Otra democracia

A casi dos años de su muerte, recuperamos este ensayo de Luis Villoro sobre el zapatismo, la noción de revolución y la tarea aún pendiente de construir una democracia pluralista, republicana.

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El proceso de la historia es un camino lleno de meandros e interrupciones. Pero presenta un fin: el de una comunidad al fin liberada. Sin embargo ese camino presenta varias interrupciones, debido a la presencia de un poder. El camino tiene un principio, desde una situación de opresión, hasta la apertura hacia un fin posible en una liberación final. Tal es la marcha que recorre la historia.

Pero esa marcha es sinuosa y aleatoria. Puede alcanzar incluso retrocesos. Podría llegar a una comunidad liberada final pero también a su contrario: la opresión.

Entre esos dos términos acontece la historia. Porque el camino presenta muchas curvas e incluso retrocesos, desde su inicio en comunidades liberadas, hasta un fin de represión. El camino es aleatorio, puede ir en un sentido o en su opuesto.

La marcha de la historia no presenta un fin claro, sin embargo, en algún momento puede interrumpirse. En ese instante es cuando surge un proceso revolucionario.

En el proceso revolucionario se puede comprobar la conjunción entre las creencias, las ideologías por un lado y las acciones sociales y políticas por el otro. La síntesis entre ideas y prácticas se da en todos los procesos revolucionarios. Detengámonos en algunos casos donde aparece esa conjunción entre ideas y acciones.

Con excesivo intento de síntesis podríamos decir que cualquier revolución, a partir de la situación anterior, presentaría dos niveles: el de las creencias (ideologías) y el de las acciones que tratan de realizar esas creencias. Pasa así por varias etapas.

Todas ellas parten de una situación anterior que consideran opresiva e intentan remediarla. Para ello acuden a una ideología específica y tratan de realizarla efectivamente con acciones. Así nace toda revolución social y política.

En toda revolución se daría, en efecto, el intento de conjugar en acciones políticas la ruptura de la situación anterior que consideran opresiva. La revolución pasaría, en general, por ciertas etapas que podríamos agrupar en tres renglones.

Partiría de ideas generales que pueden constituir una ideo­logía, más allá de los intereses económicos y sociales existentes de hecho, y que justificarían acciones colectivas consistentes con esas ideas generales.

Pero frente a esas acciones, en la historia de las revoluciones, suele darse una reacción. Puede llegar, en algunos casos, a una violencia extrema. Daría lugar entonces a una lucha frontal entre las dos actitudes y acciones colectivas. Pero de esa opinión y luchas, en muchas ocasiones podría surgir una nueva situación.

Ésta ya no repetiría la situación de dominación que existía antes, pero la aceptaría con ciertos cambios o variantes nuevos, para dar lugar a una etapa ulterior. Sería el paso a otro tipo de sociedad que se consideraría menos opresiva y más justa.


Como hemos señalado, en todo proceso revolucionario se expresan dos niveles: el de creencias ideológicas y el de acciones colectivas. Unos ejemplos. En la revolución norteamericana, las ideas liberales que provienen, en último término, de Locke y Adam Smith se traducen en la acción política de Washington y en las ideas de Jefferson. Esas ideas expresan, por primera vez, las que inspiraron los derechos humanos universales en ambos movimientos políticos, tanto en la posterior Revolución francesa como en el movimiento de independencia norteamericano.

Pero en Norteamérica no se logró la realización plena de los derechos humanos. En el siglo xix continuó el conflicto entre razas y proyectos políticos en la división entre el norte liberal y el sur esclavista. Sólo más tarde, con el movimiento encabezado por Luther King, se logró caminar hacia una reconciliación entre razas y posiciones sociales.

En la Revolución francesa un poco más tarde, ejemplo de muchas otras, aparece también un proyecto distinto que, de algún modo, repite el norteamericano. Se intenta realizar los derechos universales de todo ciudadano, que se persiguen en una democracia radical con las ideas de Rousseau, y mediante la acción colectiva de Robespierre y Danton. En una y otra las ideas radicales de los jacobinos no pueden realizarse plenamente (la guillotina es la respuesta). Tienen que dar lugar a un compromiso. Es el que trata de lograr Napoleón con su constitución civil, que trae una paz interior en Francia a costa de una guerra permanente en Europa.

En el siglo XIX francés se presentan varios movimientos, reflejados, sobre todo, en la obra literaria de Victor Hugo, y que conducirán por fin, después de la guerra de Argelia, a una nueva república.

En América del Sur, con las acciones de Bolívar, las ideas de la Ilustración europea del siglo xviii están presentes y presiden sus acciones frente a San Martín en Argentina e incluso frente a los llaneros en Venezuela.

Pero la reacción en Sudamérica no se hace esperar más tarde, en las dictaduras sangrientas de Argentina.

En esta situación, a semejanza de las anteriores, puede darse también una conjunción de acciones e ideas que se inclinarían en mayor o menor grado a una y otra dirección, hacia la libertad o a la opresión. Es el caso en Argentina con Perón y Evita.

En Rusia se da una revolución que tiene cierta analogía con la Revolución mexicana de 1910. En otro contexto histórico, presenta también la posibilidad de considerarla en tres tiempos.

Más tarde, las ideas de Marx, adecuadas a la situación rusa por Lenin y luego por Stalin. En este caso, las ideas marxistas dan lugar a una división radical entre el estalinismo, que ejerce una dictadura atroz, y el trotskismo que se inclina hacia un tipo de socialismo como tal vez deseaba el propio Lenin. Pero dio lugar a la dictadura despiadada de Stalin frente a la llamada “vieja guardia” de la Revolución de Octubre, con Zinoviev, Kamenev y Bujarin. Sólo se da un antiestalinismo parcial con Kruschev y dará lugar a una nueva república soviética con Putin.

Aterricemos, por fin, en México.


Hablaremos aquí de dos revoluciones: la de Independencia de 1810 y la de la Revolución, un siglo más tarde.

En la primera, la de 1810, la revolución presenta un matiz especial, debido a la influencia de los problemas indígenas. Pero también ésta podríamos considerarla utilizando las categorías hegelianas.

En la Nueva España se da una análoga situación de represión en el Virreinato, se rompe con el salto radical del “grito” de Miguel Hidalgo en Dolores. Sus ideas se prolongan cuando se organiza en la revolución dirigida por Morelos. Uno y otro hablan de una rebelión de los pueblos indígenas sojuzgados por los europeos.

Hidalgo se refiere incluso a los indígenas del norte del país. Al dirigirse a los comanches les dice por ejemplo que “ellos se hallaban como las demás tribus establecidas hacía tres siglos” y que “él venía defendiendo una causa que era la de ellos”. Hidalgo parecía ser consciente de que no defendía solamente a los pueblos indígenas del centro del país, sino a todos los indígenas.

Por su parte, Morelos habla del carácter universal, más allá de razas y etnias, de la revolución. “Quiero que declaremos que todos somos iguales, pues del mismo origen procedemos, que no haya esclavos, pues el color de la cara no cambia el del corazón ni el del pensamiento; que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado; que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, que lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario.” Morelos se referirá a cómo la revolución tenía un carácter universal que abarca todas las etnias y culturas. Así, en comparación con los movimientos revolucionarios anteriores, de ideologías liberales, la revolución en México presenta rasgos peculiares que van más allá de la distinción de etnias y razas.

En las cuatro revoluciones que hemos considerado (la norteamericana, la francesa, la sudamericana y la rusa) aparecen ideas semejantes provenientes, en último término, de la Ilustración europea.

Sin embargo, ¿no podríamos señalar un caso singular en que, aun aceptando esas ideas ilustradas generales, se presente un matiz especial, debido a la presencia de las poblaciones indígenas de Indoamérica? Solamente en este caso las ideas de la Ilustración europea tenderían a otra relación que iría más allá de la cultura occidental europea y apuntaría hacia el valor semejante en todas las culturas, en lo que podríamos denominar un “multiculturalismo”. Frente a las ideas liberales de la Ilustración europea, las comunidades indígenas de Indoamérica, con sus tradiciones propias añadirían un matiz universal a las ideas de la tradición europea. Sería una variante de ideas, debida a la presencia de las poblaciones indígenas de América. Esto aparece, tal vez, en algunas expresiones de Hidalgo, cuando indica que defendía la causa de los indígenas, y en las de Morelos, quien declara la igualdad de todos, más allá de razas y clases sociales.

Hasta aquí hemos hablado de los rasgos generales que tienen todos los procesos revolucionarios. En toda revolución se presenta la conjunción de creencias y acciones sociales y políticas.

Todas persiguen un fin último: disminuir la desigualdad y la exclusión existente. Para ello, las revoluciones tuvieron que emplear la violencia. Puede darse en un acto súbito o en un proceso prolongado. La violencia es el medio para lograr ese fin.

¿Cuál es, en efecto, el fin último que buscaría toda revolución? Lograr el poder para el pueblo liberado. “Democracia” etimológicamente quiere decir “poder del pueblo”. Pero la democracia puede darse en dos formas diferentes según se considere cuál es el “pueblo” en la democracia: puede considerarse “el pueblo” como la suma, el conjunto, de los individuos que lo componen o bien como los que formen, más allá de ese conjunto, una comunidad real, esto es, una relación interpersonal entre todos. En una u otra predominan ciertos tipos de derechos: derechos individuales, en un caso, o derechos colectivos en otro.

Todo proceso revolucionario desemboca en una distinción entre la realidad social y su expresión en el derecho. Porque puede haber derechos individuales y derechos colectivos.

En una democracia individualista predominan los derechos individuales, como en las revoluciones norteamericana y francesa; en una democracia comunitaria, en cambio, distinta a la liberal, podrían prevalecer derechos colectivos. Los derechos individuales fueron consagrados en las revoluciones norteamericana y francesa; los derechos colectivos, en cambio, sólo se dan más tarde en la Revolución rusa, pero también aparecen en ciertos sectores en la Revolución mexicana.

En México, la República Restaurada, con Juárez y Ocampo, se refiere a los derechos individuales, distintos a los derechos comunitarios que subsisten en las comunidades indígenas. Ignora, en cambio, cualquier derecho colectivo.

Con la ley Lerdo, apoyada por Juárez, se da una división real entre los derechos colectivos de las comunidades indígenas del país y los derechos individuales que rigen en la república, siguiendo la tradición liberal.

Coexisten en México entonces dos tipos de democracia: la auspiciada por el Estado y la de las comunidades indígenas que subsisten en contra de lo previsto por la ley Lerdo. A los dos tipos de democracia corresponden sendas especies de derechos. El derecho nacional a la primera, los derechos comunitarios a la segunda.

Estos dos tipos de democracia corresponden a los “dos Méxicos” que Guillermo Bonfil podría denominar: “el México superficial” y “el México profundo”. En el primero rige la democracia nacional, en el segundo las democracias comunitarias. Las dos revoluciones, la de la Independencia de 1810 y la mexicana de un siglo más tarde, presentan caracteres afines, pero ninguna de las dos resuelve el dilema fundamental que planteaba Bonfil: la separación entre el México comunitario, que existe abajo, y el México superficial, que domina desde arriba. El primero, el México agrario, fundamentalmente indígena, el segundo, el México que pretende ser industrial, citadino.

Esta división no resuelta subsiste. Presenta incluso líderes paradigmáticos. Emiliano Zapata en el sur, Francisco Villa en el norte. Sus ideas de la nación son diferentes. Zapata lucha por las comunidades indígenas; Villa por comunidades cívico-militares mestizas. Pero uno y otro piensan en un proyecto nacional de un México distinto.

La Revolución mexicana, que empezó en 1910, termina varios años después. Villa y Zapata son asesinados.

Sin embargo, sus dos proyectos de nación subsisten.


Formulemos ahora, para terminar, ciertas preguntas básicas.

1. ¿Cuál es, de hecho, la situación actual? Después de las dos revoluciones, las desigualdades sociales y políticas subsisten, apenas parcialmente aminoradas en el periodo de Lázaro Cárdenas. Pero permanece la división de la que hablaba Guillermo Bonfil. Desigualdad radical, falta de justicia, dependencia de potencias extranjeras. ¿No son éstos signos claros del fracaso del Estado liberal y del tipo de democracia que intentó promover?

2. Parece que vivimos los límites de la democracia de origen liberal que podría estar en crisis. En el mejor de los casos, la democracia, organizada en partidos políticos, estableció la igualdad de los ciudadanos ante las leyes pero no logró aminorar las desigualdades sociales y económicas existentes. En su origen, la idea de democracia sostuvo los principios de “igualdad, libertad, fraternidad”, proclamados en la Revolución francesa. Pero luego perdió su carácter libertario y sucumbió a una burocracia con intereses particulares ajenos al fin democrático común.

3. Para ello sería necesario lograr cierta unidad negociada entre los grupos. No sería indispensable homogeneidad de propósitos y fines parcialmente asequibles. Su único punto común sería decir no, resistir. Ése abriría un camino en la diversidad, desde los grupos que padecen la opresión y tratan de invertirla. Y como dice Antonio Machado: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”. Sería un camino en la realización de una nueva nación. ¿No es ese camino el que trató de abrir la “otra campaña”: la zapatista?

4. ¿Cuáles serían sus fines, en último término? Abrir un camino hacia la realización de otro tipo de democracia con cuatro notas:

a) Frente al individualismo de la democracia liberal (en el capitalismo mundial), en países multiculturales co­mo el nuestro, reconocería las autonomías de los pueblos que componen la nación y abriría el campo a otro tipo de democracia: una democracia “republicana”, que sería la manera de eliminar toda forma de exclusión… Y la no-exclusión es la condición primera de la justicia.

b) Frente a la ideología liberal se basaría en el reconocimiento de la pluralidad social real, existente, lo cual supondría la aceptación de las diferencias. En lugar de la igualdad, el derecho a mantener sus diferencias y a actuar conforme a ellas: derecho de las etnias a su autonomía, derecho de las mujeres a la equidad frente al “machismo”, derecho del reconocimiento de la multiplicidad cultural.

c) Contra el saqueo y explotación de la naturaleza buscaría la preservación de los espacios ecológicos aún existentes y su aumento progresivo en todos los países. (Como ejemplo: la Amazonía en Brasil o las selvas en el sureste mexicano.) Su mejor enemigo es la industrialización mundial auspiciada por el capitalismo.

d) Frente al capitalismo mundial en el que impera el principio de la competencia y del logro personal, caminaría hacia el florecimiento del ideal de la solidaridad y de la libertad entre todas sus formas. ¿No implica esto el reconocimiento del otro, de los otros en todas sus manifestaciones?


En México existe, de hecho, un movimiento nacional que ha propugnado por realizar, frente al capitalismo, valores universales comunitarios, expresados en las comunidades indígenas. Nos referimos al movimiento zapatista.

Desde 1994 el movimiento zapatista es el que ha propugnado con mayor fuerza por establecer en México una verdadera democracia, una “democracia directa”, más allá de la propugnada por los partidos políticos, la cual podríamos designar como una “partidocracia”. Porque una verdadera democracia se establecería más allá de los partidos políticos, desde las comunidades reales, desde abajo.

Todo ello implicaría incluir en la Constitución de la República las formas que pueden expresar una democracia directa: plebiscito, referéndum, iniciativa popular, acción comunitaria y revocación del mandato si las autoridades no cumplen.

Desde 1994 el movimiento zapatista planteó la necesidad de transitar desde una “partidocracia” a la verdadera democra­cia, desde abajo. Esto implicaría una reforma a la Constitución. Desde los llamados Diálogos de San Andrés, el zapatismo habló de la necesidad de llegar a una democracia directa.

Si en 1994, por unos días, el movimiento zapatista tuvo que tomar las armas para hacerse oír, después de breves días de lucha armada ha propugnado por una democracia más auténtica. En la Revolución mexicana fue el vocero de un nuevo proyecto de nación, inspirado en las acciones de Villa y Zapata. Esta sería la revolución auténtica contra cualquier forma de dominación.

Todo ello implica transitar hacia otro tipo de Estado, un Estado que reconociera un pluralismo jurídico y social, con la existencia de derechos, no sólo individuales sino también colectivos, los que podrían ejercer los pueblos indígenas del país. Éste sería el paso de la actual “partidocracia” a una democracia auténtica. Sólo ésta podría resolver la llamada “cuestión indígena”. En la Constitución tendría que haber explícitamente el reconocimiento de los derechos de las culturas indígenas.

Esto fue, en gran medida, el resultado del alzamiento zapatista, en el estado de Chiapas.

Una de sus acciones fue establecer las Juntas de Buen Gobierno en las comunidades chiapanecas. ¿No fue ésta la mejor respuesta al capitalismo?


Este ensayo aparece, con el título “Nuevo proyecto”, en el libro La alternativa: perspectivas y posibilidades de cambio, que publicó el Fondo de Cultura Económica a finales de 2015.

Foto: cortesía de Thomas Hawk.

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