Nuestra fascinación por las encuestas electorales

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Hace unos meses el Instituto Nacional Electoral (INE) llevó a cabo un foro sobre encuestas electorales. Más que un foro, debería tratarse de un homenaje. Y es que las encuestas en México merecen un monumento, un altar, o al menos una pequeña ofrenda. En primer lugar porque en entornos políticos como el mexicano, donde el fantasma del fraude electoral ronda con sigilo, las encuestas proyectan un primer atisbo de la voluntad popular y ahuyentan así la posibilidad de un gran timo. Pero también porque son una herramienta fundamental para llevar a cabo el estudio científico de la política. Son los aparatos que nuestros politólogos utilizan para auscultar las preferencias políticas de los ciudadanos. Democracia y método, dicen los expertos, son los dos pilares que soportan el pedestal de las encuestas. Yo tengo para mí que esta apología de los sondeos de opinión les hace poca justicia. Creo que la virtud cardinal de las encuestas no es la de servir como escudos democráticos o reglas de cálculo sino, como mencionaba hace algunos años Juan Villoro, la de emular a las cometas, esos juguetes de la niñez que todos hemos tenido al menos alguna vez entre las manos.

La cometa fue en el pasado una herramienta fundamental de la agricultura. El campesino la usaba como medidor meteorológico. A la cometa se le echaba al aire y se le dejaba hablar: si su vuelo era ligero y sin contratiempos, la perspectiva de lluvia era prometedora; si embravecía en el cielo y el viento amenazaba con deshacerla en pleno vuelo, los augurios eran todavía mejores. Los problemas venían cuando la cometa ni siquiera se sostenía en el aire; entonces había que preocuparse. Con las encuestas pasa algo parecido. Le permiten al encuestador ejecutar mediciones precisas; le dicen si los vientos políticos soplan hacia la derecha o hacia la izquierda, si son estables o inciertos, si se acercan campañas con truenos y tormentas o si la contienda será una simple llovizna. Hay una diferencia, sin embargo, entre la confianza que el campesino de ayer y el encuestador de hoy depositan en sus instrumentos de cálculo. Aquel conocía bien las limitaciones de su herramienta. Sabía que solo podía utilizarla algunas semanas o incluso días antes de la esperada temporada de lluvia. Llamar a cuentas al viento con demasiada antelación le parecía una estupidez. Por el contrario, nuestros encuestadores, como se puede ver en elección tras elección, levantan encuestas cuando la jornada electoral no se atisba siquiera en el horizonte; cuando el campesino no levantaría ni su pala. ¿De dónde viene esta urgencia tan prematura por encuestar?

Las encuestas en México –al menos las que se producen y circulan largos meses antes de la jornada electoral– son esencialmente un juego, o mejor, un espectáculo. Leo en el diccionario de la Real Academia Española la entrada de la palabra “cometa”, que este mamotreto define como una armazón plana y ligera sobre la cual se adhiere un trozo de papel o tela, y que lleva una cola en la parte inferior y va sujeta a un hilo muy largo. Para nuestro propósito, el punto clave de la definición es que el papalote, apuntan las autoridades de nuestra lengua, “sirve de diversión a los muchachos”. Y ahí la definición da justo en el clavo. Para lo mismo sirven las encuestas en México: para divertir a los muchachos. A los que las construyen y a los que las consumen. A los que corren por el campo electoral con el hilo de las encuestas entre las manos y a los espectadores que miran sus piruetas en la opinión pública. A los actores políticos que las usan y a los especialistas que las comentan y regurgitan. Todos participamos en el juego de las encuestas, el deporte favorito de nuestro régimen político. Elites políticas, periodistas, opinadores, politólogos, ciudadanos de la calle: todos poseídos por el espíritu lúdico de la democracia mexicana.

El juego de las encuestas raya en la ritualidad. Tras la publicación de los resultados de un sondeo de opinión electoral, los actores se entusiasman, hacen aspavientos, se rasgan las vestiduras, gritan en las gradas, alteran sus estrategias, cambian de camiseta, insultan al árbitro, profieren pronósticos apocalípticos o mensajes mesiánicos. Apenas aparece una encuesta y ya se exige la siguiente para seguir gritando y brincando, puesto que no se sabe lo que traerá la siguiente entrega. Y no hay que olvidar, por supuesto, que así como hay peleas de cometas, donde el objetivo es que los voladores corten el hilo del papalote del contrincante con el hilo de su propia cometa, así también hay peleas de encuestas, en las que la misión es descalificar una encuesta al compararla con otras.

Una aclaración: que quede claro que este texto no es una diatriba contra las encuestas. Solo un desalmado pediría su desaparición. Prohibir las encuestas sería como cortarle a un niño el hilo de su papalote. Sin duda hace falta someter a las encuestas a un estricto control, puesto que así como hay papalotes de dudosa calidad, con varillas frágiles, papel que se rasga y cuerdas que se rompen apenas izado el vuelo, así también hay encuestas y encuestadores deleznables y detestables. Pero insisto: sería cruel levantar la pluma contra un sondeo de opinión. Y además inútil: su uso se ha extendido como hiedra por las paredes de la democracia mexicana en los últimos diez años y ni el jardinero mas hábil podría cortar su raíz. Más que hiedras, las encuestas son hidras, porque aun cuando el mejor jardinero mexicano intentase cortar sus cabezas, no tardarían en aparecer otras nuevas y más monstruosas.

Con todo, no es simple caridad ni impotencia lo que debe llevarnos a defender a las encuestas. Las encuestas son fuente de inagotables virtudes. Con frecuencia algunas mentes escépticas y un poco confundidas hablan del grave riesgo de que las encuestas sustituyan al voto en el imaginario de los mexicanos. No hay tal peligro. Sondeos de opinión y votos son complementos perfectos. Los primeros tienen todo para combatir la fugacidad, el aburrimiento y la simplicidad de los segundos. Tomar la papeleta, tachar el predecible escudo de alguno de los partidos políticos, quizás escribir el nombre de uno de los candidatos de la incorruptible sociedad civil, depositar el voto en la urna, escuchar los resultados por la noche: todo ese proceso, monótono, efímero y parco está contenido en las fronteras del domingo. Las encuestas son todo lo contrario: se esparcen por cuatro o cinco meses y así dilatan los tiempos electorales, tan reprimidos y limitados por los requerimientos de nuestra democracia. Hay algo más importante aún sobre las encuestas: por ellas y en ellas todos los candidatos pueden triunfar. Son las dispensadoras de dádivas y reconocimientos, así no sean éstos más que provisionales. Ayer ganabas tú, hoy empatamos, mañana gano yo. Y, para terminar, el elemento esencial de los sondeos de opinión o, mejor dicho, de sus instrumentadores y cómplices, es que ellos producen, organizan y presiden la diversión política en México. En definitiva, los papalotes electorales, no las papeletas electorales, son la clave de bóveda del jardín de niños de la democracia mexicana.

(Foto: cortesía de ecosistema urbano.)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Shopping Basket