Nueva Izquierda: una izquierda sin novedad

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Se han llamado Nueva Izquierda, pero nunca lograron crear una imagen de novedad. Han manejado el aparato del partido por más de una década, pero nunca convencieron ni a sus adversarios internos ni a los electores. Al final, el partido se les dividió y dejan el control, al menos parcialmente, con un partido falto de credibilidad, con una imagen pública muy deteriorada, que perdió buena parte de su voto duro y no es capaz de atraer a los electores descontentos que lo ven como uno más de los partidos coludidos en un pacto rentista con el PRI y el PAN.

Nueva Izquierda logró el control del aparato del PRD gracias a que era el grupo con la red de clientelas más amplia. Otras corrientes, como Izquierda Democrática Nacional, concentraban su fuerza en uno o dos bastiones, aunque fueran muy importantes. Nueva Izquierda, en cambio, ha contado con una vasta red nacional, cuyos orígenes se remontan a los grupos provenientes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), organización peculiar en el proceso de construcción de la pluralidad democrática en México. Construido principalmente en torno a Rafael Aguilar Talamantes —antiguo dirigente estudiantil comunista, encarcelado en 1967 por encabezar un movimiento precursor del de 1968 en Morelia—, desde su origen aquel partido tuvo un carácter marcadamente clientelista, construido bajo la protección del gobierno de Luis Echeverría, que lo vio como un contrapeso a la radicalización de la izquierda y que incluso les propuso integrarse como un ala socialista al PRI.

Eran años de efervescencia política de la izquierda. El Partido Comunista Mexicano crecía y se transformaba con militantes provenientes del movimiento estudiantil y de la academia de las universidades públicas. El Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), encabezado por Heberto Castillo, irrumpía también en el debate y en la política universitaria. Los trotskistas del Partido Revolucionario de los Trabajadores se abrían a los nuevos movimientos sociales feministas y homosexuales y lograban influir a pequeños sindicatos independientes. El sindicalismo corporativo oficialista se cimbraba por la emergencia de la Tendencia Democrática de los electricistas. Los grupos guerrilleros, tanto los de arraigo campesino como los formados por universitarios, pululaban.

Gracias a los recursos provistos y a una buena interlocución que le permitió satisfacer algunas de las demandas de sus clientelas, el PST logró consolidar cierta base social, compuesta principalmente por grupos de campesinos solicitantes de tierras y de trabajadores de reciente migración a las ciudades que demandaban vivienda. Su capacidad de movilización se comenzó a hacer notable, siempre con recursos proporcionados por los gobernadores de los estados con los que entablaban relaciones cordiales —no todos, pues algunos fueron bastante hostiles—, dependencias del gobierno federal o sindicatos oficialistas con los que Talamantes planteaba la necesidad de construir una alianza.

Siempre sobre el PST planeo cierta sombra de sospecha por sus vínculos con el régimen. Se le acusaba de ser el relevo del Partido Popular Socialista, que al menos desde 1960 había sido comparsa del PRI y había apoyado a los sucesivos candidatos oficiales a la presidencia. Así, los cuadros pesetistas nunca tuvieron buen cartel entre la izquierda universitaria. Por su parte, Aguilar Talamantes se opuso reiteradamente a cualquier acercamiento a los comunistas y su entorno, pues consideraba que la alianza estratégica se debía construir con el “sector nacionalista revolucionario del PRI”.

La reforma política de 1977 contribuyó a la institucionalización del PST, pues obtuvo registro y una nada despreciable fracción de diez diputados. Entre quienes entraron a la cámara entonces estaban tres personajes que después serían relevantes en el PRD: Graco Ramírez —segunda figura visible del partido y su cara electoral—, Pedro Etienne y Jesús Ortega Martínez. También se formaron en la escuela del PST y crearon ahí sus vínculos y sus bases otros cuadros que formarían parte del núcleo duro de Nueva Izquierda, como Carlos Navarrete, Miguel Alonso Raya y Antonio Ortega, hermano de Jesús.

Cuando en 1981 el Partido Comunista abrió un proceso de confluencia con las organizaciones que formaban parte de la coalición de izquierda y con el PMT —que se había declarado abstencionista en 1979—, no hubo ningún intento de acercamiento con el PST, el cual descalificó como una mera “sopa de letras” el proceso de fusión del que surgiría el Partido Socialista Unificado de México, aunque finalmente sin la participación de la mayor parte del partido de Heberto Castillo.

El PST continuó con su ruta de construcción con base en un modelo de articulación de redes de clientelas y su estrategia de invasiones de terrenos y movilizaciones. Sin embargo, el gobierno de Miguel de la Madrid ya no fue tan propicio para ellos y hubo un evidente alejamiento. Después de 1985, el partido se fracturó. Talamantes decidió transformar la parte que se mantuvo leal a él en Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, mientras que un fuerte grupo de disidentes, encabezados por Graco Ramírez, Jesús Ortega y Pedro Etienne, convergió en 1987 en el nuevo proceso de unidad del que surgió el Partido Mexicano Socialista (PMS), donde se fusionaron junto con el PSUM, el PMT y otros grupos, algunos provenientes de la guerrilla, como el encabezado por Jesús Zambrano, el Partido Patriótico Revolucionario, el segundo afluente de lo que finalmente sería la corriente Nueva Izquierda del PRD, mejor conocida como “los chuchos”.

El PMS fue un proyecto efímero que no se institucionalizó por el cataclismo electoral de 1988. El surgimiento de la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas, producto de la primera escisión relevante del PRI en cuarenta años, trastocó completamente la ruta de unidad de la izquierda, al grado de que Heberto Castillo, en torno a cuya candidatura había girado el proyecto unitario, tuvo que retirarse de la contienda para sumarse a regañadientes a la avalancha cardenista.

Cuando el PMS hubo de disolverse para ceder su registro al emergente Partido de la Revolución Democrática, las distintas corrientes que lo habían integrado estaban prácticamente intactas y comenzaron a actuar dentro de la nueva organización cada una por su lado. Para el grupo proveniente del PST lo ocurrido con la ruptura del PRI era una suerte de profecía cumplida: la izquierda del régimen rompía y formaba un polo electoral robusto en torno al cual construir un proyecto nacional que los incluyera. No era todo el “sector nacional revolucionario” pero sí una parte simbólica, sobre todo porque la encabezaba el hijo del prócer fundador.

La integración del PRD como una coalición de corrientes diversas y malquerientes entre sí, pero bajo el arbitraje de Cuauhtémoc Cárdenas, fue un espacio ideal para el despliegue de la red de clientelas proveniente del PST, a la que se le fueron añadiendo nuevos grupos con implantación local. Desde muy pronto, el método de solución de conflictos y toma de decisiones personalizado fue dejando fuera del partido a los intelectuales que pretendían la deliberación democrática de las posiciones partidistas y benefició, en cambio, a los grupos con capacidad de movilización de huestes para votar en las asambleas y convenciones partidistas.

Poco a poco, la dinámica interna del PRD fue girando cada vez más en torno a la competencia entre corrientes pero, más que una competencia programática o ideológica, se trató una y otra vez de pulsos por ver cuál grupo movilizaba más votos a las elecciones internas o conseguía más delegados a los congresos. Ya para 1996, cuando Andrés Manuel López Obrador se hizo con la presidencia del partido, Nueva Izquierda era una fuerza definitoria de toda contienda interna. Entonces, Jesús Ortega quedó como secretario general y desde ahí consolidó el control de su corriente sobre el aparato partidista.

La fuerza de Nueva Izquierda se fue afianzando sobre todo en los estados donde el PRD tenía menor arrastre electoral. A partir de que en 1997 López Obrador convirtió al partido en una opción de salida para las disidencias priistas, se comenzaron a ganar gobiernos estatales, lo que implicó el control del partido en esas entidades por los grupos recién llegados. En el resto del país, con la excepción de la Ciudad de México, donde arraigaron otros grupos, el tejido clientelista de “los chuchos” ocupó el aparato partidista, aunque sus resultados electorales fueran magros. Gracias al ingente financiamiento público que recibía el partido, se crearon cuerpos locales de dirección con capacidad de brindar protección a grupos de clientes suficientes para contar con sus votos en los procesos internos del partido, pero con escaso arrastre electoral.

La corriente se consolidó no solo a partir de los cuadros provenientes del PST, sino también con los seguidores de Jesús Zambrano, exguerrillero de la Liga Comunista 23 de septiembre converso a un pragmatismo poco ideológico, y con cuadros de diversos orígenes que han mantenido sus posiciones en las direcciones estatales del partido. Se trata de un grupo de especialistas en la administración del financiamiento público partidista para mantener aceitadas a sus huestes, pero sin figuras de arrastre nacional o local más allá del aparato partidista. Ninguno de sus cuadros dirigentes ha ganado alguna elección local —Jesús Zambrano ha quedado tercer en sus dos participaciones como candidato a gobernador de Sonora, mientras que Graco Ramírez ha mantenido su distancia respecto a la corriente y ha operado con autonomía— y en los estados que controlan la votación perredista suele ser escasa.

Pero ¿cuál es la ideología de Nueva Izquierda? Cuando se les pregunta, suelen definirse vagamente como socialdemócratas. En su página web se presentan como “una izquierda que construye soluciones”, opuesta a la violencia, partidaria de “la vía institucional” abiertamente pragmática, y concluyen con una frase críptica: “Una izquierda que comprende que la racionalidad puede resultarle, pero que nunca le será adversa”. En realidad, la corriente se ha definido como moderada, contraria a la retórica antisistema y opositora al maximalismo de los seguidores de López Obrador. Sus definiciones ideológicas y programáticas son muy pobres, más bien tópicas, sin gran elaboración ni análisis complejo de la realidad mexicana. Entre sus cuadros principales no hay tampoco intelectuales relevantes.

En no pocas ocasiones, la disposición de la corriente a negociar y alcanzar acuerdos se ha traducido en la política local en simple complicidad con los gobiernos priistas. También su pragmatismo los ha llevado a pactar con el PAN candidaturas abiertamente derechistas o a apoyar personajes de ética dudosa. El caso de Guerrero, donde para conservar la plaza acabaron por abrirle el paso al gobierno a un hombre de lo más atrasado del priismo tradicional, es solo el caso más conspicuo del oportunismo que los ha caracterizado y que ha acabado por restarles toda credibilidad. El pésimo manejo de la crisis desatada por los acontecimientos de Iguala de septiembre pasado contribuyó notablemente a su desprestigio nacional.

Nueva Izquierda condujo al PRD a participar en el Pacto por México al principio del actual gobierno. Incluso se ha afirmado que fue Jesús Zambrano el artífice del acuerdo. Sin embargo, y a pesar de que en el conjunto de reformas alcanzadas hubo temas relevantes de la agenda de la izquierda que salieron adelante, no fueron capaces de explicar y defender el pacto entre los electores del partido. Tampoco supieron defender sus diferencias con López Obrador y salvar la cara frente a la ruptura de este y sus seguidores con el PRD. Ayunos de ideas y carentes de personalidades, su control del aparato partidista no ha sido suficiente para consolidarlos como un grupo con la suficiente estatura para mantener su posición en la izquierda.

Los resultados de los pasados comicios legislativos mostraron el tamaño del golpe que la ruptura de Morena les significó. Si bien el partido no se hundió y Silvano Aureoles logró el gobierno de Michoacán, el fracaso en Guerrero y el retroceso en la ciudad de México fueron lo suficientemente duros como para que Carlos Navarrete, el cuarto presidente del partido al hilo proveniente de la corriente, renunciara anticipadamente y dejara a sus compañeros con el paso cambiado.

Incapaces de encontrar un relevo entre sus propias filas, temerosos de abrir una nueva lucha con las demás corrientes partidistas que hubiera resultado catastrófica, optaron por salir a buscar a alguien fuera del partido para que llegara a desfacer los entuertos creados por la falta de proyecto y de figuras, pero sobre todo resultado de un mal diseño institucional, que ha llevado a un empantanamiento de la circulación interna de cuadros. Sin capacidad de renovación generacional y programática, un partido envejecido ha recurrido al salvador externo para que intente sacarlos del barranco. Tarea ingente para un hombre solo, quien no tendrá más remedio que echar mano del aparato que sigue controlando los recursos y las clientelas.

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