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No solo fueron 43. Hace un año, en un ataque perpetrado por autoridades municipales y federales el 26 de septiembre de 2014, desaparecieron 43 estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero. De acuerdo con el informe del GIEI, además de los 43, hubo seis personas ejecutadas extrajudicialmente, más de 40 heridos y 80 víctimas que fueron perseguidas y sufrieron atentados en contra de sus vidas por parte de las fuerzas de seguridad. Existen, además, al menos 700 familiares directos de estas víctimas que también han sufrido las consecuencias de la pérdida.

¿Qué hubiera pasado con el caso Ayotzinapa sin las redes sociales? ¿Qué sabríamos o hubiéramos dejado de saber si nuestro único acceso a la información hubieran sido los medios tradicionales? Un hecho revelador: el sábado 27 de septiembre de 2014, los titulares de las portadas de los principales diarios nacionales ignoraron el hecho:

  • La Jornada: “Militares tuvieron tres horas para hacer el montaje en Tlatlaya”; “Excepción, si hubo actuación ilegal, tenemos un gran ejército: Osorio”; “Plascencia no ve la verdadera guerra sucia, critican ONG”; “En Axochiapan, 24 detenidos tras la violencia de policías”; “Padrés provoca guerra por el agua en Sonora, yaquis”; “La violencia deja al menos 25 muertos en tres estados”.
  • Excélsior: “Osorio: caso Tlatlaya será transparente”; “Les salió lo gallo. 4-1 América vs. Santos”; “73% de autos en México circula sin tener seguro”; “Caos en aeropuerto de EU”; “Peña relanza pueblos mágicos”; “Calle peatonal celebra 10 años”.
  • Reforma: “Provocan desastres daños por 61mmdp”; “Crecen protestas del IPN”; “Indagan a oficial mayor del GDF”; “El costo del progreso”; “Pagará SCT 25% más por teles digitales”; “Cancelan casi 2 mil vuelos en Chicago”; “Se luce Layún con 4 goles”.
  • Milenio: “Llama Osorio al diálogo con el IPN”.
  • El Universal: “Grupo México contamina también en Taxco”; “Tlatlaya sería caso aislado: Osorio Chong”; “Crece EU y alienta expectativas: Hacienda”; “IPN llama a diálogo; 18 escuelas dicen no”; “Un otoño de colores”; “Clooney y Amal: boda de 3 días en Venecia”.

La nota solo comenzó a circular a nivel nacional entre el 28 y el 29 de septiembre. Las crónicas que se publicaron entonces mezclaban boletines oficiales con algún reporteo. Había tal confusión que ninguno de estos materiales identificaba la dimensión de la tragedia. La primera reacción del gobierno federal fue decir que se trataba de un problema local, para después estrellarse contra uno de los hechos que ya define la historia reciente de México.

El 28 de enero de 2015, tras la conferencia de prensa del procurador Murillo Karam, en donde decretó la supuesta “verdad histórica”, las primeras planas nacionales sostuvieron:

  • Excélsior: “Oficialmente muertos”.
  • Reforma: “Cerrado: son 43 muertos”.
  • Milenio: “Rojos y director de la normal usaron a los 43”.
  • La Jornada: “Incineraron a los 43, ‘verdad histórica’: Murillo”.
  • El Universal: “Peña: no podemos quedar atrapados en Ayotzinapa”; “PGR: están muertos, la verdad histórica”.

Si estuviéramos condenados a la información ofrecida por los medios tradicionales, solo esto sabríamos del caso. En un país que colecciona tragedias para guardarlas, probablemente nada más hubiera ocurrido. Con esta información, Ayotzinapa hubiera pasado desapercibido.


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El estado de Guerrero es uno de los más pobres del país. De acuerdo con las Estadísticas sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de Información en los hogares (MODUTIH), en Guerrero apenas el 15.3% de los hogares cuentan con acceso a internet. En Iguala el 19% de las viviendas tiene acceso a internet; y en Tixtla, apenas el 5%.

Entre las 10:36 y 10:39 p.m. del 26 de septiembre, el corresponsal de Televisa José Luis Rodríguez fue el primero en tuitear lo que ocurría en Iguala:

Así empezó una de las movilizaciones más perdurables en la red social. A lo largo de un año, cientos de miles de tuits mensuales han mantenido viva una discusión que los periódicos dieron por acabada a los pocos días. La lógica efímera y vertiginosa de las redes sociales alimentó una de resistencia, deliberación y recordatorio constante. Del otro lado del espectro político, las redes también han sido usadas para sostener la ola conservadora de las élites: “Esos estudiantes rijosos se lo buscaron.”

Las redes son una burbuja de comunicación que puede al final funcionar como un megáfono o ser mero ruido. En México, apenas poco más de 50 millones están conectados a internet; de ellos, once millones se concentran en el D.F. y área metropolitana, y la distribución es seguida por Guadalajara, Monterrey, Puebla y Querétaro. Recordemos que solo quienes se encuentran en los deciles nueve y diez de la distribución del ingreso cuentan con líneas de teléfono en casa; el resto cuenta con acceso móvil de no muy buena calidad (el producto de depender de otro monopolio: Telmex, Telcel).

Los dispositivos móviles y la conexión a internet nos da la posibilidad de imaginarnos ubicuos. Nuestra mirada se encuentra en todos lados: ocupamos un espacio inmensamente comprimido y habitamos un tiempo acelerado que trasciende nuestra naturaleza humana. Nuestros actos reflejos se han transformado. Todo aquello contenido en el cajón de lo insignificante debe ser documentado, grabado, fotografiado, blogueado o tuiteado. Con nuestros mensajes resignificamos lo cotidiano. Producimos y consumimos más información que nunca. Servicios como Twitter no solamente nos permiten consumir y producir, sino socializar y ensamblar la información con propósitos determinados. Es una red social y una red de información donde seleccionamos de manera deliberada comunidades, las curamos y configuramos, con lazos más fuertes unas y con lazos más débiles otras. Establecemos y vemos, en modo panóptico, surgir otras comunidades; influimos en nuestras redes al mismo tiempo que somos contagiados por otros pequeños universos.

Se trata de micro actos políticos en tiempo real y a la vista de todos. La suma de ellos logra configurar nuevos tiempos y espacios para hacer avanzar discursos que de otra forma estarían aplastados por el orden establecido. Estos actos tienen consecuencias concretas, pero a veces divergentes: ser un altavoz para el mensaje de alguna causa o propiciar tal dispersión que el mensaje resulte casi ininteligible.


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Los hechos del 26 de septiembre de 2014 reactivaron varias redes no virtuales de activistas en el país. El movimiento de derechos humanos de la vieja guardia se encontró en la primera línea de la defensa de los padres de los normalistas. La red estudiantil conservada desde #yosoy132 demostró no estar apagada; por el contrario, su capacidad de articulación alimentó marchas, discusiones, foros, cafés o  creaciones artísticas alrededor de Ayotzinapa. Actores que usualmente no participan de lo político —como escritores, artistas contemporáneos o académicos— se presentaron en las calles y complementaron la tribuna virtual con la apropiación del espacio público. Las mesas de familias, las fiestas, el metro, el pesero y los mercados comenzaron a inundarse de Ayotzinapa: los 43 ausentes son ahora un referente central en nuestro lucha contra el despojo de lo público. El 20 de noviembre de 2014, los padres emprendieron una digna resistencia en un Zócalo lleno. Uno de ellos preguntaba entonces: ¿Estamos determinados a cambiar de una vez por todas este país? ¿Estamos dispuestos a mandar a la fregada a las instituciones porque ya no funcionan?

Todos gritamos: ¡Sí!


Online

Durante el año que transcurre, ¿las redes sociales han constituido un megáfono para la causa de Ayotzinapa o han contribuido a diluir la presencia del caso en la opinión pública?

Depende de quién conteste. Hace unas semanas, el ingeniero Enrique Krauze, en una entrevista para Emeequis, se refería a las nuevas generaciones como “muy buenas para la denuncia, pero muy malas para la organización”. Entre otras cosas, en su declaración se asoma una mirada compartida entre opinadores y políticos: la denuncia en la red es inservible. Suele suceder que quienes sostienen esta visión tampoco aprueban las protestas y plantones en las calles; no se sienten cómodos con la crítica y prefieren a las élites sobre las masas.

La académica Rossana Reguillo tiene una perspectiva distinta. En el caso de Ayotzinapa, dice, las redes sociales han sido “no solo un megáfono (en el sentido de amplificación de las voces y la protesta), sino un articulador clave en por lo menos dos sentidos: 1) la conformación de un ‘nosotros’ (si bien fragmentado, disperso, volátil) que ha permitido el encuentro de las y los diversos; y 2) centralmente en lo que llamo ‘producción de presencia’, que entiendo como el conjunto de procesos, dispositivos y estrategias simbólicas desplegadas por el movimiento en el espacio público, a través de los cuales genera contenidos, discusión, visibilidad y ‘obliga’ a los medios de comunicación convencionales a modificar la agenda pública”.

Diversos estudios han tratado de medir la relevancia de la opinión en un esquema de redes que tiendan al consenso. Uno de ellos, realizado por el Rensselaer Polytechnic Institute,[1] demuestra cómo una opinión mayoritaria y prevaleciente en la población puede ser revertida de manera rápida por una minoría distribuida al azar que delibere constantemente sus posiciones. En concreto, este estudio expone que cuando esta minoría crece más allá de un valor crítico (10% de la población), se reduce considerablemente el tiempo necesario para que toda la población adopte la opinión de la minoría. Las redes importan: cuántos la forman, quiénes la forman y qué opinión se comparte entre sus partes. Siempre parece una burbuja, hasta que explota.

La velocidad importa. En cierta medida, las redes sociales podrían ser un reality show de corte gramsciano. A la vista de sus usuarios, se da la construcción de los relatos desde el discurso hegemónico o contra-hegemónico. El primero en llegar gana. Para Ayotzinapa, el hashtag —esa etiqueta involuntaria que en Twitter permite ordenar e indexar información— #FueElEstado logró aglutinar a quienes combaten la narrativa oficial. El hashtag pasó de lo físico a lo virtual: originalmente desplegado como una gran consigna sobre la plancha del Zócalo de la ciudad de México, migró a las redes y pronto logró darle sentido y posibilidad a las quejas y cuestionamientos de una coalición de indignados virtuales que, fuera de este tema, quizá comparten poco en otros aspectos.

La configuración de los enjambres —pequeños mundos ensamblados por personas agrupadas alrededor de un tema— en la red se hace de manera voluntaria, de tal forma que las nubes de opinión compartida son frágiles pero poderosas. A veces son un chubasco y otras veces una depresión tropical instalada durante meses. En su interior, esa “producción de presencia” logra trascender lo virtual para pasar al terreno de lo tangible.


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Las movilizaciones en torno a Ayotzinapa realizadas a lo largo de este año sucedieron gracias a la conexión o ensamble de distintas redes. Mediante correos electrónicos, tuits, estatus de facebook o videos de YouTube, logró articularse la convocatoria a las distintas marchas, movilizaciones y acciones a favor de la demanda de presentación con vida de los 43 estudiantes de la Normal.

Para Pablo Domínguez Galbraith, uno de los impulsores de un grupo en Facebook sobre Ayotzinapa —destinado principalmente a estudiantes de posgrado mexicanos residentes en el extranjero—, “hay muchas cosas de la particular movilización por Ayotzinapa que hubieran existido de manera distinta sin las redes sociales. Comenzando, sin duda, por cómo nos informamos y cómo se fue comunicando el hecho. La disputa sobre la ‘verdad histórica’ se dio también entre medios tradicionales y medios no convencionales. No solo estamos ante una verdad científica forense consensuada o manipulada, sino ante una disputa sobre la forma de ocupar los espacios de comunicación e interacción”.

El sentimiento de solidaridad ha aflorado a raíz de la combinación de la presencia en la calle y el reconocimiento de los avatares virtuales. Durante la marcha del 20 de noviembre de 2014, decenas de personas fueron golpeadas y detenidas arbitrariamente por la policía del Distrito Federal. La circulación de videos en tiempo real y de mensajes en las redes sociales permitió la acción rápida de abogados y activistas que ayudaron a denunciar legalmente las violaciones a derechos humanos perpetradas por el gobierno. Allí donde unos ven una denuncia vacía, otros vemos el reclamo por la restitución de un Estado que respete los derechos humanos.

En noviembre de 2014, el ex procurador Murillo Karam, al término de una conferencia de prensa para informar de los avances en la investigación sobre la desaparición de los normalistas, soltó un “Ya me cansé”. La frase rápidamente prendió en las redes sociales: ese día se emitieron 17 mil tuits alusivos por minuto y se convirtió en una tendencia global. La expresión, dicha por una autoridad, tuvo ecos en otros rincones de los receptores, quienes la subvirtieron y resignificaron: quien se ha cansado no es la autoridad, sino los gobernados. Uno de los resultados de este enjambre fue el colectivo “Ya Me Cansé y #poresopropongo”. El relato del hombre cansado terminó por imponerse, el procurador fue sustituido y su prestigio acabó por los suelos.

Socializar la información ofrece la posibilidad de disputar la narrativa oficial, incluso de vencerla. Internet, sin embargo, también puede ser usado para cerrar compuertas más que para abrirlas. La arquitectura de la red es un conglomerado de amplificadores en movimiento: amplifica el poder de quien de por sí ya lo tiene. De manera que siempre existe una desventaja: en estas batallas, los poderosos tienden a serlo más. Dice Domínguez Galbraith: “Está también el otro lado: la inversión securitaria de la Presidencia y el Estado Mexicano para contraatacar (la contrainsurgencia digital del siglo XXI, o lo que llama Hito Steyrel las post-políticas de la representación y post-representación en los tiempos del bot y el troll): las varias veces que tumbaron el #yamecansé, el #FueElEstado. Esa es una inversión securitaria nueva, en la que México es vanguardia”.

La organización importa tanto como la denuncia. Es el enjambre contra el lagarto.


Referencia

[1] Xie, J. and Sreenivasan, S. and Korniss, G. and Zhang, W. and Lim, C. and Szymanski, B. K., Social consensus through the influence of committed minorities. Phys. Rev. E, volume 84, Julio 2011.


Crédito de imágenes: Curiousflux.

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