#OctubreTrans: 21.10.2017 Día Internacional de Acción por la Despatologización Trans

El 21 de octubre de 2017 se estableció como el Día Internacional de Acción por la Despatologización Trans. Publicamos con ese motivo este manifiesto en primera persona que suma a la exigencia de despatologizar la identidad de género trans y por la reivindicación de los derechos de las personas transgénero.

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No siempre estuvimos aquí, pero ustedes tampoco. No somos lxs hijxs de un presente futurista y prometeico que ha inventado nuevos géneros, pero tampoco son ustedes lxs poseedorxs de un cuerpo sacramental, natural e intocado, evolucionado y divino a una misma vez. No somos ni el eunuco ni la lesbiana traidora convertida en macho opresor; tampoco somos la fantasía poshumana que algunxs han querido ver en nosotrxs y que ha llevado a que se nos acuse de no ser la vanguardia que, según nos dicen, deberíamos ser en esta guerra contra el género y el cis-hetero-patriarcado.

Y ustedes tampoco son ese radical contraste ante nosotrxs. Ustedes no son, no todxs, ese pseudohumanismo imperial y religioso que quiere leer la Biblia en El origen de las especies y decretar una biología que es destino, es moral y ley –incluso palabra divina–, y que busca declararnos artificio perverso y contranatura. No somos lxs grandes pervertidorxs de niñxs, somos y fuimos esxs niñxs.

Tampoco son ustedes, no todxs, ese discurso excluyente que pugna por una pureza del sujeto del feminismo basado en un sexo sin historia, presuntamente fijo, más por dogma que por argumento, y que decreta que toda mujer trans es un invasor o que todo hombre trans es una traidora. No somos ni drones del cis-hetero-patriarcado, infiltrándonos malignamente, ni cobardes desertorxs de una lucha. No nos toca ser vanguardia –esta lucha es de todxs–  ni nos toca que se nos legitime por medio de la beatitud luchadora. Somos y eso es todo.

Entre nosotrxs y ustedes media más un artificio lingüístico que una ruptura ontológica. Nosotrxs somos muchxs, somos Multitud(es), ustedes también; nuestros nombres son Legión ‘cause we are many. No somos una nueva clase de ser humano. Somos, como ustedes, radicalmente heterogénexs. Casi siempre mundanxs y algunas veces heroicxs. Empero, sí tenemos una historia propia, una historia de nosotrxs que es política, política ontológica, porque emergimos en la historia como una cofradía de voces clamando y reclamando nuestro derecho a la existencia.

Este mes, #OctubreTrans, es por un momento nuestro mes. El 21 de octubre fue el Día Internacional de Acción por la Despatologización Trans. Desde 2009, la Campaña Internacional Stop Trans Pathologization (STP) toma este día para hacer un fuerte llamado de atención para visibilizar los estragos que conlleva la patologización de las identidades, corporalidades y subjetividades trans. Una patologización codificada en el Manual de Diagnóstico Estadístico de Enfermedades Mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) y en el Código Internacional de Enfermedades (ICD) de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Este día sirve también para exigir que lo que hace inteligible nuestra existencia, lo que nos hace sujetxs viables, no sea el sendero de la enfermedad mental, ya bajo la etiqueta del síndrome de disforia de género, ya del desorden de identidad de género. Defendemos, para aquellxs que así lo deseen –a plena conciencia y voluntad–, el acceso a la medicamentación e intervención quirúrgica, pero como un derecho al libre desarrollo de la personalidad, como un derecho a la identidad, y no como un deber, un acto de validación o una suerte de restitución de unx sujetx que se narra fallidx e incompletx.

No negamos, desde luego, las experiencias de disforia y de dismorfia que suelen, pero no las creemos exclusivas de nosotrxs. Las hemos sentido, las sentimos cotidianamente. Creemos, sin embargo, que en gran medida nacen de una emocionalidad colectiva que decreta nuestrxs cuerpxs como fallidxs e incompletxs. Una emocionalidad que introyectamos.

Hemos querido, en función de eso, de esa lucha global que habrá siempre de adquirir tintes locales escribir un ensayo que motive y comunique la relevancia de este día. Esta es desde luego nuestra voz, situada y concreta, sitiada y en resistencia, y no habla en nombre de todxs lxs que comparten con nosotras estas identidades/corporalidades/subjetividades. Aspiramos así a promover un diálogo, un sendero a la despatologización y a la dignificación de lxs cuerpxs trans y somos simplemente dos voces dentro de esa multitud. Celebramos toda otra voz que se sume a ello.

En cualquier caso, hemos elegido un conjunto de puntos que en este #OctubreTrans nos parecen merecedores de nuestra atención.

 


La calle, el asco, el deseo

A muchas mujeres trans nos ha pasado que al transitar por el espacio público nos encontremos con expresiones de asco, con algunas cuantas miradas lascivas, con algunos comentarios y ofertas sexuales no solicitados o, en el mejor de los casos, con gestos de confusión que equivocan pronombres. Sin duda que no a todas nos pasa de la misma forma. Habrá algunas que no sean reconocidas como mujeres trans sino hasta que su voz se hace presente, habrá otras que abiertamente desafían las lecturas que se hagan sobre sus cuerpos, habrá otras que opten por una ropa que disminuya estas microviolencias, y están también las que son trabajadoras sexuales y se la juegan en cada ocasión. Cualquiera que sea nuestra experiencia, aprendimos que tendríamos que navegar en nuestras cotidianidades a través de todo aquello.

Ahora bien, este microrrelato no agota las vivencias trans; nada hemos dicho de cómo la pasan los hombres trans o todas aquellas identidades, corporalidades y subjetividades no binarixs que también irrumpen en una calle, que suele estar cargada de expectativas y normas que decretan nuestrxs cuerpxs como ajenxs a ese espacio.

Pero aquí no nos interesa la exhaustividad, sino simplemente señalar que el aspecto político del sexo/género está cargado de emociones y que estas son políticas a su vez porque están cargadas de valoraciones y normas. El asco que nos dirigen no viene de que nuestrxs cuerpxs sean antinaturales o artificiales o que contravengan alguna supuesta norma biológica, y tampoco de que seamos sujetxs sórdidxs con vidas vinculadxs al oprobio. ¿Acaso ustedes no transforman sus cuerpxs? ¿No se ejercitan, no se broncean, no se tatúan, no se ponen perforaciones? ¿No tienen cirugías estéticas o prótesis incluso tan mundanas como unos anteojos? Su cuerpx, como el nuestrx, narra una historia de vida y en esa historia de vida se observa cómo habitamos nuestrx propix cuerpx.

El asco viene de esa enseñanza que dice que nosotrxs somos enfermxs, que somos aberrantes; una enseñanza en todo caso sostenida por el afán de hacer de la cis-generidad y la heterosexualidad un mandato natural. El asco es el resultado de inculcar transfobia en la sociedad. Una transfobia patologizante que nos restringe el acceso al trabajo y, con ello, al goce de múltiples derechos, generando así una vulnerabilidad corrosiva. De allí la importancia de luchar contra una patologización que nos coloca como abyectxs trastornadxs. De allí el vínculo entre un discurso institucionalmente sostenido y el gesto callejero de desprecio.

Y de allí también el deseo exotizante que no puede pensarnos como personas plenas, sino como cuerpxs de consumo, cuerpxs desechables y construidxs para el gozo del otro. Incluso para su gozo culposo que desencadena, en algunos casos, crímenes de odio con una saña tremenda. Y son crímenes de odio por la dimensión política de la emoción involucrada, por el aplanamiento de unx sujetx reducidx a un estereotipo vilipendiado.

Luchar contra la despatologización es también luchar contra uno de los motores más fuertes de esas emociones políticas que sostienen al cis-hetero-patriarcado y su dinámica violenta. Es reconocer, por tanto, que el cis-sexismo existe y genera privilegios y opresiones; afecta esperanzas de vida y crea vulnerabilidades diferenciadas. Y no debería ser un escándalo hablar de un privilegio cis-género como si esto invalidara las luchas de otrxs cuerpxs. Escándalo es que no se entienda que una faceta del privilegio es no reconocerlo. Escándalo es no atender al hecho de que habitamos múltiples dimensiones y en algunas somos privilegiadxs, mientras que en otras no.

La violencia transfóbica sigue siendo el pan de cada día para las personas trans en una sociedad que en algunos estados ha reconocido derechos en lo formal, pero que en el día a día sigue condenado a una gran mayoría a la exclusión del reconocimiento legal de nuestra identidad, de la educación, de la familia, del trabajo, del derecho a la salud sin patologizar, de la justicia, del amor y de espacios públicos de convivencia.

Treinta y cinco años es el número de la esperanza promedio de vida de las trans. Un número que se nutre de los suicidios, de las muertes por problemas de salud relacionados con la modificación corporal en el uso de aceites modelantes u otros polímeros, la ingesta de hormonas sin acompañamiento médico, y de los transfeminicidios.

Estos crímenes de odio son la última expresión de una larga cadena de violencias y exclusiones sociales que mandan el mensaje de que las vidas y lxs cuerpxs trans no importan, de que no nos merecemos nada más que la muerte.

El gran potencial estigmatizador de la patologización, aunque aparentemente recluida en los libros de psicología y psiquiatría y en los centros de salud, es la sombra que acompaña y va sembrando el discurso de odio desde las conversaciones cotidianas, pasando por el sensacionalismo de los medios de comunicación hasta el discurso religioso al hacernos ver como sujetxs trastornadxs, como perversxs, como impostorxs y traidorxs del sexo «que nos tocó» o como sujetxs siempre emocionalmente enfermxs e infinitamente incomprendidxs.  La patologización es la marca de la incomprensión de una sociedad transfóbica que cierra la puerta a nuestras vivencias, a nuestras subjetividades, a nuestras historias, que nos han hecho ser lo que somos, y a nuestras más profundas motivaciones de seguir siendo quienes somos.

México ocupa el segundo lugar en crímenes de odio contra personas LGBTI. Las personas trans, y en específico las mujeres trans, son las más vulnerables a la violencia y discriminación. Hace un año, por ejemplo, se hizo visible una ola de transfeminicidios que en menos de cincuenta días ya contaba al menos diez vidas arrebatadas.

Sabemos que la despatologización no acabará por acto de magia ni con la transfobia ni con los crímenes de odio, ya que estas violencias están movidas por más factores estructurales; esto es así porque la patologización no solo ocurre dentro de las instituciones de salud, sino que ese discurso patologizante nos lo lanzan desde distintos espacios como justificante de violencias. Sin embargo, despatologizar en el corazón de la institución médica es dar un paso contra la transfobia, es desmontar la autorización de un discurso que históricamente ha relegado nuestra sexualidad al campo de la enfermedad/curación e incomprensión, es desarticular un discurso que estigmatiza nuestras experiencias porque estas no pueden ser encajadas en los estrechos marcos de la cis-generidad.

Estudios recientes elaborados por autoridades médicas, como psiquiatras o endocrinólogos, comienzan a cuestionar la narrativa de la enfermedad mental o de la identidad trans intrínsecamente enferma. El estudio «Eliminando la identidad transgénero de la clasificación de enfermedades mentales: un estudio de campo para la CIE-11 en México», publicado en la revista The Lancent Psychiatry en 2016, apunta a que si las personas trans tienen problemas psicológicos o disestrés y disfunción es por la violencia que tiene raíces sociales y no por el hecho de que ser trans sea una enfermedad.

«La definición de la identidad trans como un trastorno mental ha sido utilizada para denegar la asistencia sanitaria y ha contribuido a la percepción de que las personas transgénero deben ser tratadas por especialistas en psiquiatría», señala el autor de dicho artículo.

Luchamos por despatologizar sin que eso se traduzca en desmedicalización forzada por parte de las instituciones de salud que hoy brindan servicios de transición hormonal. Aunque también estamos contra la medicalización como norma, como obligación para las vidas trans que desean realizarse mediante otras formas.

En septiembre de este año la Sociedad Endocrinológica, una sociedad internacional de expertos médicos e investigadores, elaboró un protocolo con directrices específicas para que los seguros médicos de los distintos países cubran los costos de las intervenciones médicas que un médico puede prescribir a una persona trans, como tratamiento hormonal o cirugías. Estas directrices están motivadas por un biologicismo que intenta alejar a la transexualidad/transgeneridad del campo de la patologización psicodinámica y la acerca al campo del desorden biológicamente causado que hay que curar.

Nos sumamos a este llamado a que los seguros o servicios de salud atiendan nuestras necesidades de transición, pero no porque abonemos a la narrativa de que somos la consecuencia del desorden biológico, sino porque lo creemos un derecho que los servicios de salud deben otorgar como parte del desarrollo de la personalidad de las personas trans. Frente a la coyuntura del ataque conservador de la administración de Donald Trump en contra de las personas trans, creemos que es un falso dilema la disyuntiva que se plantea entre el mantenimiento de nuestros derechos a la medicalización sobre la base de la patologización, o la despatologización a costa de la pérdida del acceso a las tecnologías de transición. Exigimos el mantenimiento de los programas de transición en las clínicas de salud porque creemos que el acceso a la salud es un derecho que no se construye exclusivamente mediante la patologización.

En México solo existen dos clínicas públicas especializadas en la transición hormonal para las personas trans, ambas ubicadas en la Ciudad de México; quizá con la reciente publicación de un nuevo protocolo de salud para personas LGBTI a cargo de la Secretaría de Salud esto cambie. Pero hasta ahora en el resto del país las personas trans no tienen acceso a un tratamiento hormonal gratuito o programas especializados, lo cual genera que las personas trans migren de sus estados a la Ciudad de México para adquirir estos tratamientos o, en el peor de los casos, recurren a la automedicación sin acompañamiento lo que conlleva problemas de salud, además de problemas emocionales por no poder acceder a las tecnologías que posibilitan el cambio de sexo/género. La cobertura médica para la transición es una demanda que los actuales movimientos trans siguen peleando, pues no todxs lxs que las desean tienen acceso a ellas.

Detrás de esta exigencia hay una historia, una historia que comenzó en la década de los cuarenta del siglo XX cuando, a raíz de la creciente demanda de cirugías de cambio de sexo que muchas personas empezaban a solicitar, en la medicina inició una discusión en torno al sexo y su plasticidad. No entendían la etiología de ese deseo de cambio de sexo, por lo que terminaron por postular la existencia de un «sexo psicológico», más tarde reformulado como «identidad de género», que se sumaba al sexo cromosómico, sexo hormonal, sexo genital y sexo de caracteres sexuales secundarios. Todas estas características y causalidades, señalaron lxs médicxs, conformaban el sexo de una persona. Dicho sexo, también reconocían, tenía niveles de posible alteración que podían reencauzar al cuerpo sexuado haciéndolo cambiar de un sexo a otro.

Este deseo de cambio sexual, motivado por un complejo proceso de (des)identificación de sexo/género, es el que se llevó a los terrenos de la patologización  en tiempos muy tempranos cuando la medicina descubría de forma empírica esa instancia de lxs sujetxs que no se explicaba por una congruencia o consecuencia de otros niveles del cuerpo sexuado.

Somos, en función de todo esto, lxs migrantes del sexo/género. Somos el producto de una historia atravesada por la medicina, por las tecnologías de trasformación corporal y por las luchas políticas por el derecho al cuerpo y a la autodeterminación.

Hoy seguimos reivindicando la identidad de género. Esa instancia que da a la primera persona la facultad de decir quién es y hacia dónde quiere ir. En este #OctubreTrans, y en calidad de personas que no nos reconocemos como enfermxs, afirmamos que seguiremos luchando contra la patologización de nuestras identidades y nuestrxs cuerpxs.

 

 

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