electorales. Las bases históricas de los partidos de izquierda se encuentran desligadas de los procesos de toma de decisiones y definición programática; han sido reemplazadas, en cambio, por clientelas. Aislados en el acceso al poder, los partidos aparecen como entidades privadas especializadas en las contiendas electorales, mientras que la política es hecha de manera continua por técnicos a pesar de la alternancia gubernamental.

En segundo lugar, en los sectores populares organizados esta fragmentación aparece como una separación entre la movilización y la negociación política, en tanto que no existen redes organizativas que las integren. Los movimientos sociales en los últimos años aparecen en la esfera pública sin demandas específicas o, si las tienen, sin estructuras de representación que permitan la interlocución política, vertical u horizontal. Esta incapacidad organizativa se vincula con la adopción de un rabioso discurso antirrepresentativo, con un rechazo absoluto al acceso al poder.

Finalmente, las organizaciones de la sociedad civil, fundamentalmente ONG sin base popular, llevan a cabo negociaciones políticas —incidencia por fuera de los actores que pretenden representar. Estas organizaciones se presentan como el lazo de vinculación entre los movimientos y los partidos, desmarcándose, empero, tanto de los sectores movilizados como de los políticos, desligándose así de la responsabilidad sobre las políticas promovidas mediante su incidencia.[IV] Esta dislocación crea, en otras palabras, una movilización sin cabeza y una cabeza sin movilización.

En esta nueva forma de relacionarse con lo estatal y lo político, perdió sentido preguntarse y preguntar por las cualidades del mejor régimen, por las formas de alcanzarlo y conservarlo. La pregunta por el régimen fue sustituida por la «gobernanza», que no es otra cosa que la administración económica de la vida política por técnicos expertos, desde el Estado neoliberal o desde las nuevas organizaciones no gubernamentales. Un gobierno eficiente, transparente y abierto aparece como la nueva demanda de la sociedad civil sin preguntarse nunca un gobierno para qué o para quiénes.[V]


La víctima

El sujeto político también fue dislocado en sus funciones. En la experiencia del horizonte socialista el sujeto aparecía en primera instancia como agraviado (desposeído de sus medios de producción, conquistado por la violencia colonizadora, suprimido por la violencia patriarcal), pero era un sujeto que potencialmente podía hacer frente a su propio agravio (en la lucha de clases, en la lucha anticolonial o feminista) transformándose en un sujeto político. Esta transición requiere la apertura de una distancia con el agravio: de en sí, para sí, de particular a universal. Bajo el horizonte neoliberal esa transformación del sujeto se ve impedida, quedando atado al agravio. Esta imposibilidad implica que el sujeto político solo puede aparecer bajo la forma de la víctima.

La víctima es el protagonista de las irrupciones populares de los últimos años. No obstante, una vez que esta se transforma en algo más que ella, que intenta hacer frente a su propio agravio o que generaliza la desgracia en un nivel sistémico, es desechada y olvidada. La movilización, pues, mira solamente a la expresión del agravio y a su denuncia, pero no más a su transformación por el propio sujeto.

No todos los sectores movilizados son víctimas, pero la victimización aparece como el núcleo de la protesta. Los espectadores se reconocen en este nuevo actor político, pero no por un proceso de representación sino por la autoidentificación como potenciales víctimas, de modo que nada más pueden representar empatía acompañando el proceso de movilización de manera completamente acrítica. La articulación espectáculo-victimización aparece como un binomio inseparable de la política de izquierda moderna: todos los espectadores son potenciales víctimas y todas las víctimas son espectadores.

La única arma discursiva de este actor político neoliberal es, en consecuencia, el testimonio. Para la izquierda socialista, el programa, como descripción del futuro, era el artefacto que permitía la aglomeración de distintos sectores que preveían su emancipación. En contraste, en el testimonio el sujeto enuncia su agravio en un pasado que lo atraviesa irremediablemente y en un presente que no le pertenece como espacio de decisión y acción, sino de forma exclusiva como escenario en el que tiene que representar una y otra vez su posición como víctima.

La víctima es entonces, a diferencia del oprimido o del pueblo, un sujeto que es obligado a ser espectador de su propio destino y al que nunca se le otorga la capacidad de transformación consciente y colectiva de la realidad. La víctima nunca pasa de ser un actor en la representación de su desgracia a un agente en la producción de su historia.

El evento central de la izquierda en la forma partido o movimiento era la revolución o la reforma, en torno a los cuales se articulaban el sujeto, la forma discursiva del programa y la temporalidad hacia el futuro. Las revoluciones o las reformas eran los acontecimientos de transformación continua de la realidad, sucesos que alteraban el flujo de tiempo y que, sin embargo, se repetían sin cesar.

El tiempo de la víctima, como el de la izquierda neoliberal, es por esto, el de la catástrofe. Un fenómeno en el cual la destrucción sólo puede ser observada. La víctima mira hacia atrás, las ruinas del pasado, percibiendo sin experimentar ni la fuente de la destrucción ni su posible transformación. En este sueño repetido, en el testimonio perpetuado de la desgracia, el pasado inmediato y el futuro se confunden en una reiteración infinita del presente.[VI]


Nuestra catástrofe se encuentra, una vez más, a la vuelta de la esquina. Esta vez tiene la forma de la ruptura del pacto neoliberal, amenazado por la ultraderecha nacional-fascista. El establishment político, para combatirlo, ha cambiado a nuevos rostros, provenientes de los sectores privados, económicos, corporativos, y sociales: las ONG. En esta fase fresca del neoliberalismo, los gobiernos de Trudeau y Macron aparecen como el ejemplo de gobiernos eficientes y transparentes, cumpliendo los compromisos del consenso neoliberal a derecha y a izquierda. Este modelo de representación, caracterizado por su apertura, no requiere la presencia de los sectores populares que pretende representar. De los candidatos a la Asamblea de La République En Marche de Macron, más de la mitad provienen de la sociedad civil, no obstante, solo 8.5% provienen de clases populares, 23% de clases medias y el resto, 68.6%, de clases altas.[VII]

Este proceso, la conformación de una tecnocracia social del consenso neoliberal, aparece como la única respuesta posible a la derecha. La izquierda se construye de nuevo en urgencia y, en ella, hace frente común con sectores conservadores de los cuales, en otro contexto, no sería aliada —o al menos intenta convencerse de ello—. Por esta cara en blanco de lo contingente, se nos dice, debemos comprometer ideología, ser pragmáticos y no dogmáticos, representar una vez más el teatro de nuestra desgracia o ser espectadores de la de otros.

A menos que pensemos desde ya otras formas de la política, las alternativas al espectáculo del martirio y a la administración de la desgracia, estamos destinados a repetir nuestro presente de forma indefinida: aunque cada vez parezca menos tragedia y más farsa.


[I] Si tomamos por fecha de implementación formal el mes de noviembre de 1982, cuando se da a conocer la carta de intención entregada al FMI en la que se anunciaron los cambios en la política económica, y septiembre de 1965, como inicio de la contrainsurgencia mexicana, después del intento del Grupo Popular Guerrillero de tomar por asalto el cuartel militar de ciudad Madera, en Chihuahua.

[II] «Nos encontramos en un momento en que el presente es aquel al que se invierte la carga principal. […] El futuro ya no contiene todos los deseos […] En cuanto al pasado, nos damos cuenta que no es muy presentable». F. Hartog y F. Euvé. (2017). «La réforme au gré de l’Histoire». Études, (1): 64.

[III] Ver la dialéctica entre el derrumbe del Estado de bienestar y la aparición de la sociedad civil en A. Leal Martínez «El despertar de la sociedad civil». Disponible en https://horizontal.mx/el-despertar-de-la-sociedad-civil-sismo-del-85-y-neoliberalismo/

[IV] «En el análisis final, las organizaciones humanitarias sólo pueden asir la vida humana en la figura de la vida desnuda o sagrada y, en consecuencia y a pesar de sí mismo, mantienen una solidaridad secreta con los mismos poderes a los que deberían enfrentarse».  G. Agamben. (1998). Homo sacer: Sovereign power and bare life. Stanford University Press.

[V] Después del terremoto de 2010, Haití se transformó en el país con más ONG per cápita en el mundo. Debido a las acusaciones de corrupción hacia el gobierno haitiano, este fue marignalizado de los esfuerzos de reconstrucción, de modo que la mayor parte de los recursos de Estados nacionales y organismos internacionales se canalizaron a través de dichas agencias. Este desbalance implicó que, por una parte, los mejores cuadros de la administración pública fueran absorbidos a las organizaciones con financiamiento internacional. Por la otra, a pesar de que más de 70% de sus recursos provenían de instituciones públicas internacionales, las ONG no rendían ninguna cuenta sobre sus manejos. La Cruz Roja, quien recibió alrededor de 500 millones de dólares en donaciones, solo envió a la isla alrededor de 40% de los recursos. De ellos, no probó su destino: con solo quince empleados en la isla construyó seis casas como parte de un programa de dotación de vivienda para 130 mil afectados. PIB, «Haiti: A Republic of NGOs?». Disponible en https://www.usip.org/sites/default/files/PB%2023%20Haiti%20a%20Republic%20of%20NGOs.pdf; NACLA, «NGOs and the Business of Poverty in Haiti». Disponible en https://nacla.org/news/ngos-and-business-poverty-haiti; NPR, «In Search Of The Red Cross’ $500 Million». Disponible en http://www.npr.org/2015/06/03/411524156/in-search-of-the-red-cross-500-million-in-haiti-relief

[VI] «El apocalipsis sólo llega una vez […] la catástrofe, en contraparte, se repite». Hartog, F., Mongin, O. y J. L.  Schlegel. (2017). «Comment rouvrir les futurs?». Esprit, (1): 50.

[VII] Richard Werly, «Pour Macron, des candidat très elitistes», Le Temps, 9 de junio de 2017. Disponible en https://www.letemps.ch/monde/2017/06/09/macron-candidats-tres-elitistes

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